No bastará que Biden obtenga los 270 delegados o más, Trump seguirá en la batalla para quedarse en la Casa Blanca.

Pedro Santana Rodríguez. Director Revista Sur. Colombia. Alainet. 05/11/2020. Al momento de escribir estas notas Joe Biden, candidato del partido Demócrata de los Estados Unidos, se encontraba a 6 delegados para llegar a los 270 que requiere para ser elegido como presidente de los Estados Unidos, pendiente aún de los resultados en Estados donde la contienda electoral históricamente, es muy reñida. Depende del conteo de los votos del Estado de Nevada que justo le daría el triunfo pues este Estado elige 6 delegados al Colegio electoral que es el que oficialmente elige al presidente de los Estados Unidos. Pero Biden tiene un colchón más amplio que el de Donald Trump pues aún no se han terminado los escrutinios en Georgia, Pensilvania y Carolina del Norte. En todos ellos la contienda es muy reñida pero faltando por contabilizar los votos enviados por correo, particular y única experiencia en el mundo de esta forma de votación, estos votos favorecen al candidato demócrata en un relación de 7 a 3 con lo cual podría ganar aún en algunos de estos Estados para garantizar los 270 delegados que requiere para ser elegido.

Obviamente que como lo advirtiera hace ya una semana Bernie Sanders de presentarse una situación como ésta que se está presentando, Donald Trump saldría -como ya lo hizo- a declararse ganador, a denunciar fraude electoral sin prueba alguna y muy seguramente intentará acciones legales impugnando resultados, escrutinios y tratando de invalidar ante la justicia votos de su rival demócrata. Así que no bastará que Biden obtenga los 270 delegados o más, Trump seguirá en la batalla para quedarse en la Casa Blanca y para ello tratara de hacer uso de todas las artimañas que le permiten las enrevesadas y arcaicas reglas electorales vigentes en los Estados Unidos. Muchos de sus partidarios de la extrema derecha y sus milicias paramilitares podrían adelantar acciones de intimidación como ya lo han hecho para amedrentar no solo a los demócratas sino al aparato judicial que en la Suprema Corte es ampliamente favorable ahora a la derecha republicana en una correlación de 6 conservadores contra 3 progresistas con la reciente elección de la magistrada ultraconservadora, Amy Coney Barret, postulada por Trump y ratificada por el Senado donde son mayoría los republicanos.

La batalla entonces no termina con las elecciones sino que Trump dará pelea en las calles y en los tribunales judiciales. De eso no cabe la menor duda. La duda se traslada al poder judicial y al propio partido Republicano. Aceptará el poder judicial las reclamaciones de Trump y escalara estas reclamaciones ante la Suprema Corte. Trump buscara esto, pero, no se sabe la respuesta del poder judicial que como se recordará dio el triunfo a Bush en el año 2000 en contra de Al Gore cuando ordeno suspender el reconteo de los votos en el Estado de la Florida con lo cual Bush se adjudicó los 25 delegados de esta circunscripción electoral con lo cual obtuvo 271 votos contra 266 de Gore, en el Colegio electoral. Allí la Suprema Corte metió abiertamente la mano para favorecer a los republicanos. En esas elecciones en el voto popular ganó Al Gore con más de 700 mil votos.

El otro interrogante es cuál será finalmente la posición que asuma el partido Republicano ante un quiebre de las instituciones. Hasta ahora Trump ha manejado este partido a su conveniencia y el partido, lo ha protegido en múltiples ocasiones durante estos cerca de cuatro años. El más visible cuando el Senado enterró el proceso de impeachment (destitución) por el escándalo de Ucrania y declaró inocente a Trump (febrero, 5 de 2020). Y como ya se dijo este mismo Senado eligió rompiendo tradiciones y acuerdos previos con los demócratas, a la magistrada conservadora Amy Coney, a pocos días de las elecciones y de la terminación del periodo de Trump, desoyendo voces que pedían el aplazamiento de esta elección. Por lo pronto algunos republicanos como los senadores Mitch McConnell y Marco Rubio no han respaldado las declaraciones de Trump sobre su victoria ni sobre sus denuncias de fraude electoral. Busch beneficiario de aquella decisión de la Corte en el año 2000 ha dicho que dejen contar los votos.

La crisis del imperio

La crisis política en los Estados Unidos no solo se relaciona con el sistema arcaico y antidemocrático de sus instituciones electorales donde no gana quien más votos obtiene, sino quien gana en ciertos Estados. No hay un sistema de representación proporcional sino que quien gana en un Estado independientemente del número de votos elige a todos los representantes de ese Estado al Colegio electoral. Es un sistema antidemocrático en donde pequeños Estados son decisivos y estos acuerdos institucionales son inamovibles. Gore ganó a Bush por más de 700 mil votos como también lo hizo Hillary Clinton con más de tres millones de votos los mismos que lleva de ventaja Biden en las elecciones de este 3 de noviembre y sin embargo el ganar en el llamado voto popular no significa elegir al presidente o ganar las elecciones. El sistema electoral norteamericano está diseñado para que se mantenga el bipartidismo y obstaculiza de mil maneras la participación de las minorías negras o latinas que tienen que hacer largas filas de varias horas para poder ejercer el derecho al voto. Tampoco favorece el florecimiento de nuevas expresiones políticas. Su sistema electoral perpetúa el bipartidismo.

