César Bunster, director del ICAL, echa un vistazo a las consecuencias de la revuelta social iniciada hace un año.

 Hugo Guzmán. Periodista. 17/10/2020. “La fuerza irresistible que surge cuando un pueblo se moviliza”.

“Los procesos sociales siguen avanzando”.

“Este gran movimiento ciudadano que irrumpió con fuerza arrolladora en el escenario político nacional, ha sido enfrentado con la violencia homicida del Estado”.

 César Bunster Ariztía, sociólogo, director del Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz (ICAL) echa un vistazo a algunos de los elementos presentes a raíz de la revuelta social de 2019. Enfatiza que fueron distintos sectores del pueblo los protagonistas y señala que entre las demandas más sentidas estuvieron avanzar hacia una nueva Constitución y cambios estructurales y de fondo ante las condiciones generadas por el modelo neoliberal.

A un año de la revuelta social ¿qué dejó esa movilización, qué instaló?

La explosión social que detonó hace un año era una bomba de tiempo. Durante décadas se venían acumulando injusticias, desigualdades y atropellos. Desde la época de la dictadura militar cuando se impuso en nuestro país el sistema neoliberal con toda su arquitectura económica, legal, política, social, cultural y constitucional, el pueblo de Chile ha venido sufriendo las consecuencias de dicho sistema en todos los ámbitos fundamentales de la vida: salud, trabajo, pensiones educación, vivienda, así como la conculcación de los derechos de la mujer y de los pueblos originarios, por citar sólo algunos ejemplos.

¿Crees que abrió un nuevo período en Chile y cerró, ahora sí, la transición?

La salida pactada de la dictadura y los gobiernos que la sucedieron no terminaron con ese andamiaje neoliberal. El sistema se mantuvo incólume y el pueblo siguió sufriendo las consecuencias. El pueblo organizado no dejó nunca de luchar pero las desigualdades e injusticias se siguieron acumulando, aumentando la presión. Todo eso se constató durante la revuelta social.

¿Viste rebasada la institucionalidad y la política formal?

El 18 de octubre esa bomba de tiempo, a causa de las precarias condiciones del pueblo, finalmente estalló. Y una abrumadora mayoría de chilenos y chilenas levantaron una multiplicidad de demandas fundamentales para una vida digna y para el devenir de nuestra sociedad: desde el fin a las AFP, por una salud y educación gratuitas y de calidad, por la igualdad de género, por el respeto al medioambiente y a los pueblos originarios y muchas más, se sumó la demanda de una nueva Constitución; es decir, el anhelo de cambios estructurales, de fondo, para construir una nueva sociedad. Se abrió, por lo tanto, una nueva etapa en la lucha social que busca transitar desde la herencia dictatorial hacia una democracia real.

Lo segundo que quedó de manifiesto es la fuerza irresistible que surge cuando un pueblo se moviliza y se une en torno a sus demandas. La capacidad de transformar lo que hasta hace muy poco muchos repetían era imposible, se hizo realidad en las calles de todo Chile. Hace un año atrás se nos trataba de convencer que no había forma de reemplazar la Constitución de (Augusto) Pinochet, pero hoy estamos ad portas de un plebiscito para que la ciudadanía se pronuncie si desea o no ese cambio. Por fin, el pueblo de Chile ha logrado transformarse -a través de la movilización social- en el verdadero y legítimo soberano de su propio destino, superando la institucionalidad ajena y la política formal y vacía que campeaba en nuestro país.

Se repite que toda esa movilización, incluso la actual, no tiene conducción, no están al frente los partidos, ni organizaciones sindicales y sociales tradicionales. ¿Qué significa eso para los partidos políticos de izquierda?

El estallido social también ha permitido develar qué fuerzas políticas y sociales forman parte natural de este gran movimiento social que desafía el sistema imperante. Si bien es efectivo que inicialmente hubo muchas personas que planteaban su abierto rechazo a todos los partidos políticos sin distinción -y algunos lo siguen manteniendo- el desarrollo de la lucha social, política y legislativa, así como las acciones frente a la posterior pandemia, ha ido develando con creciente claridad qué partidos políticos y qué políticos defienden los intereses del pueblo y quienes no.

De la misma forma, la Mesa de Unidad Social -instancia unitaria del movimiento social creada antes del estallido social, pero que ha jugado un papel de primer orden desde entonces, incluso de dirección y coordinación- incluye no sólo a organizaciones sociales, sino también a la CUT (Central Unitaria de Trabajadores) como una de las fundadoras en representación de los trabajadores organizados.

El gobierno insiste en que el eje de todo esto es la violencia, el vandalismo. ¿Qué mirada tienes al respecto?

No hay duda de que este gran movimiento ciudadano que irrumpió con fuerza arrolladora en el escenario político nacional, ha sido enfrentado con la violencia homicida del Estado, ejercida principalmente por Carabineros. Hoy, al igual que en época de dictadura, se intenta justificar esa violación sistemática de los derechos humanos, amparada ahora por el gobierno de Piñera, recurriendo a la criminalización del movimiento social y usando el poder prácticamente monopólico de los medios de comunicación para presentar una imagen de vandalismo desatado. Pero, los ya numerosos informes de diversos organismos internacionales especializados concluyen categóricamente que en el Chile de hoy se están violando sistemáticamente los derechos humanos. Sin embargo, la historia nos enseña que independientemente de la represión que ejerza el Estado, los procesos sociales siguen avanzando y la violencia no es capaz de frenarlos definitivamente.