El neoliberalismo “es un terreno fértil hacia el neofascismo”: Noam Chomsky

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El académico estadounidense sostuvo que “una consecuencia de las políticas neoliberales socioeconómicas es el colapso del orden social que lleva al caldo de cultivo del extremismo”. Al mismo tiempo, y consultado por los proyectos socialistas en el mundo, el reconocido intelectual planteó que “el uso occidental que se da al término socialismo se ha convertido en algo así como asistencia social dentro de un Estado capitalista, que cubre una gama de opciones”. Una entrevista realizada por C. J. Polychroniou en el diario mexicano La Jornada.

J. C. Polychroniou. «La Jornada». Ciudad de México. 12/12/2022. Una consecuencia de las políticas neoliberales socioeconómicas es el colapso del orden social que lleva al caldo de cultivo del extremismo, violencia por odio y la búsqueda de chivos expiatorios. Es un terreno fértil para que las figuras autoritarias adopten la postura de salvadores y así estamos en camino hacia el neofascismo.

El actual modelo político abrió de par en par las puertas a los amos de la economía quienes también dominan al Estado en busca de ganancias y poder con muy escasas restricciones. En pocas palabras: conduce a una guerra de clases sin freno.

Un componente de las políticas es una forma de globalización que combina un proteccionismo extremo hacia los amos que buscan las peores y más baratas condiciones de trabajo para tener las máximas ganancias posibles. El resultado con amplios cinturones de pobreza en sus países de origen. Estas son decisiones que se toman de acuerdo con una política de negocios, no de una necesidad económica.

Otra consecuencia derivada del “neoliberalismo real existente” es la rápida financiarización de la economía que permitió que operaciones fraudulentas para obtener ganancias inmediatas carecieran de riesgo. Los riesgos desaparecen porque el Estado poderoso interviene radicalmente en el mercado para ofrecer extrema protección a los acuerdos comerciales y hace lo mismo al rescatar a los amos cuando algo les sale mal. El resultado, comenzando por Reagan, es lo que los economistas Robert Pollin y Gerald Epstein llamaron “la economía bajo fianza”, que permite a la guerra de clases neoliberal proceder sin riesgo de un fracaso ante los castigos de los mercados.

La guerra de clases arrancó de manera muy natural, cuando se atacó a los sindicatos, el principal medio de defensa de los trabajadores. Las primeras leyes de Reagan y Thatcher fueron vigorosos asaltos a los sindicatos e invitaciones al sector corporativo a unirse y moverse más allá, muchas veces de maneras que son técnicamente ilegales, pero eso no es problema para los estados neoliberales a los que dominaron.

La guerra de clases neoliberal ha sido un gran éxito para quienes la diseñaron. Los demócratas abandonaron a la clase trabajadora y la entregaron a manos del enemigo en los 70, y se convirtieron el partido de profesionales acomodados y donantes de Wall Street. En Inglaterra, Jeremy Corbyn estuvo cerca de revertir el declive del Partido Laborista que se estaba convirtiendo en “Thatcher Light”. El establishment británico a todos niveles movilizó a sus fuerzas y se adentró aún más en la cloaca para aplastar su esfuerzo de crear un partido de auténtica participación dedicado a los intereses de los trabajadores y los pobres. Una afrenta intolerable para las buenas costumbres. En Estados Unidos, a Bernie Sanders le ha ido un poco mejor, pero no ha sido capaz de romper el yugo clintonita que controla al Partido Demócrata. En Europa, los partidos tradicionales de izquierda prácticamente han desaparecido.

El terreno está bien preparado para el surgimiento del neofascismo que llene el vacío dejado por la implacable guerra de clases y la capitulación de las instituciones políticas convencionales que hubieran podido combatir a la plaga.

Con la llegada de Donald Trump al poder, la supremacía blanca y el autoritarismo regresaron a la política dominante, pero ¿acaso esto significa que Estados Unidos nunca fue inmune al fascismo?

¿Qué entendemos por fascismo? Tenemos que distinguir entre lo que ocurre en las calles muy visiblemente y la ideología y la política que están más lejanas de nuestra percepción inmediata. El fascismo en las calles son los Camisas Negras de Mussolini y los Camisas Pardas de Hitler: violento, brutal y destructivo. Estados Unidos desde luego jamás ha sido inmune a eso.

