Una columna del exsubsecretario de Energía, Julio Maturana. Una mirada a la opción de eliminar el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO) y el impacto para las familias chilenas.
Julio Maturana. Exsubsecretario de Energía. Santiago. 22/3/2026. Para entender la magnitud de lo que se discute hoy en Hacienda y en el nuevo gobierno, es fundamental que primero despejemos la duda técnica: ¿Qué es exactamente el MEPCO? Imaginemos que el precio del petróleo en el mercado internacional es una montaña rusa. Un día sube porque estalló un conflicto en el Medio Oriente y al otro baja porque la demanda en Asia se contrajo. Si Chile comprará el combustible al precio exacto que marca el mercado cada hora, el presupuesto de los hogares sería un caos absoluto: un lunes la bencina podría subir 150 pesos y al jueves siguiente bajar 100 pesos.
El Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO) funciona, básicamente, como un amortiguador. Cuando el precio internacional sube muy rápido, el Estado “absorbe” gran parte de ese golpe para que el alza en el precio de la bencina llegue de forma gradual y no de una sola vez. Cuando el precio internacional baja, el Estado recupera ese dinero. Es, en palabras sencillas, una anestesia financiera diseñada para que el costo de la vida no sufra un infarto semanal por eventos geopolíticos que ocurren a miles de kilómetros de nuestras fronteras.
La tregua que llega a su fin: El impacto de los 350 pesos
La discusión sobre la eliminación de este mecanismo ha pasado de ser una idea a una prioridad ineludible en la agenda del gobierno actual. El argumento técnico que esgrime Hacienda es, desde una lógica contable, el siguiente: mantener este subsidio le cuesta al país entre 50 y 100 millones de dólares por semana. En un Chile “en emergencia”, esa cifra es vista por muchos como una hemorragia de recursos que el fisco ya no puede -o no quiere- costear.
Las proyecciones que han surgido en las últimas horas son terribles para las familias. Según informes técnicos y lo consignado recientemente por medios de comunicación, si el MEPCO dejará de operar para “sincerar” los precios, el alza de la bencina de 93 octanos sería de golpe de unos 350 pesos por litro. El diésel, que es el verdadero músculo que mueve la carga y la producción en Chile, podría sufrir un incremento incluso superior a los 400 pesos.
La matemática del bolsillo: El costo de la realidad
Llevemos estas cifras a la realidad cotidiana, eliminando las frías estadísticas y transformándolas en decisiones de vida. Imaginemos que una persona utiliza su vehículo para trabajar o para el traslado diario de su familia. En la situación actual, llenar un estanque promedio de 50 litros con bencina de 95 octanos cuesta aproximadamente 65.000 pesos.
Si se retira la protección estatal y el precio sube esos 350 pesos proyectados, ese mismo litro pasaría a costar cerca de 1.650 pesos. ¿El resultado? Llenar el mismo estanque ahora requeriría desembolsar 82.500 pesos. Estamos hablando de una diferencia de 17.500 pesos por cada carga.
Para quien llena el estanque dos veces al mes, el gasto extra asciende a 35.000 pesos mensuales. Para muchos, esto puede parecer solo una cifra en una planilla, pero para una familia de clase media o vulnerable, esos 35.000 pesos representan el equivalente a comprar 20 kilos de pan al mes, o el pago de la cuota de un furgón escolar, o quizás la diferencia entre pagar o no la cuenta de la luz. Eliminar el MEPCO no es solo un ajuste contable; es obligar a miles de ciudadanos a elegir entre cargar combustible para ir a producir o recortar en la calidad de la alimentación y servicios básicos.
El efecto dominó: La inflación y la mesa de los chilenos
Este es el punto donde la discusión deja de ser sobre “quienes tienen auto” y pasa a ser un problema de todos. Chile es un país de distancias largas y geografía difícil, lo que nos hace extremadamente dependientes del transporte terrestre.
Casi el 90% de los productos que consumimos se mueven por carretera. Cuando el diésel sube de forma abrupta, se genera una presión inflacionaria inmediata que golpea directamente el corazón del consumo hogareño: la canasta básica de alimentos. El transportista que trae las frutas del norte o las carnes del sur no puede absorber un alza de 400 pesos en su insumo principal; ese costo se traslada inevitablemente al precio final que vemos en el supermercado o la feria.
