Desde que el 11 de marzo la OMS declara a la COVID-19 como una pandemia llamó a una solución concertada y conjunta frente a la amenaza. Pero la lógica iracunda del mercado dicta los rumbos en nuestro mundo y lo que ha habido desde entonces es una carrera frenética por hacer diana (Inmunitaria y financiera), en la que no han faltado las zancadillas, las presiones y hasta los chantajes.

Randy Alonso Falcon. Director de “Cubadebate”. La Habana. 19/03/2021. Las aprensiones que ha levantado en algunos países la vacuna de AstraZeneca/Oxford, la campaña sucia de Estados Unidos contra la Sputnik V rusa y la ratificada negativa de las naciones más poderosas a que sus farmacéuticas liberen temporalmente las patentes de sus antídotos contra la Covid-19, han tensado aún más la disponibilidad de vacunas y han ahondado las profundas diferencias en el derecho a la vida entre poderosos y pobres en este mundo.

Nunca antes una emergencia sanitaria había golpeado a tantos en tantos lugares y en tan poco espacio de tiempo. La Covid-19 ya ha afectado a más de 120 millones de personas en el mundo y ha provocado la muerte de más de 2.6 millones de seres humanos.

Tal desafío universal ameritaba una respuesta global y coordinada. Pero una vez más, amén de los reclamos de la ONU y la Organización Mundial de la Salud, los nacionalismos, las mezquindades, el poder avasallador de las transnacionales, el sálvese quien pueda, han prevalecido.

Las vacunas parecen ser las únicas barreras efectivas ante la pandemia. Sólo una inmunización mayoritaria de la población mundial podría poner freno a la creciente transmisión del virus SARS-CoV-2. Pero ni las transnacionales farmacéuticas ni los gobiernos del mundo rico tienen esa vocación de respuesta colectiva y solidaridad global.

¿Quiénes pueden desarrollar y producir vacunas?

La industria farmacéutica y biotecnológica padece de una alta concentración y transnacionalización. Las grandes empresas de los países desarrollados y las economías emergentes monopolizan la investigación, producción y distribución de medicamentos. Nueve de ellas están entre las cien compañías que más ingresos generan en todo el mundo.

Según Euromonitor Global la industria farmacéutica  es responsable de casi un 4% de la actividad productiva global. Si fuera un país, estaría entre las 15 economías más ricas del planeta. Casi la mitad de las ventas totales de sector proceden de China y EE.UU. Después se ubican Suiza, Japón, Alemania y Francia.

La producción de vacunas, en particular, concentra en 4 grandes firmas más del 80% del mercado, según datos de 2019: la británica  GlaxoSmithKline, las estadounidenses Merck Sharp & Dohme y Pfizer, y la francesa Sanofi.

Ese mercado global generó en 2018 unos 37 mil millones de dólares y se calcula que para el 2027 sobrepasará los 64 500 millones.

Como es notable, las naciones subdesarrolladas -que son la inmensa mayoría-, no tienen apenas capacidad de desarrollo propio de vacunas (Cuba es una de las pocas excepciones honrosas) y tampoco capacidades productivas propias. Ello los ha dejado con poca capacidad de maniobra para poder influir en el desigual devenir que han tenido las vacunas en medio de la pandemia.

¿Cómo se han financiado las vacunas contra la Covid-19?

Desde que el 11 de marzo la OMS declara a la COVID-19 como una pandemia llamó a una solución concertada y conjunta frente a la amenaza. Pero la lógica iracunda del mercado dicta los rumbos en nuestro mundo y lo que ha habido desde entonces es una carrera frenética por hacer diana (Inmunitaria y financiera), en la que no han faltado las zancadillas, las presiones y hasta los chantajes.

Las grandes potencias se aliaron desde el principio a las mayores corporaciones farmacéuticas para manejar convenientemente el hallazgo de una solución que les permitiera salir con ventaja de la crisis sanitaria y económica que abate al mundo.

Los gobiernos proporcionaron al menos 8 600 millones de dólares para el desarrollo de las vacunas, según la empresa de análisis Airfinity. Los EE.UU., la UE y el Reino Unido invirtieron miles de millones en la vacuna de AstraZeneca, desarrollada por la Universidad de Oxford. Alemania invirtió 445 millones de dólares en la vacuna desarrollada por Pfizer y su socio alemán, BioNTech. La vacuna de Moderna fue totalmente financiada y coproducida por el gobierno de Estados Unidos.