Pero la crisis es más profunda, es la crisis del imperio, de su hegemonía universal. No se podría explicar el auge del populismo fascista de Trump sin la crisis de la hegemonía norteamericana. La promesa de Trump de hacer grande de nuevo a Estados Unidos o aquel eslogan de América Primero, trata de responder a esa crisis de hegemonía. Asediado por el ascenso de China que en menos de una década sobrepasará a la economía norteamericana, el negarse a un multipolarismo e insistir en el unipolarismo del hegemonismo norteamericano, Trump interpreta en buena medida a millones de trabajadores y capas medias de la población, a quienes el modelo neoliberal de globalización los empobreció al trasladar buena parte de la industria de los Estados Unidos a otros países. Trump responde por el flanco derecho a la crisis de la globalización neoliberal, Sanders respondía por el flanco izquierdo, pero el aparato burocrático demócrata ligado desde Bill Clinton al modelo de globalización neoliberal obstruyó y saboteó de mil maneras las aspiraciones de Sanders tanto en las elecciones primarias dentro del partido Demócrata en el año 2016 como volvió a hacerlo en las primarias de 2020.

Así pues los desencuentros entre la base histórica de los demócratas afincados en las minorías de latinos y negros en las minorías sexuales y en las clases medias y de trabajadores, corresponde a la asunción desde la presidencia de Bill Clinton del modelo de globalización neoliberal, del predominio del capital financiero, de Wall Street, sobre los intereses de estos sectores que juzgan al Partido Demócrata como al personero de un modelo que los ha empobrecido, que ha profundizado la segregación social, que ha disminuido la participación de las rentas del trabajo a favor de las rentas del capital, que ha contribuido a que crezcan los multimillonarios mientras los salarios en el mejor de los casos se mantienen estancados o se deterioran. Es la razón por la cual cerca del 20% de quienes respaldaron a Sanders hayan votado a Trump en el 2016.

Esa frustración la vivieron con el manejo que dio Barack Obama a la crisis de las hipotecas en el año 2008 en que acudió con billones de dólares al rescate de los grandes bancos mientras que permitió el embargo y la pérdida de las viviendas a millones de deudores a quienes condeno a la quiebra. Un manejo abiertamente favorable a quienes fueron los responsables de la crisis. Eso no lo olvidan y por ello cuando Trump con un discurso populista de derecha ofreció volver a los tiempos gloriosos recuperando empleos con relocalización de empresas, denunció a los vampiros de Wall Street para referirse al capital financiero que según él era uno de los responsables de la crisis, encontró una sociedad harta de una clase política demócrata insensible a sus reclamos y a la mínima defensa de sus intereses. Este desencuentro no ha terminado de superarse aunque el fracaso de Trump al incumplir sus promesas ha debilitado este discurso pero aún tiene tal fuerza que ha logrado cerca de 67 millones de votos en contra de los 70 millones de Biden.

A ello ha agregado Trump un discurso en contra de los inmigrantes en contra de los reclamos de la comunidad negra por la brutal represión a sus reclamaciones y a su marginación. Para la tribuna están la construcción del muro en la frontera con México, la renegociación del tratado de libre comercio con México y Canadá y la dura confrontación con China. Y en contra del magnate Trump el desastroso manejo de la pandemia ocasionada por la Covid-19 que deja ya más de 230 mil muertos con cerca de 10 millones de contagios, el racismo que practica y la misoginia y xenofobia. La sociedad norteamericana ha mostrado en estos años que tiene rasgos muy acentuados de racismo, xenofobia y conservadurismo que Trump interpreta y representa y de allí su apoyo y su respaldo político.

Repercusiones de un eventual triunfo de Biden en Colombia

No soy devoto ni creo en el postulado de que cuanto peor tanto mejor. Es preferible un gobierno de Biden en los Estados Unidos que un segundo mandato de Trump. Y no porque crea que Biden va a realizar el programa de Sanders a quien considero que era la mejor alternativa política en las elecciones de 2016 y en éstas de 2020. Pero si hará algunos cambios tanto en la política interna de los Estados Unidos como en la política internacional. No es a mi juicio para nada conveniente que en la Casa Blanca este un negacionista del cambio climático un presidente que alimenta el discurso xenófobo y racista y que no desautoriza a las milicias paramilitares y que en política internacional apoya a regímenes como el de Duque en Colombia o Bolsonaro en Brasil o que favoreció el golpe de Estado en Bolivia. Con Biden uno esperaría para Colombia un respaldo al proceso de paz boicoteado por Duque, una desnarcotización de la agenda bilateral y una codena firme a la masiva violación de los derechos humanos y la exigencia al gobierno colombiano de parar los crímenes contra defensores de los derechos humanos. Esto sería un cambio favorable y benéfico para el país. Biden no representa una alternativa de profundas reformas pero es menos nefasto que Trump.

 

 

 

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