Los trabajadores de la salud lo saben. Los 15 millones de pacientes lo viven. Y la lucha que comienza esta semana es una batalla más en la disputa más fundamental de nuestra época: si la vida humana tiene precio o si tiene derechos. Y nosotras y nosotros estaremos siempre del lado de los derechos.
Daniel Jadue. Antropólogo, Sociólogo. Santiago. 8/4/2026. Quiero partir con un dato concreto. Más de 15 millones de personas en Chile dependen del sistema público de salud porque es lo único que pueden costear. Son las mismas personas que trabajan en la construcción, en los restaurantes, en los supermercados, en los hospitales. Y son exactamente esas personas las que el gobierno de Kast acaba de decidir que pueden esperar un poco más en las listas de espera que nunca se acaban; que los hospitales pueden arreglárselas con un poco menos de personal, que pueden sobrevivir con un sistema que ya funcionaba en condiciones de estrechez estructural y al que ahora le recortan 517 mil millones de pesos adicionales.
Es el relato de la eficiencia como disfraz de una crueldad administrada con lenguaje técnico.
Cuando los gremios de la salud llegaron el lunes a La Moneda con una carta en la mano llegaron a advertir lo que ven todos los días: que el sistema esté al límite, que las camas faltan, que hay turnos que no se pueden cubrir, que los insumos no alcanzan y que hay pacientes que esperan meses por una cirugía que no pueden pagar en el sistema privado.
La respuesta fue previsible en su forma y reveladora en su fondo. La ministra ratificó el ajuste y aseguró que “no debiera afectar la atención”. El oficialismo repitió el discurso de la “eficiencia” y apuntó al uso de licencias médicas y la duplicidad de funciones. Es el argumento clásico de quien nunca ha pisado un hospital: el problema según la derecha no es que falten recursos, el problema es que los que hay se usan mal.
Este argumento merece llamarse por su nombre: una mentira que encubre la lucha de clases. El sistema público de salud chileno tiene un déficit histórico de personal y décadas de subinversión acumulada y cualquier recorte adicional no elimina grasa, elimina músculo.
Pero lo más grave es la coherencia política del recorte. Este es el mismo gobierno que se opuso sistemáticamente a una reforma tributaria que buscaba hacer que las grandes fortunas pagaran más impuestos. El mismo que habla de “no hay plata” en el presupuesto público mientras las exenciones tributarias que benefician a los sectores más ricos representan cada año una suma muy superior a que hoy recortan a la salud pública. El mismo que llegó al poder con el apoyo de los grupos económicos que tienen más que ganar con el debilitamiento de lo público: las Isapres, rescatadas de la quiebra con dinero de todos los chilenos que esperan ansiosas la llegada de nuevos clientes expulsados del sistema por su colapso.
El recorte entonces es una convergencia de intereses de clase perfectamente racional, donde el lenguaje neoliberal cumple su función más importante: convertir un recorte que afecta a los más pobres en una decisión técnica neutra; la resistencia de los trabajadores en “uso político de la crisis”, y el derecho a la salud en un problema de gestión presupuestaria
Los trabajadores de la salud han respondido como corresponde: con organización y movilización. La semana de protestas anunciada es la respuesta política de un sector que entiende con claridad lo que está en juego.
El Ministro de Hacienda ha dicho que no van a “comprar popularidad con dinero que no tienen”. Lo que en realidad dice y que resulta inaceptable, es que garantizar la salud de 15 millones de personas es un gasto optativo que se puede sacrificar cuando el presupuesto aprieta y el compromiso de clase es bajar los impuestos a los que más tienen.
Esa es la diferencia política fundamental entre un gobierno de derecha y un gobierno que pone al pueblo primero. Es una diferencia sobre qué es el Estado y para qué existe.
Los trabajadores de la salud lo saben. Los 15 millones de pacientes lo viven. Y la lucha que comienza esta semana es una batalla más en la disputa más fundamental de nuestra época: si la vida humana tiene precio o si tiene derechos. Y nosotras y nosotros estaremos siempre del lado de los derechos.
