A pesar del panorama polémico, impera el optimismo entre los defensores del cine, mientras muchos se preguntan cómo vendrá el 2021.

Rolando Pérez Betancourt. “Granma”. La Habana. 16/11/2020. Mientras los más pesimistas alegan que la pandemia acabará con los cines, sobran los que siguen luchando por el mantenimiento de las salas y se amparan en estudios científicos para demostrar que, entrar en ellas, no es contaminante.

A los defensores de las salas de cine, como factor cultural irremplazable, les cuesta creer las comparaciones apocalípticas que ven en la COVID-19 algo similar a las sacudidas terráqueas exterminadoras de dinosaurios, hace 50 000 años.

Pero los datos siguen siendo preocupantes, a juzgar por los nuevos cierres de salas en buena parte del mundo, a tono con el rebrote de la pandemia, luego de haberse conocido una cierta apertura en meses anteriores.

En el Reino Unido, el pasado fin de semana, la película más taquillera, Los tres reyes (un documental sobre fútbol) recaudó 51 libras esterlinas en medio de una cuarentena con el cerrojo echado. Pero proyecciones preliminares no superaron las 33 000 libras, cifra que representa la más baja de la historia en ese país, si se tiene en cuenta que en 2019, en igual periodo y época del año, se recaudaron 15,4 millones de libras, según da a conocer The Telegraph.

Comparaciones muy similares resaltan en otros países, a lo que hay que añadir el paro de los estudios nacionales y, fundamentalmente, el Hollywood de producción incesante y controlador de mercados, en especial con sus superproducciones fantasiosas y de superhéroes, que son las que más espectadores convocan entre menores de 25 años. Este grupo es el de mayor asistencia a los cines, pero también, ¡ojo!, el que  más filmes ve en casa mediante cualquier dispositivo, una tendencia creciente durante la pandemia que hace temer por la consolidación del hábito hogareño.

¡Mándenos películas!, claman los dueños de cines desde diferentes puntos cardinales, pero los tiempos no se parecen a aquellos en los que un acontecimiento como Tiburón era distribuido a bombo y platillos en decenas de miles de salas y reportaba ganancias impresionantes.

El miedo a la quiebra total se ha extendido demasiado como para conformar un clima de tranquilidad entre creadores y casas productoras. De ahí que directores de la talla de Martin Scorsese, Clint Eastwood, Christopher Nolan y James Cameron enviaran una carta al Senado estadounidense solicitando apoyo para los cines de ese país que permanecen cerrados. A la petición se suman el Sindicato de directores y la Asociación de propietarios de salas, y en ella se afirma que el 69 % de las compañías de cine de pequeño y mediano tamaño están a un paso de la bancarrota si el Gobierno federal no las ayuda.

Hay costosas producciones, como el último James Bond, que cambian y vuelven a cambiar las fechas de estreno esperando mejores momentos y, además, porque fueron concebidas para la pantalla grande. Para esas superproducciones, estrenar online, en streaming, no es una buena opción tras el fracaso que representó el filme Mulan, de Disney, que después de extender su fecha de estreno se decidió por esa vía.

Un reporte de Deadline afirma que la película fue ignorada por muchos y solo recaudó algo más de cinco millones de dólares, cuando su costo de producción rondó los 200 millones, pero se olvida de señalar la revista especializada que no todo el mundo está dispuesto a pagar 29 dólares por ver un filme en casa, aunque le otorguen el distinguido «Acceso premium».

La experiencia sirvió para seguir defendiendo los cines con más ahínco, ya no solo por la implicación cultural que ellos representan, sino desde la visión del gran negocio hundido en el pantano de las pérdidas.  Cada país, decidido a ayudar, toma medidas sanitarias en las salas, de estricto cumplimiento y, en sentido general, prevalece la disciplina.

Diferentes entidades científicas internacionales han venido realizando estudios y las conclusiones coinciden en que los cines son los lugares públicos menos contaminantes, a partir de conocerse que personas que asistieron a las salas enfermos de la COVID-19 no contagiaron a la audiencia.

El caso más representativo ha sido el de Corea del Sur, con un célebre sistema de rastreo desde el comienzo de la pandemia. El Comité de gestión de seguridad de la Industria cinematográfica de ese país dio a conocer que, entre febrero y septiembre de este año, hubo 31,5 millones de visitas a los cine. De esos espectadores, 49 fueron diagnosticados más tarde con la enfermedad. Sin embargo, se supo que estaban enfermos previamente y ninguno de ellos fue fuente de contaminación entre la audiencia.

A pesar del panorama polémico, impera el optimismo entre los defensores del cine, mientras muchos se preguntan cómo vendrá el 2021. Más claro para la vida –esperemos– y con mayor oscuridad en las salas.