Estados Unidos, ¿botón de muestra?

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Partiendo de la primera semana en activo de Biden y que le diera primacía a un asunto trascendente  como el de las prudencias nucleares, resulta alentador. Sería precipitado suponer que  en lo adelante todo estará aceitado en ese o varios importantísimos componentes de la actualidad. Existen demasiadas e intensas discrepancias, retos extraños, perversión y desenfreno imprudente en algunos de los antiguos lances, pero no sobra saludar cualquier buena disposición de plantarse ante problemas esenciales y proceder con  temperancia. Solo eso es una buena noticia. Si se ratifica y amplía la tendencia, se constituirá en una lisonjera perspectiva.

Elsa Claro. Periodista. “Cubadebate”. La Habana. 29/01/2021. Si Joe Biden mantiene el ritmo  con el cual estrena su presidencia, bien pudiera ocurrir que asuntos estancados o mal habidos cambien su índole y modos de expresarse. Razonablemente, sus prioridades se concentran en la agenda doméstica y razón no le falta, dada la gravedad de la pandemia  y los desperfectos dejados por Donald Trump, pero, parece, pone en marcha una dinámica capaz de reparar algunos daños.

Si reasumir el Acuerdo de París, para poner freno del desastre climático, es un paso que sobrepasa lo simbólico, el que a una semana de asumir el cargo sostuviera un diálogo telefónico con Vladimir Putin, es también gesto notable con valor taxativo.

Antecedido por el anuncio de que su administración retomaría el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, (START III) su concreción casi en vísperas de concluir su vigencia, resulta encomiable. El ex mandatario de la Casa Blanca dispuso abandonar este, el único sobreviviente de los medios previstos para la contención nuclear y hasta anuló el pacto  de Cielos Abiertos, considerado uno de los mayores esfuerzos internacionales para verificar los movimientos militares y las medidas de control de armas, con el cual se pudo moderar algo la carrera armamentista.

En ese caso, el asunto estriba en que sin EE.UU. el compromiso resulta inútil para los restantes 33 países europeos signatarios, incluida Rusia. La OTAN, como instrumento militar  norteamericano en el llamado Viejo Continente, se apartaba involuntariamente para la mayoría de sus  integrantes, de otro compromiso vinculante, nada perfecto pero instrumento merecedor de respeto dentro de sus limitaciones.

Ese inutilizado mecanismo -Cielos Abiertos, quiero decir- forma parte de la desarticulación emprendida por Trump de compromisos útiles y, a juzgar por las muestras, Biden se propone rearticularlos. El Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares está en su proyecto de rehabilitar políticas útiles abandonadas.

De momento, Moscú percibe en tono halagüeño el diálogo entre los dos jefes de estado, asegurando una rápida extinción del START III, pasando de las notas diplomáticas a consolidar «todos los procedimientos, que garanticen el funcionamiento ulterior de este mecanismo jurídico tan importante para la limitación mutua de los arsenales nucleares”.

Unas 24 horas después del diálogo entre los dos jefes de Estado, la cancillería rusa ratificaba el empeño de prorrogar  ese recurso preventivo que firmaran Barack Obama y Dimitri Medvéded hace un decenio. Por cinco años y sin condicionantes de ningún tipo, el arreglo fue sancionado por el parlamento ruso con la unanimidad manifiesta de la importancia que el asunto provee.

Apreciando el valor de lo emprendido, Rusia convida a EE.UU. para ampliar el horizonte de la seguridad mutua y mundial. En ese sentido el vicecanciller ruso, Serguéi Riabkov,  expuso el empeño en “(…) desarrollar una nueva ecuación de seguridad que tenga en cuenta la evolución tanto de los aspectos técnico-militares como político-militares” de esa esfera. En efecto, el Kremlin  propone abarcar en los tratos y compromisos,  tanto las armas nucleares como las de tipo convencional en el entramado de los posibles acuerdos, beneficiosos para las dos naciones y el influjo de ambas a escala mundo.

