La represión es el instrumento que el Estado utiliza, a través de sus Fuerzas Armadas y de Orden para acallar las disidencias, el malestar, la impotencia y las demandas sociales.

José Luis Córdova. Periodista. 20/10/2020. Desde ilustres académicos, avezados políticos, audaces “opinólogos” televisivos, hasta incautos vecinos rasgan vestiduras exigiendo el rechazo total a la violencia “venga de donde venga”. Desconocen la historia de la humanidad y los ancestros antropológicos que tenemos todos.

El hombre es violento por naturaleza, desde que nace al mundo con un grito desgarrador cuando es extraído violentamente del vientre materno; después, cuando abandonó las cavernas y cercó su entorno como “propiedad privada” utilizando armas para defenderse de sus “enemigos”. Luego, en tiempos históricos, los egipcios sometieron a los hebreos a la esclavitud por la fuerza, Carlomagno, Alejandro Magno, Atila y los hunos, Julio César, los otomanos, la revolución francesa, la rusa, la cubana, la lucha contra el apartheid y los derechos civiles, las sufragistas, contra las dictaduras latinoamericanas fueron escenario de violentos enfrentamientos fratricidas.

Sin las protestas masivas que costaron miles de víctimas en los años 80 en Chile, el accionar del FPMR y la rebelión popular, el fascismo no habría sido desplazado del poder. De cada uno de estos combates sangrientos surgieron avances, mejoras en la calidad de vida y participación ciudadana en distintos niveles gracias a la conciencia y decisión de lucha de las masas unidas y organizadas. La violencia es la partera de la historia, según antropólogos y filósofos visionarios.

Estar de acuerdo o en desacuerdo, condenarla de plano, no la exime de su gravitación universal ante acontecimientos decisivos en la historia de los pueblos.

El descontento actual, la impotencia ante los abusos, la inequidad, la explotación del hombre por el hombre, las ganancias desmedidas del capital sobre el trabajo, la falta de democracia en la mayoría de las naciones es caldo de cultivo para la desesperación, la rabia y el desquite inorgánico de gente afectada, víctima o simplemente consciente de la permanente vulneración de derechos de los poderosos sobre los más indefensos.

La corrupción, el crimen organizado y el narcotráfico que ingresó a nuestro país con el beneplácito de la dictadura de Pinochet también son muestras de la violencia en el seno de nuestra sociedad.

La historia de Chile está plagada de asesinatos desde Inés de Suárez decapitando mapuches en Santiago, el asesinato de Manuel Rodríguez, de los hermanos Carrera hasta Diego Portales, las matanzas de obreros en Magallanes (con genocidio de etnias originarias), en la Escuela Santa María, Ranquil, La Coruña, El Salvador, Pampa Irigoyen, la población Cardenal Caro hasta el cruento golpe de estado cívico-militar que terminó con nuestra República en 1973.

Hoy se habla con soltura de defender nuestra democracia, como si el actual sistema de gobierno lo fuera en plenitud. No hay nación en el mundo que goce de una democracia total, tampoco es cierto que en muchas naciones se respetan en forma irrestricta los derechos humanos. Se violan en todas partes y la violencia siempre está presente en la lucha por democratizar la sociedad.

La represión es el instrumento que el Estado utiliza, a través de sus Fuerzas Armadas y de Orden -que tienen el monopolio de la fuerza- para acallar las disidencias, el malestar, la impotencia y las demandas sociales por las que lucha la mayoría, el pueblo. Si la oligarquía presiente que sus intereses están amenazados, recurre a la violencia, al terrorismo de Estado, al fascismo para aplastar a sus adversarios en guerras internas.

En vísperas de importantes decisiones como la de iniciar un proceso constituyente -lamentablemente al alero de la Constitución fascista del 80- el pueblo chileno está en una encrucijada histórica de la cual no puede descartarse a priori la violencia “venga de donde venga”, según la manida frase utilizada por quien mejor le convenga.

La violencia debe ser combatida con mayor equidad, con participación, con educación pública gratuita y de calidad, con una cultura social que reduzca al mínimo las posibilidades de enfrentamientos. Y para eso, mejor distribución de la riqueza, recuperación de los recursos naturales para todos los chilenos y escuchando a las minorías que tiene un sitio en el nivel de tomas de decisiones para un país realmente independiente, soberano, plurinacional y pluricultural. En esa situación, las prácticas violentistas tendrán cada vez menos la posibilidad de imponerse.