1976-2026. 50 años de la barbarie, y 50 años de la dignidad y el compromiso

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La efeméride de la caída del grupo de militantes y dirigentes comunistas pasa primordialmente por enaltecer, relevar y asumir el ejemplo de dignidad, ética, compromiso, modestia, coraje y valentía, de todas ellas y todos ellos. Esas mujeres y hombres, hace 50 años, no andaban cabizbajos, deprimidos, amilanados, dubitativos, vacilantes. Estaban animados y comprometidos, decididos y convencidos, resueltos y optimistas, vitales, dándole sentido a sus vidas.

Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. 4/5/2026. Hay efemérides que conmueven. Que hacen brotar la tristeza y el repudio. Al mismo tiempo apelan a la esperanza, a la dignidad, al aliento.

Este 2026 se cumplen 50 años de la caída de un grupo de militantes y dirigentes del Partido Comunista (PC) y de las Juventudes Comunistas (JJCC), quienes cumplían diversas tareas en la reorganización y desarrollo de sus colectividades y en el combate a la tiranía.

Durante varios meses de 1976, grupos represivos y de la dictadura asediaron y acorralaron a mujeres y hombres del PC y las JJCC; los detectaron, los secuestraron, los torturaron, los ejecutaron e hicieron desaparecer sus cuerpos.

Es lo que se ha llamado “la caída de las direcciones” del Partido Comunista y las Juventudes Comunistas. Comenzó con el secuestro y asesinato de José Weibel, subsecretario general de las JJCC: continúo con el arresto ilegal, ejecución y lanzamiento al mar de su cuerpo, de Marta Ugarte; se materializó en los secuestros y crímenes de las y los detenidos en Calle Conferencia; la caída de Carlos Contreras Maluje, dirigente de las JJCC; el arresto y asesinato de Víctor Díaz y Fernando Ortíz que estaban al frente del PC en la clandestinidad. Son varios los nombres y los episodios.

Fue una operación de exterminio en contra de las y los comunistas. La implementó la siniestra Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), integrada por elementos de las Fuerzas Armadas y Carabineros, y fue ordenada por Augusto Pinochet. Fue uno de los actos represivos más crueles e inhumanos de la dictadura, con la aplicación brutal de técnicas de tortura, y la deplorable práctica de la desaparición forzada de personas.

A 50 años de esos sucesos, se instala con certeza la idea de no olvidar, la exigencia de justicia, y la necesidad de informar. No se puede dejar en el olvido y la omisión un episodio tan terrible de la sistemática violación a los derechos humanos y la materialización de crímenes de lesa humanidad.

La indignación no decrece y con ella la necesidad de la denuncia permanente. El dolor vuelve, por quienes cayeron, y se traduce en reiterar la existencia de ese exterminio. La memoria se constituye en un imperativo.

Junto a eso, se aparecen otras ideas, otras emociones, otras apelaciones. Derivadas del ejemplo de quienes cayeron, de quienes entregaron sus vidas, de quienes se consagraron a la batalla por los derechos, por la libertad, por la justicia, por la soberanía, por la equidad.

En quienes cayeron en 1976 se consagra, ante todo, la dignidad humana, la ética comunista, el compromiso revolucionario, la alegría de luchar, la modestia del batallador/batalladora, el coraje, la valentía, la resistencia al miedo y la barbarie.

Esas mujeres y hombres, hace 50 años, no andaban cabizbajos, deprimidos, amilanados, dubitativos, vacilantes. Estaban animados y comprometidos, decididos y convencidos, resueltos y optimistas, vitales, dándole sentido a sus vidas.

Seguramente anidaban temores, inquietudes, preocupaciones, enojos, desesperaciones. Pero no se constata esa como la constante conociendo todo el arduo y beneficioso trabajo que realizaron por los suyos, por sus organizaciones, por la resistencia antidictatorial, por la lucha contra la tiranía y el triunfo popular y democrático.

Pareciera entonces, que la efeméride de los 50 años de la caída del grupo de militantes y dirigentes comunistas pasa primordialmente por enaltecer, relevar y asumir el ejemplo de dignidad, ética, compromiso, modestia, coraje y valentía, de todas ellas y todos ellos.

Por asumir con vitalidad y ánimo, con decisión y convicción, con optimismo y resolución, con sentido de vida, con alegría y optimismo, los desafíos que impone un ciclo de la historia contemporánea, una etapa de batalla por la justicia, la equidad y la libertad.

A 50 años de esos episodios, hay que recordar la brutalidad y la inhumanidad de la acción represiva de la dictadura, pero sobre todo hay que asimilar el ejemplo humanitario, militante, ético, comprometido, digno, optimista y desinteresado de quienes dieron su vida por Chile, por el pueblo, por la justicia y los derechos.

La indignación y la denuncia van a perdurar. Junto a eso, prevalecerá el estímulo que motivan esas chilenas y chilenos caídos hace 50 años, a continuar las múltiples batallas contra las injusticias, los abusos, las represiones, los crímenes, las inequidades, las mentiras, la deshonestidad.

La caída de esas luchadoras y luchadores, de esos militantes de la vida, debe ser un perenne estímulo a vivir, a batallar, a no decaer, a hacer prevalecer la alegría y el compromiso, a renovarse en los idearios y los objetivos, a hacer primar la sencillez, la honestidad, el esfuerzo, la ética, la procuración de un Chile justo y digno.