Dos textos escritos por Víctor Jara sobre su vida y su canto

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Publicados en una edición de Casa de las Américas bajo el título “Habla y canta Víctor Jara”, junto a otros materiales del cantautor. “Mis padres trabajaban como inquilinos y vivíamos cerca de un pueblito que se llama la Quinquina…Éramos muy pobres”. “Siempre hubo en mi casa una guitarra y desde muy niño yo recuerdo haber tenido una vivencia  muy fuerte de la música”. “Fui un niño rebelde”. “Estuve dos años en el seminario de San Bernardo. Sí, quería ser sacerdote”. “Con todas las vivencias que ocuparon gran parte de mi vida, es natural que haya sido un artista”. “La canción nace junto al hombre y su necesidad de expresar una interioridad subjetiva y hacerla universal”. “La canción protesta surge con ímpetu poderoso, vitalizando los valores esenciales del canto…En una sociedad deshumanizada, canta al amor como único refugio del hombre”. “La música nuestra, llamada Nueva Canción, surgió como una necesidad de todos los campesinos, la clase obrera y el estudiantado”. “El pueblo necesita que el artista le presente el espejo de la vida tal cual es”. “En mis últimos recitales, en sindicatos, escuelas o universidades, ofrezco la guitarra al público para que también diga y exprese lo que siente”. “Más de alguno dijo que no había público para mis canciones, que no estaban preparados”. “A los artistas populares chilenos lo más importante que nos sucedió fue trabajar y unir esfuerzos por conquistar un gobierno popular”.

Revista Casa de las Américas. Serie Música. La Habana. 1978. Intérprete de la naturaleza y el hombre

Mis padres trabajaban como inquilinos y vivíamos cerca de un pueblito que se llama la Quinquina, a doce kilómetros de Chillan Viejo. Éramos seis hermanos. Cuando comíamos carne era una fiesta. Yo no sabía por qué, después, supe…Los inviernos se prolongaban y no había bastante ropa para escapar del frío. Éramos muy pobres.

Las cosas no fueron muy bien allí porque mi padre se fue a un fundo de Lonquén, allá metido en los cerros de Melipilla para adentro. Parece que era de un señor Prieto porque yo siempre oía hablar de “el patrón Prieto”. A veces recuerdo cuando mi padre rastreaba los potreros y yo iba detrás, sobre la rastra, viendo cómo se realizaba el trabajo. Él era analfabeto y no quería que nosotros fuéramos al colegio para que así pudiéramos trabajar con él y ayudar en la casa. Pero mi mamá sabía algo de leer y así, desde el principio, insistió para que por lo menos aprendiéramos las letras. Era una mujer luchadora y valiente. Trató de engañarnos para que fuéramos felices. Fui un niño feliz gracias a ella.

Siempre hubo en mi casa una guitarra y desde muy niño yo recuerdo haber tenido una vivencia muy fuerte de la música. Mi mamá tocaba, era “cantora”, como decimos los chilenos, y cada vez que tenía que ir a alegrar una fiesta o un velorio, allá partía con el más chico de los seis que era yo. Los rasguidos de su guitarra penetraban en mí; recuerdo que me quedaba detenido frente a ella escuchando la guitarra. Después, uno de mis entretenimientos fue el de palpar el instrumento, aunque de él no sacara sonidos musicales especiales. Además, arrendábamos una pieza al profesor de la escuela. Él tocaba guitarra y a mí me gustaba oírlo. Paralelo a esto, estaba la música de la naturaleza misma. Fui un niño rebelde. Nadie sabía -de pronto- dónde estaba: me iba a la loma de un cerro a mirar el color, la forma y los sonidos naturales.

