El sueco Dag Hammarskjold dijo que “la ONU no puede llevar a la humanidad al cielo, pero puede salvarla del infierno”.

Juan Gajardo

Miembro de la Comisión Política. Partido Comunista de Chile

Santiago. 12/10/2020. En octubre de 1945, se fundó la Organización de Naciones Unidas (ONU) como respuesta a la devastadora Segunda Guerra Mundial y en la búsqueda de mecanismos  que posibilitaran la resolución de conflictos internacionales evitando el enfrentamiento armado. El sueco Dag Hammarskjold, quien fuera su Secretario General entre los años 53 y 61, cuando falleció al siniestrar el avión en el cual viajaba a mediar en un conflicto en África, dijo en alguna oportunidad “la ONU no puede llevar a la humanidad al cielo, pero puede salvarla del infierno”. De esta organización, Chile es uno de los Estados fundadores, presente con una delegación que entre otros integraba nuestro Secretario General en aquellos tiempos, compañero Carlos Contreras Labarca, al cual además se le debe reconocer haber dirigido la estructuración  del Partido orgánicamente a la manera como le conocemos hoy.

La ONU nace y se desarrolla en el período de la llamada guerra fría, en un mundo bipolar, marcado por la confrontación USA/URSS. Al colapsar los denominados “socialismos reales”, EE.UU y la naciones occidentales del primer mundo, viven la ilusión del “fin de la historia”, que en teoría era un mundo unipolar, con supremacía político-militar de EE.UU y un sistema económico e ideológico basado en sus principios. La ONU en alguna medida es arrastrada en esta posición y se muestra  incapaz de incidir en conflictos inducidos, como por ejemplo la desintegración de Yugoeslavia o la invasión a Irak. Pero como la historia continuó, fue imposible negar la emergencia y/o subsistencia de naciones con otras realidades, ante lo cual a la ONU y todas sus estructuras enfrentaron el desafío de discutir la hegemonía estadounidense. Y no es sólo por la irrupción de China como potencia mundial de primer orden, también lo es por la recuperación de influencia de la Federación Rusa, el surgimiento de países como India y Sudáfrica, la generación de polos regionales. Ante esto, en un proceso que es previo a Trump,  EE.UU. se retrae, declara la inoperancia de la ONU y le quita apoyo económico. Lo cierto hoy es que la tendencia mundial es hacia la multilateralidad  y la ONU debe adaptarse a este tercer período,  sobre todo a partir de lo vivido el año 2020.

EE.UU. durante el período de guerra fría transformó a las naciones de América en su zona de seguridad, imponiendo la doctrina de “seguridad nacional”. Luego, en la fase en la cual pretendió un dominio unipolar, en la cual al contexto geopolítico debe agregarse la reconfiguración de roles de los Estados Nacionales, (derivado de la ampliación del poder de las multinacionales económicas) no pudo evitar el surgimiento en el sur de América de proyectos emancipadores que con diferentes intensidades cuestionaban el rol de EE.UU. como metrópoli de un imperio. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay  vivían experiencias progresistas y de alguna manera acompañaban a la solitaria Cuba, experiencia revolucionaria americana del periodo de la guerra fría. El imperialismo ha contra-atacado usando a sus serviles burguesías locales, obnubiladas por insertarse en un proceso globalizador neoliberal, con una estrategia de conflicto de “intensidad controlada”, usando intersticios, tales como la traición de Moreno, la judicialización de Lula en Brasil luego de una fraudulenta destitución de Dhilma,  el desconocimiento del triunfo del MAS en Bolivia y el subsiguiente golpe de fuerza que llevó al poder a una intrascendente Jeanine Añez, etc., lo que marca la ofensiva conservadora  en nuestro subcontinente. Pero sin duda, quien encabezó este proceso nacionalista transformador, fue la hermana República Bolivariana de Venezuela  y por ello es castigada con ferocidad por el imperialismo y sus lacayos. “En 5 años, el bloqueo logró cortar el financiamiento a Venezuela…/la cual/…experimentó la más brusca caída de ingresos externos de su historia, cercana al 99%”, señala el presidente Nicolás Maduro en una comunicación reciente dirigida a “los pueblos del mundo”.

El señor Piñera, en algún momento, tuvo la pretensión de erigirse en el líder subregional que encabezara esta restauración conservadora. Como en otras esferas de su actuar público, estuvo signado por el ridículo de su caricatura en el episodio de Cúcuta. Pero reforzando aquello que la historia continúa, en estos días el pueblo boliviano tendrá la oportunidad, si se respeta el mandato de las urnas, de repudiar a los golpistas que se hicieron del poder; en  Brasil se rompen las telarañas de mentiras  y se preparan para superar el bolsonarismo; Argentina, con sus tradicionales claro/oscuros, busca su ruta; Venezuela al igual que Cuba, resisten. En este cuadro, la oportunidad histórica, generada a partir de la lucha del pueblo chileno, no sólo es significativa para nuestra patria, sino también para otros pueblos hermanos.

No es un problema de personajes, llámense Piñera, Bolsonaro, Añez, Moreno o cualquier otro, el problema es que el proyecto del que son paladines está agotado históricamente, porque en momentos en que la vida no sólo es amenazada por los conflictos bélicos sino también por el deterioro medioambiental, la demanda de justicia no se limita a lo socio-económico, sino también a la superación del patriarcado, al reconocimiento de las naciones originarias, al construir un Estado que no escabulla su responsabilidad en los derechos sociales de sus habitantes, como la salud o la educación, por ejemplo, y frente a esas demandas, la derecha en Chile y Sudamérica no tiene respuestas. Somos testigos que la derecha neoliberal no sabe gobernar y porque no sabe, no puede gobernar.