ANÁLISIS. El año decisivo para la derecha

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Está desatada. Al mismo tiempo que juega a la amistad cívica; a la búsqueda de acuerdos; a la gobernabilidad, ataca sin piedad, difama, calumnia y miente sin pudor.

Hernán González. Valparaíso. 06/01/2023. El 2023 parece ser el año decisivo para la derecha. 

Revisando la prensa, prácticamente toda financiada y dirigida por los grandes grupos empresariales, instituciones conservadoras y la reacción -gracias a la cantinflera noción de libertad de expresión y política de comunicaciones del Estado, predominante en los últimos treinta años- se constata que de lo único que habla es de los desaciertos del Gobierno; sus conflictos con otros poderes del Estado; de la caída en la popularidad del Presidente Boric; del aumento de la delincuencia; el “terremoto educacional”; la escalada de los precios; la contracción del crecimiento económico; y un largo etcétera de malos augurios para el futuro. 

La agresividad de la campaña es escandalosa. La prensa crea un clima hostil, reforzado luego por las encuestas -parte de la misma industria y  engranaje esencial del sistema- las que ya ni siquiera disimulan pretensiones de objetividad científica como en la época en que el culto y elagante Arturo Fontaine era director del CEP. Premunidos de una batería de preguntas cual más ideologizada que la anterior, ofrecen una coartada perfecta para la presentación de una opinión pública pesimista, molesta y sobre todo escéptica respecto de las posibilidades de que las cosas puedan mejorar gracias a una acción política intencionada y guiada racionalmente por un programa de transformaciones, del que ni siquiera se consulta. 

Ni que hablar de los panfletos que elabora semanalmente CADEM Plaza Pública. Para las encuestas todo es emoción. Sensaciones e impresiones causadas por las mismas preguntas cuyas respuestas clasificadas, tabuladas y luego presentadas con un lenguaje pseudo científico como expresión de la opinión pública, refuerzan esta sensación de inseguridad, pesimismo y resignación. Las imágenes de padres haciendo filas desde la madrugada para obtener una matrícula para sus hijos en las afueras de los liceos de la RM, por ejemplo, llegan al colmo de la sensiblería y demuestran en forma fehaciente la estulticia a la que ha llegado el sector comunicaciones, sin que haya habido ningún intento serio de regularlo para proteger la democracia. 

Al mismo tiempo, las bancadas más venales de las que se tenga recuerdo desde el siglo XIX, anuncian acusaciones constitucionales, incluso contra el Presidente de la República; mientras ostentan el triste record de miembros desaforados y desaforadas; imputados; procesados; e incluso condenados, por delitos de cohecho, y en el caso de connotados alcaldes de sus mismas filas, por malversación de fondos públicos. 

La derecha, en resumidas cuentas, está desatada. Al mismo tiempo que juega a la amistad cívica; a la búsqueda de acuerdos; a la gobernabilidad, ataca sin piedad, difama, calumnia y miente sin pudor. Para eso además, cuentan con una bien guarecida retaguardia a cargo del Rojo Edwards y un par de cagatintas con ínfulas de sabiduría como Brunner para justificar sus adefesios.  

No se puede descartar que considerando la situación de descrédito y la imposibilidad del sistema de seguir posponiendo su crisis a través de las tarjetas de crédito y la manipulación psicológica de masas- de lo que dan cuenta incluso sus propias encuestas-  su única alternativa termine siendo tumbar al gobierno, para colocar a algún títere que le permita dar la impresión de unidad nacional y de cambio constitucional para reencauzar el malestar dentro de los tacaños límites impuestos por él mismo. 

El pueblo debe prepararse para enfrentar esta ofensiva reaccionaria. La derecha ha demostrado una y otra vez a lo largo de la historia que no juega. Haberla subestimado, de hecho, ha tenido un alto costo para la democracia y el pueblo. Sus berrinches respecto del acuerdo de seguridad; en la tramitación de la ley de presupuesto; las largas que le dio al proceso constituyente hasta conseguir limitarlo casi hasta la inanición, son solamente demostraciones de sus auténticas intenciones. 

El golpe subjetivo  que supuso el resultado del plebiscito constitucional del 4 de Septiembre, lamentablemente, ha actuado más como un freno que como una motivación y el acuerdo entre los partidos para reimpulsar el proceso constituyente, un motivo de polémicas dentro del campo social y popular más que como el escenario a considerar para elaborar un plan que considere la conformación de una lista única a consejeros constituyentes; elaboración de propuestas para la discusión de la reforma constitucional que le daría inicio y que ya está en segundo trámite en la Cámara de Diputados. 

Un plan que considere la movilización social en todos los frentes y territorios, regiones, comunas y barrios del país. Como suele suceder en estas circunstancias, abundan los «pepes grillo»; los «generales después de la batalla», los «críticos de la autocrítica moralizante» y los «teóricos teorizantes», cuando lo que se necesita es pasar a la acción porque no digamos que tiempo es lo que más hay.

Este año, que para la derecha es decisivo, también lo debiera ser para todos los y las demócratas. La Constitución de Pinochet es un zombi; el proceso constituyente una promesa incierta que en, en gran parte, depende de la unidad y la capacidad de movilización del pueblo para sobrepasar los límites impuestos por el acuerdo entre los partidos. Lo que está en juego es la posibilidad de un retroceso como el que sufrió el Brasil con la llegada del Bolsonarismo o la de romper los candados que cierran toda posibilidad de transformación efectiva. 

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