Perú ante serios retos electorales

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Si sumamos el porcentaje de los que simplemente no acuden al acto del sufragio, con los que asisten, pero votan blanco o nulo; y a ellos añadimos los que vician su voto deliberadamente y en señal de protesta, tendremos ante nuestros ojos una realidad lacerante: dos tercios de peruanos no cree ya en los rituales que nos ofrece la clase dominante porque sabe que esos no encarnan ningún tipo de democracia.

Gustavo Espinoza M. Periodista. Lima. 8/4/2026. El domingo 12 de abril tendrán lugar las elecciones generales, las primeras después de la grave crisis política que derivara en la caída del gobierno de Pedro Castillo Terrones y la imposición de sucesivas administraciones fantoches repudiados por la ciudadanía en todo el país. Alrededor de 20 millones de peruanos deberán concurrir a las urnas para optar por un nuevo presidente de la República y otro Congreso integrado esta vez como antaño, es decir, por diputados y senadores,

Tradicionalmente la clase dominante buscó convencernos de que el sufragio era “la vía democrática” por excelencia, y que gracias a ella nuestro país -y todos los demás- conseguirían construir una sociedad mejor.

Cada cierto tiempo, sin embargo, cuando esa vía hacía crisis, los hombres del poder recurrían a un vulgar golpe de Estado, que organizaban en colusión con cualquier monigote uniformado. Esa fue la evolución del proceso peruano hasta 1968 cuando asomó ante la sorpresa de millones, la experiencia inédita de Juan Velasco Alvarado.

Si quisiéramos señalar el momento en el que se inició la crisis que hoy agobia a los peruanos, tendríamos que remitirnos precisamente a esos años. Porque el proceso popular, democrático y antiimperialista iniciado en aquel entonces  fue  truncado en 1975 por los núcleos militares más reaccionarios  lo que abrió paso a la imposición de un régimen neoliberal que fue algo así como la versión criolla de Pinochet y Carlos Rafael Videla.

 Después de la “Década Dantesca” -como se le señaló a la dictadura de Alberto  Fujimori- se sucedieron regímenes que ofertarían promesas pero que se someterían sin mucho reparo a los designios del Fondo Monetario y el capital financiero.

Todos los gobiernos posteriores -quizá con las episódicas administraciones de Valentín Paniagua y Pedro Castillo- estuvieron atados al mismo discurso. Buscaron persuadirnos de las “bondades” de la democracia burguesa como remedio para curar todos los males sociales.

No sólo que no lograron nada, sino que, adicionalmente, se desacreditaron al máximo haciendo que la gente perdiera la fe en el sistema y hasta en la misma esencia de la política pregonada y practicada por la clase dominante,

Hoy el 75% de los peruanos no cree en eso. Si sumamos el porcentaje de los que simplemente no acuden al acto del sufragio, con los que asisten, pero votan blanco o nulo; y a ellos añadimos los que vician su voto deliberadamente y en señal de protesta, tendremos ante nuestros ojos una realidad lacerante: dos tercios de peruanos no cree ya en los rituales que nos ofrece la clase dominante porque sabe que esos no encarnan ningún tipo de democracia.

No obstante, y por ahora, esa es la única opción que tenemos por delante para buscar un escenario distinto para el Perú de los próximos días.  La lucha -esa lucha- se libra ciertamente, en condiciones muy adversas, no solamente porque hay que enfrentar el desengaño de masas que se ha hecho ostensible en una apreciable mayoría de peruanos, sino también porque hay que vencer a una fuerza muy poderosa que se sitúa al lado de los opresores: es el poder del dinero.

Sumas fabulosas -y en mucho, de origen ilícito- se mueven en estos mismos días tras los candidatos empeñados en perpetuar el orden social establecido. Buscan convencer a unos y a otros, que en ellos está la solución a los problemas del país, que ellos tienen “la fórmula mágica”, la única que será capaz de acabar con la inseguridad ciudadana, el sicariato, el crimen organizado, la violencia, pero además, con la  pobreza, la miseria, el hambre, el atraso social, la ignorancia y todas las taras consustanciales a la sociedad capitalista y burguesa.

