Álvaro Reyes Bazán, adiós al buen doctor

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Todos reconocen en él a un “colocolino de corazón”, militante a toda prueba, excelente clínico. Fue un profesional de una vida sencilla y de total entrega a sus convicciones.

Oriana Zorrilla. Periodista. Santiago. 01/06/2022. Con su sonrisa bondadosa, su sabiduría inmensa y su compromiso social y político nos dejó el “buen doctor” Álvaro Reyes Bazán. Sus ojos claros, sus consultas gratuitas y su valor al poner la medicina a disposición de las causas nobles, hacen que su vida quede inscrita en la memoria y en la historia de Chile.

Militante del Partido Comunista desde los 28 años al ser invitado a un Festival Mundial de la Juventud. También se ligó al fútbol de manera apasionada en los años 60 atendiendo a la selección nacional y luego como médico de Colo-Colo por más de cuarenta años. “Artesano” de huesos y tendones, y ojo clínico. El Dr. Reyes se destacó como traumatólogo que prefería sanar sin intervenciones quirúrgicas, así lo ratifican cientos de testimonios de quienes fueron sus pacientes.

Cálido y receptivo, el Dr. Reyes fue dirigente del Colegio Médico y activo defensor de los derechos humanos; fue detenido, hecho prisionero y torturado en el Estadio Nacional por el audaz y valiente gesto de proteger y salvar la vida de la secretaria del Presidente Salvador Allende, Miria Contreras, “Payita”, cuando se desempeñaba como médico de la Posta Central, actual Asistencia Pública. Lugar al que ingresó en 1952 para plasmar su vocación.

Estuvo casi un año detenido y al ser trasladado a la Penitenciaria, un bus de la selección chilena -que participaría en el Mundial del ‘74- se detuvo en sus puertas para que Carlos Caszely y Leonardo “Pollo” Véliz le entregaran un banderín firmado por todo el plantel. Emocionante gesto que pudo costarle caro a los seleccionados chilenos.

Diez años más tarde, nuevamente fue detenido junto a los doctores Ramiro Olivares y Ramón Roja, víctimas de un montaje por el caso denominado “Clínica Chiloé”, acusados de ser una institución clandestina y ayudista de grupos armados. Nuevamente el Dr. Reyes reveló su generosidad y junto a los otros médicos atendiendo a los presos comunes e incluso a los gendarmes de la Cárcel Pública.

Ya en democracia, mostrando su temple y gran compromiso, reconoció públicamente que a fines de los ‘70 y a comienzos de los ‘80, cuando la represión era más dura, atendió de manera clandestina a militantes del Partido Comunista e incluso del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

No solo los y las comunistas han inclinado sus banderas en honor del Dr. Álvaro Reyes, sino que ante su féretro han desfilado cientos de personas, colegas, periodistas, dirigentes del fútbol. Todos reconocen en él a un “colocolino de corazón”, militante a toda prueba, excelente clínico. Fue un profesional de una vida sencilla y de total entrega a sus convicciones.

Palabras de Miguel Lawner en velorio de Álvaro Reyes

El siguientes es el texto íntegro de las palabras del Premio Nacional de Arquitectura, Miguel Lawner, en el velorio del doctor Álvaro Reyes, en la Casa Museo Michoacán.

“Estamos despidiendo a un hombre ejemplar: Álvaro Reyes Bazán, médico traumatólogo, que prestigió su profesión como pocos, poniéndola de verdad al servicio de sus compatriotas, cualquiera que fuera su condición económica, política o social.

Álvaro, sí que cumplió con el Juramento de Hipócrates, que cada médico jura al momento de titularse. Es importante recordarlo hoy día, cuando dicho juramento es letra muerta, a raíz de un modelo económico que ha envilecido el ejercicio de todas las profesiones.

Dice así el juramento que estamos recordando: “No permitir que consideración de edad, enfermedad o discapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mi paciente”.

Este impresionante compromiso, fue para Álvaro un verdadero dogma, a lo largo de sus 70 años de ejercicio profesional.

Nos conocimos en el venerable Instituto Nacional, que, en esos años, era verdaderamente el primer foco de luz de la nación, como reza su himno, tan lejano de los desdichados días que lo afectan hoy día, capturado por las fechorías de un puñado de mamelucos blancos de dudoso origen.

