La directora de la Fundación Nodo XXI agregó que esta administración trabajó “sin renunciar a valores” de la izquierda, “logrando avances concretos en condiciones extraordinariamente adversas”. Acentuó que en el país “hay espacio para un proyecto de izquierda que combine cambio y estabilidad”. Valoró la gestión del Presidente Gabriel Boric con un “perfil de figura presidencial que defendió valores democráticos e institucionales en un momento en que eso no era evidente ni fácil, y que logró concretar cambios en ámbitos que importan en la vida de la gente”. Sin embargo, hizo ver que hubo logros “que no lograron penetrar en la población como experiencia vivida y reconocida”. En esa línea, expresó que “evaluar un gobierno de izquierda no puede reducirse a un check list de cumplimiento programático. Se trata de las mejoras en las condiciones de vida de las y los trabajadores”. En cuanto al papel de los partidos oficialistas estableció que fue una alianza que “se fue construyendo mientras se gobernaba, lo que claramente supone una dificultad de cohesión, pues no se fundaba en un encuentro previo de proyecto común entre el Frente Amplio, el Partido Comunista y el Socialismo Democrático”. Precisó que “la narrativa de las ‘dos almas’, fue una tesis espuria que no se sostenía cuando uno miraba cómo ambas coaliciones se alinearon detrás de las reformas centrales”. La abogada y militante del Frente Amplio sostuvo que “el plebiscito del 4 de septiembre afectó directamente al centro de flotación del gobierno y lo obligó a repensar prioridades desde una posición más debilitada que al asumir” y añadió que “fue un error estratégico que el primer período del gobierno estuviera muy marcado por la expectativa del resultado constitucional”. Hablando de errores y situaciones conflictivas declaró que hubo “un aprovechamiento desmedido por parte de la derecha, que los convirtió en el encuadre dominante del debate político durante meses, desplazando cualquier otra discusión. Y el gobierno tuvo una dificultad real para salir de ese encuadre”. Frente a cuestionamientos respecto a que si esta administración fue feminista o no, señaló que “en voluntad política, sí, fue el gobierno con mayor disposición feminista en la historia de Chile” y lo situó en “la política de cuidados, la paridad, el pago efectivo de pensiones de alimentos, las bajadas del enfoque transversal de género en economía” entre otros avances. Respecto al ciclo que viene, enfatizó la necesidad de “dedicar estos años a algo que no puede esperar, que es armar un proyecto propio con conexión real en las mayorías sociales. A la derecha no se la enfrenta con denuncias. Hay que ofrecerles a las personas un camino concreto”.
Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. Santiago. 8/3/2026. ¿Cuál es el principal rescate que harías de estos cuatro años de gobierno? ¿Dónde situarías los logros estratégicos, los hitos positivos?
Quiero partir por un encuadre que me parece necesario para no perderse en el debate. Este gobierno asumió en un momento de acumulación de procesos que no tiene precedente reciente en la historia económica y política chilena. Llegó al poder en plena salida de la pandemia, con todo lo que eso significó en términos económicos, de agotamiento social y reconfiguración de las prioridades ciudadanas, en medio de un debate constitucional que concentraba enormes expectativas y tensiones, con una situación acuciante en relación al costo de la vida, un elevado nivel de endeudamiento fiscal que condicionaba el margen de acción, y en un escenario regional e internacional marcado por una ola de procesos electorales que estaban redefiniendo las correlaciones de fuerza en América Latina y el mundo. Ese contexto de simultaneidad es muy relevante para el análisis y a veces se subestima. No es lo mismo gobernar en un período de relativa estabilidad que hacerlo cuando todo está en movimiento al mismo tiempo. A eso hay que sumarle algo que desde Nodo XXI venimos analizando hace años: la sociedad chilena expresa en su forma de relacionarse con la política las consecuencias de décadas de neoliberalismo. La desconfianza en las instituciones, el debilitamiento de los partidos, la precariedad laboral, la desarticulación sindical, que no son rasgos necesariamente intrínsecos de la ciudadanía. Y es precisamente esa crisis del modelo la que abrió el espacio para que Gabriel Boric llegara al poder. El 18-O (18 de octubre de 2029, revuelta social) no fue un accidente, fue la expresión de una sociedad que había llegado a un límite. Por lo tanto, gobernar en ese contexto, con esa herencia estructural del Estado y sin mayorías parlamentarias, y con una derecha que no iba a dar tregua, es parte del cuadro que hay que tener presente para hacer cualquier balance serio y valorar lo logrado.