El tema se vuelve discutible con el cambio desde el capitalismo regulado de las décadas de la posguerra hasta el asalto neoliberal, que reinstauró forzadamente la concepción de Adam Smith de que los amos de la economía son los principales arquitectos de la policía gubernamental y la diseñaron para proteger sus intereses. Cada vez más, durante el curso de la guerra de clases neoliberal, hubo concentraciones no reportadas del poder privado con el fin de controlar los dominios político y económico.

El resultado fue un sentido general -para nada equivocado- de que el Gobierno no nos servía a nosotros sino a alguien más. El sistema doctrinario, en gran parte en manos de los mismos que concentraban el poder privado, distraía la atención del poder laboral y abría la puerta a lo que dio en llamarse “teorías de conspiración”, normalmente fundadas en algunas partículas de evidencia: estaba la teoría del Gran Reemplazo, élites liberales, los judíos y otras mezcolanzas ya conocidas. Esto, a su vez, engendró el “fascismo de la calle” que atrajo venenosas subcorrientes que nunca se han acabado y a las que recurren, con mucha facilidad, demagogos inescrupulosos. En el momento actual, la escala y el carácter de éstos no es una amenaza pequeña para lo que prevalece como una democracia funcional, después de la paliza recibida en tiempos recientes.

¿Por qué las protestas políticas se han vuelto más extendidas y más frecuentes en esta era reciente del neoliberalismo? ¿Cómo se comparan estos movimientos con los de los años 60?

Las protestas tienen diferentes raíces. La huelga de transportistas que casi paralizó Brasil contra la derrota del neofascista (Jair) Bolsonaro a finales de octubre pasado tiene similitudes con la del 6 de enero en Washington y pudo haber sido una imitación de la misma. Algunos temen que el asalto al Capitolio se imite el 1º de enero, durante la toma de posesión del presidente electo Lula da Silva.

Pero protestas como esta no tienen nada en común con la excepcional insurrección en Irán instigada por la muerte bajo custodia judicial de Mahsa Amini. Estas movilizaciones están encabezadas por jóvenes, en su mayoría mujeres, lo que hace que participen sectores mucho más amplios. Los manifestantes han obtenido algunas victorias. El régimen indicó que la Policía Moral se ha disuelto, pese a que algunos dudan de la veracidad del anuncio, que aunque sea cierto no cumple por mucho las exigencias de la valerosa resistencia.

En la medida de que hay un hilo conductor, esta es la primera ruptura en el orden social en décadas, las similitudes con los movimientos de protesta de los 60 me parecen escasas.

Cualquiera que sea la conexión entre el neoliberalismo y el descontento social es claro que el socialismo aún trata de ganar popularidad. ¿Es el legado del socialismo real existente el que frena el progreso hacia el socialismo del futuro?

Como con el fascismo, la primera pregunta es qué queremos decir con socialismo. A grandes rasgos, el término se utiliza para referirnos a la propiedad social de los medios de producción, con el control del trabajador sobre los emprendimientos. El socialismo actual y existente tiene virtualmente nada que se parezca a esos ideales. El uso occidental que se da al término socialismo se ha convertido en algo así como asistencia social dentro de un Estado capitalista, que cubre una gama de opciones.

Iniciativas así han sido suprimidas por la violencia. El “terror rojo” es un ejemplo con efectos perdurables. No mucho después, la Gran Depresión y la Guerra Mundial evocaron olas de democracia radical en gran parte del mundo. La principal tarea de los triunfadores fue eliminarlas, empezando con la invasión estadunidense-británica de Italia, donde se desarticularon las iniciativas socialistas encabezadas por partisanos, trabajadores y jornaleros, y se restauró el orden tradicional en el que se incluyó a colaboradores fascistas. Este patrón se siguió en otras partes de distintas maneras que algunas veces incluyeron violencia extrema. Rusia impuso su mandato de hierro en sus propios dominios. En el tercer mundo la represión de tendencias similares fue mucho más brutal, sin excluir a las iniciativas surgidas de la Iglesia, aplastadas por la violencia estadunidense en América Latina donde el ejército de EU se adjudicó el crédito por haber ayudado a derrotar a la teología de la liberación.

¿Se vuelven impopulares las ideas básicas cuando se les extraen de las imágenes de la propaganda hostil? Hay buena razón para sospechar que se encuentran apenas por debajo de la superficie y pueden surgir en cualquier momento en que se dé la oportunidad y ésta sea aprovechada.