El impacto es claro: cuando el combustible sube “sin anestesia”, productos esenciales como el aceite, el arroz, las legumbres y los lácteos ven alterada su cadena de costos. Esto significa que incluso quienes no tienen auto, terminarán pagando la eliminación del MEPCO cada vez que se sienten a almorzar. Es un impuesto invisible que drena los ingresos de las familias, especialmente de aquellas que destinan la mayor parte de su presupuesto a la alimentación.
Sectores en la “primera línea” del sacrificio
Si lo llevamos a los sectores productivos, en el área de transporte público miles de conductores de colectivos en regiones, que no cuentan con los subsidios millonarios del Transantiago, verán su margen de ganancia reducido a niveles de subsistencia. Esto generará una presión social inevitable para subir el valor del pasaje, golpeando al trabajador que depende de este servicio.
En la pequeña agricultura familiar, por ejemplo, los productores de hortalizas, el diésel no es un lujo; es lo que hace funcionar la motobomba para regar sus cultivos y el tractor para preparar la tierra. Si el costo del combustible se dispara, el pequeño agricultor se enfrenta a una decisión dolorosa: subir los precios a niveles que la gente no podrá pagar o, simplemente, dejar de sembrar por falta de rentabilidad. Si el campo se detiene, el desabastecimiento se vuelve una amenaza real.
Marzo: El peor momento para un experimento social
No podemos ignorar el calendario. Marzo es, por definición, el mes más difícil para el bolsillo. Es el período donde se acumulan los permisos de circulación, el seguro obligatorio (SOAP), las listas de útiles, los uniformes y las deudas de las vacaciones.
Lanzar una reforma que encarezca el combustible en este contexto demuestra una desconexión preocupante con la realidad social. A una población que ya se encuentra bajo un estrés financiero máximo, sumarle un aumento del 25% en el costo de su movilidad es jugar con fuego. La estabilidad de un país no se mide solo en el balance de pagos, sino en la capacidad de su gente de llegar a fin de mes sin caer en la insolvencia.
Geopolítica: Una guerra que no da tregua
A este escenario interno debemos sumar la realidad global. Los conflictos y las guerras han configurado un escenario donde la volatilidad del petróleo no es algo pasajero. Los analistas internacionales advierten que no hay señales de que estos enfrentamientos terminen pronto.
Por lo tanto, retirar el MEPCO ahora no es “pasar un mal trago y ya”; es dejar a la economía chilena a la intemperie frente a una tormenta que puede durar años.
Es como quitarle el paraguas a alguien en medio de un temporal que no tiene fecha de término. ¿Es prudente desproteger a la población justo cuando el mundo exterior es más impredecible que nunca?
¿Integración o abandono territorial?
Finalmente, debemos volver la mirada hacia las zonas extremas. Si eliminar el MEPCO es el primer paso, el segundo será la eliminación del subsidio al cabotaje marítimo en Aysén y Magallanes. Recordemos que en el año 2025 cuando se eliminó por unas horas, las bencinas subieron hasta 50 pesos en solo cuestión de horas, lo que pone en evidencia una fragilidad estructural. En la Patagonia, el vehículo no es un lujo, es una herramienta de supervivencia ante las distancias y el clima.
¿Cómo se le explica a un habitante del sur que su costo de vida debe subir porque el transporte de combustible ya no es prioritario para el nuevo gobierno? Si el Estado retira su mano de la logística y de la estabilización de precios, ¿estamos realmente integrando al país o simplemente estamos dejando que el mercado dicte quién tiene derecho a una vida digna y a una energía a precio razonable?
Conclusión: Una respuesta política, no solo aritmética
La discusión sobre el MEPCO no puede reducirse a una fría planilla de Excel. No se trata solo de cuántos millones de dólares se ahorra el Fisco; se trata de cuánta presión puede aguantar la base de la pirámide social chilena antes de que el malestar se vuelva ingobernable.
Ahorrar dinero en el balance central para mostrar “orden” ante los mercados podría terminar costando mucho más caro en términos de cohesión social. Chile se mueve a punta de diésel y voluntad, y si le quitan la “anestesia” del subsidio en el momento de mayor vulnerabilidad familiar, será muy doloroso para todos.
¿Están las familias chilenas listas para enfrentar los precios de los combustibles “sin anestesia” o estamos ante un riesgo social mal calculado por la tecnocracia? La respuesta la sentiremos todos en el bolsillo, pero por ahora, la incertidumbre ya comenzó a pasar la cuenta.