Mientras organizaciones filantrópicas contribuyeron con 1 900 millones. Personalidades individuales como Bill Gates, el fundador de Alibaba, Jack Ma y la estrella de la música country Dolly Parton, hicieron sus aportes.

Sólo 3 400 millones de dólares han provenido de la propia inversión de las empresas farmacéuticas, parte de los cuales se han obtenido también de financiamiento externo.

Pese a que la Big Pharma sólo ha puesto un tercio del financiamiento ¿Quién se lleva los beneficios económicos? ¿Quién ha puesto las reglas del juego en la distribución de las vacunas?

Juego Sucio

Lograr la vacuna contra la Covid se convirtió, más allá del interés sanitario, en un objetivo geopolítico. Quien lograra conseguir la vacuna capitalizaría la mercantilización de la misma y quién tuviera más recursos financieros podría acaparar más inmunizaciones.

Escandalosa fue la noticia  de la maniobra de la administración Trump, tan temprano como en marzo de 2020, para que la compañía alemana CureVac -que había comenzado a investigar una posible vacuna-, dejara su sede en el país europeo y se trasladara a EE.UU.  a cambio de “grandes cantidades de dinero”.

Como mismo acaparó exámenes PCR, ventiladores pulmonares, mascarillas y aditamentos para la bioseguridad, Washington se propuso desde el principio acaparar además la producción y distribución de las vacunas.

A ellos se sumó las campañas de descrédito, a veces sutil y otras veces abierta, contra los candidatos vacunales de Rusia y China, en un intento concertado por cerrarles el paso hacia otros mercados. Muchas dudas se sembraron sobre la velocidad de los desarrollos, calidad de los ensayos clínicos y la efectividad de los candidatos de ambas naciones; especialmente contra la Sputnik V de los Laboratorios Gamaleya.

Después que la vacuna líder de Rusia fuera certificada por sus autoridades y despertara interés en varias naciones, Estados Unidos y la Unión Europea le han puesto zancadillas por doquier. El Informe Anual 2020 del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE.UU. (HHS) develó recientemente que la Oficina de Asuntos Globales (OGA) utilizó la Oficina del Agregado de Salud en Brasil para persuadir al gobierno de ese país sudamericano de que “rechace las vacuna rusa COVID-19”.

Ante la revelación, el vocero presidencial ruso Dimity Peskov declaró: «En muchos países la escala de presión no tiene precedentes (…) tales intentos egoístas para obligar a que los países abandonen algunas vacunas carecen de perspectiva. Creemos que debería haber el mayor número posible de dosis de vacunas para que todos los países, incluidos los más pobres, tengan la oportunidad de detener la pandemia».

La Unión Europea, por su parte, no ha concedido aun la luz verde a la vacuna rusa para ser aplicada en sus países miembros, pese a que esa región se ha quedado rezagada en la disponibilidad de vacunas respecto a EE.UU, Canadá, Reino Unido e Israel, y aunque la prestigiosa revista de salud The Lancet reconociera en una publicación la elevada eficacia de la Sputnik V.

Más allá de tales barreras, las vacunas rusas y chinas se han ido abriendo paso en diferentes regiones, por la efectividad mostrada y la escasez global de inmunizantes. Incluso, Eslovaquia se salió del redil de la Unión Europea para adquirir 2 millones de dosis de la Sputnik V y Hungría, que también ha aprobado el uso de la vacuna rusa, se hizo de dosis de la china Sinopharm, que tampoco ha recibido la luz verde de la Agencia Europea de Medicamentos.

Chantaje sin anestesia

Los Estados hicieron la mayor inversión, pero las BigPharma imponen las condiciones y se quedan con los ingresos. El monopolio de una pocas multinacionales en la obtención y producción de las vacunas antiCOVID-19 le da un poder avasallador a tales empresas.

Recientes informes muestran como el gigante farmacéutico Pfizer ha intentado imponer onerosas condiciones a naciones latinoamericanas para suministrarles determinadas cantidades de su inyectable.

El presidente de Brasil Jair Bolsonaro mostró su malestar en estos días por las exigencias de Pfizer a su Gobierno, al señalar que entre las condiciones puestas por el consorcio está la de una cláusula en el contrato de compra que la exime de «toda responsabilidad» ante posibles efectos colaterales de su inmunizante.

«Hemos sido muy duros y ellos han sido muy duros con nosotros. No cambian ni una coma. El Gobierno está tratando eso junto con el Congreso y se está discutiendo en términos de una flexibilización de la ley», testimonió por su parte el recién cesado Ministro de Salud brasileño, General del ejército Eduardo Pazuello.

