“Lo que hay es una coincidencia de rechazo al gobierno. Eso no es un proyecto político, es una reacción”

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En esa línea y en una mirada de emplazamiento al arco opositor, el académico Álvaro Ramis enfatizó que “las reacciones ganan elecciones a veces, pero no producen transformaciones”. Indicó que “centroizquierda me parece un rótulo agotado. Describe un espacio electoral, no una identidad” y advirtió que “la dicotomía existe” entre el PC-FA y Socialismo Democrático. Para el teólogo y militante de la izquierda, aún no está hecho el balance del gobierno de Gabriel Boric, donde “el PC y el FA llegaron con una narrativa de transformación estructural” mientras que “el Socialismo Democrático operó como actor de moderación. Esa tensión no se resolvió nunca: se administró”. Advirtió que “Kast no es un accidente” en la vida del país y apuntó a la deficiencia opositora identificada en que “reacciona bien cuando el gobierno mete la pata ( ) pero no tiene narrativa alternativa de país. Critica con eficacia. Propone con debilidad”. Para Ramis, exrector de la Universidad Academia Humanismo Cristiano, la batalla cultural “es una urgencia política de primer orden”.

Hugo Guzmán Rambaldi. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 14/6/2028. En medio de las bataholas alentadas por controversiales medidas del gobierno de extrema derecha, todo el arco opositor emerge saliendo al paso de las acciones de la administración de José Antonio Kast y, en eso, parecen quedar de lado la reflexión, debate y proyección de temas propios que tocan a fuerzas del progresismo y la izquierda y que tienen que ver con la instalación de programa e identidad propia. De hecho, aquel “análisis crudo” sobre el triunfo de la ultraderecha y la derrota de la “centroizquierda” en las elecciones pasadas, todavía no se conoce realmente, y se nota cierto rezago en instalar relatos propositivos vinculados a los problemas del pueblo.

Asuntos de debate, sensibles, molestos, de perspectiva, que abordó en entrevista con ElSiglo.cl el académico y teólogo, Álvaro Ramis Olivos, entregando una mirada emplazadora pero también de ordenamiento estratégico en el campo del progresismo y la izquierda, incluyendo en asunto tan sensible como la batalla cultural donde, dice, la extrema derecha lleva cierta delantera.

¿Es posible hablar de la posibilidad de un conglomerado opositor coherente, más allá de las contingencias? Hoy confluyen, al menos en lo coyuntural, socialdemócratas, progresistas, liberales, democristianos, y la izquierda, y se les suele definir como “la centro izquierda”.

No existe esa posibilidad. Y mientras no se diga eso con claridad, no va a existir. Lo que hay hoy es una coincidencia de rechazo al gobierno de (José Antonio) Kast. Eso no es un proyecto político, es una reacción. Y las reacciones ganan elecciones a veces, pero no producen transformaciones. “Centroizquierda” me parece un rótulo agotado. Describe un espacio electoral, no una identidad. Los actores que supuestamente la componen tienen diagnósticos distintos sobre el Estado, el mercado, la redistribución. Eso no es una diferencia menor que se resuelve con una declaración de principios. Es el problema central. Y nadie quiere mirarlo de frente porque mirarlo de frente obliga a tomar decisiones incómodas. Un conglomerado coherente necesita tres cosas: diagnóstico compartido de la crisis, programa mínimo de transformaciones, conducción con legitimidad transversal. Hoy no hay ninguna de las tres. Lo que hay son partidos que se miran con desconfianza y figuras que ya están haciendo campaña para 2029.

¿Hay una dicotomía entre Partido Comunista-Frente Amplio y Socialismo Democrático?

Sí. Y negarla es un ejercicio de autoengaño que les hace daño a todos. No es diferencia de estilos ni de velocidades. Es una diferencia de diagnóstico sobre qué falló en el gobierno de (Gabriel) Boric, sobre el peso de la movilización social versus la gestión institucional, sobre los límites del gradualismo, sobre la relación con el empresariado. El PC y el FA llegaron con una narrativa de transformación estructural. El Socialismo Democrático operó como actor de moderación. Esa tensión no se resolvió nunca: se administró. Y administrar una contradicción sin resolverla tiene costos. Ya los vimos. El Partido Por la Democracia y el Partido Socialista son un caso distinto y más triste, en cierto modo. Son partidos que perdieron densidad ideológica y se convirtieron en estructuras de cuadros con representación parlamentaria pero sin base social activa. Su ubicación en el espectro es más un hábito que una convicción. La dicotomía existe. La pregunta es si hay condiciones para una síntesis, o si ese ciclo político ya se cerró. Yo no lo sé. Pero prefiero hacerme esa pregunta que fingir que la coalición anterior puede reconstituirse como si nada hubiera pasado.

¿Al final del día estamos más ante una oposición coyuntural más que estratégica?

