Es necesario identificarlos en momentos de crisis estructural, no por pesimismo, sino para advertir los movimientos del adversario que está lejos de estar derrotado.

Fernando Bahamonde

Profesor

Punta Arenas. 22/09/2020. En los próximos dos años están dadas las condiciones para comenzar a desmontar el modelo económico-social que nos ha dominado desde 1973 y superar la Constitución de 1980, y quede finalmente guardada en un museo junto a las constituciones de 1833 y 1925.

Para tal efecto, viviremos un sinnúmero de contiendas electorales que se inician el 25 de octubre de este año y finalizarán con la elección presidencial el domingo 21 de noviembre de 2021 y el plebiscito de salida constitucional de 2022.

El primer peligro surgió la misma madrugada del 15 de noviembre de 2019 con la firma del “Acuerdo Por la Paz Social y la Nueva Constitución” cuando apelando a la institucionalidad las fuerzas políticas oficialistas y de oposición cerraron filas con el gobierno para salvar la situación de creciente movilización social. Pero antes del salvataje los prohombres y mujeres de la derecha con calculadora en mano negociaron con la versión 2.0 del partido del orden.

Si algo tenía y tiene claro la derecha es que había que alejarse de cualquier tentativa de una Asamblea Constituyente soberana porque de antemano sabían que serían derrotados. La noche del 15 de noviembre calcularon los quórum y los amarres del proceso. Así nació la Convención Mixta y la Convención Constitucional.

Resulta altamente probable que triunfe la opción Apruebo en el plebiscito de entrada, sin embargo, a su vez, es altamente probable que la derecha obtenga cerca o más de 1/3 en la Convención Constitucional supeditando con ello la mayoría a la minoría. Y, así mismo, al no estar asegurados los escaños reservados para los pueblos originarios, la paridad de género e independientes los 2/3 que podría obtener la oposición serán 103 constituyentes que difícilmente lograrán acuerdos. Lo cual nos hace preguntarnos qué aprueba en contenidos la oposición, cuáles serán los mínimos posibles que podrán lograrse para superar el neoliberalismo.

En la derecha en sus dos versiones, la del Rechazo como la del Apruebo, poseen un diseño de dos años. La opción del Rechazo que se ubica dentro como fuera de los partidos de gobierno busca en primera instancia un colchón electoral para el rechazo para inmediatamente votar por una Convención Mixta. Lo que ya es una contradicción, toda vez que el Rechazo pretende mantener sin alteraciones la Constitución de 1980.  Ya sea en la Convención Mixta como en la Constitucional darán la pelea para deslegitimar el proceso atendiendo que su estrecha noción democrática se basa en el irrestricto respeto al Estado de derecho. Para este sector cualquier forma o tipo de movilización social vulnera el marco legal y por lo tanto hay que aplastarlo con violencia.

La derecha del Apruebo busca amortiguar la derrota, aunque no ha definido con claridad si optarán por una Convención Mixta o Constitucional, en ambos espacios jugarán sus cartas para superar el tercio que les es necesario para cooptar las dos convenciones para lo cual deben cerrar el paso de los escaños reservados, la paridad de género y la presencia de independientes. Buscaran que la supremacía la tengan los partidos.

Por otra parte, también desde la derecha, más allá de los méritos en la gestión de Daniel Jadue como alcalde de Recoleta, saben que adelantar el debate presidencial gracias a las encuestas genera una fractura en la oposición, que en su mayoría posee apetitos electorales que se imponen sobre la voluntad de obtener acuerdos programáticos para un futuro gobierno o de contenidos para una nueva Constitución.

En la oposición muchos partidos, sobre todo los de la antigua Concertación que sólo pueden mantener vigencia a través de los resultados electorales, los conduce a que eventualmente acuerden con el oficialismo para crear las trabas que bloqueen la participación ciudadana y de las organizaciones sociales de manera de sustentar junto con la derecha la supremacía de los partidos, muchos de los cuales hoy son contenedores sin contenido.

Ese es un peligro cierto, que tras bambalinas se esté gestando una segunda transición para que todo cambie para, finalmente, quede exactamente igual. Es claro que se requiere la institucionalidad para superarla, pero también se puede utilizar la institucionalidad para aplastar a las mayorías.

La cornisa se ampliará en la medida que existan partidos políticos con vocación transformadora y capaces robustecer el tejido social en desarrollo para sintetizar demandas y líneas de acción en un mediano plazo. A su vez, la cornisa se hará más estrecha con la agudización de la crisis social, política y sanitaria dirección en la cual empuja el gobierno que desea aplacar la movilización social mediante PDL que pinten de legalidad la represión.

Es necesario identificar los peligros del proceso político en momentos de crisis estructural, no por pesimismo histórico, sino muy por el contrario para advertir los movimientos del adversario que está lejos de estar derrotado, así como observar el comportamiento de los potenciales aliados. De este modo él o los objetivos adquieren materialidad en el corto, mediano y largo plazo, se trata de evitar el repliegue y la derrota en toda la línea. La temprana identificación de los peligros hacia una fractura total de la sociedad chilena, también nos habla de las posibilidades las que siempre existen en la dinámica política.