Antes de entrar a los contenidos sobre los logros, también es relevante abordar el tipo de vara con que medimos. Evaluar un gobierno de izquierda no puede reducirse a un check list de cumplimiento programático, aunque ese chequeo también hay que hacerlo. Se trata de las mejoras en las condiciones de vida de las y los trabajadores, su capacidad de capacidad de participar en la dirección de la sociedad y de disfrutar la riqueza que socialmente se produce. Esa es la diferencia de fondo con un gobierno de derecha, que tiende a favorecer la concentración de la riqueza y a debilitar el poder de los trabajadores frente al capital. Si no construimos con conciencia esos criterios propios, terminamos evaluando con la vara que elabora la derecha y jugando, incluso en el plano de las ideas, en su cancha. Hubo avances programáticos de gran relevancia. En materia de trabajo, tiempo y cuidados podemos destacar las 40 horas, la reforma previsional con el componente solidario, el sistema nacional de cuidados, la ley de pago efectivo de pensiones de alimentos, la gratuidad en salud para los tramos C y D de Fonasa, el salario mínimo que llegó a los 539 mil pesos. Y es importante decir que estas reformas se empujaron con las actorías sociales organizadas de cada uno de esos ámbitos y convocando también a quienes se verían directamente afectados por cada cambio. Esa construcción es parte del valor de lo que se hizo, y también es estratégico para su defensa frente a intentos de desmantelarlo. En materia de redistribución: el royalty minero como mecanismo de redistribución de la renta de los recursos naturales, la creación de la empresa nacional del litio como instrumento de política industrial soberana, y los impulsos en materia de política industrial y tecnológica que intentaron mover la aguja en la discusión sobre el modelo de desarrollo. Esos son componentes que sientan bases en una conversación y proceso de más largo plazo sobre el modelo de desarrollo y cómo Chile se mueve en la economía global y cómo distribuye la riqueza que genera. Quiero agregar algo que a veces se pierde en el debate, estos avances no son solo medidas técnicas, tienen un correlato de visión de sociedad. Las 40 horas no son solo una reducción de jornada, son una forma de decir que el tiempo de las personas no le pertenece solo al mercado, que hay tiempo para el cuidado, para la vida, para la participación. Esa dimensión cultural y política de las reformas es tan importante como su contenido normativo, y es parte de lo que hay que defender y proyectar.
¿Cuáles fueron los misiles políticos que impactaron en el gobierno? ¿Dónde estuvieron los episodios y los factores que dañaron a esta administración?
Primero, un análisis de este tenor en este momento, solo tiene sentido para encarar los desafíos actuales, puesto que con un gobierno de ultraderecha ad portas de asumir, que ha hecho activa campaña sobre un país en crisis que requiere un “gobierno de emergencia”, permanentemente estará atacando y usando acontecimientos de los cuatro años de nuestro gobierno para contrastar e intentar de justificar su programa. Dicho eso, el propio Presidente Gabriel Boric, en su última entrevista antes del cambio de mando, fue bastante honesto al respecto. Él mismo identificó el plebiscito del 4 de septiembre como un momento que afectó directamente al centro de flotación del gobierno y lo obligó a repensar prioridades desde una posición más debilitada que al asumir. A su vez se refirió al fracaso en el FES, que implicaba terminar con el CAE y fundar un nuevo sistema de financiamiento de la Educación Superior, como una de sus grandes frustraciones, un proyecto que avanzó, que llegó a acuerdos en ambas Cámaras, y que la derecha finalmente no votó. Concuerdo con que fue un error estratégico que el primer período del gobierno estuviera muy marcado por la expectativa del resultado constitucional, dado que un “Apruebo” habría un escenario institucional mucho más favorable para el programa de reformas. Eso no ocurrió. Y cuando el 4 de septiembre llegó con el resultado que llegó, el gobierno tuvo que reorientar prioridades desde una posición más compleja. Otros eventos relevantes fueron, sin duda, el Caso Monsalve y el Caso Convenios. Sin embargo, creo que hay que hacer una lectura más compleja que la de simplemente catalogarlos como errores del gobierno. Fueron episodios que el gobierno manejó mal en algunos aspectos, sí. Pero lo que también ocurrió fue un aprovechamiento desmedido por parte de la derecha, que los convirtió en el encuadre dominante del debate político durante meses, desplazando cualquier otra discusión. Y el gobierno tuvo una dificultad real para salir de ese encuadre, para recuperar la iniciativa y poner otros temas sobre la mesa. El encuadre de la derecha en esta ocasión distaba -no es sorpresivo- del tratamiento de otros hechos igualmente o más complejos en otros contextos o gobiernos y, fue parte de su artillería para abordar los procesos electorales pasados.
