Muchos prefieren  no agitar el avispero y/o consideran que no se trata de hechos verdaderamente nuevos. Y, cierto, se sabe de programas conjuntos en esta  materia entre naciones occidentales. Una de las más conocidas es la llamada “Cinco ojos” (EE.UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) y, según dicen, dirigen su trabajo hacia diferentes naciones a cambio de no ser espiadas ellas mismas.

Elsa Claro. Periodista. “Cubadebate”. 10/06/2021.  Desde palomas mensajeras para espiar a la Unión Soviética, pasando por el uso de máquinas precursoras, hoy dignas de descansar en un museo, o súper agentes del tipo James Bond, Estados Unidos empleó los más variados recursos técnicos y humanos para lograr ventajas sobre sus hipotéticos enemigos, y también…con respecto a sus cercanos socios. ¿Desconfianza de los aliados o simple fiebre de prepotencia?

Querer posicionarse por encima y delante de los demás puede ser un vicio de difícil cura, y también, como los virus malinos, implica y contagia. De eso parte el goteo periódico con revelaciones de secretos muy guardados o fortuitas alianzas, y entre las recién conocidas estuvo la colaboración de los servicios de inteligencia  danesa con sus homólogos norteamericanos. No fue la primera ocasión en que se descubren fisgoneos a países o personas, pero igual impacta por lo abundante, nada menos que  35 jefes de Estado y de Gobierno de todos los continentes, la mayor parte, socios cercanos y fieles a Washington.

Dividiendo culpas, como quien cree que así le corresponden menos en el saldo final, las instituciones estadounidenses,  aseguran haber recibido igual la ayuda de otros servicios afines, y citan a  España, Alemania, Francia, e Italia, entre los colaboradores habituales de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Y aun cuando esa es una avenida de ida y vuelta, el mayor tránsito ocurre en favor del dueño del negocio, quien usa, pero entrega menos -y solo cuanto le conviene- a sus copartícipes.

Los europeos, en particular, no parecen muy satisfechos con la noticia. Algunos se mostraron ofendidos cuando directivos de la NSA, aseguraron que recibían de modo sistemático datos de sus aliados o, en su defecto, a consecuencia de operaciones conjuntas. A todos tampoco gustaron declaraciones como la del entonces director de la NSA, Keith Alexander, (en la actualidad al frente de del Comando Cibernético del Departamento de Defensa) tachó de falsa la información aportada por Eduard Snowden referida al espionaje contra varios países a través de millones de comunicaciones interceptadas que, según esa entidad, no emprendieron en solitario.

El Director de Inteligencia Nacional, el general James Robert Clapper,  tuvo a su vez una curiosa forma de enfocar los hechos. Para él “lo que no hacemos es espiar ilegalmente a los estadounidenses”, según expuso en audiencia ante un comité del Congreso. Al parecer, entiende plausible indagar pormenores y por mayores íntimos, cuando se trata de ciudadanos extranjeros. Pese a lo cual, la historia de la vigilancia sobre norteamericanos es bastante antigua, aunque lo niegue.

Sin embargo, el ex analista de inteligencia, al desertar asqueado por el enorme quehacer subrepticio y no autorizado por parte de los ofendidos, aportó pruebas tan contundentes como las referidas al monto de los operativos, tomando de referencia solo al mes de enero de 2013, cuando la NSA interceptó 2.349 millones de teléfonos y distintos medios digitales.

El propio Snowden, desveló de modo acucioso, el alcance y profundidad de tales pesquisas: “Conocen su religión, (del escudriñado)  a quién aman, quiénes le importan…” y entre ejemplos sobre el grado de  vigilancia a la sociedad contemporánea, aseguró que su país de origen no excluye a nadie en sus indagaciones, fueren personales o de organismos, en todo el mundo.

Desde otras fuentes se confirma que la Unión Europea o el G20 o la Organización para el Control  de la Energía Atómica (AIEA) o los pareceres oficiales sobre temas sujetos a votación en la ONU, estuvieron bajo el lente de los analistas norteamericanos, con similar frecuencia a la empleada contra jefes de estado y distintos personajes de elevado rango. El caso más sonado es el de la canciller Ángela Merkel, por imposible de ocultar,  y debido a que si bien se excusaron tras hacerse público el hecho, pareciera ser solo  de dientes afuera, pues certezas posteriores indican que no suspendieron esa actividad con ella ni con nigún otro.

