Entrevista. Patricio Guzmán escruta en su obra, Allende, su exilio

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“El tema de la memoria histórica me surgió muy fuerte durante La batalla de Chile, durante el periodo de Allende”. El proceso de la Unidad Popular “impactó las configuraciones de las izquierdas en el mundo entero”.  “Es muy interesante que un país se mueva y Chile no deja de moverse nunca. Incluso cuando ‘no pasa nada’, se está moviendo”. “El documental es un género muy íntimo y muchos viven escondidos, por eso mismo creo que hay pocos en Chile”. Las restauraciones de los documentales “La batalla de Chile” y “El primer año”. El episodio cuando “me fui a La Habana y me metí a un hospital durante más o menos 2 meses y ahí me reconstituyeron”. Sobre su postulación al Premio Nacional de Arte 2023 señaló: “Yo nunca he pensado el Premio Nacional como una meta. Uno piensa que sus obras las habrán visto algunos jóvenes, pero nunca me imaginé que algunos de ellos se iban a organizar para postularme”.

Camila Ayala. París. 14/7/2023. Patricio Guzmán, en su céntrica casa parisina, nos recibe para comentar su postulación al Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales y el reestreno de sus películas quizás internacionalmente más reconocidas: “La batalla de Chile” y “El primer año”. Siempre dividido entre los dos hemisferios, con su espíritu en Chile y su cuerpo en París, reflexiona en torno a la memoria y la amnesia en relación al evento que marcó su vida y su carrera cinematográfica. A cincuenta años del golpe de Estado del 73, inmerso en el proceso de restauración fílmica de su ópera prima, su mirada sigue impasible escrutando la realidad chilena desde la distancia. 

Acompañado siempre de Renate Sachse, su esposa, productora y mano derecha en todos sus proyectos, Patricio Guzmán (81), probablemente el más destacado documentalista chileno, asegura que sus reflexiones siempre han estado ligadas a la historia y a la dignidad humana en los cambiantes contextos sociales. Nos cuenta que sin lugar a duda el Gobierno de Salvador Allende, el proyecto de la Unidad Popular y el golpe de Estado de 1973 marcaron su vida para siempre, y desde ahí ha seguido el camino de la memoria histórica y que así continuará “porque no tengo otro camino conocido”. 

Este, su único camino conocido, fue marcado por su obra “La batalla de Chile”, filme basado en las grabaciones que realizó durante el Gobierno de Allende y hasta el preciso 11 de septiembre. El trayecto para que este proyecto saliera a la luz no fue fácil. Al igual que muchos chilenos y chilenas perseguidos por el régimen dictatorial, las cintas tuvieron que escapar solapadamente y ver la luz en el exilio. Gracias a la ayuda sueca, el proyecto finalmente tomó forma en tres largometrajes: “La insurrección de la burguesía” (1975), “El golpe de Estado” (1976)  y “El poder popular” (1979). Pero fue recién en el año 1997 que las películas fueron exhibidas en Chile. 

Patricio cree que el rol del documental se encuentra precisamente en evitar la amnesia y el olvido de la historia de un país. Este año, a 50 años del golpe de Estado en Chile, Patricio y Renate han trabajado los últimos meses en la restauración de la trilogía y “El primer año”. Ambos proyectos, en conjunto con sus últimos documentales, “Nostalgia de la luz” (2010), “El botón de nácar” (2015), “La cordillera de los sueños” (2019) y “Mi país imaginario” (2022), le han otorgado variados premios y reconocimientos a nivel internacional (entre ellos, el Ojo de oro de Cannes, Oso de plata en la Berlinale y un Goya a mejor película). En este año tan especial nos comenta qué opina sobre el Premio Nacional al cual lo han postulado y cómo su filmografía se entrelaza con su historia de vida. 

La idea de la memoria recorre tu obra como un hilo rojo. En alguna ocasión has dicho que todo creador tiene un tema obsesivo, que lo llena, y que para ti, ese tema es la memoria de Chile. Este año, en la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, ¿cómo es tu relación con este “objeto de obsesión”?

El tema de la memoria histórica me surgió muy fuerte durante La batalla de Chile, durante el periodo de Allende, porque todo lo que ocurría parecía ser muy trascendental y, por lo tanto, era un hito. Era un sentimiento de estar viviendo un momento clave de la cultura de un país, y me ató a ese momento para siempre (…) y la memoria trabaja cuando ocurre algo muy importante. El país entero se movilizaba, había un ambiente, una sensación, un tipo de conversación medio abstracto, que se anclaba en ese periodo político. O sea, cuando Allende sale, Chile se termina y empieza otro.

Entonces era insólito llegar a Chile, después de estar cinco años fuera, y darse cuenta que el país entero estaba viajando y que había que entrar a ese vehículo porque era apasionante. Todo se movía, tu abrías la ventana y pasaba un desfile, más allá había una manifestación; ibas a una población y parecía que había fiesta. Había muchos actos “oficiales” del Gobierno, pero que no eran oficiales, eran movimientos de masas.