Por ahora, sí. Y eso es grave porque Kast no es un accidente. La oposición reacciona bien cuando el gobierno mete la pata -los embargos del CAE, el registro de vándalos, las declaraciones sobre los libros- pero no tiene narrativa alternativa de país. Critica con eficacia. Propone con debilidad. Esa asimetría no es sostenible. Una oposición estratégica requeriría hacer un balance honesto de qué falló en el ciclo progresista. Ese ejercicio no se ha hecho. Se habla de “errores de comunicación”, de “falta de pragmatismo”, de “gestión mejorable”. Raramente se habla de la distancia que se generó con las bases sociales, del costo de haber priorizado la estabilidad macroeconómica por sobre las transformaciones prometidas, de por qué el proceso constituyente terminó como terminó. Sin ese balance, la oposición va a seguir siendo reactiva. Puede ganar una elección así. Pero gobernar sin haber aprendido nada es repetir el ciclo. Y ya vimos adónde lleva.

Mundo social, “donde está la energía real”

¿Qué rol le asignas al mundo social que está fuera de los partidos, como el feminismo, el indigenismo, el mediambientalismo, el estudiantado, los pobladores?

Ahí es donde está la energía real. Y los partidos lo saben y no saben qué hacer con eso.

El ciclo 2019-2022 lo mostró con una claridad que debería haber sido un punto de inflexión: la fuerza transformadora en Chile no vive principalmente en los partidos. Vive en el movimiento feminista, que produjo la politización más masiva de la última década. En las organizaciones territoriales que durante la pandemia hicieron lo que el Estado no pudo. En el movimiento medioambientalista, que instaló el debate sobre el extractivismo con más consistencia que cualquier partido. En los pueblos indígenas, que pusieron sobre la mesa una discusión sobre plurinacionalidad que el sistema político no supo procesar y terminó por enterrar. El problema es que la relación entre ese mundo y los partidos ha sido históricamente extractiva: se usan las energías del movimiento social en períodos electorales y después se gobierna sin ellos. El resultado es desmovilización y desencanto. Lo hemos visto repetirse. No tengo una fórmula para resolver eso. Pero sé que no se resuelve con “mesas de participación” ni con incorporar dirigentes sociales en listas parlamentarias. Se resuelve cambiando la forma en que se construyen los programas y se toman las decisiones. Eso requiere ceder poder real. Y ceder poder real es lo que los partidos menos quieren hacer.

En el contexto que vivimos, ¿qué papel le asignas a la batalla cultural, considerando que la extrema derecha la asume como algo primordial?

Hay que decirlo sin rodeos: la derecha la entiende mejor que nosotros. Lleva años construyendo sentido común -sobre la familia, el orden, el mérito, el rol del Estado, la memoria histórica- con medios, redes, universidades, think tanks, una presencia sostenida que la izquierda nunca logró sistematizar. La izquierda chilena ha tendido a confundir batalla cultural con comunicación política. Comunicar mejor cuando lo que ya decidiste no es disputar el terreno cultural. Es publicidad. La diferencia importa. (Antonio) Gramsci lo explicó hace cien años. El problema no es que no lo hayamos leído. Es que no hemos sacado las consecuencias prácticas. Construir intelectuales orgánicos propios, fortalecer medios con rigor y alcance real, desarrollar relatos sobre el país que queremos que sean capaces de seducir más allá del votante ya convencido. Eso no se hace en campaña. Se hace en los años entre campañas. Que son exactamente los años en que la izquierda tiende a desarmarse. Y en un país donde el negacionismo del terrorismo de Estado ha vuelto a ser discurso de gobierno, la disputa por la memoria no es un tema cultural secundario. Es una urgencia política de primer orden.

El Presidente Kast dijo palabras no muy bienvenidas sobre los libros, la ciencia, hay recortes en el cultura, no hay planes en ciencia, ¿el país tiene problemas en esos ámbitos?

No fue un desliz. Fue una declaración de principios. Cuando Kast sugiere que leer no sirve o que la ciencia básica es prescindible, no está cometiendo un error de comunicación. Está expresando una visión coherente -equivocada y peligrosa, pero coherente- sobre el conocimiento y su relación con el poder. Una visión que desconfía de la producción intelectual crítica y que reduce el valor del saber a su utilidad económica inmediata. Chile tiene un problema estructural en esto que precede a Kast. Inversión en ciencia entre las más bajas de la OCDE. Sistema universitario sometido a una lógica de mercado que destruyó capacidad de investigación básica. Indicadores de lectura alarmantes. Educación cívica reducida a mínimos. Eso no lo creó este gobierno.

Lo que Kast agrega es la legitimación discursiva del deterioro. Cuando el Presidente normaliza el anti-intelectualismo, no solo expresa una opinión: le da cobertura cultural a la desinversión y debilita la legitimidad del conocimiento experto en el debate público.

Es parte de la misma batalla cultural. Y la oposición, hasta ahora, ha respondido con indignación en redes sociales. Eso no alcanza.