Pese a todas sus promesas y recursos, él juego no les resulta fácil. A pocos días de los comicios, con encuestas discutibles y ciertamente amañadas se colocan en los primeros puestos de la intención de voto ciudadano, pero no se atreven a expresar satisfacción por ello porque los índices les arrojan porcentajes diminutos. Keiko Fujimori -la que “encabeza las encuestas”- recibe apenas un 11% de aceptación ciudadana. Esto significa que hay un 89% que no la admite como su presidenta. Y los otros candidatos que ofrece la clase dominante, están ciertamente aún peor. Williams Zapata -el “Héroe” de Chavin de Huántar, por ejemplo, concentra apenas el 2% de la intención de votos, y el general Chiabra el 1.8% en tanto que los “partidos tradicionales” -como el APRA- están virtualmente fuera de carrera.

Son conscientes que, simplemente, pueden perder las elecciones como las perdieron ya en el 2011 ante Ollanta Humala y el 2021 ante Pedro Castillo. Lo único que tienen en su favor es el hecho deplorable que el movimiento popular va más dividido aún que antes.

En el 2021 se fraccionó en dos vertientes,  pero esta vez va en tres y hasta  en cuatro si se considerara como Izquierda al Partido de Vladimir Cerrón -“Perú Libre”- que se proclama “marxista leninista mariateguista” pero que perdió su imagen pactando sucesivamente con la Mafia en el Poder para compartir con ella ciertos  privilegios.

En una circunstancia como ésta, al campo popular podría serle fácil abrirse camino con una propuesta elementalmente sensata. El país hoy no necesita de sesudos programas de gobierno, ni de extensas reflexiones sociológicas o jurídicas que expliquen la naturaleza de los problemas. Hoy requiere apenas un gobernante que reúna dos requisitos básicos, pero también auténticos: eficiencia y honradez.

No habría sido difícil ponerse de acuerdo entre los distintos conglomerados de la izquierda y hacer coincidir propósitos similares. Quizá si para tal efecto, hubiese bastado una mínima dosis de modestia sumada a un sencillo desprendimiento. Obviamente, ambos elementos estuvieron fuera del alcance de los caudillos que ahora dicen representar al movimiento popular.

Quizá esa conducta, esencialmente errática alimenta la desconfianza que muchísimos peruanos sienten no sólo de los políticos tradicionales, vale decir de los corruptos politiqueros de la burguesía, sino también de las expresiones de una izquierda que no lucha, que no se bate en las calles enarbolando la bandera de los oprimidos, que no suma acciones que reflejen las necesidades y las aspiraciones de las masas.

Y es bueno que eso se recuerde, porque es en la lucha concreta donde surgen y se afirman los liderazgos legítimos, aquellos que dieron prestigio a una Izquierda que, en su momento, fue, en efecto, alternativa de gobierno y de poder.

Ahora, en la perspectiva de un nuevo proceso electoral, hay que recuperar el rumbo, corregir los errores, superar los defectos, retomar los antiguos estandartes y reafirmar la conciencia de clase que nos permitió siempre enfrentar a los adversarios más rudos.

En este marco y prácticamente ante las ánforas es poco lo que se puede hacer para corregir lo mal andado y que ha permitido consagrar la división del movimiento popular. Es de esperar, sin embargo, que alguno de los candidatos del movimiento popular alcance el porcentaje electoral suficiente que le permita vencer.

América Latina lucha hoy por su soberanía y su independencia, por sus riquezas básicas y por los intereses de los pueblos. La agresión consumada contra Venezuela en enero y las amenazas crecientes contra Cuba, constituyen un reto para todos. La voracidad del Imperio no tiene límite y la administración norteamericana, se muestra dispuesta a todo  con tal de mantener los esquemas de opresión que mantienen maniatados a los pueblos de nuestro continente.

El camino de Bolívar, la lucha de Martí y el pensamiento de Mariátegui, nos alumbran el futuro.