No hay caso. La derecha, aparentemente, no tiene otra vocación que la de oponerse a los cambios, a las reformas y la democracia. Está en su ADN. Sin embargo, no sin que ello provoque contradicciones y disputas que en otros momentos históricos en nuestro país, han resultado determinantes para el desarrollo de los acontecimientos.

Hernán González M. Profesor de  Arte. Valparaíso. 12/04/2021. Hace pocos días, el Presidente Sebastián Piñera, nombró como nuevo Ministro del Trabajo y Previsión Social, al coronel de la UDI Patricio Melero. Las reacciones no se han demorado en llegar, porque ciertamente Melero es uno de los sobrevivientes del pinochetismo más recalcitrante. Cómo olvidar su figura sosteniendo una antorcha, en Chacarillas en 1979 junto a Pinochet, cual joven del Ku Klux Klan o las Jungvolk hitlerianas.

Bueno. Pero estamos hablando de un dinosaurio de la derecha chilena. Y no es un problema generacional. El joven ministro de Educación, Raúl Figueroa, viene insistiendo con un fanatismo parecido al de los otrora jóvenes de Chacarillas,  en el retorno a clases presenciales, mientras toda la comunidad médica y científica dice que hay que disminuir la movilidad de personas, ello escudándose en argumentos tan pueriles como que sólo en un dos por ciento de los colegios que han reabierto sus puertas para las familias, se han presentado casos de COVID, como si estos fueran platillos voladores.

Por supuesto, dejando a un lado la estulticia del ministro, no se puede pasar por alto, el grado de descoordinación aparente que existe entre su cartera y la de salud. No es de extrañar en todo caso, considerando que el actual ministro, el doctor Enrique París, aparentemente no es quien toma las decisiones en el MINSAL y éste sigue en manos de otro fanático como Jaime Mañalich, quien fue defenestrado hace ya tiempo por el desastroso resultado de su manejo de la anterior ola de Covid en nuestro país.

Otro tanto sucede con los santones del Ministerio de Hacienda y de la academia neoliberal, preocupados de la responsabilidad fiscal, los equilibrios macroeconómicos y la inflación,  mientras la gente está muriendo.  Eso a propósito del tercer retiro de los fondos de las AFP’s, el IFE, salario mínimo, etc. Lo más chistoso de todo, si es que puede haber algo chistoso en medio de esta tragedia, es el aire magisterial y docto con el que siguen pontificando acerca del manejo de la economía en medio de la tragedia social más horrenda que haya vivido el país en décadas.

¿Cómo explicarlo? Bueno, ya en su primera administración, Piñera siguió un libreto parecido. Frente a la ola de protestas que le aguaron la fiesta el año 2011 en todos los frentes -ambiental, educacional, laboral, reconstrucción, etc.- recurrió a lo más granado de la reacción. Los liberales de la derecha, si es que alguna vez los hubo, corrieron todos la misma suerte del actual Canciller, antigua promesa de la “derecha democrática”. Se arrodillaron frente a la reacción católica y nostálgica del militarismo o ellos mismos se convirtieron al credo conservador.

No hay caso. La derecha, aparentemente, no tiene otra vocación que la de oponerse a los cambios, a las reformas y la democracia. Está en su ADN. Sin embargo, no sin que ello provoque contradicciones y disputas que en otros momentos históricos en nuestro país, han resultado determinantes para el desarrollo de los acontecimientos. A mediados de los sesenta del siglo pasado; durante la dictadura militar; en el período llamado eufemísticamente “transición a la democracia”. La derecha en momentos como esos, se desordena y aunque el gobierno recurre a lo más fanático del repertorio doctrinario, político y cultural del sector para tratar de poner orden, le resulta imposible.

No ordena a sus partidos ni a sus bancadas parlamentarias; el Ejecutivo es presa de un desorden indisimulable ya y sus decisiones resultan impracticables u objeto de enmiendas que se van haciendo sobre la marcha para terminar casi siempre en el Tribunal Constitucional. Su fanatismo no es otra cosa que una suerte de fascismo trasvestido y lo que es peor, tolerado por un sector no menor de la oposición que ha hecho de la cohabitación con la derecha, una forma de gobernar “minimalista”, que se puede apreciar, usando la frase de un ex presidente, como la medida de lo posible.

No hay aparentemente, otra alternativa en la derecha, excepto literalmente “corcoveos” coyunturales que responden a la provocación de la reacción neoliberal más fundamentalista.

El gobierno, ya no gobierna. La derecha está en llamas y como no es posible -porque en ninguna parte de América Latina aparentemente lo es- que los militares sean un recambio, una alternativa de contención ante la protesta popular y los anhelos de democratización y justicia social, el fascismo se expresa como una aceptación  de la derecha -medio fatalista, bastante cínica por lo demás-  a la enfermedad, la muerte, el hambre y la necesidad, apenas consolada por una pseudociencia económica. Ese fanatismo, tiene su contraparte en apenas gestos compasivos y cálculos coyunturales pero que no son una alternativa de gobierno para el país.

El gobierno de Piñera, puede ser el epílogo de la dominación neoliberal. El fanatismo de su administración es precisamente una demostración de su agotamiento y probablemente el comienzo de una nueva etapa en nuestra historia, si es que nos lo proponemos.

 

 

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