Hay otros factores más estructurales y de correlación de fuerzas como el origen de la alianza de gobierno y su posición minoritaria en el Congreso. Ahí la derecha tuvo una voluntad persistente para bloquear reformas importantes, como lo fue tempranamente la reforma tributaria, la Sala Cuna, el fin al CAE. Eso no borra la autocrítica propia, desde luego, pero es un componente relevante para trabajar por construir mayorías en cada espacio de disputa. Respecto de la alianza de gobierno, esta se fue construyendo mientras se gobernaba, lo que claramente supone una dificultad de cohesión, pues no se fundaba en un encuentro previo de proyecto común entre el Frente Amplio, el Partido Comunista y el Socialismo Democrático, con todo lo que ello supone, como aprendizajes compartidos, pero también tensiones, diferencias de cultura política, de prioridades, de tiempos. Construir coalición y gobernar al mismo tiempo es una tarea enorme, y una expresión de dicha dificultad se expresó en la última elección parlamentaria, para articular mayorías legislativas sustantivas en los momentos más críticos.
En relación con el cambio en las prioridades ciudadanas, la demanda por seguridad es imprescindible de abordar, pues redibujar el escenario y tras la derrota de un proceso constitucional encabezado por el Partido Republicano, fue la cancha con la que la derecha disputó socialmente. Nuestro estudio “Del estallido al orden” muestra con claridad cómo el electorado chileno fue transitando hacia una demanda de orden muy intensa, con emociones predominantemente negativas. El primer momento del gobierno no dio respuesta oportuna a dicha demanda creciente y más allá de los esfuerzos crecientes por poner el Estado al día para los desafíos de combate del crimen organizado de Inteligencia, entre otros, no logró permear en el juicio ciudadano dominante. La clara preocupación del gobierno por abordar la inseguridad, se enfrentó a una tensión entre tener una lectura propia y los términos de la cancha del adversario. Así, la tramitación de la Ley Nahim-Retamal y sus actuales efectos es el ejemplo más concreto de esa dinámica: promulgada bajo presión y con la urgencia que imponía la derecha, le heredó a Chile un instrumento legal que ya se presta para debilitar el respeto a los derechos humanos y generar impunidad. Y eso, dicho sea de paso, no es un problema de alergia a la seguridad, la izquierda no tiene ese problema. Finalmente, hay una tensión que vale la pena nombrar y es el peso del aparato del Estado, su lógica de administración, que tiende a absorber la energía creativa que trae un proyecto político. Eso es estructural y no es exclusivo de este gobierno. Pero hubo momentos en que esa tensión no se gestionó bien, y el resultado fue responder a la agenda del adversario en vez de sostener la propia.
Fue claro “el perfil de una figura presidencial que defendió valores democráticos e institucionales”
¿Cómo queda el perfil, el desempeño del Presidente Gabriel Boric, cómo sintetizarías su gestión?