Después mi mamá se vino a Santiago y se empleó como cocinera en un restaurante. Como era tan habilidosa le fue bien acá y nos trajo a vivir con ella. Remató un restaurante en la Vega Poniente y así alcanzó a darnos educación a tres de nosotros. Al principio vivíamos en la población Los Nogales, en una mejora de piso de tierra, y en una cama dormíamos varios, porque no había más hueco. Pero estábamos acostumbrados porque en el campo era igual…

Después nos fuimos a vivir al barrio Pila y allá murió mi mamá cuando yo tenía quince años. Mi padre desapareció de la casa y yo me quedé viviendo con mi hermana, María, que ya estaba casada. Yo estudiaba en el Comercial porque mi mamá quería que fuera contador, pero cuando ella murió no fui nunca más, porque ello significó la disolución de la familia. Fue una época terrible; yo era muy joven y sufría mucho. Era muy místico y me espantaba el pecado y todo ese asunto. Estuve dos años en el seminario de San Bernardo. Sí, quería ser sacerdote. Fue algo muy serio. Ahora, mirando hacia atrás, pienso que fue la soledad, el desencuentro con un mundo que de repente me pareció vacío. Yo me refugié prácticamente allí buscando otros valores, otros afectos, tal vez algo que llenara ese vacío. Fueron dos años de mucho estudio, de mucha concentración. Ahí fue donde aprendí música; había un coro, y por supuesto cantaba ahí. Así que en el seminario empecé a cantar. Claro que a los dos años me di cuenta que la decisión era muy seria y que yo no debía seguir, que no tenía real vocación para sacerdote y que estaba ahí motivado por muchas otras cosas.

Después trabajé un tiempo en un hospital -hacía tarjetas en una oficina-, y luego, tuve que hacer el Servicio Militar. Imagínate, pasaba del convento, como quien dice, al regimiento. ¿Te das cuenta? Después de dos años fuera del mundo, caes al Servicio Militar. Al comienzo me sentía re’mal. El primer día del Servicio, todos en pelotita a bañarse…Puchas, yo venía de un lugar donde el cuerpo era así como pecado, entonces te puedes dar cuenta lo brusco del cambio. Claro que no me costó mucho ponerme en la honda de mis compañeros…Por todo esto es que siento mucho respeto por quienes tienen un sentimiento, una fe…

Al poco tiempo conseguí entrar en la Escuela de Teatro. Le escondíamos a mi cuñado -que era obrero- que yo estaba estudiando teatro. Pero cuando lo supo armó un escándalo en la casa, así es que yo me fui para que mi hermana no sufriera. No tenía dónde irme pero me fui. Al principio me escondía en la Escuela y dormía ahí, pero al final estaba tan mal que hablé con el director y me consiguieron una beca. Con eso yo podía pagar una pieza. Y comía queso caritas y pan. Cuando a mi amigo Nelson Villagra le llegaba una encomienda del Sur, comíamos como locos. Nos íbamos al Parque Cousiño y no parábamos de comer hasta que nos enfermábamos. Después ya pude hacer algunos trabajos en el mismo Instituto del Teatro y al poco tiempo ya estaba dirigiendo.

Con todas las vivencias que ocuparon gran parte de mi vida, es natural que haya sido un artista donde las cosas de la naturaleza y del hombre -del campesino-, están muy arraigadas a la sangre.

La canción: un arma de lucha

La canción nace junto al hombre y su necesidad de expresar una interioridad subjetiva y hacerla universal, mediante un acto de comunicación y participación. Es por eso que la canción no hace sino mostrar aquello que el hombre es, y desde sus orígenes tiene una estrecha relación con la problemática del existir y el medio ambiente en el que se desarrolla esa existencia. Así, por ejemplo, las manifestaciones musicales del hombre primitivo están ligadas a lo mágico-religioso, a lo mítico, demostrando que la canción nace como una necesidad y no como un mero entretenimiento, sino que por el contrario, lleva consigo ya en sus orígenes una finalidad que sirve a la aclaración de su conflicto de hombre vivo y libre sobre la tierra. El hombre cantó, y hasta hoy este canto persiste en la tradición folclórica de los pueblos, para fortalecerlo frente al mal y las fuerzas contrarias que oprimen su vida. Cantó para fructificar la cosecha, para estimular sus energías en el trabajo, para beneficiar sus frutos en la caza, para llamar a la lluvia y espantar las tormentas.

