Junto con don Lucho en las anchas alamedas abiertas a partir de octubre del año pasado.

Miguel Lawner. Arquitecto. 29/09/2020. A don Lucho lo recordamos en septiembre, mes de su nacimiento. Este año, la ceremonia debiera ser el anticipo de una victoria histórica en el plebiscito convocado para el próximo 25 de octubre. No está mal. Octubre ha sido un mes propicio en la historia de Chile.

El 25 de octubre de 1938, fue cuando por primera vez, en Chile, triunfó una coalición de izquierda en las elecciones presidenciales efectuadas ese año. Hasta entonces, nuestro país sólo había conocido mandatarios representando a las oligarquías criollas. Esta vez fue electo Pedro Aguirre Cerda, en representación del Frente Popular, coalición integrada por los Partidos Comunista, Radical y Socialista.

Y solo meses atrás, el 25 de octubre del año pasado, tuvo lugar la manifestación política más grande, jamás conocida en la historia de Chile. 1.200.000 personas desfilaron en Santiago y otro tanto lo hizo en el resto del país, expresando un repudio abrumador contra el modelo económico neoliberal vigente durante cuarenta años. Recuperar la dignidad, fue la síntesis que resumió tantos anhelos reprimidos.

Y será un nuevo 25 de octubre, el de este histórico 2020, cuando tendrá lugar el plebiscito destinado a sepultar, para siempre, la ignominiosa Constitución heredada de la dictadura pinochetista.

Con don Lucho nos conocimos a fines de los años 40, en plena clandestinidad, cuando el Partido Comunista sufría la feroz persecución desatada por el traidor González Videla. Poco a poco fuimos hilvanando una amistad personal, que se hizo extensiva a nuestras familias.

Era un hombre sencillo, amable, respetuoso con sus interlocutores cualquiera que fuera su condición, de lenguaje claro, ingenioso para recurrir a dichos populares, desprovisto de verónicas, directo al grano.

Siempre lo llamamos don Lucho.

La victoria de Salvador Allende en 1970, fue la culminación de un proceso revolucionario singular, confirmando la factibilidad de las tesis elaboradas a lo largo de tantos años, contando a Corvalán como uno de sus principales impulsores.

Los mil días del gobierno de la Unidad Popular fueron otro desafío mayor, pleno de realizaciones, al promover los cambios estructurales necesarios para poner los recursos nacionales a disposición de la mayoría de los chilenos. El Partido Comunista, con don Lucho a la cabeza, se distinguió por su apoyo al gobierno del presidente Allende.

El golpe militar en septiembre de 1973, acabó con este singular proceso revolucionario. Cualquieras que sean las causas de la derrota infligida por las oligarquías criollas en alianza con el imperialismo norteamericano, nada puede borrar el acierto de la concepción política que condujo a la victoria y a las inmensas realizaciones del gobierno de la Unidad Popular.

Don Lucho fue detenido días después del golpe militar. Se le mantuvo aislado e incomunicado durante 50 días en la Escuela Militar hasta su envío a la Isla Dawson en noviembre de 1973. Allí se incorporó al grupo de quienes habíamos sido confinados en la Isla con anterioridad.

En Dawson, don Lucho fue objeto de particular hostilidad, según la guardia de turno, sin que jamás perdiera su dignidad. La Junta Militar publicitaba con gran bombo el proceso caratulado “Contra Luis Corvalán y otros”, en el cual se le solicitaba la pena de muerte. Un periodista de la revista brasileña VISAO fue autorizado a entrevistarlo respecto a ese proceso, encuentro realizado en el patio de nuestra barraca en presencia del comandante del campo. Lucho le expresó al periodista el honor que sentía él y el resto de nosotros, por haber participado en el gobierno de Allende, razón por la cual no tenía nada que temer. Concluyó la entrevista con una frase que dio la vuelta al mundo: “Amo la vida, pero no le temo a la muerte si he de morir por una causa justa.”

Por cierto que el mentado proceso jamás tuvo lugar.