Quiero proponer una tesis que me parece más productiva para la reflexión y el aprendizaje político, que el debate de si fue bueno o malo. Este fue un gobierno que demostró la posibilidad de gobernar desde la izquierda con responsabilidad institucional, logrando avances concretos en condiciones extraordinariamente adversas. Hay algo importante que agregar, que son las condiciones para avanzar en transformaciones más profundas -mayorías parlamentarias, movimiento social articulado, correlación de fuerzas favorable, entre otras- fueron adversas. Esa brecha entre la ambición del programa y las condiciones reales es parte de lo que tenemos que leer bien, no para resignarnos, sino para que el próximo ciclo llegue cuente con condiciones mejor construidas. Una parte de la explicación está en el contexto. Desde Nodo XXI lo veníamos señalando, que este gobierno debía conducir una sociedad donde las consecuencias de décadas de neoliberalismo se expresan en la debilidad de los partidos, la baja organización popular y la precariedad de los vínculos entre ciudadanía y política. A eso se sumaba la ausencia de mayorías parlamentarias desde el día uno. Eso no es una excusa, es el cuadro real en que se gobernó, y cualquier evaluación que lo ignore termina siendo una evaluación de un gobierno imaginario.
Otra parte está en decisiones propias. La narrativa de las “dos almas”, el Socialismo Democrático moderado versus el Frente Amplio-Partido Comunista radical, que circuló tanto en los medios, fue una tesis espuria que no se sostenía cuando uno miraba cómo ambas coaliciones se alinearon detrás de las reformas centrales. Pero que esa tesis circulara con tanta fuerza y durante tanto tiempo dice algo sobre la dificultad de la coalición para sostener un relato propio frente a los medios y la oposición. Cuando el adversario logra instalar el marco, el gobierno queda siempre respondiendo, y eso tiene un costo político acumulado que es difícil de revertir.
Lo que sí queda con claridad es el perfil de una figura presidencial que defendió valores democráticos e institucionales en un momento en que eso no era evidente ni fácil, y que logró concretar cambios en ámbitos que importan en la vida de la gente. En el mundo del trabajo, las 40 horas, la reforma previsional, el salario mínimo. En materia de igualdad: el sistema nacional de cuidados, la ley de pago efectivo de pensiones de alimentos que reparó a miles de familias encabezadas por mujeres. Y jugó además un papel relevante en el posicionamiento internacional de Chile en un contexto geopolítico extraordinariamente complejo, con guerras activas, reconfiguración de alianzas globales y el avance de la ultraderecha en varios países del mundo. En ese escenario, el Presidente Gabriel Boric sostuvo posiciones claras en materia de derechos humanos y democracia, defendiendo intereses soberanos del país sin importar de dónde vinieran las presiones ni las vulneraciones. Eso también es parte del legado. Y tuvo la honestidad de reconocer sus tropiezos sin victimizarse. Un presidente que puede hacer ese ejercicio público de balance crítico le deja al campo progresista una impronta que va más allá de su propia gestión.
¿Finalmente, este fue un gobierno feminista?
Hay que hacer una distinción que me parece importante, entre voluntad política e impacto transformador. Son dimensiones diferentes y mezclarlas lleva a lecturas poco fértiles. En voluntad política, sí, fue el gobierno con mayor disposición feminista en la historia de Chile. La política de cuidados, la paridad, el pago efectivo de pensiones de alimentos, las bajadas del enfoque transversal de género en economía, entre otras. Y no es un dato menor. El problema de los cuidados y el trabajo es una materia que durante décadas el movimiento feminista levantó como demanda y que este gobierno logró instalar como política pública con el sistema nacional de apoyos y cuidados así como con la ley de conciliación de la vida laboral y familiar. Son conquistas que tienen historia detrás, por dar algunos ejemplos.