Los incas usaban el sonido de sus quenas para apaciguar y reunir su rebaño en las soledades andinas. En el llano venezolano los indígenas cantaban en la cosecha del maíz, cantos alusivos a su trabajo, y con la música llevaban el ritmo del cuerpo y de las manos mientras molían la mazorca. En Chile, los araucanos reunían al pueblo en el “guillatún”, donde todos cantaban por la fertilidad de la tierra.

En la actualidad la canción protesta surge con ímpetu poderoso, vitalizando los valores esenciales del canto. Los pueblos oprimidos por países extranjeros, con su canto, se rebelan, combaten y denuncian a los culpables de su opresión. La canción efectúa una verdadera acción de limpieza del cáncer que han inoculado al pueblo los invasores. Les habla de su tierra y la necesidad de recuperar todo aquello que les ha sido robado. Les habla de la libertad y de aquellos que luchan en todo el mundo por alcanzarla. Junto a la labor combativa de los más lúcidos, que guían los pueblos a su liberación, la canción protesta comunica masivamente esta labor liberadora. Por eso en su temática aparece el pueblo cubano, estrella guía de la revolución que vive actualmente Latinoamérica; el hombre que en la montaña ha empuñado el fusil para luchar por la dignidad del hombre. Millones de voces se han alzado en todo el mundo para cantar la vida y la muerte del comandante Ernesto Che Guevara, asesinado por el imperialismo yanqui en la selva boliviana. Se canta al campesino cuya sangre y lágrimas riegan los campos que no le pertenecen, perteneciéndoles solamente a ellos. Canta al obrero de la fábrica, que en la ciudad muere cada día un poco, aplastado por el capitalismo. La canción protesta, en todo el mundo, canta al heroico pueblo vietnamita y a la victoria que ya se acerca necesariamente. En una sociedad deshumanizada, canta al amor como único refugio del hombre.

La canción protesta es un hecho, una realidad y una necesidad del hombre de nuestros días. Perseguida y censurada, vuela más allá de las barreras y se transforma en lenguaje común de la juventud del mundo.

Frente a la canción protesta, se alza la sociedad burguesa, con sus medios de información corrosivos y alienantes para el espíritu del pueblo. Diarios, revistas, radios y canales de televisión, dirigidos por un mismo amo, diariamente envenenan la conciencia de las masas, con sus falsos valores y sus ídolos falsos, para encauzar por esas equivocadas vías cualquier inquietud de libertad o expresión, inherente al hombre. La publicidad, la propaganda y los cantantes “populares”, por otra parte, son jugosos incentivos que empujan al hombre a su evasión, actuando como drogas adormecedoras de la lógica rebeldía frente a la miseria.

Por sus medios de información, la burguesía le dicta a la masa falsos patrones de vida e ideales deformados, que se basan en el ideal de vida norteamericana, en el conformismo, el anticomunismo y en la mediocridad. De tal modo se pretende crear un hombre tipo, que responda como un robot a las exigencias de la máquina dictatorial que lo gobierna, anulando toda individualidad e iniciativa creadora. En esa situación el hombre queda aislado y sin poder comunicarse con los demás. La canción protesta destruye estos mitos y esta acción enajenante del capitalismo y es por eso que juega un papel importantísimo en la reivindicación del hombre.

La música nuestra, llamada Nueva Canción, surgió como una necesidad de todos los campesinos, la clase obrera y el estudiantado.

No nació como una cosa de intelectuales, ni tampoco de una discusión de artistas. Surgió porque tenía que surgir, porque el pueblo la necesitaba. Surgió y estalló porque también de atrás venían cosas; porque ya a comienzos del siglo, cuando Luis Emilio Recabarren entendió el problema de la lucha contra el imperialismo a través de la cultura, creó conjuntos teatrales, conjuntos corales en las masas de los trabajadores, formados por los propios trabajadores.

