El “gobierno de emergencia” de Kast: El marketing del desastre para imponer la agenda de siempre

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El gobierno ha sabido leer el malestar social al que ha respondido con su discurso de “emergencia”, pero las medidas anunciadas no resuelven los problemas estructurales. El concepto de “emergencia”, si bien puede ser un acierto comunicacional, es también el Caballo de Troya perfecto para aplicar el programa más regresivo de las últimas décadas, para desmantelar lo poco que queda del Estado social. Detrás de la promesa de “reconstrucción” se esconde la misma receta de siempre: menos impuestos a los ricos, más ajuste a los pobres y cero preguntas sobre el modelo que nos trajo hasta aquí.

Daniel Jadue. Arquitecto, Sociólogo. Santiago. 16/3/2026. Hay momentos en que la lucha de clases se expresa con una claridad que duele y este parece ser uno de ellos, porque las palabras del presidente delatan la trampa en la que estamos atrapados. La derecha ha logrado lo impensable: vender su agenda regresiva como la solución a la crisis que ella misma ha creado.

El concepto de “gobierno de emergencia” utilizado por Kast es un acierto comunicacional, porque logra capturar el malestar social al que el gobierno saliente no supo responder, pero al mismo tiempo es la estrategia consciente de una clase que necesita la crisis para imponer lo que en una democracia real no podría lograr jamás. Es una versión moderna de la doctrina del shock denunciada por Naomi Klein en su libro del mismo nombre.

La derecha no llegó al poder para resolver los problemas del pueblo; llegó para resolver los problemas del capital. Y el capital tiene un problema: la tasa de ganancia a la que aspira viene bajando hace años y el malestar social acumulado durante décadas de explotación amenaza con desbordar las instituciones. La solución, desde la perspectiva del capital, no es atender las demandas, sino canalizar la rabia hacia chivos expiatorios y, sobre todo, profundizar las políticas que generaron la crisis.

Cuando Kast habla de “emergencia”, no está describiendo la realidad: la está construyendo. Define qué es emergencia y qué no lo es. Para él, es emergencia la migración, la delincuencia, la “porosidad” de la frontera. No es emergencia el hambre, las listas de espera en salud, las pensiones de miseria, la contaminación de las mineras, el aumento del analfabetismo y la desigualdad. Esa selección no es ingenua: responde a los intereses de quienes lo financian y lo sostienen.

Porque detrás del eslogan se esconde la agenda real. Un conjunto de propuestas económicas y tributarias que no abordan los problemas estructurales de las mayorías, pero sí abordan los problemas estructurales de la clase dominante. En síntesis, es la respuesta que la burguesía chilena necesita para recomponer sus tasas de ganancia después de años de estallido social, pandemia y crisis internacional.

El proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional, presentado con bombos y platillos, es en realidad un paquete de medidas para transferir más recursos al gran capital. Rebaja de la tasa corporativa, eliminación de impuestos a las ganancias de capital, facilidades ambientales para las empresas extractivistas. Todo eso mientras se anuncia un recorte fiscal sin precedentes, el ajuste a la gratuidad universitaria y el endurecimiento del cobro del CAE.

Esto quiere decir, que los recursos para la “reconstrucción”, vendrán de donde siempre: de los trabajadores, de los estudiantes, de los sectores populares. La “emergencia” justifica el ajuste. La “crisis fiscal”, que ellos mismos provocaron con décadas de evasión y elusión, se convierte en la excusa para recortar derechos.

Pero la realidad es tozuda y aunque la derecha ha logrado oscurecerla con su buen manejo comunicacional, nadie duda que un país como el nuestro, que está en una estrechez fiscal crónica, necesita más recursos para ofrecer bienestar a sus habitantes, no menos. Recaudar menos no tiene ningún sentido y solo puede terminar agravando la crisis que dice querer resolver. Es como si a una familia que no llega a fin de mes, se le proponga una rebaja de los ingresos familiares y una disminución del consumo básico que obtiene con ello, cuando lo que necesita es precisamente lo contrario

Esto demuestra que el objetivo del gobierno no es el bienestar de los habitantes, sino la rentabilidad del capital. La “estrechez fiscal” no es una fatalidad; es el resultado de decisiones políticas conscientes. Decisiones como mantener exenciones tributarias por más de US$10 mil millones anuales. Decisiones como permitir que los grupos económicos usen paraísos fiscales. Decisiones como privilegiar el pago de la deuda externa por sobre la inversión social.

Chile tiene recursos de sobra para garantizar salud, educación, vivienda y pensiones dignas. El problema es que esos recursos están en manos de unos pocos. La reforma tributaria que Chile necesita no es la que propone Kast -menos impuestos a los ricos-, sino una que recaude más desde lo que más tienen, para poner los recursos que faltan al servicio de las mayorías.

Lo que resulta evidente pero que nadie dice, es que estamos frente a una ofensiva de clase de la burguesía chilena. No es un gobierno más, con políticas más o menos acertadas. Es el brazo político de los grupos económicos, el instrumento para revertir cualquier avance popular de las últimas décadas.

Por eso no basta con advertir. No basta con decir que “los problemas no se resuelven en cuatro años”. Hay que organizar la resistencia. Hay que construir desde abajo la fuerza capaz de enfrentar esta ofensiva. Hay que demostrar que otra salida a la crisis es posible: una que no pase por más sacrificios de los trabajadores, sino por la disminución significativa de los privilegios de la clase dominante.

El malestar que Kast supo leer no es suyo. Es el malestar de un pueblo explotado, humillado, cansado de promesas incumplidas. Ese malestar, bien dirigido, puede convertirse en fuerza revolucionaria. Esa es nuestra tarea.