La crisis de la Civilización Occidental

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La tradición judeocristiana se revela, entonces, como sionismo genocida y fundamentalismo evangélico o integrismo católico. Es esta civilización capitalista la que hoy colapsa, provocando una triple crisis -social, ecológica y geopolítica- que parece irreversible.

Fernando Bahamonde. Punta Arenas. 16/4/2026. En ciertos círculos de la academia anglosajona, existe consenso al denominar un tiempo y espacio determinados como “civilización occidental”; una categoría que pretende condensar un sentido de lo humano en sociedad.

Uno de sus pilares fundamentales sería el sincretismo religioso judeocristiano, cuyos principios y valores son presuntamente compartidos por Occidente. A esta idea se suma el legado clásico de Grecia y Roma: de la primera, la democracia ateniense -reconvertida hoy en su versión liberal representativa- y de la segunda, el derecho.

Cronológicamente, esta civilización se ubica en la Modernidad, la cual, dependiendo del autor, se surge a partir del Renacimiento italiano, la Reforma protestante o la Revolución Francesa.

Sin embargo, el concepto de “civilización occidental” presenta dos problemas irresolubles para su definición y defensa como única realidad política y cultural posible.

Primero, su carácter eurocéntrico y excluyente; segundo, la barbarie histórica que subyace a su supuesta cumbre civilizatoria. Por tanto, esta civilización, entendida como realidad y no solo como construcción teórica, posee una apariencia y una esencia contrapuestas.

Su apariencia proyecta la idea de una civilización integradora, capaz de ordenar un mundo uniforme y pacífico gracias a sus valores comunes. No obstante, en los hechos, su esencia ha sido históricamente colonial, imperialista y racista.

Lo que los ideólogos de este concepto omiten es que los imperios capitalistas de turno han sido los responsables de genocidios y etnocidios en África, Asia y América Latina.

La expansión capitalista eliminó a millones de indígenas en América conforme destruía sus antiguas formas sociales y religiosas, y secuestró a millones de africanos para esclavizarlos. Asimismo, Occidente ha perpetrado guerras de agresión arrasando con pueblos completos.

Es esta misma civilización la que mutiló a los trabajadores del caucho en el Congo belga, la responsable de dos guerras mundiales, de los campos de concentración y de la actual depredación del planeta en pos de la riqueza.

En esencia, aquello que llamamos “civilización occidental” y que ha dominado el globo por cerca de 500 años, no es otra cosa que el capitalismo en sus diversas fases de expansión.

Para criticar a la sociedad occidental, es imperativo desmontar sus falsas certezas de libertad y democracia, retóricas que hoy utiliza la ultraderecha para ejercer violencia contra mujeres, jóvenes, diversidades y migrantes; sujetos sociales a los que percibe como enemigos cuyos derechos deben ser anulados.

Mientras los neofascistas invocan una supuesta “crisis de identidad” y la pérdida de valores religiosos, la certeza de su brutalidad histórica debe servir para impulsar la lucha contra quienes, desde la reacción, intentan validar su vigencia.

En este marco intelectual, el filósofo conservador alemán Oswald Spengler publicó “La decadencia de Occidente” (1918-1923), retratando la supuesta crisis del orden constituido. Esta obra inspiró a Alberto Edwards en Chile a escribir “La fronda aristocrática” (1928), donde añora un pasado de supuesta grandeza perdido ante la emergencia de nuevos grupos sociales, proponiendo la dictadura como único camino.

Otros defensores influyentes han sido Leo Strauss, mentor de los estrategas neoconservadores que han moldeado la política de la CIA y el Pentágono desde la era Reagan; Francis Fukuyama, quien con su tesis sobre “el fin de la historia” planteó el pensamiento único del capitalismo liberal; y Samuel Huntington, quien advirtió sobre un inevitable “choque de civilizaciones” mientras asesoraba a Lyndon B. Johnson, recomendando bombardeos contra aldeas de campesinos en el norte de Vietnam.

Estas ideas no son superficiales: son el motor de la hegemonía militarista estadounidense y de teorías conspirativas como el “Gran Reemplazo”, que promueven la defensa de una población blanca y cristiana frente a supuestas “hordas salvajes” extranjeras.

La tradición judeocristiana se revela, entonces, como sionismo genocida y fundamentalismo evangélico o integrismo católico. Es esta civilización capitalista la que hoy colapsa, provocando una triple crisis -social, ecológica y geopolítica- que parece irreversible.

Esta época de urgencia nos plantea desafíos ineludibles: cómo descolonizarnos intelectualmente de la falsa civilización occidental; cómo contrarrestar el declive violento del imperio americano y si, tras 500 años de capitalismo, es posible superarlo por una civilización que deje atrás la barbarie de “Occidente”.