La existencia del sur como entidad regional con identidad cultural, no puede prescindir, bajo amenaza de su empobrecimiento o desnaturalización, si no cuenta con un registro de códigos culturales, que internalicen en la mente y el espíritu de todos los sectores de la vida nacional, y del Estado como rector del bien común, del valor insustituible de la riqueza cultural, de nuestros pueblos originarios, como es el Pueblo Mapuche.

Álvaro Peralta Artigas. 04/2021. El sur de Chile, cuando nos preguntamos, si para hacer escuchar su voz ante el centralismo santiaguino, si cuenta o no con poderes que, más allá de ese halago, muchas veces decorativo, de exaltación de esa geografía alucinante que la viste, sean realmente poderes portadores de esa fuerza moral e intelectual, de legitimación nacional, para ese reconocimiento necesario y urgente de derechos tanto históricos y regionales de sus habitantes.

La historia nos enseña que esos poderes si existen. Que, entre ellos, están esos nacidos en tiempos pretéritos, de esa simbiosis, amalgamientos, entre quiénes fueron nuestros primeros abuelos, nuestros ascendientes originarios, como son esos del pueblo mapuche, y esos mundos de bosques, lagos, ríos, ventisqueros, selvas verdes, volcanes y cráteres, que por siglos han sido mundos de sus hogares y pertenencia. Poderes de nuestras raíces. De ahí su importancia.

Integran atributos espirituales y materiales, con cosmovisión acerca del origen de las cosas y del valor de la vida y de la muerte, de sus relaciones sagradas con el territorio.

Esos poderes, lejos de aparecer o desaparecer sin más ejercicio que el de la fuerza bruta o de la aniquilación inhumana de sus adversarios, tenían un norte, una dimensión trascendente en tiempo y espacio, que no era otra que una vida cultural con identidad propia. Con lenguaje con letras, palabras, sonidos, fonética. Omnicomprensiva de cosmovisión entre sus vidas y esa naturaleza madre que los cobijaba, naturaleza intermediaria entre ellos y sus dioses. Una cultura y lengua con significado divino. Es lo que conocemos como el Mapudungun, que la burocracia educacional del Estado, más que reconocerla, no ha internalizado en sus planes de formación de los futuros ciudadanos.

La existencia del sur como entidad regional con identidad cultural, no puede prescindir, bajo amenaza de su empobrecimiento o desnaturalización, si no cuenta con un registro de códigos culturales, que internalicen en la mente y el espíritu de todos los sectores de la vida nacional, y del Estado como rector del bien común, del valor insustituible de la riqueza cultural, de nuestros pueblos originarios, como es el Pueblo Mapuche.

Si el Sur aún existe como identidad regional cultural, lo es pero como identidad incompleta, sin ejes ni centros culturales que reencuentren pasado y presente, tradición y futuro. Si se le prescinde de esa cultura ancestral que le da trascendencia y vida, si sólo se le valora desde la economía y la refriega política, continuará el sur existiendo, pero sólo como verticalidad del poder central, en monólogo y no diálogo. Por lo tanto, existiendo a medias.

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