Artículo publicado por «El Siglo» en octubre de 2018 que retrata la lucha de quien hoy es el nuevo Premio Nacional de Derechos Humanos en su versión 2026. “He llorado, he pataleado, pero siempre pienso en los rostros que llevo en mi mente y en mi corazón”. El recuerdo de su compañero Mao y la lucha en la AFEP.
Daniela Pizarro Amaya. Periodista. «El Siglo». 26/10/018. Republicado 07/07/2026. La actividad de Alicia Lira por los derechos humanos completa tres décadas. Todo comenzó con la detención de su hermano, y luego con el arresto de su esposo, “mi compañero de toda la vida”. De su hermano supo que fue torturado salvajemente y salió de las prisiones clandestinas de la dictadura. Presenció la detención de su esposo y al día siguiente tuvo que concurrir al Servicio Médico Legal para comprobar que había sido ejecutado por represores de la dictadura. Después de un tiempo, cuando el juez de la causa se lo permitió, lo exhumó, cremó sus restos y los llevó al mar. El desgarro de una vida.
Esta obrera textil, originaria de una familia modesta, conoció las sombras de un periodo en que los militares hacían y deshacían. En lo que significaba la fina línea entre la muerte y la vida, con la instalada práctica de la desaparición de personas, la continua acción represiva con torturas y secuestros, ella conoció la oscuridad de un Poder Judicial que protegía a los represores y les daba la espalda a las víctimas. Al mismo tiempo, supo de esa luz que emanaba de los familiares que deambulaban de manera valiente por tribunales y lugares que se requiriera para saber de sus padres-madres, hijos-hijas, compañeros-compañeras, hermanos-hermanas.
Alicia Lira era una mujer joven, amante, cariñosa, trabajadora, militante, que tuvo que sacar una voz fuerte, asumir una actitud severa, y no doblegarse ante el miedo, la zozobra, la incertidumbre, la desesperanza. Cuando millones callaban y miraban para el lado, ella hablaba y miraba de frente. Su petición era simple y firme: que se investigara qué pasó con su esposo, quién lo arrestó, quién lo maltrató, quién lo ejecutó. Es decir, debido proceso y justicia. Conocer a los responsables del crimen y que fueran sancionados.
En cálculos aproximativos y de acuerdo a las casi 4 mil víctimas (entre ejecutados y detenidos desaparecidos, 3.343 según informes Rettig y Valech) que dejó la dictadura, fueron unos 16 mil familiares, como mínimo, los que pasaron los padecimientos y sufrimientos de Alicia.
Por eso hoy saca su voz firme y severa para rechazar los beneficios carcelarios para los violadores de derechos humanos. Insiste con persistencia en que se debe informar sobre los detenidos desaparecidos. Que se sepa la verdad sobre los ejecutados políticos. No vacila cuando tiene que seguir exigiendo verdad y justicia por los crímenes de la dictadura, y aunque son décadas con la misma demanda, Alicia no se cansa. Dice que es “por respeto a todos los compañeros que quedaron en el camino”.
Las eternas sospechas
Con la instalación del nuevo Gobierno de Sebastián Piñera (apoyado en partidos de derecha) llegaron las libertades e indultos para represores y con ello la relativización de los más aberrantes crímenes que se cometieron en la tiranía.
Se reactivó la sospecha de que quieren instalar el olvido, la impunidad. Aún permanece latente el encuentro en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos que repudió el nombramiento de Mauricio Rojas como ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, porque mancilló la memoria de miles de chilenos y chilenas que dejaron sus vidas luchando contra la dictadura. Tuvo el atrevimiento de decir que ese Museo era un entuerto de la izquierda, que era un montaje. Alicia lo sintió hondamente, porque la ejecución de su esposo y de sus compañeros no tiene nada de ficticio.
Antes, también junto a cientos de familiares de ejecutados y detenidos desaparecidos, tuvo que luchar contra conceptos como justicia “en la medida de lo posible”, contra permisivas medidas a favor de las Fuerzas Armadas y Carabineros, contra la postura negacionista de la derecha, contra la indiferencia de la prensa, contra el olvido…uno de los peores males de una sociedad.
Ahora, como para sumar a la mochila que carga, le dicen a ella y a los demás familiares, que los oficiales que torturaron, que golpearon, que secuestraron, que asfixiaron, que mataron, que arrojaron cuerpos al mar o los enterraron en lugares inubicables, están viejos, enfermos, y hay que sacarlos de la cárcel, llevarlos a la comodidad de sus hogares. “Esa dignidad que tienen y han tenido los familiares de torturados, ejecutados, secuestrados, no la tienen los criminales, porque hoy se victimizan, dicen que están enfermos, seniles”, dijo en una entrevista esta luchadora de los derechos humanos.
La batalla de Alicia y de cientos de familiares es eterna, porque la verdad no asoma y algunos la quieren diluir, la quieren mantener resguardada en un cajón de la impunidad.
