Esta consulta no fue una “concesión” de la clase dominante. Fue arrancada con valerosas movilizaciones.

Gustavo Espinoza M. Periodista. Lima. 29/10/2020. Si vas para Chile, habrás de encontrar  un pueblo realmente heroico. Un pueblo que, a todo lo largo del siglo XX y hasta nuestros días, ha enfrentado con ejemplar firmeza los regímenes más oprobiosos de la historia, y que ha sufrido las más salvajes represiones de una clase dominante extremadamente racista, elitista y despiadada.

Baste recordar diciembre de 1907 cuando la matanza ocurrida en la Escuela Santa María. En esa circunstancia, como lo registra la historia, 3600 obreros fueron simplemente asesinados como una manera de castigar una huelga por incremento del salario en la pampa salitrera de Iquique.

Chilenos, bolivianos y peruanos hermanaron su sangre en aquella circunstancia, y dejaron para la posteridad una estela de heroísmo que marcó época en la historias de las luchas obreras de América Latina.

Después vinieron otras dictaduras siniestras, como las del general Ibáñez del Campo o González Videla; pero también regímenes profundamente conservadores y aún reaccionarios, como los de Alessandri, que buscaron perpetuar un sistema de dominación incompatible con la realidad y la justicia.  Los campos de concentración de Pisagua, y la política de los “relegamientos”, usada contra los líderes populares, quedo como mudo testimonio de aquella vesania.

Pero sin duda el más cruel y despiadado de todos los regímenes, fue la dictadura asesina de Pinochet, que comenzó bombardeando el Palacio de La Moneda, una fría mañana de septiembre del 73 y ametrallando al Presidente de todos los chilenos, Salvador Allende. Ese oprobioso gobierno dejó muchas herencias, pero la más institucional de todas, fue la Constitución dictada en 1980, y recusada en el referéndum celebrado ayer domingo 25 de octubre.

La consulta popular arrojó resultados contundentes: casi el 80% de la población recusó la vieja Carta Magna, y demandó una nueva que asegure otro pacto social, ciertamente inclusivo, democrático y liberador.

Para algunos, el aluvión electoral registrado ayer a lo largo del país del sur, tuvo su punto de partida el año pasado, cuando el 18 de octubre del 2019 decenas de miles de chilenos, que pronto se convertirían en millones, expresaron su rechazo al “modelo” Neo Liberal consagrado en la Constitución y recusaron al gobierno de Piñera y al sistema establecido en Chile por la clase dominante.

En verdad que la lucha comenzó mucho antes, y maceró en la sangre de miles de chilenos asesinados brutalmente en el pasado.  Episodios como la tragedia del Estado Nacional, en septiembre del 73; la muerte de Víctor Jara; el asesinato de Martha Ugarte después; el crimen de la calle Conferencia; el establecimiento de centros clandestinos de reclusión, como Villa Grimaldi; la institucionalización de la tortura; las ejecuciones extrajudiciales; el drama de los desaparecidos; dejó una huella indeleble en la conciencia de millones de chilenos.

Octubre del 19 fue entonces la punta del iceberg en el marco de una confrontación de clases que tenía larga data. Por eso se dijo bien en esa circunstancia: no fueron 30 centavos de tarifa del Metro lo que desató la ira del pueblo; sino 30 años de barbarie administrada cínicamente; los que se convirtieron en grito de batalla de jóvenes que habían visto morir a sus padres y a sus abuelos en las circunstancias más atroces.

Por eso la consulta popular reciente tuvo enorme significado. Sirvió no sólo para expresar rebeldía, sino sobre todo para recusar un modelo impuesto a espaldas de todo el pueblo y gracias al cual pequeños segmentos de la sociedad acumularon fortunas y privilegios desorbitados, a costa del sacrificio y el sufrimiento de millones de chilenos.

Pero esta consulta no fue una “concesión” de la clase dominante. Fue arrancada con valerosas movilizaciones que dejaran una huella dolorosa: centenares de jóvenes perdieron los ojos porque dispararon contra ellos perdigones fríamente dirigidos; y centenares de muchachas fueron humilladas, vejadas y aun violadas en centros policiales, por la gendarmería.

El resultado de la consulta abrió paso a una nueva realidad. En abril del 2021 deberá elegirse a 155 miembros de una Convención Constituyente que debatirá y aprobara la nueva Carta Magna. Elegir ese organismo, y asegurar que sus integrantes honren la confianza que el pueblo depositara en ellos; es la primera tarea que Chile tiene por delante.

De hecho surgirá la tendencia a “preservar” algunas de las bases de la Constitución rechazada. Pero también la idea de procesar “algunos cambios” que no impliquen la derrota definitiva del modelo cuestionado. En la conciencia de la mayoría de chilenos, sin embargo, estará lo que fluye de la experiencia viva: hay que producir cambios radicales que modifiquen sustantivamente la esencia de la sociedad, y abren paso a una ruta de futuro.

En la conciencia del pueblo de Chile pesará el legado de las viejas generaciones de gloriosos luchadores. Y se afirmará sin duda, el bello mensaje de Pablo Neruda: “Nuestra tierra, ancha tierra, soledades / se pobló de rumores, brazos, bocas. / Una callada sílaba iba ardiendo / congregando la rosa clandestina / hasta que las praderas trepidaron / cubiertas de metales y galopes. / Fue dura la verdad, como un arado”.