MENSAJES. Palabras para Mariana (menos conocida como Crifé Cid)

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El año 1976, el año en que dos direcciones clandestinas del P.C fueron secuestradas y hechas desaparecer por la dictadura militar, Mariana formó, junto a Nicasio Farías (“Héctor”) y a Guillermo Teillier (“Sebastián”) una nueva dirección clandestina. Era una tarde lluviosa, en una casa humilde de la Población Dávila, según relató ella con posterioridad.

Santiago. 11/2022. Como si en la rareza de su nombre ya estuviera prefigurado un destino peculiar fue la vida de Crifé Cid. Su modo de vivir y de morir estuvo marcado por una discreción a toda prueba. No sólo pertenecía a la estirpe de los “tenaces” -para usar un término de José Miguel Varas- sino que también a la de los silenciosos. No hay que confundir esa parquedad con falta de reflexión.

En septiembre de 1973 Crifé se encontraba en Moscú. Reingresó clandestinamente a Chile, en 1975, para colaborar con la Dirección clandestina del Partido comunista que entonces encabezaba Víctor Díaz. Ella volvió cuando muchos, con motivos o sin ellos, se iban del país. Hubo otros que hicieron lo mismo; Horacio Cepeda, por ejemplo. “Mariana”, tal era su nombre clandestino, se dedicó a la rearticulación orgánica -estructura altamente sensible y apetecida por la represión- junto a Mario Zamorano, de quién siempre habló con palabras entrañables. Había que tener coraje -y mucho- para actuar como ella lo hizo. Bien sabía  -de algún modo sufrió las consecuencias de ello- que el valor también comporta  la capacidad de manifestar una opinión propia.

El año 1976, el año en que dos direcciones clandestinas del P.C fueron secuestradas y hechas desaparecer por la dictadura militar, Mariana formó, junto a Nicasio Farías (“Héctor”) y a Guillermo Teillier (“Sebastián”) una nueva dirección clandestina. Era una tarde lluviosa, en una casa humilde de la Población Dávila, según relató ella con posterioridad.

Sus últimos años los pasó en medio del cariño de los suyos, en un apacible entorno de plantas y árboles que cuidaba con esmero. Sin embargo, nunca dejó de estar al tanto (y preocupada) por la actualidad. Era una anfitriona que brindaba la generosa hospitalidad que sólo pueden dar quienes han sufrido privaciones.

Entre quienes fuimos a despedir sus restos al Cementerio General, hace unas semanas, no había ministros, senadores o diputados. Es una ausencia que obliga a pensar. Después de encontrarse con un sobreviviente de la Brigada Lincoln -conformada por voluntarios estadounidenses para luchar en la guerra civil española- Luis Cernuda (un poeta homosexual que no debiese ser circunscrito a los estudios Querr) escribió uno de sus más celebres poemas. Dice ahí:

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
Cuando asqueados de la bajeza humana,
Cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

Que aquella causa aparezca perdida,
Nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
Sólo atendieran a ellos mismos,
Importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso otra vez hoy la causa te aparece
Como en aquellos días:
Noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
A través de los años, la derrota,
Cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

Gracias, Compañero, gracias
Por el ejemplo. Gracias porque me dices
Que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
Como testigo irrefutable
De toda la nobleza humana.

Gracias, Mariana. Gracias, Crifé.

Álvaro Monge Arístegui.

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