“Amarillos” de Gute, Foxley, Alvear, Warnken, Rossi, Walker, Aylwin


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No es gratuito plantear que si alguien pretende que esas figuras son hoy una respuesta a la búsqueda democratizadora y de derechos en Chile, tendría que revisar sus actuaciones en los últimos 30 años. En realidad cierta, lo de “Amarillos” viene a dar cuenta de un factor determinante. Es el alto grado de disputa de proyecto/país, modelo de desarrollo e institucional, de consagración o no derechos y abandono o no del marco estructural actual, lo que pone en alta tensión intereses socioeconómicos (“de clase”), debates ideológicos/políticos, visiones de ideario nacional, pugna de fuerzas sociales (los de arriba y los de abajo), cambio del carácter del Estado, entre otros elementos.

Hugo Guzmán. Periodista. “El Siglo”. Santiago, 20/02/2022. El grupo autodenominado “Amarillos” irrumpió mediática y políticamente para lanzar epítetos y descalificaciones a la Convención Constitucional, su funcionamiento y contenidos que está aprobando, hablando de que existe una “euforia refundacional”, un “estallido institucional”, “un relato maniqueo, que divide el mundo entre buenos y malos y ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos”, opinando que “en el Pleno están encendiendo la señal de alerta entre quienes no queremos la deconstrucción de Chile, ni su desmembramiento”, instalando que “algunas facciones radicalizadas de la Convención” supuestamente quieren “ignorar, e incluso borrar, a un sector político significativo”.

Más aún, en un manifiesto, este grupo dejó abierta la posibilidad de respaldar el rechazo a la nueva Constitución, estableciendo que la labor de los convencionales constituyentes puede llevar “a un callejón sin salida que empuje a muchos de los que votaron ‘apruebo’ y quieren que el proceso constitucional resulte, a quedar sin otra opción posible que la de oponer un ‘No’  a una Constitución que no nos represente a todos”.

Además -sin precisar con qué sintoniza en cuanto a lo que están planteando las votaciones democráticas de los convencionales constituyentes-, se señala que “la historia -sobre todo en Latinoamérica- ha demostrado que ir detrás de lo imposible y refundarlo todo, en vez de solucionar las desigualdades y los abusos, solo ha traído más sufrimiento y más pobreza para las grandes mayorías”.

Las opiniones vertidas, explícita y tácitamente, apuntan a denostar, atacar y desbarrancar el trabajo de la Convención y normas y contenidos que se discuten y acuerdan por mayoría democrática, sustentada en la elección ciudadana de los 154 convencionales que están laborando en vías de una nueva Carta Magna.

Leyendo las frases de “Amarrillos”, salvo una ingenuidad, no se puede llegar a otra conclusión. Porque no se entra a debatir los contenidos, sino a descalificarlos y colocarlos en un área catastrofista.

Se amenaza con el rechazo si se imponen lo que, según “Amarillos”, es “maximalista” y “radical”.

Pero además, los firmantes del texto se autoconsideran los defensores en el país de “la conversación” y “el diálogo”, que son “una mayoría silenciosa”, que obligan “a los extremos a moderarse”, y se atribuyen que “estamos aquí para apoyar toda iniciativa que vaya en la dirección del equilibrio”.

Se erigen en una suerte de paralelo ético y político de la Convención.

Un camino, por lo demás, harto cuestionado, porque la opinión pública lleva más de 30 años observando/escuchando/leyendo a estos personajes de la elite que se atribuyen representación de mayorías (más allá de lo que dictan los resultados electorales y procesos democráticos), y que lo hacen desde una supuesta neutralidad y podio de sabiduría y buenas intenciones, como si no representaran ningún interés, ni a ningún sector hegemónico de la sociedad.

Sería adecuado no pasar por alto los nombres de quiénes firman y lo que han representado en los últimos 30 años. Sólo para ejemplificar: Alejandro Foxley, Álvaro Briones, Andrés Velasco, Carolina Goic, Eugenio Tuma, Fulvio Rossi, Gutenberg Martínez, Ignacio Walker, Iván Poduje, Jorge Burgos, José Rodríguez Elizondo, Mariana Aylwin, René Cortázar, entre otras y otros. Con una intención mediática, se coloca a la cabeza de estas posiciones al intelectual Cristián Warnken y se habla de adhesiones llegadas como las de Soledad Alvear.

