DEBATES. La hora de la locura

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Parece haberse apoderado de las cabezas de la derecha chilena y de la elite empresarial. Su temor a cualquier cambio, sus permanentes provocaciones y conducta irónica frente al dolor del pueblo y los trabajadores; la violencia de su lenguaje -“antichilenos”, “desalmados”, etc.- condimentado de paternalismo y compasión, dan cuenta de un actuar que azuza la tragedia, como si buscara el pretexto justificar la represión, el abuso y la violencia policial.

Hernán González M. Profesor de Arte. Valparaíso. 27/03/2021. Desde que se decretó el Estado de Emergencia producto de la pandemia de coronavirus en el país, la crisis política ha estado entre paréntesis, pero no ha tenido un alivio definitivo. Es más, en medio de la más horrenda condición sanitaria en un siglo, con miles de muertos y personas enfermas sobreviviendo a duras penas una prolongada recesión, la revuelta le respira en el cuello a la “ejemplar” democracia que celebraran Brunner, Tironi, Genaro Arriagada, el CEP y toda la inteligentzia formada alrededor de la política de los consensos a fines del siglo pasado.

Pareciera por momentos, incluso, que las elites empresarial y política del país (manifestación de un poder de clase que ejerce, y ha ejercido durante las últimas tres décadas, un dominio absoluto en prácticamente todas las esferas de la sociedad) actúan azuzando el antagonismo, la desigualdad y la exclusión.  El abuso y la violencia policial, ejercido con un enconado clasismo en contra de los pobres, el pueblo mapuche, las disidencias sexuales, la población migrante y la juventud popular, es solamente una manifestación caricaturesca del carácter de la sociedad que ha construido esta oligarquía, lo que ni todas las lágrimas de cocodrilo que puedan verter políticos dizque «de centro» -mote en que cabe de todo- podrán disculpar.

Cierta derecha, autodenominada “social”, a su manera -es decir, con ese fariseísmo vergonzante que la caracteriza-, lo ha comprendido muy bien y hoy en día, la lleva a levantar unos postulados que a los aprendices ñoños del neoliberalismo hacen retorcerse de indignación. El sector, en efecto, está cruzado por contradicciones no vistas en más de cincuenta años. De afuera, JAK y su secta de fanáticos, les pisa los talones y aunque lo aceptaron a regañadientes en su lista a convencionales, hoy en día no pueden ocultar su parentesco y los profundos lazos que los unen, pese a sus ínfulas de liberalismo republicano, que a estas alturas resultan ridículas.

La actitud de la derecha -política y económica- en todo este período ha sido de una avaricia y un miedo indisimulados. Y ese temor se manifiesta en sus actuaciones políticas e institucionales, tratando de limitar de todas las maneras posibles, la participación del pueblo y de proteger sus privilegios y prebendas. Lamentablemente para ella, estas manifestaciones de lo mezquino de su concepto de sociedad -de lo cual Piñera como personaje es un ejemplo que parece sacado de un libro de Balzac- la colocan en este difícil trance por el que pasa hoy en día.

Se ha expresado ya varias veces a lo largo de todo este período de pandemia y crisis larvada, por ejemplo en la discusión por los retiros del 10% de los ahorros de los trabajadores “administrados” por las AFP. También en lo que dice relación con las reformas al sistema político. No es un fenómeno nuevo. Ya durante la primera administración de Piñera, se habían manifestado tibiamente.

Sin embargo, la dramática, y prácticamente sin salida, situación en la que estaba el gobierno en noviembre del año 2019, los obligó a aceptar a regañadientes el salvavidas que le lanzó el centro político representado por la Concertación y el FA y hacerlas más evidentes. Sin embargo, una vez que pasó el plebiscito constitucional, haciendo gala de su inveterado y profundo sentido de clase, la derecha parece efectivamente enrielada tras la defensa de las bases del sistema neoliberal, sistema que le ha garantizado probablemente como ningún otro, los niveles de ganancia más estrafalarios de la historia a una oligarquía autocomplaciente y estrecha.

Pero como le faltan razones para sostener este rumbo, o las que ha enarbolado durante los últimos treinta años aparecen hoy por hoy ante todos -sin disfraces- como lo que son, pura ideología de clase, no le queda más remedio que recurrir a lo más prosaico de su repertorio. El autoritarismo, el paternalismo, la hipocresía y a ratos -por qué no- la violencia desatada contra el pueblo. Ejemplos de ello son sus recurrentes súplicas al TC para hacerse cargo de su incapacidad política y ausencia de argumentos; los crímenes cometidos por agentes del  Estado -especialmente carabineros-; la forma poco decorosa en que han zafado sus ministros de las acusaciones constitucionales gracias a los votos de sectores oportunistas de la oposición; o las  repetidas chambonadas presidenciales, la última para referirse a la sentencia judicial de los tribunales de un país vecino, lo que tuvo que ser “explicado” por otro “político de fuste” de la derecha chilena, el canciller Allamand.

En fin. La locura política parece haberse apoderado de las cabezas de la derecha chilena y de la elite empresarial. Su temor a cualquier cambio, sus permanentes provocaciones y conducta irónica frente al dolor del pueblo y los trabajadores; la violencia de su lenguaje -“antichilenos”, “desalmados”, etc.- condimentado de paternalismo y compasión, dan cuenta de un actuar que azuza la tragedia, como si buscara el pretexto justificar la represión, el abuso y la violencia policial.

Esta “detención del pensar” que afecta a la derecha, no es por cierto o no por completo, un defecto de la cultura liberal formada tras el término de la dictadura militar y el origen de la transición pactada. Está en el ADN de las oligarquías de distinto signo que han gobernado nuestro país. El problema es que ellas siempre han ido acompañadas o han concluido en violencia, represión y muerte, frente a la cual sólo la unidad del pueblo ha sido una barrera de contención suficiente.

 

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