Lo entendió así después Violeta Parra, que vivió los mejores años de su vida junto a los pescadores, junto a los mineros, junto a los campesinos, junto a los artesanos, junto a los indígenas de la precordillera nortina, junto al chilote en el más extremo sur. Vivió con ellos, se hizo piel de ellos, se hizo sangre de ellos. Así solamente pudo Violeta crear canciones como “Qué dirá el Santo Padre”, “Al centro de la injusticia”, o canciones que quedarán en la historia de nuestro país con el surgimiento de una canción nueva, musical y poéticamente valiosa, auténticamente popular. Ninguno de nosotros podía decir, cuando vivía, que Violeta era una artista del pueblo, nadie, ninguno de nosotros. Hasta cuestionábamos a Violeta Parra. Porque, quien va a ser artista del pueblo el tiempo lo dirá, y el pueblo; porque él es, en definitiva, quien va a hacer la revolución de la cultura.

Con el ejemplo de Violeta, varios compositores jóvenes e intérpretes adoptamos ese lenguaje, porque lo impulsa el pueblo mismo, la lucha del pueblo chileno. Y pintores, bailarines, hacen lo mismo: salen a las calles y empiezan a luchar por obtener un triunfo popular. Violeta mostró el camino y su canción fue definitiva para los jóvenes. Durante la campaña de la Unidad Popular, en 1970, esta canción se manifestó en plena madurez. Su bandera era la que defendía el pueblo: antiimperialista, antioligárquica, contra la injusticia y la explotación.

Artistas de la música culta se acercaron a los músicos populares y entendieron perfectamente, humildemente, que el sonido de una quena puede ser tan universal como una sinfonía o un cuarteto de cuerdas. Y han entendido, tal vez, que el sonido de una quena, o el sonido de un charango o una guitarra, es mucho más útil para nuestro proceso revolucionario y quizás para el proceso revolucionario de todo el continente. Porque nosotros entendimos desde un principio que es desde ahí, desde las bases, desde ese lenguaje, desde esa tradición cultural, de esa identidad que se llama folclor y es el lenguaje más puro de cada pueblo, es desde ahí donde debe iniciarse nuestra lucha. Así lo entendimos, así lo estamos haciendo. Fuimos abriendo brecha contra viento y marea. Mediante el contacto directo y vivo con las masas denunciamos la penetración cultural del imperialismo, que en los países subdesarrollados continúa su labor de colonización cultural.

No es una casualidad que los textos de nuestras composiciones sean hoy más comprometidos que antes. El pueblo necesita que el artista le presente el espejo de la vida tal cual es. La Nueva Canción chilena es la nueva vida que el hombre chileno y latinoamericano anhela. Siendo un canto comprometido con el pueblo, es algo más que la simple recreación de un estado de ánimo; constituye un arma esencial de aporte, en su medida, al cambio revolucionario de que tanto hablamos. En mi país, como cantante, soy conocido gracias a la clase obrera y al estudiantado; se me ha criticado mucho ser un cantante político; para la reacción es fácil poner un rótulo. Yo canto mis propias composiciones, también la canción autóctona, y estoy muy interesado en los compositores latinoamericanos, los cuales siento que están en la misma lucha; así canto también canciones de otros compositores latinoamericanos.

Llego al pueblo cantando en sindicatos, en fiestas campesinas, en grupos de mineros. Aunque sean analfabetos, entienden sin analizar y se emocionan a favor o en contra. Se abren frente a mí, me cuentan sus problemas, su dolor. Confieso que me halagan la vanidad con su fe, pero también me impulsan hacia adelante.

Fundamentalmente la canción protesta no es un hecho comercial, sino una especie de revelación artística que debe tocar el pueblo y quedarse en él, pero creo que no puede limitarse sólo a la protesta. La canción nace de un hecho que hay que analizarlo y sacar una conclusión de él, dándolo a conocer con una enseñanza de tal modo que sirva de guía. Protestar por protestar a través de una canción sin señalar caminos, es como un ataque de histeria que nunca va a formar conciencia.

El pueblo, cuando lucha y avanza, avanza también con su cultura. La canción, como parte de esta fuerza, ha conquistado un sitio y desde allí continúa desarrollándose. Anteriormente hemos dicho que la canción popular ahora pertenece a todos. Cuando afirmamos esto, nos referimos a lo que está sucediendo en el seno de los trabajadores y estudiantes.