Por eso tiene cierto aire de ingenuidad la reacción de Enmanuel Macron al saberse la maquinación con Dinamarca. Él dijo: “Esto no es aceptable entre aliados, y menos entre aliados y socios europeos” (…) “No hay espacio para las sospechas entre nosotros. Es por eso que estamos esperando una clarificación completa. Le pedimos a daneses y estadounidenses que aporten toda la información sobre estas revelaciones y estos hechos pasados”. Ángela Merkel, por cierto, suscribió las palabras de su análogo francés.

Esos fueron de los pocos rebotes,  luego de que el 1 de junio reciente, se diera a conocer la connivencia norteamericana-danesa. Y es que muchos prefieren  no agitar el avispero y/o consideran que no se trata de hechos verdaderamente nuevos. Y, cierto, se sabe de programas conjuntos en esta  materia entre naciones occidentales. Una de las más conocidas es la llamada “Cinco ojos” (EE.UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) y, según dicen, dirigen su trabajo hacia diferentes naciones a cambio de no ser espiadas ellas mismas. Suponer respetado  ese detalle, también resulta bastante cándido.

Cabe en este extremo la referencia hecha por el diario alemán Der Spiegel, sobre eventos dirigidos contra gobiernos extranjeros, que estarían en vigor desde los años 70 y 90. Uno citado por ese rotativo germano es el Blarney y un segundo el Rampart-T. Si distinto existe algo, se debe a las nuevas tecnologías, por las facilidades que trajeron al trabajo de los servicios secretos. No se olvide que el correo electrónico, uno  de los primeros éxitos de la cíber-realidad en los últimos decenios, surge en Estados Unidos como un instrumento para la comunicación militar. Si desde el inicio tuvo ese tipo de misión, después no ha perdido la de tributar datos. Suponerle un uso civil solamente, es, también, pecar de crédulos.

Antes y hasta conviviendo con esos recursos, hubo antecesores técnicos. Uno fue “el golpe del siglo de los servicios de inteligencia”, según la CIA. Especialistas estadunidenses y germanos, usaron un aparato nombrado Crypto AG, de fabricación suiza, pero diseñada por un ruso emigrado desde ese país nórdico hacia E.E.U.U. durante la II Guerra Mundial. El objetivo fue acceder a los partes encriptados de un grupo de gobiernos.

Eso se inicia a fines de los años 40 y se mantuvo activo hasta el comienzo del actual siglo XXI. El sistema sirvió a unos 120 países, ninguno de los cuales conocía que el aparato estuvo todo el tiempo sustrayendo pormenores confidenciales de esos sitios por parte de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y del Servicio Federal de Inteligencia alemán (BND), organismos que adulteraron en secreto para obtener información de quienes creían estar a salvo.

Las revelaciones de Wikileaks, los hallazgos de periodistas de investigación, los textos desclasificados, algunas indiscreciones y los decretos de los propios estados, revelan que no es solo interés político el que subyace bajo estas prácticas. Cada vez más intensamente se persiguen ventajas económicas por igual.

La actitud asumida con respecto a la megaempresa Hawei, entra en este guarismo con el doble carácter de porfía tecnológica (no soportan que les superen) y competencia comercial. A falta de similar nivel de desarrollo en algunas ciencias aplicadas, adoptan la desleal maquinaria de apostar en su beneficio por la fuerza.

Esa es  la naturaleza de la vigilancia subversiva con respecto a corporaciones como la brasileña Petrobras o la búsqueda de ventajas y privilegios universales para sus empresas a través de esos recursos ocultos y, como acaba de ocurrir, proceden a prohibir a sus nacionales emprender inversiones, intercambios o compra de activos chinos con el pretexto de que están asociadas al ministerio de defensa del gigante asiático o que –así lo divulgaron hace poco con advertencias desnaturalizantes-  para que otras naciones tampoco adquieran productos o sistemas que ellos no tienen o quieren sacar del mercado hasta tanto los logren. Es lo ocurrido con la 5G.

Las justificaciones por lo general rondan la hipotética y sacro santificada “defensa de la seguridad nacional” norteamericana. Pero en verdad usan lo necesario de protegerse de amenazas reales para darle paso a la avaricia más primitiva y un egocentrismo enfermizo.

Algo que dominan bien, la propaganda, se dirige hacia los potenciales competidores y para atacarlos, inventar inexistentes peligros o acusan de aquello que tanto hicieron y continúan practicando impunes. Pero el traje de víctimas, nunca les quedó bien a este ni a ningún otro infractor contumaz.

 

Por El Siglo

Deja una respuesta