Entre ellas y ellos hay quienes estuvieron vinculados a casos de corrupción financiera/electoral, se opusieron constantemente a procesos de reformas/transformaciones, defendieron el actual sistema económico/institucional, reivindicaron las modificaciones a la Constitución de 1980 como suficientes, fueron candidatas/candidatos a convencionales y perdieron y torpedearon el proceso constituyente impulsado por la presidenta Michelle Bachelet.

Por lo demás, en estos juegos de terminologías, “amarillos” siempre se usó (o usa), para quienes (según ciertas visiones) no se comprometen decididamente con políticas de izquierda, transformadoras, incluso revolucionarias. Pero jamás se consideró “amarillos” a quienes militaban/militan en fuerzas de derecha/conservadoras, contra/transformadoras y anti reformistas. Así que, de paso, aquí podría haber otra “apropiación indebida” de parte de personeros conservadores.

Todas y todos ellos más que “amarillos”, tienen hace rato un definido color ideológico/político en posturas conservadoras, neoliberales, contra/transformadoras, varias/varios abandonaron la Democracia Cristiana para irse a la derecha, respaldaron al Presidente Sebastián Piñera cuando a inicios de su mandato canceló el proceso constituyente, varios/varias militan en la derecha orgánica, son integrantes/defensores de consorcios financieros privados y grandes empresas, son férreos opositores de posturas de izquierda y de transformaciones estructurales, no están de acuerdo en cambiar la institucionalidad y el modelo de desarrollo, no comparten las reivindicaciones del pueblo mapuche, y se han opuesto a consagrar derechos como los demandados por el movimiento feminista y sindical.

Que se autodefinan como parte de “una mayoría silenciosa” es tan falaz como cómico, cuando muchas y muchos de los firmantes del manifiesto son voceros permanentes y activos en medios de prensa de gran alcance, programas televisivos y radiales, foros y encuentros, actividades internacionales e inclusive en redes sociales.

No es gratuito plantear que si alguien pretende que esas figuras son hoy una respuesta a la búsqueda democratizadora y de derechos en Chile, tendría que revisar sus actuaciones en los últimos 30 años.

La argucia

Erigirse en una suerte de neutrales y personas bien intencionadas por encima del bien y el mal, sin establecer posicionamientos claros respecto a la nueva Constitución, es una argucia.

Habría sido más preciso/transparente que plantearan si están o no de acuerdo, por ejemplo, en que Chile sea un “Estado regional, plurinacional e intercultura”, si están o no de acuerdo en consagrar derechos constitucionales de pueblos originarios, si comparten el establecimiento de un nuevo sistema judicial, si compartan o no tener un Estado de derechos sociales y no subsidiario, si desean o no la nacionalización y uso público de recursos naturales estratégicos, si aspiran al derecho a la comunicación y que se garanticen la pluralidad informativa/comunicacional, etcétera.

Porque una cosa es discutir contenidos de la nueva Carta Fundamental, y otra es llenar de epítetos y descalificaciones a quienes se consideran equivocados.

Una cosa es trabajar por una seria discusión y una democrática votación de las normas, y otra es ponerse a amenazar con la opción del rechazo a la nueva Constitución para intentar “giros” en la discusión con la falacia que se haga con más “equilibrio” y “moderación”.

Entrar hoy al debate constitucional, pasa necesaria/irreversiblemente por fijar posición respecto a temas como el carácter del Estado, el tipo de modelo de desarrollo,

La alta intensidad de la disputa constitucional

En realidad cierta, lo de “Amarillos” viene a dar cuenta de un factor determinante. Es el alto grado de disputa de proyecto/país, modelo de desarrollo e institucional, de consagración o no derechos y abandono o no del marco estructural actual, lo que pone en alta tensión intereses socioeconómicos (“de clase”), debates ideológicos/políticos, visiones de ideario nacional, pugna de fuerzas sociales (los de arriba y los de abajo), cambio del carácter del Estado, entre otros elementos.

Es que “Amarillos”, lejos de representar un punto neutro o limpio, muestra el estado de debate, confrontación y disputa que hay en el país porque, en definitiva, se está discutiendo y aproximando la posibilidad estratégica de tener una nueva Constitución, hacer cambios estructurales en el país, consagrar derechos vitales como los de los indígenas y trabajadores, materializar la soberanía sobre recursos  naturales, virar en el esquema de modelo de desarrollo, asistir a profundos cambios culturales, en definitiva, aspirar a otro necesario país.

