“Creo que los estados libres deben ser militantemente antimarxistas y anticomunistas”: Jaime Guzmán Errázuriz. Revista Qué Pasa; 1975.

Fernando Bahamonde

Profesor

Punta Arenas. 06/10/2020. A propósito de la figuración en las encuestas presidenciales de Daniel Jadue, alcalde comunista de Recoleta, se ha producido un remezón en el arco político chileno, y en especial en los partidos de oposición.

Las voces en la oposición contra Daniel Jadue van más allá de él, porque parten de una premisa básica, que los comunistas no tienen derecho a tener un candidato a la primera magistratura y aún menos acceder al gobierno a través de una contienda electoral. Por lo demás, para estas mismas voces no existe problema en que un ex colaborador de la dictadura como Joaquín Lavín, y menos un fascista como José Antonio Kast, puedan acceder a La Moneda.

El anticomunismo puede ser visto desde dos perspectivas, una en la estricta disputa de las ideas con otras corrientes de pensamiento que podríamos calificar como racional porque está consciente de que es un adversario que deben aislar debido a que los avances y transformaciones sociales afectan sus propios intereses. Esta racionalidad intenta crear, a su vez, en otros un tipo de anticomunismo irracional producto de que es una reacción que se funda en el terror y el desconocimiento.

El anticomunismo ha sido expresión política desde los siglos XIX y XX de: monárquicos, fascistas y nazis, nacionalistas, conservadores y liberales. Así como anarquistas y anarquistas del libre mercado. Formando un abanico de fuerzas e ideas variado y multifacético, pero que se han visto unidos única y exclusivamente por el miedo. Y en el siglo XX, los socialdemócratas y los partidos socialcristianos, en particular luego de la Segunda Guerra Mundial, nacen y se despliegan para evitar el avance de los comunistas.

La diferencia de los sectores anticomunistas con los comunistas radica en tres nociones fundamentales que las separan por completo como son de sociedad, libertad y democracia que marcan una oposición radical en la forma de ser y de estar en el mundo.

La sociedad para el mundo liberal es una articulación de intereses individuales que se ordena sobre la base del Estado de derecho que debe regular dichos intereses, bajo este principio la libertad es indivisible operando para todos por igual. Lo que no se señala es que este Estado de derecho es construido por los sectores dominantes por tanto esconde sesgos de clase, étnicos y de género que impiden que los supuestos individuos libres sean iguales ante la ley.

Por último, conforme a estos principios la democracia liberal se basa en la representatividad, donde el rol del individuo se le disfraza de ciudadano llega hasta el voto. Habría que preguntarse si en Chile existen liberales clásicos, porque siendo el liberalismo una corriente de derecha, la derecha chilena está marcada por el conservadurismo.

Los conservadores chilenos han sostenido la idea de una sociedad estática fundada en una supuesta tradición lo cual produce un marco de acción sobre un origen que es una sociedad imaginada de ciertas virtudes sustentadas en una supuesta versión religiosa moralista, como la ley de Bello que manda, prohíbe y/o permite. Esa tradición los empuja a desacreditar la democracia, incluso en su versión representativa. La democracia representativa para el conservador es un medio para evitar la democracia participativa. Aquí no existe libertad, sino conductismo social, un ser que es un deber ser según una supuesta tradición.

Así lo demuestra en múltiples momentos la Constitución de 1980, en su Capítulo III: De los derechos y deberes, en el artículo 22 indica: “Todo habitante de la República debe respeto a Chile y a sus emblemas nacionales. Los chilenos tienen el deber fundamental de honrar a la patria, de defender su soberanía y de contribuir a preservar la seguridad nacional y los valores esenciales de la tradición chilena”.

Desde liberales incompletos, conservadores absolutos en Chile y socialdemócratas, así como socialcristianos imbuidos en el neoliberalismo propia de nuestra realidad nacional nuevamente se alza el temor a la sociedad, a la libertad y a la democracia, por ello hay que infundir anticomunismo irracional.

Políticamente no nos informamos por las redes sociales, de ahí deviene la irracionalidad, sino que compartimos sólo aquello que nos parece cercano a nuestro propio pensamiento, para repudiar violentamente aquello que no compartimos. Es decir, no nos comunicamos sólo entramos en contacto. En redes sociales se producen tendencias políticas que nos hacen pensar que alguien o algo es popular, sin embargo, la realidad es otra porque se imponen personas o tendencia de forma artificial.

Así como no nos comunicamos, entramos en contacto o seguimos a otros que se acercan a lo que intuimos o sentimos, reproduciéndose de esta manera un tipo de pensamiento de burbuja lo que no nos permite saber y menos comprender lo que piensan lo que se alojan fuera de nuestra burbuja de intereses.

El pensamiento de burbuja nos empuja a pensar en una sociedad uniforme lo que no debiera ser una sorpresa lo es, reconocer que allá afuera existen otros que piensan radicalmente distinto. Lo que vive chile es una fractura social entre la ciudadanía y las instituciones, pero también una fractura dentro de la sociedad.

La construcción de enemigos internos se basa en alimentar prejuicios respecto de los otros por ello es fácil acusar a cualquiera de comunista para que caiga inmediatamente el estigma. El mundo de caricaturas se ha sustentado en construcción de una sociedad de individuos que ha sido despolitizada evitándose la formación e intercambio de ideas.

La derecha ha erigido como premisa “el sentido común” para rechazar, negar y estigmatizar. El sentido común no es otra cosa que el pensamiento construido por otros para perpetuar la dominación, así como la incapacidad para pensar y soñar otro tipo de sociedad, democracia y libertad, las que se encuentran en permanente construcción y que están lejos de lo que establece la Constitución de 1980 por esto la derecha rechaza por sentido común.