Vivimos un proceso musical muy rico. En mis últimos recitales, en sindicatos, escuelas o universidades, ofrezco la guitarra al público para que también diga y exprese lo que siente. La respuesta es formidable. La música tiene un hálito mágico de participación. Y nuestra juventud necesita participar, quiere participar. La música, nuestro folclor, nuestras canciones, son elementos integradores, efectivos y reales.

Algunas de nuestras canciones pueden ser calificadas de panfletos, pero también creo que es cuestión de no tenerle miedo al término panfleto. Puede ser un panfleto de contenido. ¿Cuántos panfletos sobre el amor escuchamos a diario? Lo interesante es que el panfleto despierte interés, que no sea trivial. Quien se asusta por esto, puede ser por inseguridad de lo que hace.

La canción sigue siendo un arma de lucha. La canción auténtica, la revolucionaria, tiene que cambiar al hombre para que éste cambie el sistema.

Este intento de búsqueda de los compositores sigue estando comprometido con la realidad. Hay que seguir profundizando. Cuando vamos a ser escuchados debemos elaborar nuestra categoría por medio de estímulos y elevar el nivel de los pueblos.

Nuestra canción es comprometida en cuanto la obra y la acción del creador se identifican con los sentimientos populares. Es revolucionaria porque lucha contra la penetración cultural imperialista y busca rescatar y revitalizar los valores culturales que nos son propios y nos dan una identidad como país. Y es nueva, porque, sumergida en el ámbito de estos valores, también está destinada a crear una nueva sociedad, donde la música deje de ser comercio y realce, en forma y contenido, las modificaciones más nobles de la familia humana.

Se da el caso de que con el éxito que se puede obtener con este tipo de canto es muy fácil que el imperialismo empiece a coquetearlo. Lo compra hasta que termina siendo instrumento de la industria del disco. Eso ha pasado con cantantes latinoamericanos que han surgido del pueblo y de pronto ya son “ídolos” que no van a su fuente de origen. Nosotros, yo personalmente, no soy de esos cantantes de protesta, porque el término protesta es ambiguo, está industrializado, manejado por el imperialismo…

Nosotros cuestionamos toda la terminología creada por la burguesía: música culta, música popular, música folclórica. Para nuestra canción ya tenían un término: “música política”, pero peyorativamente para que no estuviera en el plano artístico creativo, porque para la burguesía jamás arte y política han sido sinónimos de cultura.

La penetración cultural, de la cual una de sus manifestaciones es la canción, constituye un árbol frondoso que nos oculta el que podamos ver nuestro propio sol, cielo y estrellas. Por lo tanto, nuestra lucha para ver el cielo que nos cobija es por cortar este árbol de raíz. El imperialismo norteamericano entiende la magia de la comunicabilidad en la música, e insiste en penetrar en nuestra juventud con tipos de música como la hindú, o la guajira de Santana o los sirolillos populares que crea para sus intereses. Como hábil profesional, ha tomado sus determinaciones: primero, la industrialización de la canción protesta y su comercialización; segundo, ha levantado ídolos del canto protesta, que le sirven a sus intereses para adormecer la rebeldía innata de la juventud. Son ídolos que sufren las mismas alternativas de los otros ídolos de la canción consumo: subsisten un instante para después desaparecer. Por eso somos más bien cantantes revolucionarios que de protesta, porque ese término ya nos parece ambiguo y porque ya está utilizado por el imperialismo.

Con respecto a Latinoamérica, hay que luchar por tener una verdadera relación con quienes están utilizando la guitarra como un arma. Los nombres de Silvio Rodríguez en Cuba, Daniel Viglietti en el Uruguay, Mercedes Sosa en Argentina, son nombres muy importantes en la confraternidad del canto americano.

A diferencia de nosotros, los cazadores de dinero -autores de boleros o baladas, autores “del rock and roll, protestadores a yeyé”- nunca comprenderán que el canto es como el agua que purifica la piedra, el viento que purifica el fuego que se apaga y permanece aquí en el fondo de nosotros, para mejorar. Para ellos cuenta sólo el aroma fugaz de los aplausos, el fulgor de los flashes, la publicidad que anuncia el “descubrimiento”. 