También Argentina, Perú y República Dominicana sufrieron las intensas presiones de Pfizer, como muestra una investigación de The Bureau Investigative Journalism.

Los representantes de Pfizer exigieron en Buenos Aires una indemnización contra cualquier reclamo civil que los ciudadanos pudieran presentar si experimentaban efectos adversos después de ser vacunados. «Nos ofrecimos a pagar millones de dosis por adelantado, aceptamos este seguro internacional, pero la última petición fue extraordinaria: Pfizer exigió que los activos soberanos de Argentina también formaran parte del respaldo legal», confesó un funcionario argentino. “Era una exigencia extrema que yo solo había escuchado cuando había que negociar la deuda externa, pero tanto en ese caso como en este, la rechazamos de inmediato”.

Desde el gobierno argentino, se cree que las exigencias de Pfizer eran parte de una estrategia comercial que privilegiaba la venta a los países desarrollados y no a los países latinoamericanos.

Son varias las voces que alertan de que la urgencia por disponer de las vacunas para una enfermedad que ha dejado tantos muertos en el mundo puede haber llevado a algunos gobiernos a aceptar limitaciones de responsabilidades significativas y reclaman transparencia sobre los acuerdos con las farmacéuticas.

El profesor Lawrence Gostin, director del Centro Colaborador de la Organización Mundial de la Salud en Derecho de Salud Nacional y Global valoró al respecto que “Las compañías farmacéuticas no deberían usar su poder para limitar las vacunas que salvan vidas en países de ingresos bajos y medianos » y señaló que la protección contra la responsabilidad no debe usarse como «la espada de Damocles colgando sobre las cabezas de países desesperados con una población desesperada».

Hasta la poderosa Europa parece haber sentido las presiones. Aunque los acuerdos de la UE con los fabricantes de vacunas se mantienen con sus cláusulas principales en secreto, la Estrategia para la Adquisición de Vacunas que hizo pública la Comisión Europea establece que «la responsabilidad por el desarrollo y el uso de la vacuna, incluida cualquier indemnización específica requerida, recaerá sobre los Estados miembros que la adquieran».

¿Quiénes podrán vacunarse en 2021?

Las capacidades productivas de vacunas en el mundo son insuficientes para tener este año las dosis necesarias para inmunizar a la población mundial. La Federación Internacional de Asociaciones y Fabricantes de Productos Farmacéuticos (IFPMA) dice que la demanda mundial estimada de vacunas en 2021 es de entre 10 y 14 mil millones de dosis.

Según las estadísticas citadas por la empresa de datos Statista, Estados Unidos puede producir casi 4,7 mil millones de dosis de vacuna COVID-19 e India más de 3 mil millones de posibles dosis. China, que antes no era un actor importante en el mercado de exportación de vacunas, se ha comprometido a fabricar más de mil millones de dosis.

Gran Bretaña, Rusia, Alemania y Corea del Sur también se encuentran entre los centros de fabricación establecidos, pero con una menor capacidad productiva.

Ante esa realidad, la inequidad y la injusticia del mundo actual vuelve a evidenciarse: los países más ricos han comprado la mayor cantidad de las vacunas que se producirán en el 2021 (incluso para reserva), mientras las naciones pobres no tendrán dosis para administrarle siquiera a sus segmentos poblacionales más vulnerables. Más de 100 naciones están esperando les llegue el primer bulbo.

Se estima que el 90% de los habitantes de los casi 70 países de más bajos ingresos no tendrán oportunidad de vacunarse en este año contra la COVID-19.

Las naciones más poderosas aprovecharon su poder adquisitivo y las inversiones en el desarrollo de las vacunas para asegurarse los suministros del ansiado antídoto.

Hasta ahora se han comprado por adelantado alrededor de 12.700 millones de dosis de varias vacunas contra el coronavirus, suficientes para vacunar a aproximadamente 6.600 millones de personas. (Menos la de Johnson & Johnson todas la vacunas aprobadas hasta ahora requieren dos dosis).

Más de la mitad de esas dosis, 4.200 millones aseguradas, con la opción de comprar otros 2.500 millones, han sido compradas por países ricos que albergan a solo 1.200 millones de personas.

Canadá ha comprado dosis suficientes para inocular a cada canadiense cinco veces, mientras que EE. UU., Reino Unido, UE, Australia, Nueva Zelanda y Chile han comprado lo suficiente para vacunar a sus ciudadanos al menos dos veces, aunque algunas de las vacunas aún no han sido aprobadas.

