El Consejo de Coordinación Gubernamental de Infraestructura Electoral, daba testimonio “de la seguridad e integridad de los comicios”.

Hugo Fazio. Economista. CENDA. 16/11/2020. Cuando se conocieron los resultados en la elección presidencial de Estados Unidos de los escrutinios de Pensilvania y Nevada favorables a Joe Biden, la trascendente y disputada confrontación superó ampliamente el punto que -en el complicado proceso electoral que lo rige- le daba la victoria, no reconocida hasta la fecha por Donald Trump, aunque en su comparecencia del día 14 habló de “quién sabe qué Gobierno habrá”, lo más cerca a la fecha de reconocer su derrota. El día 12 se divulgó el escrutinio de Arizona, un reducto habitualmente republicano, triunfando Biden por 11.000 votos de diferencia. Al agregar los once nuevos votos electorales obtenidos, el candidato demócrata alcanzó a 290, veinte más de los necesarios para ser nominado presidente. Luego los grandes medios de comunicación del país informaron de los dos Estados que restaban: Carolina del Norte, donde Trump obtiene los quince votos electorales, y Georgia favorable a Biden, entregando 16 votos electorales. Al sumarlos Biden finaliza con 306 votos electorales y su oponente con 232. Cinco Estados experimentaron cambios de ganadores, desplazando los demócratas a los republicanos: Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Arizona y Georgia. En Arizona, Biden contó con el respaldo de un sector republicano que reaccionó así por las descalificaciones de Trump al fallecido senador John Mc Caín, de gran prestigio en dicho Estado.

De esta manera fue derrotado quién “ha sido por lejos -como señaló Jeffrey Sachs, director de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sustentable de las Naciones Unidas- el peor Presidente en la historia moderna de Estados Unidos y probablemente en toda su historia. Esta elección – enfatizó- fue aterradora” (08/11/20). Desde luego sus políticas tuvieron de otra parte sectores favorecidos. Entre ellos están los especuladores financieros que obtuvieron grandes beneficios, a partir de la rebaja de impuestos a grandes intereses económicos. “La industria financiera -comentó The Wall Street Journal- prosperó bajo el gobierno de Trump. El mercado bursátil subió, y el recorte tributario emblemático de Trump de 2017 bajó la tasa de impuesto corporativo mientras protegía una de las vacas más sagradas de Wall Street el tratamiento favorable de los intereses acumulados que reciben los administradores de títulos privados y de fondos de cobertura. Sin embargo -agregó-, la turbulencia que marcó el gobierno de Trump creó una inquietud poco grata para la industria financiera. la que depende de un nivel de calma y previsibilidad. La política exterior de Trump, la que se destacó por el nacionalismo y los aranceles, era una amenaza para las operaciones globales de Wall Street” (12/11/20).

La elección proporcionó “una fotografía -constató Mark Muro, del Brookings Institution- de una economía desequilibrada”. Los condados que sufragaron por Biden generan un 70% del PIB, mientras que los donde obtuvo la mayoría Trump un 29%. En 2016, para la anterior elección presidencial alcanzaron un 36%, es decir durante su administración retrocedieron “Lo que nuestros datos dicen -concluye Muro- es que el Partido Republicano (…) representa las economías más débiles en lugares que se están quedando más rezagadas en indicadores de prosperidad como el PIB. De hecho -ejemplificó- siete de los doce condados con mayor PIB que los republicanos ganaron en 2016 este año votaron por Biden. De modo -concluyó- que el Partido Republicano es cada vez más de los pequeños pueblos y zonas rurales de Estados Unidos (…). Eso era cierto antes, pero se volvió aún más cierto” (13/11/20).

La victoria de la formula Joe Biden- Kamala Harris, quien será la primera mujer vicepresidenta del país, tiene también gran importancia desde luego a nivel global. China se sumó el día 13 al reconocimiento generalizado que se había registrado. El vocero de su cancillería, Wang Wenbin, felicitó a Biden y Harris, manifestando: “Respetamos la elección que los estadounidenses hicieron” (14/11/20). Las relaciones entre las dos mayores economías mundiales alcanzaron durante la administración de Trump un nivel extraordinariamente bajo con la guerra comercial y tecnológica.