Desde ese momento que defines como trascendental, hoy cincuenta años más tarde ¿cómo ha ido evolucionando esa memoria en Chile? 

Yo no siento que el país haya cambiado respecto a lo que yo imagino que me gustaría hacer sobre él. Sigue ahí. Hay cientos de temas apasionantes en relación a la costa, al sur, a los fiordos, a la cordillera y al desierto. Para mí el territorio no ha cambiado. Todo lo contrario, yo he sido el que ha cambiado, porque me he hecho más viejo, pero el territorio sigue siendo exactamente igual que como cuando yo fui la primera vez. Es cómico esto de haber estado cinco años afuera y cuando vuelves, te da la impresión que es tu primer día de Chile. Se desarma la biografía clásica y todo el aspecto anterior. 

Y ahora es una locura esto, que cincuenta años después, en otro contexto, esté pasando algo similar. Es notable eso, que me haya dedicado a una cosa y cincuenta años después venga una situación distinta pero igual de increíble. Cuando se ve la Plaza Baquedano completamente llena y la policía atacando, es una imagen que me lleva a otro momento histórico también. Mi última película (“Mi país imaginario”) fue una obra rápida, que tenía que hacer en el momento. Era como una encuesta, en el sentido que no se profundiza mucho en lo que pasa en lo profundo o lo que pasará. Y por suerte fue así, porque lo que ha pasado últimamente es tan incomprensible. Es tan complejo.

“Los documentalistas tenemos casi siempre un punto de vista exterior, somos gente que observa y el observar ya te aleja inevitablemente del grupo. El documental es un género muy íntimo y muchos viven escondidos, por eso mismo yo creo que hay pocos en Chile. Hay muchos solitarios, navegantes sin océano”. 

¿Cuál es el rol que debe tener el cine documental en momentos como el que está viviendo Chile ahora?

Es muy interesante que un país se mueva y Chile no deja de moverse nunca. Incluso cuando “no pasa nada”, se está moviendo. Porque, por ejemplo, esta explosión (el estallido social) que ocurrió ahora se estuvo gestando y eso es lo que un documentalista tiene que descubrir. Por lo tanto, siempre es interesante la realidad y eso es lo malo a la vez desde el punto de vista del documentalista. Siempre se está seducido por esta realidad que es múltiple y uno quiere hacer muchos temas, hacer películas a cada rato de todo, de los árboles, de sus ramas, de una hoja. A la vez, eso es lo hermoso: ver en esta realidad “más normal” lo extraordinario. Es una profesión sumamente delicada.

¿Cómo ha afectado tu relación con el país el hecho de vivir afuera?

Es muy interesante ver Chile desde afuera. Es mejor aún, yo creo, porque se te puede hacer más claro lo que está pasando. Y la gente te habla y te habla, pero no prestas atención porque uno está atento a otras cosas, como el tiempo, el futuro, el pasado, todo junto. No estás en esa onda que está en Chile en ese mismo momento, estás en un presente separado. Una especie de separación que es útil, porque no es una ausencia. Claramente el estar lejos hace que haya muchos detalles que desconoces, que se te pierden, pero hay otras cosas que puedo llegar a ver, que quienes están metidos no pueden observar. Es como un secreto de las dos partes, al cual no es fácil acceder desde el lado contrario. Y bueno, yo ya me acostumbré a eso. 

Creo que para cualquier creador es bueno que viva lejos de su país por un tiempo; escritores, ensayistas, etc., aunque sigas escribiendo del mismo Chile. Los documentalistas tenemos casi siempre un punto de vista exterior, somos gente que observa y el observar ya te aleja inevitablemente del grupo. El documental es un género muy íntimo y muchos viven escondidos, por eso mismo yo creo que hay pocos en Chile. Hay muchos solitarios, navegantes sin océano. 

Respecto a eso, ¿tienes algún proyecto en mente?

Tenemos “La batalla de Chile” recién restaurada. Es como hacer de nuevo la película. Es insólito, con los métodos actuales se puede escarbar en el negativo y llegar a una imagen que no se ha visto nunca. La estrenaremos en Chile en septiembre. Estamos terminando el proceso, es bien apasionante. Es notable la capacidad que tiene el 35 (mm), porque aún en las copias que ahora tenemos, ya está muy bien. Y la banda sonora, es muy barroca. Hay cosas que se oyen, que se habían olvidado, y es muy bonito. Hay otra película, que antecede a “La batalla de Chile”, que se llama “El primer año”, la cual también va a salir restaurada. Y esto sí que nos ha sorprendido a Renate y a mí, porque no habíamos visto esa película hace tiempo. Y es tan importante como “La batalla de Chile” y tiene momentos increíbles, y cuando ves la imagen, en buen estado, la película sube. Y en eso hemos estado todo este mes, y los anteriores.    