Como se verá, no es plan pequeño ni descabellado y sí, quizás, un punto de partida factible para una provechosa distención. El tópico se enlaza en otro de los asuntos abordados entre Putin y Biden, con mérito suficiente para destacarlo. Sería el potencial  rescate del  Plan de Acción Integral Conjunto referido al programa nuclear iraní, considerado un destacado éxito en las relaciones exteriores de la etapa Obama.

Firmado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, con aval de la Unión Europea, el país persa se comprometió a suspender su programa de desarrollo atómico a partir de ese verano del 2015, y permanentemente supervisado con celo por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OEIA), entidad que certificó el riguroso cumplimento de Irán con lo contratado.

Biden afirmó durante su campaña que es uno de los temas a ventilar en el corto plazo pues con el bloque principal de los demócratas estadounidenses, estuvo en desacuerdo con la desactivación de ese dispositivo de probada efectividad.

En la conversación del martes 26 de enero, no faltaron temas escabrosos. Uno, bien espinoso, se refiere a Ucrania, base para las sanciones aplicadas contra la Federación Rusa.Otro fue la situación de Alexei Navalni, recién encarcelado bajo varios cargos. Asuntos de enorme trascendencia en este momento como la Covid-19, una de las prioridades de Biden, figuró igualmente en el coloquio virtual.

Que se hayan referido a una eventual colaboración con respecto a la pandemia, es un reconfortante indicio y la referencia además a temas económicos, sin evitar las tensas o nulas relaciones comerciales, justifica la valoración del Kremlin al calificar de profesional y franca esta proximidad que es deseable no se limite ni a un único contacto ni a una sola posibilidad de cambiar enroques no siempre justificados y hasta peligrosos en estos tiempos.

La iniciativa rusa de celebrar una cumbre del Consejo de Seguridad de la ONU, al menos por ahora, no es rechazada tampoco por Biden. La propuesta  del presidente Vladímir Putin, hace justo un año, pretende que los cinco miembros permanentes del organismo analicen de conjunto cuestiones de seguridad mundial.

“Se han acumulado muchas incertidumbres en los asuntos internacionales, que requieren la atención constante de los principales países, las potencias nucleares oficiales; por lo tanto, considero que una reunión de este tipo es oportuna, demandada y útil”, argumentó Putin, al proponer ese empalme.

En el recién iniciado Foro de Davos, Putin insistió en temas clave, situando que hasta suponiendo poco probable un conflicto hoy similar al de la Segunda Guerra, sí existe la amenaza de “la interrupción del desarrollo mundial” y de “la lucha de todos contra todos”. El mandatario ruso argumentó su hipótesis basado en la inconclusa pandemia de coronavirus que ha sido capaz de acelerar cambios estructurales en la economía y la política, dando lugar a un desafío mayúsculo para la humanidad.

Juzgando los acontecimientos del último año, no desconectados de fenómenos anteriores pero con un acelerado crecimiento visto en algunos egoísmos de la administración Trump, junto con una mezquindad política realmente temible, es de creer en la certeza de Putin. Si se le suma un déficit de solidaridad apenas disimulado, junto a expresiones insensatas del negacionismo que le da al SARS-CoV-2 significados desatinados,  el cómputo no es admirable.

Partiendo de la primera semana en activo de Biden y que le diera primacía a un asunto trascendente  como el de las prudencias nucleares, resulta alentador. Sería precipitado suponer que  en lo adelante todo estará aceitado en ese o varios importantísimos componentes de la actualidad. Existen demasiadas e intensas discrepancias, retos extraños, perversión y desenfreno imprudente en algunos de los antiguos lances, pero no sobra saludar cualquier buena disposición de plantarse ante problemas esenciales y proceder con  temperancia. Solo eso es una buena noticia. Si se ratifica y amplía la tendencia, se constituirá en una lisonjera perspectiva.

 

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