El homenaje a Fidel en el séptimo aniversario de su fallecimiento

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Entre música, danza y poesía se celebró “el legado de este combatiente excepcional que marchó a la inmortalidad”. Fidel es un pueblo, un movimiento, es una fe y una fuerza. Han transcurrido siete noviembres desde su partida física y, sin embargo, Fidel nos sigue habitando desde la sobrevida, con esa presencia inagotable que emana de su legado eterno e ineludible, y del recuerdo entrañable de quienes vivieron su tiempo.

“Granma”. La Habana. 11/2023. Otra vez la escalinata de la Universidad de La Habana fue punto de encuentro para honrar el legado de Fidel, el gigante vencedor de imposibles, en el séptimo aniversario de su partida física, este 25 de noviembre.

Ningún lugar es mejor para cada año reencontrarnos con él, afirmó Aylín Álvarez García, primera secretaria del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), ante quienes acudieron a su Universidad, el lugar donde se hizo revolucionario el hombre que se alistó junto al deber y lo cumplió para el bien de la Patria.

La velada político-cultural estuvo presidida por Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, y también contó con la presencia de los miembros del Buró Político Manuel Marrero Cruz, primer ministro, y Roberto Morales Ojeda, secretario de Organización.

La historia viva de la Revolución estuvo presente con la participación del Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez, vice primer ministro, y del Comandante del Ejército Rebelde, José Ramón Machado Ventura.

Entre música, danza y poesía se celebró “el legado de este combatiente excepcional que marchó a la inmortalidad”, aseguró en su intervención Álvarez García.

“No hay adiós ni final entre los jóvenes y nuestro Comandante en Jefe. Aquí se siguen sintiendo sus pasos firmes y su voz enérgica”, añadió la dirigente de la UJC.

Destacó que hay que seguir escuchando las enseñanzas de Fidel, su militancia por la unidad como principal antídoto contra los que quieren destruir la Revolución.

Su ejemplo en la lucha por las causas justas y por la paz no faltó esa noche, cuando junto a las banderas cubanas ondearon las de Palestina.

“Acude a nosotros la enérgica posición de principios que Fidel sostuvo y defendió en favor de ese pueblo y sus derechos pisoteados, esa es también nuestra convicción”, refirió la Primera Secretaria del Comité Nacional de la UJC.

Para recordar al eterno líder, en la casa de altos estudios deleitaron con su arte pequeñas abejitas de La colmenita, representantes del Ballet Nacional de Cuba, la cantante Annie Garcés junto al Coro Solfa, el cantautor Nelson Valdés y la actriz Mirta Lidia estremeció con su interpretación del poema Canto a Fidel, de Carilda Oliver Labra.

Las presentaciones artísticas fueron acompañadas por una proyección audiovisual que mostró al Comandante en Jefe en varios momentos de su vida y etapas de la Revolución.

La canción “Cabalgando con Fidel”, de Raúl Torres, fue interpretada en esta ocasión por el Coro Nacional de Cuba, dirigido por la maestra Digna Guerra.

Como en los versos del joven improvisador cienfueguero Marcos David Fernández (El Kíkere de Cisneros): “Fidel nunca va a morir / ¿Qué por qué soy fidelista? / Porque derrumbó a Batista / Porque Girón lo retrata / Porque el odio no lo mata / Porque Cuba lo persigue / Y porque su ejemplo sigue bajando la escalinata”.

Fidel nuestro

Fidel es un pueblo, un movimiento, es una fe y una fuerza. En su nombre, el homenaje se desprende de lo esperado, de todos los rituales, y surge desde el centro mismo de la gente, allí donde la Revolución nace y se nutre de la épica cotidiana, de lo más puro, de los agradecimientos individuales que hacen el empuje colectivo.

Fidel es una energía, e irradia. Afortunada Isla que lo tiene y que lo invoca, que no debe esperar una fecha señalada para decir «yo soy él», y que en él se mira siempre que las circunstancias parecen demasiado; Fidel no creía en valladares. Fidel es un camino.