Álvaro estaba un curso antes que el mío en años donde todos los alumnos del establecimiento constituíamos una familia unida por múltiples y atractivas actividades extra académicas, sociales y deportivas.

Ingresamos a la Universidad de Chile en los años 1944 y 45, y muy pronto ambos nos integramos a los Círculos de Estudiantes Comunistas, de nuestras respectivas Escuelas, encontrándonos a menudo en las Asambleas de la FECH, que se efectuaban semanalmente.

Nos tocaron los duros años de la represión de González Videla, el Presidente que traicionó su juramento de lealtad al pueblo, desatando a partir de 1947, una represión que ilegalizó la existencia del Partido Comunista, al lograr que el Parlamento aprobara la Ley de Defensa de la Democracia, bautizada por el pueblo como la Ley Maldita. 20.000 personas fueron borradas de los Registros Electorales y otro tanto exonerados de la administración pública. Miles de dirigentes sindicales y políticos, fueron relegados a un campo de concentración abierto en Pisagua, bajo las órdenes de un oscuro capitán de Ejército: Augusto Pinochet.

Esta fue una época que nos templó política e ideológicamente. Bajo la conducción de nuestro compañero Fernando Ortíz Letelier, hoy un detenido desaparecido y en esos años encargado de la Dirección de Estudiantes de las Juventudes Comunistas, nos formamos como cuadros que nunca separamos nuestras convicciones políticas del ejercicio profesional.

Álvaro fue en este sentido un médico ejemplar. Durante el Gobierno de Allende se esforzó como nunca de lograr que los servicios públicos de salud funcionaran a plenitud. Cuando la situación política se agravó como consecuencia de las acciones desestabilizadoras urdidas por las fuerzas opositoras con la complicidad y el financiamiento de la CIA, los médicos progresistas, como Álvaro, no vacilaron en multiplicar sus servicios profesionales.

Esta conducta fue castigada por su propio gremio tras el golpe militar. Aunque ustedes no lo crean, el Colegio Médico impulsó la creación de una cárcel de médicos, ubicada en el centro de Santiago, donde fueron recluidos numerosos profesionales como Álvaro. Más tarde enviado a la Penitenciaría de Santiago, desde donde lo rescató Pedro Reyes, entonces entrenador del Club deportivo Colo-Colo, quién logró interceder por su libertad.

Desde entonces, a lo largo de 40 años, ejerció como médico del Colo-Colo, tarea que también compartió con la Unión Española y la selección chilena. Domingo a domingo, Álvaro concurría al estadio para atender a los jugadores lesionados y creó una clínica en el club, que ahora lleva su nombre.

Cuando el Partido Comunista de Chile acordó en 1980, convocar al derecho de rebelión haciendo uso de todos los medios de lucha, incluso violentos, para acabar con la tiranía que había impuesto la fraudulenta Constitución de 1980, Álvaro y otros profesionales, abrieron la Clínica Chiloé, a fin de atender clandestinamente a los compañeros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que se estaban jugando la vida por poner fin a la dictadura.

No vaciló nuestro noble camarada en asumir esa arriesgada responsabilidad.

Así era Álvaro. En los últimos años, su consulta particular estaba siempre colmada con pacientes, muchos de los cuales no tenían otro médico al cual recurrir, por carecer de dinero para cancelar sus honorarios. Sabían que igual serían atendidos.

Una faceta que quizás pocos conocen, es que Álvaro fue uno de los fundadores del grupo musical Cuncumén y estuvo a punto de viajar al Festival Mundial de la Juventudes por la Paz y la Amistad, que tuvo lugar en Varsovia el año 1955, al cual viajó una numerosa delegación chilena. Sus compromisos profesionales le impidieron continuar integrando dicho conjunto como a él le hubiera gustado, lo cual habla de la plenitud de sus opciones en la vida.

Querido Álvaro. Imposible llenar tu vacío.

Nos deja un amigo entrañable. Un profesional de excelencia en su especialidad, que, entre otros múltiples méritos, debe haber ajustado los huesos de miles de nuestros deportistas. Un profesional comprometido políticamente que se esforzó a lo largo de toda su vida, por lograr una vida plena para todos, incluyendo a los esclavos sin pan, como reza el inmortal himno La Internacional.

Adiós querido e inolvidable Álvaro”.