La mejor respuesta del canto es el canto como respuesta.

A los artistas populares chilenos lo más importante que nos sucedió fue trabajar y unir esfuerzos por conquistar un gobierno popular. Este afán común nos permitió el conocimiento físico entre los artistas de diferentes áreas. Casi siempre el artista ha sido un ser cuyas búsquedas y hallazgos son individuales, cuyos problemas, a lo más se conversan en el taller. Pero, como nunca, en 1970 los artistas de una misma tendencia se unieron. En este sentido los comités de Unidad Popular cumplieron un papel primordial. Este contacto, este conocimiento personal, esto de saberse amigo en la lucha, lo logró el pintor abstracto, el bailarín de la danza moderna, el investigador del folclor puro, tanto como el intérprete de la canción revolucionaria.

Sentimos que éramos seres humanos y que juntos podíamos trabajar mucho por lo que antes era sólo un pensamiento, un deseo, y que se convirtió en una fuerza de acción.

A mi juicio nuestra actividad después del triunfo de Allende se va desarrollando positivamente, porque el triunfo y esta conjunción de ideas comunes despertó en muchos artistas la inquietante pregunta de “qué es lo que hay que hacer ahora”. Al analizar las experiencias anteriores se vio el panorama presente y comenzó la necesidad de definirlo en forma coherente y ponerse en marcha. Lo que antes fue impulso espontáneo, hoy tiene que convertirse en acción organizada y planificada. Está de más decir qué anhela el pueblo en lo que a cultura se refiere.

Hay que entregarle al pueblo las armas para que se convierta en creador.

Eso se consigue con planes bien definidos. Hay que dejar instalado en cada lugar donde se actúa un centro de creación, un taller. Los artistas tenemos una gran responsabilidad en nuestro propio país porque, junto al pueblo, tenemos que construir una nueva Patria.

La proyección de los artistas más allá de nuestras fronteras, es muy importante, pues habla bien del país en sí. Sin cortar el cordón umbilical con su tierra, el artista puede proyectar su labor en otros países dejando estímulo y experiencia, sin ir a buscar gloria y fama. Nuestros artistas comprometidos tienen una responsabilidad colectiva en el extranjero. No los miran como a individuos, sino como a Chile. Esto nos compromete más para conocer la realidad y la participación en ella.

Así dejamos de pertenecer a un limbo, a las cuatro paredes del taller o el teatro, y nos integramos al pueblo que está alcanzando una nueva meta. Además, en estos momentos cantarles a los pueblos latinoamericanos es como cantarle al resto de Chile. No interesa que a Víctor Jara lo llenen de aplausos, sino interesa que conozcan a su pueblo y cantando pueda ayudar a que sepan quiénes somos y el porqué estamos llevando adelante este proceso.

Siempre mis temas fueron censurados por los montadiscos. Fui un cantante marginado de la radio. Más de alguno dijo que no había público para mis canciones, que no estaban preparados. Consideraban que mi producción no era comercial. Como si la belleza también pudiera ser comercial. Esto es algo completamente falso; cada vez que doy un recital a obreros o estudiantes universitarios se me escucha con atención. Se me aplaude. Significa que el público está preparado para éstas canciones. Aunque no tiene el nombre, nuestra canción es folclórica, si por folclor se entiende el lenguaje popular, el canto del pueblo. Es comprometida porque está junto a la lucha de la clase trabajadora y de la juventud obrero-campesina, y es de protesta porque conlleva la denuncia y la crítica.

En este camino y con esta luz, un grupo de jóvenes decidimos tomar la canción popular como bandera y ya nuestro país conoce nuestro trabajo. Ahora el canto pertenece a todos.

Algún día habrá que cambiar la guitarra por el fusil: 

mi verso al valiente agrada, 

mi verso, breve y sincero 

es del vigor del acero 

con que se funde la espada. 

José Martí.