La lealtad de los partidos políticos progresistas tiene que estar ligada necesariamente a los propósitos del pueblo trabajador y contestatario que quiere sabiamente construir una nueva sociedad, justa, moral y paritaria.

Gonzalo Moya Cuadra. Licenciado en Filosofía. Santiago. 20/12/2020. La lealtad política es un valor moral que implica claridad ideológica, honestidad, responsabilidad  y vocación partidaria. Nuestra contemporaneidad política está demostrando que una parte de la izquierda no tiene propuestas válidas ni renovadas, menos legítimas, para siquiera pretender la aceptación ciudadana, agotada de conceptos anfibológicos y poco unitarios enmarcados en una programática convencional y continuista. Durante décadas el pueblo chileno ha sido víctima de la inhumanidad extremista del capitalismo y del endémico atropello a sus derechos humanos esenciales. Entonces, es abstruso que partidos de la  antigua Concertación, supuestamente progresistas, ni siquiera son leales a sus propias convicciones, demostrando en la praxis una actitud obtusa y poco dialogante. Empero, reconocer  errores sería un gran acto de madurez política. La fortaleza moral e ideológica del Partido Comunista lo ha llevado históricamente a comprender que un pacto político sólo se suscribe con la clase trabajadora, pues es la única manera de destrabar insostenibles, injustas y desconsideradas situaciones sociales. Ergo, la lealtad de los partidos políticos progresistas tiene que estar ligada necesariamente a los propósitos fundamentales del pueblo trabajador y contestatario que quiere sabiamente construir una nueva sociedad, justa, moral y paritaria. La política chilena atraviesa una profunda crisis estructural, visibilizada y fragilizada por la pandemia, a la cual se suman actos inmorales de una mayoría parlamentaria adicta a lo crematístico, que tuvo como resultado la instalación de una democracia corrupta y corruptora. El pueblo también se ha sentido engañado por esta mayoridad, irresponsable y abusiva del poder, a la cual le faltó humildad y calidad política para interpretar la dicotomía oprimidos -opresores, adhiriéndose a las características propias del neoliberalismo, alienado y conturbado. Entonces, la lealtad hacia la clase trabajadora se construirá con un nuevo pacto social que permitirá levantar y mantener un gobierno consecuente y realmente democrático. En síntesis, el Partido Comunista de Chile ha expresado mejor los conceptos de la neo estructura social y de la próxima realidad constitucional. Por otro lado, el patibulario anticomunismo de la derecha corrobora una vez más que no cuenta con pétreos argumentos intelectuales para enfrentar con éxito a un partido orgánicamente trascendente y a una candidatura presidencial de innegable fuerza moral y fraternal. El pueblo sabe que la derecha es insensible y cómplice de la dictadura, sabe que pretende minimizar a un Partido Comunista siempre leal a la causa popular cuya diáfana consecuencia es el mejor ejemplo de solidaridad, sabe que el accionar comunista  está demostrado por su calificada trascendencia,  sabe que se aproxima una nueva era para la política, un tiempo de reivindicación cultural, una época para la buena política que camina triunfante hacia  una liberación histórica y un futuro promisorio, devenir que permitirá a los trabajadores vivir el verbo lumínico-racionalista de Neruda, Teitelboim y Zurita.

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