Israel llegó a un acuerdo para obtener 10 millones de dosis y la promesa de un suministro constante de Pfizer a cambio de datos sobre los receptores de la vacuna. Según los informes, el país también pagó $ 30 por dosis, el doble del precio pagado por la UE.

Como valorara en diciembre pasado al diario El País la investigadora de acceso a medicamentos de la ONG Salud por Derecho, Irene Bernal, «estamos viendo que quien tiene el dinero es el que tiene el acceso. El 53% de las vacunas nos las hemos quedado el 14% de la población, los ricos. Y las compañías tienen una capacidad de producción limitada. ¿Cuándo van a llegar entonces las dosis a los países más pobres?»

Los países de ingresos bajos y medios, con el 84% de la población mundial, han hecho tratos directamente con las compañías farmacéuticas, pero hasta ahora solo han asegurado el 32% del suministro.

“Estamos en una crisis tan masiva”, dijo Fatima Hassan, fundadora de la Iniciativa de Justicia Sanitaria de Sudáfrica. “Si ni siquiera en Sudáfrica podemos vacunar pronto a la mitad de nuestra población, ni siquiera puedo imaginar cómo se las arreglarán Zimbabue, Lesotho, Namibia y el resto de África. Si esto va a continuar por otros tres años, no obtendremos ningún tipo de inmunidad continental o global ”.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador y su canciller Marcelo Ebrard han pedido a las autoridades estadounidenses que les permitan adquirir parte de las decenas de millones de vacunas AstraZeneca producidas en Estados Unidos, que Washington tiene acaparadas sin haber aprobado el uso de este medicamento. Otros países que ya autorizaron esta vacuna ruegan por tenerlas.

México, uno de los países con más amplia presencia de COVID-19, ha aplicado hasta ahora unos 4,4 millones de dosis usando las vacunas de Pfizer, AstraZeneca, Sinovac y Sputnik V, en una población de más de 128 millones de habitantes, lo que significa una baja tasa de vacunación, según constata el sitio www.ourworldindata.org rectorado por la Universidad de Oxford.

Según los datos que colecta Bloomberg, hasta este jueves se han administrado en el mundo más de 410 millones de dosis de vacunas antiCOVID en unos 132 países. Ello representa apenas el 2.7% de la población mundial.

Apartheid vacunal

Científicos y activistas advierten que estamos en camino hacia un “apartheid de vacuna” en el que los habitantes del sur global serán vacunados años después que los de Occidente.

No solo los países más pobres se verán obligados a esperar, sino que a muchos ya se les están cobrando precios mucho más altos por cada dosis. Uganda, por ejemplo, ha anunciado un acuerdo por millones de vacunas de AstraZeneca, a un precio de 7 dólares la dosis, más de tres veces lo que la Unión Europea le pagó. Incluyendo las tarifas de transporte, costará $ 17 vacunar completamente a un ugandés.

Los efectos de esta inequidad serían severos. Un modelo desarrollado por Northeastern University indica que si las primeras 2 mil millones de dosis de vacunas Covid-19 se distribuyeran proporcionalmente por población nacional, las muertes en todo el mundo se reducirían en un 61%. Pero si las dosis son monopolizadas por 47 de los países más ricos del mundo, solo se salvaría un 33% menos de personas.

Preocupa también a los científicos que al existir países que no podrán inmunizar a buena parte de la población habrá más oportunidades para que el virus siga mutando y crezcan las muertes en esos países subvacunados y haga menos efectivas en el tiempo las vacunas disponibles.

Como señaló, a principios de año, el Director General de la OMS Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus: «…nos enfrentamos al peligro real de que, aunque las vacunas traen esperanza a algunos, se convierten en un ladrillo más en el muro de desigualdad entre los que tienen recursos y los que no».

Una alternativa refrenada

La dificultad para asegurar el suministro de la vacuna hará que muchos países más pobres dependan de Covax, una organización creada en abril de 2020, coordinada por la OMS, la Coalición para las Innovaciones en la Preparación ante Epidemias y GAVI, la alianza internacional de vacunas.

Covax tiene el objetivo de administrar 2.000 millones de dosis a nivel mundial, incluidos al menos 1.300 millones para 92 países de ingresos bajos y medios, para fines de 2021. Esto sería suficiente para inocular al 20% de la población de cada país, dando prioridad a los trabajadores de la salud, la ancianos y personas con afecciones médicas subyacentes, aunque ese objetivo ha sido criticado por ser inadecuado para hacer frente a la pandemia.

