“Mi exilio dorado”. Una sacudida al mito y un aporte a la memoria

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El retorno de los exiliados, tiene como corolario inevitable, el nuevo desarraigo que viven los hijos, que abandonan amistades y todo un mundo en ese país de refugio, al que ya han comenzado a pertenecer, pero eso se hace especialmente fuerte cuando quien retorna es alguien que nació en el destierro, citando a Marco Fajardo: “cuando terminó el exilio de mi madre, comenzó el exilio de nosotros, los hijos”.

Eduardo Contreras Villablanca (*). 10/2021. Se han escrito y publicado varios libros, de distintos géneros, que retratan el exilio de chilenas y chilenos durante la dictadura, solo por mencionar algunos, “Diarios del exilio y del retorno”, de Juan Rivano, novelas como “Las veladas del exilio”, de Luis Enrique Délano,  y “Morir en Berlín”, de Carlos Cerda. No son pocos textos, pero faltan. Creo que necesitamos más obras sobre este tema, no solo para construir memoria sobre ese particular caso de violación de los derechos humanos, sino también porque la diversidad de experiencias con la que distintas personas vivieron su destierro, permite que la creación y el arte retrate esa heterogeneidad y la plasme como parte de nuestra cultura, y eso nos da espacio para reflexionar sobre esa etapa de nuestra historia, una reflexión como país, ojalá no solo de quienes lo vivimos en carne propia.

En ese contexto, bienvenido “Mi exilio dorado”, el quinto libro de Marco Fajardo, un ensayo autobiográfico asertivo y valeroso que nos sumerge en nuestra historia reciente, de la mano de un hijo del exilio. El autor nace fuera de Chile, luego de que sus padres se vieran forzados a huir de la represión desatada en 1973.

Los primeros cinco capítulos del libro nos muestran los años previos al triunfo de la Unidad Popular, la victoria de Salvador Allende en 1970, el golpe, y la represión posterior. En ese contexto se nos presenta al padre y la madre del autor.

En el capítulo seis, se comienza a retratar con más fuerza el exilio, en el caso de Marco Fajardo, en un periplo que incluye México, la República Democrática Alemana (R.D.A) y Colombia, pero principalmente la R.D.A. Un país que ya no existe. Independiente de en qué país estábamos en la diáspora chilena, quienes éramos niños en esa época por lo visto vivimos experiencias similares: cosas dolorosas como el desarraigo, el sentirse distinto, la falta de pertenencia, pero también muestras de bondad, como la solidaridad  de quienes nos recibían, sus ciudadanos, las autoridades y los estados, en particular de los países que en esos años conformaban el llamado bloque socialista, así como las actividades educativas y recreativas organizadas por los adultos, que ayudaban a conservar ese lejano  Chile, en la memoria de sus hijos. En mi caso particular, viví también la integración e identificación con el país de acogida, pero ese no siempre fue el caso, en unos países la integración era más fácil que en otros.

En 1985, el autor, de nueve años a esa fecha, viaja a Chile con su madre. Para ella han sido doce años fuera de su país, tras gestiones de un abogado finalmente logra el retorno. Se narra el largo viaje que ambos hacen en automóvil a Huasco, ciudad de la familia materna. Cito este fragmento que retrata tan bien el dolor de nuestros padres expatriados:

“Cuando llegamos al pueblo, que se ve desde la cima en la entrada, pidió parar el auto. Se bajó y miró el puerto, abajo, sus calles que ella conocía tan bien. Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Luego nos dijo que siguiéramos en auto. Ella hizo el resto del camino a pie. Aquél episodio representa para mí, en parte, lo que es el exilio.”

El retorno de los exiliados, tiene como corolario inevitable, el nuevo desarraigo que viven los hijos, que abandonan amistades y todo un mundo en ese país de refugio, al que ya han comenzado a pertenecer, pero eso se hace especialmente fuerte cuando quien retorna es alguien que nació en el destierro, citando a Marco Fajardo: “cuando terminó el exilio de mi madre, comenzó el exilio de nosotros, los hijos”.

Además, en ese regreso, se comienza a cargar con ese estigma del “exilio dorado”. Seguramente fuimos muchos los que en algún momento lo experimentamos.

Y más complejo aún, cuando este retorno se produce justo a inicios del periodo llamado “transición”.  El libro refleja muy bien la modorra de los años 90. Recuerdo esa época, y al igual que el autor, esa sensación de que no era conveniente revelar el pasado de exilio, para no ser etiquetado de terrorista, ya sea por razones sociales, de aceptación en grupos, o de oportunidades laborales. La época de la democracia tutelada, en la que hablábamos con eufemismos, cuando pocas personas decían (o escribían) la palabra dictadura (se hablaba del “régimen militar”), y el golpe de estado era llamado “pronunciamiento”. Una época en que salirse de ese lenguaje alusivo e indirecto significaba recibir la  etiqueta de ortodoxo, demodé,  falto o falta de renovación. Y si –peor aún- se protestaba contra la distancia entre la realidad que vivíamos, y los sueños de cambios que no llegaban, rápidamente algún líder político motejaba dicha acción o declaración como algo “que en nada contribuye a la reconciliación”.

Creo que para muchos será fácil empatizar con la visión que el autor transmite de esos años. Cuántas veces no pasé malos ratos al ver que legítimas demandas, sin ir más lejos: las mismas que reventaron con la rebelión de octubre de 2019, eran descartadas por las autoridades con el expedito y manido argumento de que “eso en nada contribuye a la reconciliación”. Siguiendo el estilo de Marco Fajardo, que plantea muy buenas preguntas a lo largo de su obra, ¿por qué los líderes de la transición, asumieron que el fin último y supremo de los chilenos que los mandataron en 1990, era el de reconciliar a las personas perseguidas con sus persecutores? ¿Hubo torturados y torturadas que les indicaron a esos dirigentes, que su deseo era reconciliarse con sus torturadores?, ¿los familiares de las personas ejecutadas o desaparecidas, les dijeron alguna vez, que su fin número uno, era reconciliarse con los asesinos de sus seres queridos? Desde luego la respuesta a estas últimas dos preguntas es un rotundo no. Queda pendiente entonces la respuesta a la primera.

Una hipótesis, benévola, es que fue por miedo. Pero hay otras, mencionadas en el libro. Lo que es claro, es que en esa última década del siglo XX, se comenzaron a desalinear los liderazgos y partidos de centroizquierda con sus bases. Es más, creo que esa es la base del surgimiento de esa nueva alternativa de izquierda que hoy es Apruebo Dignidad, la alianza del Frente Amplio con el Partido Comunista.

Recomiendo este conmovedor libro, y comparto el mensaje de esperanza del autor, basado en los cambios que comenzó a vivir el país, a partir de la rebelión de octubre de 2019.

Para finalizar, cito una frase de Marco Fajardo, que a la vez que desmitifica ese prurito del exilio dorado que da nombre a su obra, resume buena parte de lo que nos expone este ensayo:

“Algunos de los exiliados que volvieron llegaron al gobierno y fueron ministros o incluso presidentes, como Michelle Bachelet.

“Pero fueron los menos.

“La mayoría trató de adaptarse, con mayor o menor éxito, a ese país culiao que es Chile muchas veces.

“Crearon empresas, quebraron, fueron estafados, encontraron trabajo, fueron despedidos, se jubilaron, murieron pobres y hoy sus cuerpos yacen olvidados en los cementerios de sus antepasados en Curanilahue, Huasco o Puente Alto.

“Es decir, les fue como le va al resto de los chilenos”.

(*)Publicado originalmente en Letras de Chile.

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