Y aquí quiero agregar algo que a veces se pierde en el debate: el feminismo no se “mide” por cuánto se nombra ni por cuántas veces aparece en un discurso. Se valora en los cambios concretos en cómo logra cambiar las formas de relacionarse, en cómo el Estado trata a las mujeres, en sí sus derechos se hacen efectivos en la vida cotidiana. En eso hubo avances muy importantes. El pago efectivo de pensiones de alimentos cambió una relación de poder concreta en miles de familias. La política de cuidados reconoció un trabajo que históricamente había sido invisible. Eso es feminismo que transforma relaciones reales. Y los avances en derechos siempre son un camino difícil, nunca están garantizados, y siempre son reversibles. Eso lo estamos viendo con mucha claridad ahora mismo desde la experiencia internacional, por ejemplo en Estados Unidos y Argentina. Es esperable, por tanto, que en el gobierno de Kast se empujen regresiones. Lo que este gobierno construyó en materia de derechos de las mujeres tendremos que defender activamente, sabemos que los avances no son puntos de llegada sino territorios que hay que sostener con organización, reflexión, acción y con política.
¿Se logró o hubo déficit en conexión con el movimiento social?
Primero, debemos abordar con honestidad el momento del movimiento social y de las organizaciones sociales. Algo que veíamos desde Nodo XXI es cómo las fuerzas sociales populares que emergieron con la revuelta tenían todavía bajos niveles de organización. El movimiento social que se expresó el 18-O nunca logró reconstituirse como fuerza articulada capaz de acompañar la gestión y empujar desde afuera. Por supuesto, ello no es solo responsabilidad del gobierno. A su vez, las organizaciones sociales con mayor trayectoria se encuentran en un momento dónde se hace más complejo convocar a las personas y ser canales de expresión de los malestares actuales. Lo que nuestros estudios sobre el nuevo electorado muestran es una ciudadanía que quiere transformaciones pero que tiene una relación muy pragmática con la política, desconfía de los partidos, espera que las instituciones resuelvan sus problemas cotidianos, y no está dispuesta a arriesgar lo conquistado para ir por más. Ese es el “ganar sin perder” que identificamos en nuestra investigación. En ese escenario, sin mecanismos deliberados de participación vinculante, la relación entre gobierno y movimiento social tiende también a enfriarse. Y cuando el gobierno necesitó respaldo popular activo para defender reformas clave, ese respaldo no tenía forma organizada. Luego, me parece más un problema estructural por resolver, más que como un abandono deliberado, por supuesto que se pueden identificar déficits.
“Falta una propuesta articulada, clara y sintética”
¿Qué piensas cuando se dice que el Socialismo Democrático llegó a salvar al gobierno y se habla de que el Frente Amplio quedó al debe?
Esa narrativa me parece más útil para ajustar cuentas internas que para entender lo que pasó. Y lo digo como alguien que es parte del Frente Amplio y no tiene problema en hacer autocrítica cuando corresponde. La tesis de las dos almas era espuria, se puede apreciar al ver cómo las dos coaliciones se alinearon detrás de las reformas centrales, (as 40 horas, el salario mínimo, etcétera. Lo que sí se vio fue una dificultad para sostener un proyecto político común que trascendiera la alianza funcional de gobierno y diferencias propias de fuerzas políticas diferentes trabajando a la par, sin ese marco común previo. Ninguno de los dos por sí solo hubiera podido hacer lo que hicieron juntos. Pero lo que falló es algo que ninguno puede adjudicarse al otro, la ausencia de un horizonte compartido, de un proyecto de largo plazo que le diera sentido a la coalición más allá de ganar y gobernar. En el post gobierno es relevante no quedarse en la crítica de las cuentas cruzadas, sino proyectar una salida. Y eso implica hacer un juicio permanente sobre los límites de los ejercicios de gobierno y de los tiempos en que hoy toca elaborar políticamente, no para lamentarse, sino para tener más claros los caminos.
¿Habría un relato, una fuerza-idea central concluido este gobierno?
No es que no hubiera un relato, sino que el que existía no logró sostenerse con suficiente fuerza a lo largo del tiempo y fue cambiando. Y un relato deriva de una definición estratégica y de la táctica a ser desplegada. Y este gobierno tuvo que enfrentar muchas situaciones difíciles seguidas, en distintos frentes al mismo tiempo. Creo que será un desafío la instalación del relato de legado hacia la sociedad y es de extrema relevancia desplegarlo. También considerar que su potencia depende de su capacidad para anclarse en la realidad social, si no, se vuelve frágil ante el primer vaivén. Lo que sí puede quedar como fuerza-idea en retrospectiva, y hay que rescatarlo con precisión, es esto: la demostración de que la izquierda puede ser gobierno responsable sin renunciar a sus valores. Ese es un activo político real para el campo.
