La carta robada de Putin


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Muy probablemente, el coro de voces tras la sugerencia de dobles intenciones en el Kremlin -coro encabezado por el mandatario norteamericano- busca distraernos del acuerdo tácito que viabiliza la comisión de toda guerra.

Ignacio Libretti(*). Santiago. 02/03/2022.  La operación militar rusa en territorio ucraniano ha inspirado análisis políticos, lisa y llanamente, delirantes. Desde la presunta intención de reconstrucción de la Unión Soviética según Joe Biden hasta la hipótesis de violación -y consecuente castración- en términos de Slavoj Zizek, los próceres occidentales se basten por hallar intenciones ocultas en la decisión del Kremlin, ignorando la argumentación que ofrece el propio Vladimir Putin para explicarla. Aun cuando el mandatorio ruso asume abiertamente la responsabilidad política del hecho, sus palabras no parecen importarles a mentes asediadas por fantasmas del pasado, cuya necesidad de solapar la crisis mundial del sistema capitalista neoliberal obliga crear enemigos comunes para justificar amistades espurias.

Todo indica que la flagrante amenaza a la seguridad nacional rusa -e incluso de la comunidad internacional- que implica el ingreso de Ucrania en la OTAN, proceso en desarrollo desde el golpe de Estado de 2014, sumado al conjunto de conflictos económicos y poblacionales aledaños a la avanzada norteamericana en Kiev -desde la disputa por el mercado del gas hasta la agresión fascista en Dombás-, no convencen a analistas obsesionados por encontrar una verdad a la medida de sus deseos. Sin querer, dieron a Putin una valiosa herramienta comunicacional: la carta robada.

En diciembre de 1844, Edgar Allan Poe publica un cuento que cambiará para siempre la forma de entender lo real: La carta robada. En resumen, la trama gira en torno a una misiva comprometedora que, por motivos políticos, fue sustraída al propietario, quedando en manos de su rival; ambos, conscientes del hecho. La imperiosa necesidad de recuperarla, y los sucesivos fracasos al momento de intentarlo, hacen que el detective a cargo de la investigación solicite consejo a Dupin, excéntrico personaje cuya inteligencia amedrenta al común de la población. En un santiamén, Dupin recupera la carta, pues busca donde el detective jamás hubiera creído algo oculto: un tarjetero expuesto a plena luz en el despacho del culpable.

Dicho esquemáticamente, la lección tras La carta robada, sometida al juicio de eminencias conceptuales tales como Jacques Lacan y Jacques Derrida, es la siguiente: el mejor lugar para ocultar una verdad es la superficie, puesto que allí no buscan más que los advertidos. Hoy, la carta robada está en el tarjetero de Putin, mientras Dupin sigue de vacaciones en algún balneario de mala muerte, riendo del espectáculo montado en Occidente.

Las razones que explican la operación militar rusa en Ucrania son las mismas que indica Putin en sus principales discursos respecto al tema. Aquí, el viejo adagio de Winston Churchill, según el cual Rusia es “un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”, no tiene lugar. Lo que sí cabe interrogar es el beneficio residual que supone esta avanzada para las demás potencias capitalistas. Las sanciones económicas al Kremlin traen consigo la apertura de zonas comerciales exclusivas para el bloque imperialista, donde los capitales rusos no podrán competir. Por tanto, Rusia contribuye indirectamente a que sus enemigos sorteen los efectos de una crisis no vista desde la segunda guerra mundial. Que Biden haya, literalmente, entregado Ucrania en apenas 12 horas de avanzada militar rusa es claro indicio de que, parafraseando a Carlos Marx, para salvar la bolsa hay que ceder la corona. No obstante, nada de esto es perceptible si insistimos en cuestionar la evidencia, puesto que hacerlo supone proyectar escenarios habitados por espectros.

Muy probablemente, el coro de voces tras la sugerencia de dobles intenciones en el Kremlin -coro encabezado por el mandatario norteamericano- busca distraernos del acuerdo tácito que viabiliza la comisión de toda guerra. Mientras tanto, Putin sigue administrando la carta robada, aprovechando los beneficios consecuentes a la resaca histórica de Dupin.

(*)Ignacio Libretti, analista del Centro de Extensión e Investigación “Luis Emilio Recabarren” (CEILER).

 

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