Como dijo hace 50 años un líder político de izquierda, finalmente las Constituciones reflejan la correlación de fuerzas existentes en la sociedad. Junto a eso, las capacidades de poder/decisión de las fuerzas centrífugas en acción, como lo demuestra la imposición de la Constitución de 1980 por parte de los sectores hegemónicos en el marco de la dictadura cívico-militar que, entre otras cosas, excluyó a otras fuerzas/sectores de la sociedad.

No hay que temer el decir que sí, en efecto, la Constitución representa un ideario de país que no puede no ser compartido por un sector de la sociedad. Habrá intereses materiales e ideológicos no consagrados. El tema es que la Constitución represente a la gran mayoría y que garantice derechos básicos/sustanciales/comunes a todas y todos.

En este contexto, es vital no olvidar que la Convención Constitucional fue electa democráticamente, que actúa como órgano soberano y que, guste o no, representa la diversidad/característica de la sociedad chilena, del país. Echar un vistazo a la CC basta para ver que ahí no está una elite, sino lo más representativo de la sociedad chilearriba, pero mayoritariamente los de abajo.

na. Están los de Más aún, como lo señaló un académico, lo que hoy se debate en cuanto a contenidos de la nueva Constitución, y lo que se aprueba, forma parte de un debate que viene hace al menos 20 años, y que el poder político formal/hegemónico, y las fuerzas conservadoras impedían/frenaban. Ahora eso está en marcha.

Y el asunto es que hoy la correlación de fuerzas está a favor de los cambios estructurales de alta intensidad. En eso, objetivamente, hay mayorías y minorías.

Es todo tan obvio, que habría que pensar en qué estado de situación estaría la derecha, los conservadores y personeros como del grupo “Amarillos”, si en la Convención tuvieran los 2/3 o más. ¿Objetarían esa mayoría? ¿Habrían hecho los cambios estructurales que se hacen hoy? ¿Le habría dado espacio preponderante a la minoría transformadora?

Ingenuidad o realidad

En ese cuadro, “Amarillos” ya tomó una posición. Y quiere juntar adherentes en base a mostrarse como el grupo que impulsa el diálogo y la ponderación, más con la idea de ganar adeptos vía percepciones/sentimientos, que por vías racionalidades/argumentativas sobre un texto constitucional.

En eso vale la pena no caer en ingenuidades. Una cosa es no compartir partes del nuevo texto constitucional y ser críticos a actuaciones/posiciones de convencionales. Otra patita es sumarse a la defensa de idearios de Foxley, Gute, Rossi, Ignacio Walker o Mariana Alwyn. A menos que se comparta su posición ideológica/política, que la tienen y la han expresado nítidamente en los últimos 30 años, cuando menos.

Pensar que los principales promotores de “Amarillos” no representan poderes dentro de la sociedad chilena y que están apartados de posiciones definidas respecto al futuro del país, es una ingenuidad inmensa.

Lo peligroso es que pretenden hacerlo desde una postura de “hombres buenos”, capaces de entender lo que “realmente pasa en el país”, desde una neutralidad de bien, por encima de “posturas extremas y maximalistas”, mostrándose como ese elite aparentemente prudente y sabia.

De eso, por lo demás, el pueblo tiene sobrados malos ejemplos en estos 30 años de “transición”, Concertación, de tesis de “en la medida de lo posible”, cautelas políticas, “cocinas” y “política de consensos”.

Se podrá estar de acuerdo o no con lo que está resolviendo democráticamente la Convención (ahora a la derecha y los conservadores ni siquiera le gustan los 2/3…), habrá acuerdo o no en muchas normas y contenidos, se podrán hacer críticas a esa instancia, y finalmente cada quien actuará en conciencia (ojalá bien informado) frente al plebiscito de salida, pero pretender que sumándose a “Amarillos” se está contribuyendo a un proceso constituyente, parece, eso sí, una locura o, cuando menos, una ingenuidad mayor.

Lo que está en juego es un proyecto/país, un tipo de sociedad, derechos garantizados para las grandes mayorías, un cambio de estructura, un cambio cultural, lo que es tan complejo/intenso, como remecedor y expectante. Pero así cambian realmente las naciones, los pueblos, las sociedades, las institucionalidades y los marcos de desarrollo. Algo que debe tener su propio curso, más si es por vías democráticas y de soberanía ciudadana.

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