Para sobrevivir en la Isla, era indispensable hacer acopio de leña, combustible con el cual alimentábamos la estufa que nos libraba de morir congelados en la barraca. Diariamente salía una brigada de nosotros a recoger leña desde un bosque situado en la proximidad de nuestro campo. Era necesario partir restos de troncos que yacían en el bosque abatidos por los incendios forestales que extinguieron la riqueza forestal de la isla.  Concluida la faena, los cargábamos al hombro hasta el patio de la barraca y allí los trozábamos para alimentar la estufa.

Corvalán era puesto fijo en esta faena, ya que por su origen campesino era hábil para reconocer troncos que aseguraban una mejor combustión, y además por su destreza en el empleo del hacha. Mientras algunos de nosotros la descabezábamos rápidamente por el uso desmedido de la fuerza, don Lucho se lucía, practicando los cortes con gran precisión sin requerir un esfuerzo excesivo.

Una noche me encontraba cumpliendo turno de imaginaria ([1]) mientras ya dormían todos mis compañeros, cuando divisé la luz de un cabo de vela alumbrando en una de las literas. Me acerqué a indagar lo que ocurría y encontré a don Lucho que permanecía despierto acostado en su cama, leyendo una carta.

Ese día nos habían entregado correspondencia, y Corvalán recibió una misiva enviada por su hijo Luis Alberto que permanecía detenido en el campo de concentración de Chacabuco. La carta había recorrido el país de extremo a extremo llegando finalmente a su destinatario.

Don Lucho la releía una y otra vez mientras una lluvia copiosa azotaba sin piedad las calaminas de nuestra techumbre. Intentaba escudriñar algún mensaje oculto que pudiera haber salvado las censuras a las cuales se sometía nuestra correspondencia. Me la dio a leer por si yo cachaba algo. No descubrimos sino el amor y el respeto de un hijo por un padre ejemplar.

Corvalán se mortificaba experimentando algún sentimiento de culpabilidad, a raíz de la suerte corrida por su hijo, mezclado con el orgullo de saberlo un jotoso abnegado y consecuente.  Conversamos largo rato respecto al golpe militar, y recuerdo que –con la ingenuidad política que me suele caracterizar- le manifesté lo siguiente: “don Lucho, no se preocupe. Esto no puede durar más de un par de años”, a lo cual él replicó con increíble don de vaticinio: “Te equivocas Miguelito. Esto no dura menos de quince años”. Nunca olvidé el ojo de don Lucho para juzgar – a pocos meses del 11 de Septiembre del 73-  la profundidad del golpe recibido.

El 8 de Mayo de 1974, nos embarcaron en un pequeño avión, desde la Isla hasta la Base Aérea en Punta Arenas, desde donde nos trasladaron en un Hércules hasta Santiago. A nuestra llegada a la capital, fuimos enviados, por un par de meses, a diferentes recintos de las fuerzas armadas, hasta ser nuevamente reunidos en Julio de 1974 en Ritoque, uno de los 18 Balnearios populares construidos por el gobierno de Allende, y que fue habilitado como campo de concentración.

Estábamos recluidos allí, cuando Radio Moscú anunció el 1º de Mayo de 1974, que la Unión Soviética había otorgado el Premio Lenin de la Paz a Luis  Corvalán, distinción  celebrada con gran alegría por todos  los prisioneros.

Años más tarde, al arribo de don Lucho a Moscú, se materializó la entrega de ese premio, que incluía junto con la medalla, la suma de veinticinco mil dólares. Corvalán resolvió remitir el dinero a la Vicaría de la Solidaridad, con el expreso deseo de que pudieran servir de modesta ayuda para la atención de los familiares de los presos políticos.

Tras su liberación en 1976, don Lucho fue requerido desde los cuatro rincones del planeta para dar su testimonio sobre la situación chilena. El aplastamiento sangriento de la innovadora experiencia llevada a cabo por el gobierno de la Unidad Popular, el trágico fin del Presidente Allende y la magnitud de los crímenes y atropellos a los derechos humanos cometidos por la Junta Militar conmovían a la humanidad, generado un movimiento de solidaridad internacional de inmensa magnitud.

En septiembre de 1980, los miembros del Secretariado del Coordinador del Partido Comunista en Dinamarca, fuimos invitados a asistir a un acto programado en un teatro de Estocolmo, durante el cual don Lucho haría pública una declaración trascendental.

