La paz que tanto se busca y el tránsito a un nuevo trato, solamente pasa por la reparación, indemnización y autonomía de nuestros pueblos originarios.

Pablo Monje-Reyes. Miembro del Comité Central. Partido Comunista. 15/10/2020. Cuando los pregoneros de la hegemonía mediática y cultural dominante nos hacen estallar los oídos con lo “peligroso” que son nuestros pueblos originarios, en realidad, están ocultando perversamente siglos de barbarie y sometimiento por medio de la fuerza criminal de conquistadores y opresores, y después y hasta hoy, por el Estado oligárquico y casi burgués de Chile. Este poder invasor y depredador feroz e indignante, capaz de desarrollar exterminios de pueblos completos y generar su desaparición total de la faz de la tierra, como ocurrió en la Patagonia con el pueblo selk’nam, lo hace desde la voz y la acción devastadora de la avaricia y la codicia, y por la imposición a sangre y fuego de una supuesta “modernidad capitalista” de manifiesto cuño colonialista.

Por estos días, en este tema tan simbólico es bueno recordar una de las mejores obras de análisis histórico materialista del Premio Nacional de Literatura y ex secretario general del Partido Comunista de Chile, Volodia Teitelboim. En su tesis de grado titulada: “El amanecer del capitalismo. La conquista de América” de 1943, describe en sus pasajes más destacados cómo fue la conquista de América y la construcción colonialista de los actuales estados nacionales. En sus palabras:

“La conquista y el coloniaje, al imponerse desde la fuerza provocan la destrucción violenta de las sociedades establecidas, producen un salto en el vacío, arrollan, derrumban y aplastan, arrancando de cuajo y borrando lo existente, ahogando en ciernes las posibilidades de la evolución natural. Fueron, en el fondo, una sangrienta, inmensa y productiva empresa organizada y consumada por exponentes de una sociedad que pasaba ya por el dintel del pillaje y la rapiña de la acumulación primitiva de capital”.

Probablemente, los datos empíricos y los resultados que hoy vemos sean la consecución efectiva que se plantea en la obra citada. La construcción social y su arquitectura valórica se han mantenido vigentes hasta el día de hoy por quienes detentan el poder, y ellos intentan desde todas las formas posibles -sean estas legales, mediales y/o armadas- seguir sometiendo a los pueblos originarios y, en particular, al pueblo mapuche. De esta manera, los amos de todas las potestades concretas y abstractas conocidas y por conocer, siguen construyendo y reconstruyendo esta realidad y la siguen sosteniendo como forma de dominación para someter y hacer desaparecer hasta la extinción a nuestros pueblos originarios, porque solo ellos son los herederos directos de la conquista y de sus beneficios. Mudaron el arcabuz y la espada por el código penal y el código civil, y la cruz y la biblia por el control de los medios de comunicación y las tarjetas de crédito. Así lo dice Volodia:

“Los conquistadores señorearon en el mundo recién abierto en forma absoluta y monopolista. Implantaron el repartimiento. Gozaban de privilegios para robar y estafar a pueblos y continentes enteros. Y la riqueza de los mercaderes europeos creció y se multiplicó al calor de los ingentes tesoros arrancados a los nuevos territorios. Implantaron en ellos precios a sus antojos e hicieron del saqueo una norma respetable. Sobre tales piedras sillares prohibitivas, anegadas en sangre, se levantó cada vez más alto el edificio de los capitalistas, que en una época en que el maquinismo no había impuesto todavía su triunfo, continuaban siendo en primer lugar comerciantes y -secundariamente- industriales”.

He aquí su tesis principal; la base de su poder y riqueza nace de la conquista y de la explotación de los recursos naturales en donde los pueblos originarios habitaban. Tesis que tiene hoy una indesmentible validez que transita explicativamente cruzando nuestra historia nacional de por qué y cómo se ha tratado a los pueblos originarios. La paz que tanto se busca y el tránsito a un nuevo trato, solamente pasa por la reparación, indemnización y autonomía de nuestros pueblos originarios para definir ellos su propio destino, ante tanta barbarie y alevosía que han cometido los herederos de la conquista, antiguos y modernos, con los pueblos asaltados y ultrajados.

Para finalizar, es necesario tener siempre presente que el pueblo de Chile es un pueblo originario en su base histórica, pues, en su máxima expresión es un pueblo explotado y despojado, porque cuando sale a la calle a protestar y a demandar mejores condiciones de vida, es permanente y sistemáticamente violentado y masacrado, invisibilizado, y cuando no, es ferozmente criminalizado desde las instituciones del modelo político, desde el discurso público del poder y desde los contenidos comunicacionales del sistema. Y de ello tenemos duros y crueles ejemplos todos los días. Así, la expresión cultural de la conquista y sus beneficios es la herencia ideológica de los actuales dominadores, por ello, no trepidan en someter y aniquilar al pueblo originario y popular alzado por medio de la represión y la muerte, como fatales instrumentos regulatorios preferidos de señorío, recursos inhumanos históricos y brutales para mantenerse en el poder profitando de sus mezquinos e impúdicos privilegios.