La inmensidad de un hombre

Mailenys Oliva Ferrales. La Habana. Han transcurrido siete noviembres desde su partida física y, sin embargo, Fidel nos sigue habitando desde la sobrevida, con esa presencia inagotable que emana de su legado eterno e ineludible, y del recuerdo entrañable de quienes vivieron su tiempo.

Y no podría ser de otra manera, porque como señalara en 2016 el General de Ejército Raúl Castro Ruz, en aquellas jornadas de duelo colectivo, en las que un pueblo lloró la pérdida de su líder mayor: “Fidel consagró toda su vida a la solidaridad y encabezó una Revolución socialista de los humildes, por los humildes y para los humildes”, convirtiéndose así en un símbolo de la lucha anticolonialista, antiapartheid y antimperialista, y en un baluarte de la emancipación y la dignidad de los pueblos oprimidos.

Precisamente sobre esa imagen del Fidel, que no cabe en ningún molde de político, estadista, pensador o revolucionario, porque su leyenda cierta traspasó todas las etiquetas posibles, existen cientos de anécdotas que lo retratan en la inmensidad de su grandeza sin par, y como el hombre extraordinario -de carne y hueso- que sigue siendo un verdadero paradigma.

A Fidel le gustaba predicar con el ejemplo. Esa actitud le mereció, dentro y fuera de Cuba, la admiración de quienes tuvieron la dicha de conocerlo personalmente o estar bajo sus órdenes, como le ocurrió al Comandante Juan Almeida Bosque, compañero de lucha y amigo entrañable del líder histórico.

“Con él aprendí a ser justo, modesto, respetuoso, humano y responsable. Predicaba con el ejemplo, y estar junto a él complementó las actitudes y cualidades que traía de mi familia, de mi papá. Él es la grandeza personificada, un hombre humano y sencillo”, así lo afirmaría en una entrevista.

También el periodista Lázaro Barredo Medina sería testigo, en más de una ocasión, de esa capacidad estremecedora del líder histórico de la Revolución Cubana, de sobreponerse a cualquier sacrificio, y seguir siendo ejemplo ante su pueblo.

Un hecho infortunado, ocurrido el 23 de junio de 2001, lo confirmó. Ese día, tras casi tres jornadas de intenso trabajo, en las que el Comandante en Jefe apenas había descansado ni se había alimentado adecuadamente, sufrió un desmayo en el Cotorro; pero, cuando se recuperó, le dijo al pueblo que terminaría su discurso en la Mesa Redonda, y así lo hizo.

Barredo, quien ese día había escuchado el reclamo de altos dirigentes del Partido y de la Asamblea Nacional del Poder Popular de que Fidel debía descansar por lo menos siete horas, y acatar ese acuerdo en su condición de militante, narró su encuentro horas más tarde con Raúl y el propio Fidel.

Según contó entonces, cuando el General de Ejército supo de la preocupación que existía respecto al descanso del Jefe, esbozó una sonrisa, se viró hacia donde estaba el Comandante y le dijo: “Fidel, debes escuchar este cuento de Lázaro…”

“(…) El Jefe de la Revolución le preguntó qué cuento era el que Raúl decía que yo le iba a narrar, y con cierta timidez le respondí: no es nada importante, Comandante, pero él me insistió en que le contara. Le relaté lo acontecido en la Asamblea Nacional esa mañana. Fidel me miró de manera risueña y me espetó: Tú sabes qué, Lázaro… (pronunció una palabrota y, seguidamente) de eso nada, como voy a dejar que a esta altura de mi vida me vengan a gobernar y decirme lo que debo hacer, cuando tengo tantas cosas que hacer todavía, de eso nada…”

“Me eché a reír. Pero me quedó esa sensación de que el Comandante no renunciaría jamás a su estilo de trabajo, y a esa idea de consagrar su vida a la Revolución y a su pueblo”.

 Otra anécdota, publicada por el periódico Girón, relata episodios de las heroicas jornadas en las que una invasión mercenaria intentó cercenar el sueño emancipador de Cuba, sin tener en cuenta que al frente de su defensa otra vez estaría Fidel.

Allí el Líder asignó para cada tanque a un comandante, y él se fue a meter en el tercero. Entonces la gente saltó como un resorte:

-¡Tú no, Fidel, tú no vas!

