Allende: El compañero Presidente

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Crónicas del cincuentenario.  N°1.

Miguel Lawner (*). Santiago. 01/03/2023. A fines de 1951, el Partido Socialista resolvió apoyar a Carlos Ibáñez del Campo, en la elección presidencial que tendría lugar el 4 de septiembre de 1952.

Salvador Allende y un puñado de otros militantes de su Partido rechazaron tal acuerdo y dieron vida al Partido Socialista de Chile, que designó al propio Allende como su candidato a dichas elecciones, en una coalición llamada Frente del Pueblo.

La Juventud Socialista en pleno, dirigida por José Tohá, se unió a este nuevo Partido.  Acabábamos de ganar las elecciones de la FECH con una colación de Izquierda: FAU (Frente de Avanzada Universitaria), integrada por socialistas, radicales y comunistas, que aún vivíamos en la clandestinidad, porque continuaba vigente la Ley de Defensa de la Democracia, impulsada por el presidente traidor, Gabriel González Videla.

Allende arrendó una casona colonial de tres patios situada en calle Serrano a pasos de la Alameda, donde se instaló la secretaría general de su campaña.

Nosotros el lote de militantes de la Jota de Arquitectura, así como compañeras de la Escuela de Artes Aplicadas, asumimos la tarea de confeccionar los afiches de la campaña, dibujados a mano con témpera, en láminas de papel estraza tamaño Mercurio, (80 x 110 cm) conteniendo las consignas fundamentales de la campaña: Derogación de la Ley Maldita, Reforma Agraria, Tierra para el que la trabaja, Casa para los Sin Casa y otras.

Todas las noches, salíamos a pegarlos con engrudo en los muros de la ciudad. Era una faena que nos enorgullecía y competíamos quién los hacía más hermosos. Allende los divisó un día, caminando por la calle y solicitó que colgáramos un lote de afiches en la misma secretaría. Fue la primera vez que nos encontramos con él y estábamos muy emocionados. Nos estrechó la mano, cálidamente a cada uno. Por cierto, que se fue de beso con Anita y con otras compañeras de Artes Aplicadas. Emanaba calor humano y sencillez. Trasmitía naturalmente entusiasmo y convicciones. Salimos con las energías multiplicadas.

Se aproximaba el fin de la campaña y el comando organizó la Marcha de la Victoria que se inició en Avda. Matta esquina de San Diego, en dirección a Vicuña Mackenna, donde giramos hacia la Plaza Italia y desde allí por la Alameda hasta Plaza Bulnes, lugar donde se levantó la tribuna desde la cual Allende nos deslumbró con un discurso espectacular. Fue la primera vez que lo escuchamos hablar en público.

Al día siguiente, tuvo lugar la concentración del paco Ibáñez, que concentró miles y miles de personas confluyendo a la misma Plaza Bulnes sin orden alguno, pero copando las calles de toda la ciudad. Quedamos bastante desmoralizados.

El día 4 de septiembre tuvieron lugar las elecciones, donde pude votar por primera vez en mi vida y además fui electo secretario de mesa en el local de la Séptima Comuna situado en la Escuela Federico Errázuriz, (Hoy República Argentina), donde cursé mis primeros años de preparatoria. 

Terminados los escrutinios, me dirigí a la Secretaría General de Allende, muy concurrida a esa hora, donde comenzaban a conocerse los primeros resultados.

Los jóvenes nos ubicamos en un patio interior, próximo a un gran ventanal, en el cual se ubicó una radio de gran tamaño, que trasmitía las primeras cifras. A medida que avanzaba la hora, los resultados eran cada vez más abrumadores en favor de Carlos Ibáñez, generándonos bastante desazón. Nadie habría la boca, hasta que el propio Allende rompió el silencio diciendo en voz alta: “Compañeros, no se preocupen. Aún no llegan los resultados de Lota”.

Efectivamente, Lota fue el único lugar donde triunfó Allende, pero digamos con unos dos mil votos. El resultado final otorgó el triunfo a Ibáñez con más de 400.000 votos. Allende solo obtuvo 52,000, equivalentes al 5% de la votación.

Sin embargo, ese fue el comienzo de una carrera que culminó con la victoria en septiembre de 1970.

Participamos con Anita en las cuatro campañas presidenciales y percibimos como nuestro compañero Allende fue creciendo como político y como ser humano. Tuvimos el honor de asumir altas responsabilidades en su Gobierno. Miro hacia atrás y califico como un privilegio haber sido partícipe de un momento tan excepcional en la historia de Chile. La obra realizada nos llena de orgullo.

Salvador Allende tuvo una enorme capacidad de aglutinar personas en torno a un común ideal. Desde la primera campaña electoral, fue conformando equipos de trabajo en los más diversos frentes que siempre recibieron el estímulo de su líder.

Todos nos sentíamos escuchados por Allende. Participaba en los debates sin pretender imponer sus propios puntos de vista. Sabía extraer conclusiones que resumían la opinión mayoritaria. Nadie se sintió nunca avasallado en sus juicios personales. Lo que no quiere decir que careciera de convicciones, pero cuidaba de no imponerlas infiriendo agravios.

Cuando asumió la Presidencia, fue muy exigente con sus colaboradores, pero siempre respetuoso. Sin embargo, ay que advirtiera ignorancia de su interlocutor en algún tema trascendente. No vacilaba en increparlo con severidad. Tenía un ojo clínico para captar los vacíos en algún informe o documento y lo hacía presente de inmediato.

Jamás extravió la brújula en asuntos fundamentales y siempre logró enderezar el timón en la dirección correcta.

Su capacidad de trabajo era impresionante. Imposible seguirle el ritmo. Sabido es que en las campañas dejaba cortado al resto de sus acompañantes, mientras él lucía lozano a toda hora.

Utilizó múltiples recursos para constatar que sus colaboradores cumplieran con sus tareas. Llamaba con cualquier pretexto por el teléfono rojo a los jefes de servicio a las ocho y media de la mañana, sólo para asegurarse que ya estuviéramos en nuestros puestos de trabajo.

Tuve gran respeto y estimación por él desde que nos conocimos en su primera postulación electoral el año 1952, pero esta admiración creció cuando lo vi ejerciendo la Presidencia de la República. Fue un honor, tener el privilegio de haber sido uno de sus colaboradores desde que inició la carrera por sentarse en el sillón de O’Higgins y más tarde durante los inolvidables mil días del gobierno popular.

Se van a cumplir 50 años desde que nos dejó, pero nos sigue acompañando en todas las causas nobles que libran los pueblos de la tierra por construir una sociedad donde imperen la fraternidad, la justicia y el bien común.

(*)Miguel Lawner, arquitecto chileno, Premio Nacional de Arquitectura 2019, director ejecutivo de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) durante el Gobierno de Salvador Allende.