HABLEMOS DE LA TELE. Juntan rabia otra vez

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Los hoy en día mal llamados “sectores vulnerables” desconfían, no le creen ni se prestan para los “diálogos” televisivos desde las calles porque saben que no conducen a nada más que al sensacionalismo, el morbo, el sexismo y otras lacras del modelo. Al respecto, los “especialistas”: economistas, politólogos, sociólogos se mezclan con políticos y parlamentarios en la mal llamada “clase política”, que no es más que la elite milenaria que subsiste en cada país.

José Luis Córdova. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 31/7/2023. Más de algún televidente desprevenido podría preguntarse: ¿Por qué la gente elude las preguntas de noteros en las calles?, ¿Por qué esa actitud inamistosa con las cámaras? Habría que hacer un poco de historia y recordar -por ejemplo- enojosas situaciones provocadas durante masivas manifestaciones sociales, el vil trato dado a trabajadores informales y comerciantes ambulantes por los “reporteros” en vivo y en directo.

No se trata de amparar a vándalos ni delincuentes, pero una ética elemental exige a los profesionales de la información precisamente escuchar a las partes con respeto, no emitir juicios ni traspasar prejuicios y mucho menos humillar, zaherir o insultar a los entrevistados espontáneos como ocurre a menudo en el medio de tráfago reporteril.

Es complejo cubrir profesionalmente informaciones mientras están ocurriendo algunos hechos, consultar a testigos o víctimas y, por lo general, las autoridades mantienen cierta rigidez formal que no permite auscultar más allá de lo que se quiere expresar oficialmente de parte de policías, funcionarios municipales u otros, mientras que el reportero debe entregar permanentemente datos, ojalá de fuentes confiables y comprobadas. Pero no siempre es el caso.

Mientras noveles noteros ponen la cara por la televisión en general en las calles, en los estudios de los canales se banalizan situaciones, se cuestionan gratuitamente comportamientos y se permite dar tribuna a personajes como el senador RN Manuel José Ossandón, la exministra Karla Rubilar, el expresidenciable Sebastián Sichel, el exdiputado y exministro Mario Desborde y la alcaldesa Evelyn Mathei, quienes se refieren a uno u otro tema sin consideración ética ni política alguna, simplemente para ganar espacio comunicacional. Así se explica que personeros de derecha gocen de popularidad y aparezcan primeros en las encuestas para iniciar carreras presidenciales y/o campañas electorales.

Asimismo, connotados colegas profieren las más arriesgadas conjeturas, juicios temerarios sin considerar contextos y referirse a complejos fenómenos en forma superficial, sin ir al fondo de problemas que tienen directa relación con el modelo económico, político, social y cultural neoliberal impuesto a sangre y fuego en Chile desde hace 50 años.

Las crisis económicas cíclicas, la inflación y las trabas al crecimiento del país tienen que ver directamente con el modelo de desarrollo meramente extractivista, de venta de commodities, de la permanente profundización de la desigualdad, la discriminación y la -¡Horror!- lucha de clases que muchos pretenden ignorar o dar por superada, pero los ricos y pobres se enfrentan diariamente en nuestro país y ante las cámaras de televisión en cada momento.

Por algo, los hoy en día mal llamados “sectores vulnerables” desconfían, no le creen ni se prestan para los “diálogos” televisivos desde las calles porque saben que no conducen a nada más que al sensacionalismo, el morbo, el sexismo y otras lacras del modelo. Al respecto, los “especialistas”: economistas, politólogos, sociólogos se mezclan con políticos y parlamentarios en la mal llamada “clase política”, que no es más que la elite milenaria que subsiste en cada país.

Resulta fácil pronunciarse gratuitamente sobre cualquier tema desde la tranquilidad de una oficina o en un estudio de televisión, pero otra cosa es defender situaciones complejas desde la zozobra para llevar recursos al hogar por parte de personas desempleadas o jubilados con pensiones de hambre. Es cierto que la delincuencia subyace también en la informalidad laboral, pero es indispensable discernir, separar actitudes y pareceres, entre lo legal, lo ético, lo permisible y lo aceptable.

Pedirles solidez e imparcialidad a jóvenes colegas que hacen sus primeras armas en las calles es muy exigente, pero los personeros políticos, personalidades y expertos están obligados a mantener la sobriedad, la mesura y la racionalidad, cuestiones que no se han visto en el último tiempo a propósito de debates tan trascendentes como la necesidad de un sistema previsional humano o un pacto fiscal que permita una mayor y más justa distribución de recursos y de la riqueza del país.

Resulta vergonzoso, por ejemplo, que se condicionen debates sobre reformas institucionales indispensables a la permanencia o no de determinadas personas en el gobierno o para llegar a acuerdos políticos a través de transacciones de dudosa reputación.

 Vale la pena recordar, a 50 años del asesinato del edecán naval del presidente Allende, comandante Arturo Araya Peters que recién en los últimos años se reconoce esta operación criminal de la derecha que era considerada hasta hace algunos años como un homicidio pasional (?) al igual que la recuperación desde el mar del cuerpo torturado de Marta Ugarte. Ambos hechos desvirtuados intencionalmente por la prensa de entonces y hoy en día absolutamente documentados en su terrible veracidad de terrorismo de estado.

¿Llegará un día que se reconozca que Carabineros lanzó un joven al Mapocho, que dejó a centenares de manifestantes con lesiones oculares o que el incendio de estaciones del Metro no fue provocado por la gente que protestaba en las calles?

En tanto, personeros oficialistas y parlamentarios de gobierno deben enfrentar a una rabiosa jauría que hace recordar la fatídica advertencia de 1973: “¡Junten rabia, chilenos!” con que titulaba diariamente el vespertino La Segunda de la familia Edwards.