Los analistas estiman en cambio, que Covax a lo sumo proporcionará entre 650 y 950 millones de dosis, divididas entre 145 naciones, incluidas algunas de las que tienen suficientes acuerdos confirmados para que las vacunas vacunen a sus ciudadanos varias veces como Canadá y Nueva Zelanda.

Las farmacéuticas no han cumplido con las entregas prometidas a COVAX y AstraZeneca, que era el principal suministrador se enfrenta además a su particular situación de millones de dosis retenidas en EEUU y Europa.

Ni Europa se salva del estanco

Alemania suspendió desde el lunes 15 la vacunación con AstraZeneca. Foto: EPAHasta la Unión Europea está frustrada por los obstáculos que han encontrado para vacunar a su población. La única vacuna europea hasta ahora, la de AstraZeneca/ Oxford está en serios problemas tras los reportes de unos 30 casos de problemas con la coagulación en personas inmunizadas con ese inyectable. Ya son 13 los países de la UE que han suspendido la vacunación con AstaZeneca, pese a que la OMS y la agencia reguladora europea defienden su uso por tener más beneficios que impacto dañino.

Para males mayores, en medio del rebrote que sufre la región, AstraZeneca sólo había entregado a la UE el 25% de las dosis acordadas para el primer trimestre y Pfizer tenía también retrasos en sus entregas. A principios de 2021 Italia amenazó con demandar a Pfizer por reducir en un 29% la distribución de dosis en ese país.  Ahora la Comisión Europea anuncia haber logrado un acuerdo con Pfizer/BioNTech para adelantar 10 millones de dosis para el segundo trimestre del año.

Pese a que BioNtech y CureVac son alemanaa, ese país europeo se ha visto en problemas con la vacunación. El diario Der Spiegel señalaba hace unas semanas que «la Unión Europea y Alemania podrían quedarse cortas de suministros de vacunas. El retraso en la firma de contratos con farmacéuticas podría significar que las vacunas lleguen tarde, además de que no sean suficientes».

La UE hasta ahora ha administrado 11 dosis por cada 100 personas, en comparación con 33 dosis en los EEUU y 39 dosis en el Reino Unido, según el índice Bloomberg Vaccine Tracker.

La baja disponibilidad y desigual distribución al interior de la Unión ha llevado a que países como Austria, Bulgaria, República Checa, Croacia y Letonia expresen públicamente su malestar y pidan una «correción» en la distribución.

Ante el dilema, la Comisión Europea determinó que las farmacéuticas que tienen fábricas de vacunas en territorios de la UE no podrán exportar la producción que ellas generen hacia otras regiones si no reciben el permiso para sacarlas del país por parte de las autoridades de esas naciones.

Ya el pasado 4 de marzo, Italia -una de los países más golpeados por la pandemia-, se amparó en esa decisión comunitaria para prohibir la exportación hacia Australia de 250 000 dosis de la vacuna de Astrazeneca, que la farmacéutica anglosueca produjo en la fábrica que tiene en la localidad de Agnani, cerca de Roma.

A medida que las frustraciones se hacen más intensas, algunos funcionarios europeos culpan a Estados Unidos y el Reino Unido. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, dijo que Estados Unidos, junto con Gran Bretaña, “han impuesto una prohibición total a la exportación de vacunas o componentes de vacunas que se producen en su territorio”.

Preguntada al respecto, Jen Psaki, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, dijo a los periodistas que los fabricantes de vacunas eran libres de exportar sus productos fabricados en Estados Unidos siempre y cuando cumplieran los términos de sus contratos con el gobierno.

Pero como la vacuna de AstraZeneca se produjo con ayuda de la Ley de Producción de Defensa, por la que recibió más de mil millones de dólares en financiamiento, Biden tiene que aprobar los envíos de dosis al extranjero.

Sin obstáculos para un negocio redondo

Los países más poderosos han puesto las ganancias de las farmacéuticas por encima de la inmunidad global, pese a que el discurso político habla de que no habrá solución a la pandemia si no se acorrala en todo el mundo.

La pasada semana, el mismo día que se conmemoraba el año de que la OMS declaró a la COVID-19 como una pandemia, los Estados Unidos, la UE, el Reino Unido y Canadá (todos con suficientes vacunas aseguradas) bloquearon el más reciente intento de las naciones pobres o de ingresos medios por acelerar el acceso a las vacunas y tratamientos para la COVID-19, levantando temporalmente temporalmente las reglas de la Organización Mundial del Comercio que protegen la propiedad intelectual.