-¡Yo sí voy, aquí mando yo!

-¡Tú no, Fidel, tú no!

De acuerdo con uno de los presentes en ese momento, el final de la discusión entre el Comandante en Jefe y la tropa terminó así:

“Y la respuesta de Fidel fue una respuesta que dejó impactados a todos. La forma en que Fidel nos dijo enérgicamente que él era el jefe de la Revolución, y que él, como jefe de la Revolución, tenía el derecho de combatir y de entrar en Playa Girón igual que lo iba a hacer el resto de los compañeros (…) la gente se calló, allí todo el mundo se calló”. Y Fidel partió en el tanque.

Por su parte, José Alberto León Lima (apodado Leoncito), quien fuera chofer y escolta del Líder Histórico, destacó, además, en un libro testimonial en el que recoge varias de sus vivencias al lado de Fidel, el respeto que le profesaban, incluso dentro de Estados Unidos, adonde fue sin más chaleco protector que su moral.

Sobre uno de esos viajes acaecidos en los primeros años del triunfo revolucionario, contó que en Nueva York “…cuando llegamos a la calle, aquello era un mar de gente dándole vivas a Fidel y a la Revolución. Banderas cubanas y del 26 de Julio se veían por todas partes, y los allí presentes, espontáneamente, comenzaron a cantar el Himno Nacional. El cordón de seguridad, de agentes del fbi y los policías montados a caballo no pudieron evitar que Fidel se acercara a ellos…”

 Por esa asombrosa manera de sobreponerse a los obstáculos, y de hacer posible hasta lo imposible, Fidel también se convirtió en un símbolo inspirador para artistas, galenos, maestros, científicos y hasta deportistas.

De ello dio fe el boxeador Ángel Herrera, quien, al regresar triunfante de los Juegos Olímpicos de Montreal, Canadá (1976), en los que se coronó por vez primera titular olímpico en la división de los 57 kilogramos, tuvo el honor de ser recibido en el aeropuerto, junto a otros de sus compañeros, por el Comandante en Jefe.

“Recuerdo que nos saludó a todos y le dimos la mano uno a uno. Yo me había ganado el puesto a última hora, pues fui para completar el equipo. Al llegar mi turno, Fidel me dijo alegremente: ‘Usted pasó de juvenil a campeón olímpico’. Aquello me sirvió de acicate para meterme de lleno en el entrenamiento, y lo hice con tanto ahínco, que me convertí en bicampeón mundial y olímpico. Jamás un elogio me estimuló tanto”, afirmó.

Asimismo, la querida atleta Ana Fidelia Quirot, cuando en 1993 sufrió un accidente doméstico que le provocó quemaduras de 2do. y 3er. grado, en el 38% de su cuerpo, dijo que el apoyo del Líder Histórico fue clave también en su posterior recuperación.

“Me encontraba en el piso 22 de la sala de Quemados, y más o menos eran las 9:30 p.m., sentí que alguien caminaba con pasos muy firmes hasta la habitación… Era nuestro querido e invencible Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Cuando lo vi, fue como experimentar un canto a la vida”, subrayó.

No menos emotiva resultó la anécdota contada por el líder boliviano Evo Morales, durante su estancia en Cuba en 2005, cuando se encontraba convaleciente de una operación de la rodilla. “Estaba en un acto con Chávez y, al final, me llama Fidel para una ‘foto del eje del mal’. Cuando lo escucho, me olvido de recoger las muletas y caminé así; los médicos quedaron sorprendidos. Pareció una especie de orden bíblica: ‘Evo, levántate y anda’”, expresó.

Y esa es la imagen que permanece viva del Gigante de verde olivo, que no muere nunca en la memoria de los agradecidos.

Bien lo definió su amigo Hugo Chávez, cuando sentenció: “Fidel es un soldado soñador, un ejemplo sin duda para todos nosotros, para todas las generaciones de luchadores del mundo. Fidel está de cara infinita y gigantesca ante la historia, y de allí a Fidel no lo sacará nadie. La historia lo ha absuelto”.