Sin embargo, no puede dejarse sin consignar que un personaje como Trump obtuvo una elevada votación superior a los 71 millones, quien no acepta su derrota. El fiscal general de EEUU envió un memorándum a los fiscales federales para investigar todas las acusaciones que sean “claramente creíbles”, paso inusual ya que la supervisión del desarrollo lo tienen los Estados. Ello provocó la renuncia inmediata del responsable de la división de fraudes electorales del Departamento de Justicia. The New York Times informó el 10 de noviembre que se contactó con las autoridades electorales de cada Estado consultando sobre la existencia de irregularidades. 49 Estados contestaron que no había existido ningún problema. Solo las autoridades de Texas, donde triunfó Trump, no respondieron la consulta. Poco después el Consejo de Coordinación Gubernamental de Infraestructura Electoral, que depende de la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad, señaló que daba testimonio “de la seguridad e integridad de los comicios”. Afirmando que “no hay evidencia” de votos perdidos o cambiados, ni de votaciones alteradas (13/11/20).

Se entró en estas condiciones a un largo periodo de transición hasta que el 20 de enero de 2021 asuma el nuevo gobierno. Como se presumía Trump no permaneció con los brazos cruzados y adoptó medidas contra quienes no actuaron de acuerdo a sus designios. En su primer día después de conocida la victoria de Biden, procedió a despedir al jefe del Pentágono, Mark Esper, con el cual tuvo una diferencia marcada al oponerse abiertamente al pronunciamiento presidencial de utilizar fuerzas militares para detener manifestaciones ciudadanas. Días después separó de su función en el Consejo de Seguridad Nacional al teniente coronel Alexander Vindman, testigo central en la investigación del impeachment en su contra en la Cámara de Representantes, y al embajador ante la Unión Europea, Gordon Sondland, también por sus declaraciones.

Biden en sus discursos restó importancia a las reiteradas declaraciones de Trump sobre fraudes. “Creo simplemente que (…) no ayudará al legado del presidente. Sí, por mis conversaciones con líderes extranjeros, confían en que las instituciones democráticas estadounidenses sean de nuevo fuertes. Al final todo va a llegar a su condición el 20 de enero. Entiendo -concluyó- la sensación de derrota de los que votaron por Trump, entiendo que debemos unirnos y sacar al país de esta amargura” (11/11/20).

Sectores republicanos han mantenido posiciones divergentes sobre la decisión de Trump de sostener un fraude electoral. En su apoyo se pronunció el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, afirmando que Trump “está cien por ciento en su derecho a investigar las denuncias de irregularidades y sopesar sus opciones legales”. Las formulaciones presidenciales fueron igualmente respaldadas por otros senadores y la jefa del Comité Nacional Republicano, Ronna McDaniel. El vicepresidente declaró a su turno que la elección “aún no termina”. En cambio, reconoció rápidamente el triunfo de Biden el expresidente George W. Bush (2001-2009), su hermano el exgobernador de Florida Job Bush, el senador y excandidato presidencial Mitt Romney, la exsecretaria de Estado Condoleezza Rice, y algunos senadores y gobernadores.

Los demócratas mantienen el control de la Cámara de Representantes, aunque con una diferencia menor que la alcanzada hace dos años, en el Senado existe hasta el momento una diferencia no resuelta a favor de los republicanos, que al confirmarse el día 11 la reelección de un senador por Alaska enteró 49 miembros por 48 demócratas, faltando el resultado de Carolina del Norte y la repetición de la elección de dos senadores de Georgia a efectuarse el 5 de enero de 2021. La composición del Senado constituye uno de los ejemplos de carencia de representatividad en las instancias que genera la antidemocrática estructura electoral estadounidense, en la cual cada Estado nomina dos senadores. “(…) los 570 mil habitantes de Wyoming -como explicó Paul Krugman- tienen el mismo peso que los 39 millones de California y teniendo en cuenta la creciente división entre las áreas metropolitanas y las rurales, esto da el senado una fuerte inclusión a la derecha. (…) el Senado -ejemplificó- presenta de hecho un electorado con siete puntos porcentuales más republicanos que el votante medio” (07/11/20).