Todo en medio de casos de corrupción en las instituciones uniformadas como el Milicogate, el Pacogate, el robo de dineros del fisco en viajes y pasajes, y tantos otros. Se suman también nuevas demandas como las del movimiento de mujeres, del pueblo mapuche, la de los estudiantes y causas internacionales como la paz en Colombia, proceso en el cual Alicia participó como observadora.
Una batalla de Alicia que encontró el espacio en la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP) que no cesa, que no decae, que sobrevive a la indiferencia, pero que renace cada vez que el país rebrota la conciencia frente a los crímenes de la dictadura y la necesidad de verdad y de justicia.
Una batalla latinoamericana, internacional
La lucha por la defensa de los derechos humanos que ha desarrollado Alicia Lira no es nueva ni está enfocada en los crímenes de la dictadura civil militar chilena, ya que como organización -AFEP- y como dirigenta forma parte de los observadores por el cierre de las Escuela de las Américas, es miembro del Consejo Mundial por la Paz, instancia donde, entre otras cosas, bregan por la entrega de la base militar de Guantánamo a Cuba, y también apoya la lucha del pueblo palestino. Alicia es en sentido total de la palabra, una activista de los derechos humanos, de la paz, más allá de las fronteras chilenas.
En ese marco fue invitada por la organización “Addameer” a ver la situación de los prisioneros árabes producto de la ocupación israelí. “El pueblo palestino está más desamparado que nosotros en dictadura”, expresó cuando volvió de esa visita.
No ha descansado en denunciar violaciones a los derechos humanos en países de América Latina, en investigar, en exigir justicia, en denunciar a fuerzas militares y policiales de todo el continente para que haya verdad y debidos procesos.
El pasado mes de septiembre, Alicia Lira recibió el “Premio Paz 2017”, como un reconocimiento a sus “extraordinarios aportes a la paz y al respeto de los derechos humanos”, según expresó la Unión Dominicana de Periodistas por la Paz -organismo que entrega dicho reconocimiento-. Es de las poquísimas chilenas que han recibido ese tipo de reconocimiento, hecho invisibilizado en los medios de prensa y ante la opinión pública.
Alicia recibió la noticia varios meses antes. “Se me puso la piel de gallina cuando supe”, contó al enterarse de ser acreedora de este galardón, otorgado por unanimidad. Más aún si se considera que ese premio se ha entregado a veinte figuras internacionales, entre las que destacan el comandante Fidel Castro y el líder sudafricano, Nelson Mandela.
“Es un reconocimiento a mi trabajo como persona y al trabajo que ha hecho la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos como parte del Observatorio por el cierre de la Escuela de las Américas y el aporte que se realiza por la paz mundial y en defensa de los derechos humanos”, señaló al recibir la placa y el pergamino, en la ceremonia realizada en la localidad de Moca, República Dominicana, en medio de la reunión continental del Consejo Mundial de la Paz y la VII Conferencia Continental por la Paz y los Derechos Humanos.
Una familia del pueblo
Alicia Lira nació en Concepción y vivió su infancia junto a su madre y hermanos en la localidad de Plegarias, un pueblo ligado a la explotación de la minería del carbón, muy carente, pero muy solidario. Su madre era militante comunista y se trasladó a Plegarias sin su esposo, con más de doce hijos. Alicia recuerda que su mamá era muy trabajadora y comprometida, quien en tiempos de crisis, junto a otras vecinas, recorría los pueblos aledaños y volvía a casa con las distintas ayudas que recopilaba. Organizaban las ollas comunes para ayudar a los trabajadores y sus familias. En ese ambiente creció Alicia. Conoció la dignidad e importancia del trabajo colectivo y comenzó a militar en las Juventudes Comunistas (JJCC) junto a su hermano Diego, a quien recuerda como “generoso, franco, libre, amigo y gran compañero”.
Ya en Santiago Alicia comenzó a trabajar en el rubro textil en el sector de Vicuña Mackenna, mismo cordón que le tocó organizar en clandestinidad durante la dictadura. En su militancia en la Jota, ella conoció a quien terminaría siendo su esposo, Felipe Rivera, más conocido como el “Mao”.
Rivera era el jefe del equipo de autodefensa de las JJCC, por eso cuando empezaron su relación a fines de los años sesenta ella presumía y contaba que pololeaba con el “jefe de todos los jefes”. El 26 de febrero de 1970 se casó con “el Mao” y participaron activamente de la campaña presidencial de Salvador Allende y posteriormente como dirigentes en el Gobierno de la Unidad Popular. Tras ello, vino el Golpe de Estado y la etapa más oscura que atravesó el país; “resistimos la dictadura desde el primer día”, cuenta Alicia.
El inicio de una lucha humana
En 1986 llevaron detenido a su hermano Diego. En ese momento Alicia se incorporó a la agrupación de prisioneros políticos. Diego Lira estuvo detenido durante tres años, tiempo en que fue cruelmente torturado por agentes de los organismos represores. En ese momento se produjo el atentado contra el dictador Augusto Pinochet y al otro día, como reacción de venganza, agentes de la CNI (Central Nacional de Informaciones) secuestraron y asesinaron a cuatro opositores del régimen: Felipe Rivera, el periodista José Carrasco Tapia, Gastón Vidaurrázaga y Abraham Muskablit.