Pero tenemos un déficit profundo que es más concreto de lo que a veces se reconoce. Chile no tiene todavía una propuesta de nuevo modelo de desarrollo inclusivo. No basta con criticar el neoliberalismo ni con acumular reformas sectoriales, por valiosas que sean. Y antes de llegar a ese horizonte mayor, hay un problema más inmediato que también hay que nombrar con honestidad, y es que este gobierno logró cambios concretos que no lograron penetrar en la población como experiencia vivida y reconocida. La brecha entre lo que se hizo y lo que la ciudadanía sintió como propio es uno de los fenómenos más desafiantes de este período, y también uno de los más importantes para entender. No es solo un problema de comunicación, aunque la comunicación haya tenido falencias. Es algo más estructural. En una sociedad muy fragmentada, con décadas de desconfianza acumulada hacia las instituciones y los partidos, los cambios que no llegan acompañados de un relato que los dé sentido y de organización social que los sostenga tienden a disolverse en el ruido del presente. La gente los recibe, a veces los agradece individualmente, pero no los procesa como parte de un proyecto colectivo al que pertenece. Eso es algo como izquierda debemos resolver.
Lo que falta es una propuesta articulada, clara y sintética de hacia dónde debe ir el país en términos de modelo económico y social, que responda a los desafíos del empleo, la desigualdad, la transformación tecnológica, el cambio climático y la integración regional desde una perspectiva que ponga el bienestar de las mayorías al centro. Junto con eso, Chile tiene una deuda de poner el Estado al día, un Estado que responda a tiempo a las personas, que no llegue tarde a sus problemas, que no las haga navegar por laberintos burocráticos para acceder a derechos que ya están consagrados. Esa es también una dimensión del proyecto que hay que construir, porque la distancia entre lo que el Estado promete y lo que efectivamente entrega es uno de los combustibles más potentes del desencanto ciudadano. Nuestro estudio “Del estallido al orden” muestra que hay espacio para un proyecto de izquierda que combine cambio y estabilidad. Eso no es una contradicción, es la oportunidad. La tarea es construir ese proyecto ahora, con este gobierno como insumo crítico, no como nostalgia. Y a la derecha no se la enfrenta con denuncias, sino que ofreciendo un camino concreto de transformaciones de corto y mediano plazo.
¿Cómo ser oposición ante el arribo de Kast, de la extrema derecha al gobierno?
Lo primero es no marearse. Enfrentar a este gobierno no significa salir a pegarle a cada provocación que haga el gobierno de Kast, eso agota, distrae y alimenta exactamente los fantasmas que ellos quieren instalar, así han actuado en varios otros países. Nuestra tarea más urgente es defender activamente lo conquistado, el piso de derechos que se instaló en estos cuatro años tiene adversarios decididos a desmantelarlo, y hay que estar organizadas para anticiparse, no solo para reaccionar. Eso requiere un trabajo inteligente, muy unido, muy afiatado, no cada fuerza por su cuenta, sino construyendo una coordinación real con conexión real en las mayorías que van a sentir el impacto de lo que viene. Y al mismo tiempo, y esto es lo que más me importa, tenemos que dedicar estos años a algo que no puede esperar, que es armar un proyecto propio con conexión real en las mayorías sociales. A la derecha no se la enfrenta con denuncias. Hay que ofrecerle a las personas un camino concreto de transformaciones de corto y mediano plazo, uno que le devuelva la confianza de habitar un país que tiene futuro, con bienestar para todas y todos. Eso se sigue jugando en el Congreso, donde tenemos representación y capacidad de incidir, y en los gobiernos locales y regionales que conducimos como sector, que son espacios concretos de demostración de que otra forma de gobernar es posible. Ese es el desafío que nos corresponde. Ser, en suma, una oposición propositiva para mejorar la vida de las personas, vigilante frente a los retrocesos del gobierno de Kast y constructiva de su proyecto.