Una resolución patrocinada por Sudáfrica y la India y respaldada por 57 países, la cual solicitaba suspender durante la pandemia partes del Acuerdo TRIPS (Trade Related Protections for Intellectual Property Rights) que protegen patentes médicas, fue rechazado por el bloque de naciones ricas. Ya había tenido igual destino en discuciones realizadas en la OMC en octubre y diciembre de 2020.

Un acuerdo hubiese permitido a las naciones subdesarrolladas o emergentes producir medicamentos y vacunas contra la COVID sin esperar o adherirse a los acuerdos de licencia con las empresas farmacéuticas que poseen la propiedad intelectual de esos productos médicos. Ello hubiera ampliado la producción de antídotos contra la letal enfermedad y hubiera abaratado los costos de los tratamientos.

Los gobiernos de las naciones ricas, financistas mayoritarios de las vacunas antiCOVID, fundamentaron su negativa en la preocupación de que la liberación de la propiedad intelectual, aunque sea temporal, podría reducir los incentivos para la investigación corporativa y también cuestionaron si las naciones «en desarrollo» podrían comenzar la producción de los fármacos lo suficientemente pronto como para evitar la propagación del virus.

La cierto es que las multinacionales del Big Pharma, fueron remisas al principio en financiar las investigaciones sobre vacunas contra la COVID por la incertidumbre de una carrera contrarreloj para obtener resultados y por la poca rentabilidad en el pasado de la creación de vacunas para emergencias sanitarias.

Los medicamentos que buscan esas empresas son fundamentalmente las que ofrecen a los ciudadanos de los países ricos, y especialmente las necesarias para las enfermedades crónicas que requieren dosis sistemáticas, que las hacen muy rentables

Pero después que vieron la rentabilidad que puede dejarles la perdurabilidad en el tiempo de la COVID-19, no quieren ahora límite alguno a la «fiesta» de ingresos que están disfrutando ante la urgente demanda de vacunas.

Moderna informó que ha firmado acuerdos de compra anticipados por más de US$18.000 millones para suministros que se entregarán este año, mientras que Pfizer proyectó cerca de US$15.000 millones en ingresos este año por su vacuna con BioNTech.

Las cajas que contienen la vacuna Moderna COVID-19 se preparan para su envío en el centro de distribución de McKesson en Olive Branch, Mississippi, EE. UU., 20 de diciembre de 2020. Foto: Reuters

Las principales entidades desarrolladoras de las vacunas se han beneficiado de miles de millones de dólares de subvenciones públicas y, sin embargo, se ha concedido a las empresas farmacéuticas el monopolio sobre su producción, así como sobre los beneficios que generan.

Los precios de venta de las vacunas a los diferentes países (son variables) se mantienen bajo el velo del secretismo de los acuerdos firmados entre las farmacéuticas y los gobiernos, aunque el sitio especializado Statista ha cifrado la media de precios por dosis en estos montos:

Multipliquemos esos números por las miles de millones de dosis que se requieren cada x años (depende del tiempo de inmunidad que logren estas vacunas) y ya calcularemos a cuánto ascenderá la danza de los millones.

Pero, mientras las farmacéuticas se benefician y controlan el ritmo y alcance las vacunaciones, los costos de la desigual distribución de las vacunas para la economía mundial podrían alcanzar los 9 mil millones de dólares, según calcula Katie Gallogly-Swan, investigadora que trabaja con la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

«Es inconcebible que en medio de una crisis de salud global, enormes compañías farmacéuticas multimillonarias continúen dando prioridad a las ganancias, protegiendo sus monopolios y aumentando los precios, en lugar de priorizar las vidas de las personas en todas partes, incluido el Sur Global, tuiteó con acierto hace unos días el Senador estadounidense Brnie Sanders.

«El mundo está al borde de un catastrófico fracaso moral» ha sentenciado el Director General de la Organización Mundial de la Salud. Mientras, por acá, cruzamos dedos por Soberana y Abdala para inmunizarnos todos, sin distinción, antes de que este año expire.

Diseño gráfica portada : Edilberto Carmona Tamayo

(El Siglo es Soberanía Informativa. Información para el Conocimiento. Por ello es generador de contenidos que contribuyen al análisis, el debate, la profundización temática)

 

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