“Esa noche el negro (Felipe Rivera) estaba sentado en la cama, llegan los agentes y le dicen: ‘Felipe, el Partido Comunista y el Frente (por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez) te necesitan’. Ahí él les dijo, ‘no, nada que ver, ustedes están mintiendo’”.
Alicia prosigue con el relato: “El negro era muy valiente, muy porfiado, y en ese instante me dice ‘anda y avísale a la vecina’, y ahí supe que lo iban a matar. Cuando salgo corriendo llega un tipo, me agarra y me tapa la boca y me decía que no iba a pasar nada. Cuando se lo llevan (a Felipe) corro detrás de los autos, pero no vi nada porque los vidrios eran polarizados”, narró Alicia en el programa Los surcos de la Memoria de la Universidad de Playa Ancha y agregó que “siempre supimos que nos podía pasar algo así, y si nos pasaba, siempre mantenernos con la dignidad al frente”.
Ese fue uno de los hechos más trascendentales en la vida de Alicia, porque producto de ello llegó a la AFEP y comenzó su lucha por verdad y justicia.
“Soy una obrera, una dirigenta social, que he trabajado con tantos compañeros y compañeras en tantos trabajos colectivos, entonces me siento muy emocionada. Además siento que es una señal personal, porque siempre he tratado de hacer lo mejor posible con mi convicción y compromiso”, sostuvo Alicia en entrevista con El Siglo el día que supo recibiría el Premio Paz 2017.
En esa misma entrevista Alicia evocó a algunos de sus camaradas que se fueron quedando en el camino. “Cuando empezó la dictadura mataron a tantos compañeros de la Jota, amigos míos queridos y de mi esposo, como el “Checho” Weibel, María Teresa Barahona, Cristina Carreño -mi amiga querida que me presentó al Mao-, su padre Alfonso Carreño que me trataba con tanto respeto y cariño. También me acuerdo del “Lolo” Vizcarra, de Leandro Arratia, o sea, compañeros que asesinaron antes que al Mao, por los cuales sufrimos mucho, porque eran personas maravillosas. Todos ellos se me vienen al recuerdo y me hacen sentir mucho orgullo, por eso me siento con más fuerzas que nunca para seguir con esta bandera de lucha hasta el final, porque cada uno de ellos lo merece”, afirmó.
Pero ese premio internacional no es el único reconocimiento que recibió Alicia durante 2017. También la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF) la nombró socia honoraria y un tiempo antes fue reelecta como presidente de la AFEP. “Para mí siempre es hermoso ser reelecta como presidenta, cada dos años, por la mayoría de mis compañeras de la asamblea de la agrupación, porque eso habla del cariño, de la confianza y del respeto que me tienen. Eso para mí siempre es muy satisfactorio y me empuja a hacer un trabajo más transparente, más solidario y con todo el respeto que se merecen mis compañeras. También, en el acto de homenaje a Tucapel Jiménez me nombraron como socia honoraria de la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales, su presidente, Carlos Insunza, me entregó ese reconocimiento por mi trabajo y posteriormente Tucapel Jiménez hijo sumó palabras de elogio hacia mí. Ese reconocimiento de los trabajadores del Estado me llena de felicidad porque ante todo soy obrera”, destacó.
Tras tantos años de activismo surge la duda si Alicia flaqueó en algún momento. En conversación, apuntó que sí se cansa, pero nunca como para dejarlo todo. “He llorado, he pataleado, le he pegado al muro de pura indignación, porque en la dictadura todos caminábamos para un lado y después la misma gente mira para otro lado. Han sido obsecuentes con los gobiernos y eso me indigna. También, me he revelado cuando veo a los propios compañeros que maltratan a sus pares y pierden nuestros orígenes. Pero siempre pienso en los rostros que llevo en mi mente y en mi corazón, me acuerdo de las compañeras familiares de detenidos desaparecidos, en todos los que cayeron y sobre todo con mi negro (Mao) en el corazón y con mi hermano Diego que fue torturado durante tres años de detención, así que ellos me dan fortaleza para no perder el enemigo que es la derecha”.
Prosigue: “Recuerdo todas las luchas que hemos dado desde participar activamente para alcanzar nuestros sueños con el Gobierno de la Unidad Popular, después la resistencia contra la dictadura, por eso cuando me siento mal, triste, trato de salir adelante, porque jamás bajaré los brazos en memoria de los hombres y mujeres que quedaron en el camino que se merecen que trabajemos por ellos, porque debemos asegurar el Nunca Más y eso pasa por la verdad y la justicia plena. Seguimos adelante con la fortaleza de siempre, uniendo, sumando, pero jamás bajando la cabeza”.
Alicia no se cansa.
