HABLEMOS DE LA TELE. Superar la confusión

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Los temas de género, la inequidad social, el sexismo en la prensa, la problemática LGBT, la represión a los emigrantes, la militarización de La Araucanía, el negacionismo y otros deberían ser tratados con la máxima seriedad, que no se condice actualmente en matinales, ni menos en noticiarios o espacios de supuestos debates políticos.

José Luis Córdova. Periodista. 17/02/2021. Así como los matinales de televisión se funden (o confunden) con los noticiarios y los programas de opinión, la época estival en pantalla tampoco se diferencia -como en el pasado- de la estación invernal y de las otras temporadas en materia de ciclos televisivos. Todo llama a confusión.

Conductores, animadores y panelistas se refieren con total liviandad a la política, a la “clase política”, a las ideologías y hasta al “modelo económico” sin definir, ahondar y ni siquiera contextualizar estos conceptos como si ellos mismos -y los televidentes- los asumieran a cabalidad.

La superficialidad en el manejo de ideas captura a “mentes brillantes” como José Antonio Neme, Eduardo Fuentes y otros que se dejan arrastrar a menudo a posiciones bastante reaccionarias, a debates estériles sin abordar contenidos de fondo con conocimiento y responsabilidad.

La democracia, la violencia, el rol del Estado, la política económica, la ética y las políticas sociales no pasan de ser titulares de informaciones que alarman, satisfacen o apenas logran inquietar a los televidentes según la mirada de quienes se refieren, con preocupante liviandad, a estos complejos temas.

Pareciera ser ciento que un alto porcentaje de nuestra población no entiende lo que lee y muy probablemente otro tanto no entiende lo que escucha o ve por televisión. De otra manera no se explica que se acepten con “normalidad” afirmaciones como las del candidato presidencial de ultra derecha José Antonio Kast, del concejal de Lota Iván Roca y otras.

Nadie pide censura o autocensura pero está claro que las expresiones vertidas por un medio de comunicación tan importante como la televisión debieran -al menos- tener lo que el Colegio de Periodistas calificó como “mesura ética”.

De esta manera podrían obviarse situaciones tan enojosas como la actitud de la jueza del caso Panguipulli, madre de un oficial de Carabineros para proteger al uniformado que mató a un artista callejero, o la celeridad con que se archivó como suicidio la muerte en un calabozo de un joven en la comuna Pedro Aguirre Cerda.

Si la TV y otros medios quisieran abordar estos temas deben recordar debates anteriores para derogar la detención por sospecha impuesta en dictadura y eliminada durante la transición pero que parece haber retornado con el cuestionable control preventivo de identidad, que ya ha cobrado algunas víctimas.

Así mismo, los temas de género, la inequidad social, el sexismo en la prensa, la problemática LGBT, la represión a los emigrantes, la militarización de La Araucanía, el negacionismo y otros deberían ser tratados con la máxima seriedad, que no se condice actualmente en matinales, ni menos en noticiarios o espacios de supuestos debates políticos. La pléyade de “opinólogos”, analistas políticos, académicos de universidades privadas -con 3 o 4 años de acreditación- no ofrecen garantías de imparcialidad, salvo honrosas excepciones.

Formadores de opinión como el doctor Sebastián Ugarte, el sacerdote Felipe Berríos, la socióloga Marta Lagos, el economista Manuel Riesco, el economista Eduardo Engel, la sicóloga Clarisa Hardy y el periodista Patricio Fernández son apenas un puñado de voces a la altura de los tiempos y las necesidades de una sociedad como la chilena que -como se dice desde el 18 de octubre- despertó y no está dispuesta a “comulgar con rueda de carreta” como en el pasado reciente.

El actual proceso constituyente es oportunidad para que la televisión chilena se reivindique y encabece la formación ciudadana, la apertura al pensamiento crítico y al debate democrático. Con ello, desterraríamos la confusión reinante.

 

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