El discurso contra la violencia con el que se lavan la boca varios de nuestros demiurgos y panelistas incansables -e infaltables- en matinales y programas de televisión, se contrapone flagrantemente a la programación diaria de los canales.

José Luis Córdova. Periodista. 16/12/2020. La pandemia y el confinamiento nos ha esclavizado en varios aspectos que teníamos superados por la historia pero, tal vez, una de las situaciones más gravosas es la obligación de estar mirando la televisión más del tiempo conveniente y necesario cada día encerrados en nuestros hogares.

Un supuestamente bien informado columnista de El Mercurio, afirma que los cinco millones de televidentes que en el 2019, según el Consejo Nacional de Televisión, encendieron sus aparatos en ese período tuvieron un promedio de “consumo” de 5 horas y 28 minutos diarios.

Pero todo indica que el maldito coronavirus aumentó esta cifra en forma más que alarmante, al menos en unos 60 minutos desde el malhadado mes de marzo de este año, que afortunadamente llega a su fin. Sin jardines infantiles ni colegios, niñas y niños también aumentaron su teleaudiencia de las dos horas diarias en promedio agregando más de 90 minutos cada día y en cualquier horario.

La consabida frase de “desde las 22 horas este canal está autorizado para transmitir programas para mayores de 18 años” parece una formalidad innecesaria e inútil. Grandes y chicos recibimos en forma inmisericorde películas, series y hasta dibujos animados con contenidos de violencia, brutalidad y belicismo que hacen palidecer a “El correcaminos”, en palabras del mismo autor de la columna en referencia.

Es cierto que la natural simpatía y el cariño que despierta el ave perseguida por el feroz coyote se va transformando, a medida que crece el ingenio, la creatividad y la violencia del mamífero en cierta empatía en su incansable persecución del plumífero. Finalmente todos terminamos indefectiblemente esperando que el coyote cace al pájaro en cuestión y lo despedace. ¿Esto queremos para nuestra sociedad enferma? ¿Es lo que deben aprender nuestros niños?

El discurso contra la violencia con el que se lavan la boca varios de nuestros demiurgos y panelistas incansables -e infaltables- en matinales y programas de televisión, se contrapone flagrantemente a la programación diaria de los mismos canales que ellos adulan y con los cuales se congracian para aparecer lo más asiduamente ante las cámaras.

La violencia tiene una multiplicidad de orígenes y condiciones de desarrollo pero, tal vez, el más manejable y obvio de todos es el efecto demostración, es el modelo imperante en series, películas y espacios televisivos que describen en detalle violaciones, robos, saqueos, secuestros, torturas y todo tipo de actividades sexuales, sicopatías y sociopatías relativizadas con pasmosa naturalidad.

El hambre, la pobreza, el hacinamiento, los campamentos, la inequidad, la discriminación, la xenofobia y otras fobias son el verdadero caldo de cultivo de la violencia social, ante la indiferencia, el abuso y el clasismo de los menos vulnerables, entre los integrantes de una mal llamada “clase media” y los súper-ricos.

La pandemia nos obliga a permanecer horas frente al aparato de televisión. Ahora se supo, por ejemplo, que Constanza Santa María se va de Canal 13 a TVN por “no llegar a un acuerdo económico”; Soledad Onetto no sigue en el matinal “Mucho gusto” del Mega (¿por pudor?) y Eduardo Fuentes optó por quedarse en La Red. Así las cosas, el “zapping” debería convertirse en el arma más eficaz y beneficiosa como la vacuna contra el covid 19 que vendrá. El fin de la esclavitud televisiva y el repudio al actual estado de cosas y contra los detentores del poder económico, político, social y cultural ocultos tras las cámaras. ¿Los nuevos “sureños” derrotados por Lincoln?

 

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