Así fue como tuvimos la primicia de escuchar el llamado del PC a tomar el camino de la rebelión popular de masas en Chile y hacer uso de las más diversas formas de lucha para recuperar la democracia. Pinochet acababa de imponer su espúrea Constitución Política, mediante un plebiscito fraudulento, realizado sin Registros Electorales. Cundía la desesperanza entre los chilenos ante la expectativa de tener por delante otros 10 años bajo el imperio del dictador.

La intervención de Lucho fue muy fundamentada, como siempre ocurría con sus informes y levantó una ovación conmovedora con una mezcla de aplausos y llantos. El llamado nos elevó el ánimo hasta las nubes.

Corvalán retornó clandestinamente a Chile en 1983, año en el cual se iniciaron las protestas contra el régimen que cada vez adquirieron mayor fuerza. Comenzaron a multiplicarse los cacerolazos primero en Santiago y después en todo el país. Las poblaciones levantaron barricadas y fogatas. El propio dictador confirmó la existencia de un cordón de fuego rodeando la capital al sobrevolar la ciudad en un helicóptero durante la protesta de octubre de 1985. Se produjeron sucesivos apagones de luz, aplaudidos por la inmensa mayoría de la población, dejando a obscuras gran parte del territorio nacional. Las movilizaciones estudiantiles lograron la expulsión de Federichi, rector de la Universidad de Chile, e impusieron la elección libre de sus organizaciones. Los diez años de la muerte de Neruda se recordaron con un acto en el Teatro Caupolicán, congregando a los más altos valores de la cultura nacional.

La rebelión popular de masas estaba en marcha y había arrinconado al dictador.

El imperialismo yanqui advirtió los riesgos de un cambio político verdadero en Chile. Cambió a su embajador y propició junto a la Iglesia Católica, alguna fórmula que permitiera una transición a un régimen democrático a lo gato pardo, aislando al Partido Comunistas y a otras organizaciones políticas de izquierda, cuyas luchas habían puesto en jaque a la dictadura.

Así nació la Concertación que administró el país durante los veinte años, que sucedieron al término de la dictadura. Más tarde asumió Sebastián Piñera, quién repitió su mandato, tras un nuevo período de Michelle Bachelet.

En octubre pasado, Piñera declaró públicamente que Chile era un oasis de paz y tranquilidad, en contraste con las convulsiones que sacudían a gran parte de los países latinoamericanos.

Días después, Chile estalló en una insurrección popular prolongada hasta el inicio de la Pandemia, dejando en claro el repudio generalizado a un modelo económico excluyente, depredador de nuestras riquezas naturales, de nuestros sistemas públicos de salud y educación, generador de pensiones miserables y de zonas de sacrificio, entregando a privados los derechos de agua a perpetuidad y condenando a millones de chilenos a vivir hacinados en conjuntos habitacionales altamente inaceptables.

Estamos enfrentando una verdadera insurrección popular, solo suspendida por el virus que nos azota desde marzo pasado. Hay demasiadas manifestaciones de que la rebeldía de las masas no cede. Las ollas populares se extienden a lo largo de todo el país, noble fórmula con las cuales nuestro pueblo ha sabido enfrentar sus adversidades. Las redes sociales convocan a múltiples encuentros, debates o conciertos, en los cuales florecen múltiples iniciativas destinadas a esclarecer el futuro solidario y fraternal al cual aspiramos.

A diferencia de 1970, cuando la Unidad Popular fue un conductor capaz de canalizar las rebeldías de entonces, percibo que hoy carecemos de conducción política, sin la cual, es probable que se frustren nuestras aspiraciones de materializar un cambio profundo del sistema vigente.

Echamos de menos a don Lucho. Su sabiduría nos habría ayudado a analizar los sucesos que estamos viviendo. Habría contribuido a deponer diferencias menores que nos separan y a construir caminos de unidad, necesarios para vencer los poderosos intereses dispuestos a perpetuar su dominio.  Nos dejó hace diez años. Confiemos que seremos capaces de inspirarnos en su ejemplo, para construir una nación donde logremos restablecer el imperio de la dignidad, de la solidaridad y de la fraternidad. En suma, del bien común.

[1] Término con que se conoce en el lenguaje de la marina, a quién está de guardia nocturna.