La composición final que tenga el Senado tiene gran importancia. Si se ratifica finalmente la mayoría republicana puede constituir un freno para las políticas necesarias de aplicar tanto para enfrentar la pandemia como en la concreción de las políticas fiscales requeridas El líder republicano del Senado, Mitch McConnell, ha privilegiado desde el gobierno de Obama limitar las políticas fiscales. Un gobierno con un Senado de mayoría republicana puede significar paralizar las políticas fiscales en un momento de crisis.

La intensa acción de Trump cuestionando el resultado buscó obtener alguna vía –que no aparece- para que el tema llegase el Tribunal Supremo, el cual cuenta con una elevada mayoría conservadora gracias a la gran preocupación de Trump por reforzarla en los años de su mandato, logrando que dos tercios de sus integrantes lo sean. En funciones que son vitalicias, por tanto, lo hizo pensando que esta correlación se proyectaría por muchos años. “(…) seis de los nueve magistrados -como también señaló Paul Krugman- han sido nominados por un partido (republicano) que solo ha ganado la votación popular una vez en las pasadas ocho elecciones”.

Biden y Harris pusieron inmediatamente en acción a un equipo de asesores, destinado a elaborar y poner en lo posible en marcha las prioridades a impulsar por la nueva administración. El día nueve de noviembre constituyeron un grupo compuesto por trece especialistas para enfrentar la pandemia, la cual en los días inmediatamente posteriores a la elección ya había superado el nivel récord de contagios en el país, con más de cien mil infecciones diarias. Biden al informar de su conformación subrayó que lidiar con la pandemia del coronavirus es una de las batallas más importantes que nuestra administración enfrentará y yo seré informado por la ciencia y los expertos”, diferenciándose tajantemente del manejo del tema por Trump. Anunció también que inmediatamente de asumir reincorporará a EEUU al acuerdo de París sobre el cambio climático, del cual Trump decidió su retiro.

La pandemia continúa siendo un problema central, adquiriendo dimensiones cada vez más graves. “La pandemia -manifestó el experto en salud pública Jeremy Youde, de la Universidad de Minnesota- se está saliendo de control en EE UU. Casi todos los estados -añadió- están experimentando una propagación local descontrolada (…)” (13/11/20). En EEUU son las autoridades estatales las encargadas de establecer disposiciones para enfrentarla lo que conduce a una carencia de coordinación nacional. Una pandemia descontrolada conlleva desde luego a impactos económicos negativos. Lo que exige “claramente -como insiste Krugman- un programa a muy gran escala de subvenciones (…) para evitar la ruina económica hasta que llegue la vacuna” (14/11/20).

El cuadro de incertidumbre creado por Trump conduce a retrasar la adopción de medidas imprescindibles frente a desafíos que no se reducen solo al drama del crecimiento de los contagios por la pandemia. Durante el cuarto trimestre se hizo más patente la necesidad de un nuevo paquete de estímulo fiscal anticíclico, que fue imposible concordarlo antes de las elecciones por las diferencias entre los dos partidos mayoritarios en el Parlamento. Los republicanos defendieron, poniendo en el centro de sus argumentos la magnitud de la deuda pública, que no podía ser de la misma magnitud que la resuelta anteriormente, un monto claramente inferior al propugnado por los demócratas. “Necesitamos desesperadamente -escribió Paul Krugman- una nueva ronda de fondos federales en sanidad, ayuda para el desempleo y para empresas, y apoyo a las administraciones estatales y locales, (…) deberíamos gastar US$200.000 millones o más al mes hasta que una vacuna ponga fin a la pandemia”.