¿Qué impacto tuvieron esas primeras películas en tu carrera? 

El primer año ha sido muy importante en el arranque de mi carrera. Fue gracias a esa película que Chris Marker (escritor, fotógrafo y director de cine francés) vino en enero o febrero del 71. Y todo eso me afirmó en el camino documental. Pero después de “La batalla de Chile”, yo estuve como cuatro años sin hacer nada, porque salí enfermo de la segunda parte (de la película). Perdí la memoria, durante un tiempo y Pedro Chaskel (también director de cine) que vivía en La Habana se enteró de esto y me mandó a buscar. Yo estaba aquí en París, me fui a La Habana y me metí a un hospital durante más o menos 2 meses y ahí me reconstituyeron. En Cuba, en el principal hospital, había una gran sección destinada a atender a la gente que venía de Angola, de la guerra. Todos los que estaban en el hospital en ese momento eran excombatientes de Angola y de otras guerras de la Unión Soviética. Deben haber sido oficiales porque parecían tener más de 50 años todos. Yo estuve ahí, observando todo esto y al mismo tiempo participando de una terapia y cura psicológica y psiquiátrica para lograr salir del trauma del golpe de Estado, del exilio, de la ruptura de mi matrimonio y del hecho de vivir aislado. En Cuba, un médico muy competente me dio un diagnóstico explicando más o menos lo que me pasaba: una especie de amnesia que te produce un golpe de Estado, el salir de tu país y llegar a otro, el no saber dónde estás. Creo que sentía una satisfacción extraña, mezclada con angustia. A veces era agradable ser de ninguna parte. Pero empezaba a perder la noción de las cosas, se me borraban capítulos enteros, también comencé a hablar de cosas que nunca había tocado antes y la gente me miraba como si estuviera loco. Nunca he hecho una película de ese periodo.

“La idea íntima de revolución ya no está vinculada a los movimientos políticos, sino que ya es un capital interior, dentro de cada uno de nosotros.” 

A 50 años del fin de los 1.000 días de Allende, ¿cuál crees que es el legado y cómo ves la actualidad en Chile?

A un primer nivel, está el hecho de haber tenido este proyecto de un Gobierno de izquierda en democracia, con libertades, donde se modificaron las relaciones de fuerza para llegar al poder y desde ahí amplificar un trabajo más revolucionario. Desgraciadamente, la derecha en Chile reaccionó demasiado rápido, y con la ayuda norteamericana. Ese fenómeno fue entregado, de cierta manera, al mundo. Fue un ejemplo que impactó también las configuraciones de las izquierdas en el mundo entero. Muchos ojos estaban puestos sobre Chile y su proyecto. Allí, dio lo mismo el porte del país y la lejanía, su impacto sigue siendo notorio hasta el día de hoy. Aún hoy con esta pequeña revolución que se vivió en 2019 se observan repercusiones en otras zonas.

La idea íntima de revolución ya no está vinculada a los movimientos políticos, sino que ya es un capital interior, dentro de cada uno de nosotros. Es decir, sin necesidad de un partido, se puede llegar a un movimiento social gigantesco. No sé a dónde llegará, ya se verá. Habrá que esperar unos 4 o 5 años más, porque la caldera está caliente, siempre. 

¿Cuáles son tus reflexiones acerca de tu postulación al Premio Nacional de Artes?

La primera cosa que me ocurrió cuando escuché esta proposición fue la sorpresa. Uno piensa que sus obras las habrán visto algunos jóvenes, pero nunca me imaginé que algunos de ellos se iban a organizar para postularme. Yo nunca he pensado el Premio Nacional como una meta porque, para ser honesto, los festivales nos interesan más porque los festivales se traducen en la venta de la película a los distintos países, y con eso la distribución de ellas a más público. Pero esto del premio es otra cosa y yo no sabía qué importancia tenía. El mismo premio ahora lo he valorizado más a partir del trabajo de divulgación que se ha hecho y eso me parece muy bien. Estaría muy contento de recibirlo si pasa eso y me gustaría mucho porque es una manera además de aproximarme a Chile. Siempre voy cada dos o tres años a Chile…y también justo ahora que estoy un poco enfermo y volveré a estar bien en unos 4 o 5 meses, me interesaría mucho que esto funcione.

En tu película “La Cordillera de los Sueños” tu pides un deseo: “que Chile recupere su infancia y su alegría”, después de los últimos años y acontecimientos que han pasado, ¿crees que es posible? 

Claro que es posible y es necesario mantenerlo porque el futuro está aquí, saliendo de esta casa, es una ola inmensa que no se puede detener y el optimismo con el futuro es la fuerza principal que nos debe mover.

Foto de Patricio Guzmán en El Botón de Nácar: Atacama Producciones.

Foto Equipo de La batalla de Chile en La Moneda 1972-1973: Atacama Producciones.