La clave era dar “tarea a la juventud, abriéndole amplias perspectivas de una existencia fecunda, como edificadora de la sociedad en que le tocará vivir”.

 Margarita Pastene Valladares. Periodista. 11/09/2020. “El socialismo no es un don gratuito que encuentran los pueblos casualmente en su camino. La liberación que trae consigo tampoco. Obtenerlo significa postergar algunas posibilidades presentes a cambio de sentar para el futuro las bases de una sociedad más humana, más rica y más justa”, exponía con claridad el Presidente Salvador Allende, en el Primer Mensaje Presidencial ante el Congreso 21 de mayo de 1971.

“Aquí y ahora, en Chile y América Latina, -aseguraba- tenemos la posibilidad y el deber de desencadenar las energías creadoras particularmente de la juventud…Tal es la esperanza de construir un mundo que supere la división entre ricos y pobres”.

El Presidente tenía toda la razón al decir que “este desafío despierta vivo interés más allá de las fronteras patrias”, porque bien sabía que las juventudes que habían iniciado en los sesenta procesos de profundo cuestionamiento social, jóvenes trabajadores y estudiantes, especialmente en Europa central y América latina, volteaban ahora su mirada hacia el proceso revolucionario de la Unidad Popular.

“Pocas veces los hombres necesitaron tanto como ahora de fe en sí mismos y en su capacidad de rehacer el mundo, de renovar la vida”, decía Salvador Allende, pensamiento genuino que mantuvo, con profunda convicción, durante sus más de 27 años de vida política parlamentaria y que guio el programa de su Gobierno, con una visión universal de la paz y de los derechos humanos fundamentales.

Ello marcó también su forma de delinear las políticas internacionales, siendo una de sus metas influir en el concierto internacional para la “modificación de las relaciones de intercambio internacional exigidas por los pueblos expoliados”, las que tendrían como “consecuencia, no sólo liquidar la miseria y el atraso de los pobres, sino liberar a los países poderosos de su condena al despotismo”.

Para ello, la clave era dar “tarea a la juventud, abriéndole amplias perspectivas de una existencia fecunda, como edificadora de la sociedad en que le tocará vivir”. Sus palabras, su pensamiento, junto al de los grandes líderes de la izquierda mundial, guiaban a aquellos jóvenes europeos que habían asumido la tarea de remecer sus sociedades, a sus países poderosos y liberarles de su condena al despotismo, cómplices del orden económico que constreñía a su antojo a las economías de los países del Tercer Mundo.

La gran rebelión estudiantil que a partir del comienzo de 1968 se instala en Alemania, Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos, la que, “por más distintas que sean las ramificaciones- según Edgar Morin- responde a cierta internacionalidad.” (Morin, 2008) Allí estaba también la juventud francesa, la que desencadenó un movimiento que se expandiría entre el 6 y el 13 de mayo de 1968, protagonizado por estudiantes y jóvenes trabajadores.

Si bien aquella rebelión estuvo aparentemente marcada por el malestar estudiantil sobre el arcaísmo dominante en las aulas universitarias, en el fondo, la causa del descontento era la vida burguesa que regía las sociedades de los países desarrollados económicamente y que la juventud rebelde “consideraba mezquina, mediocre, reprimida y opresiva”, aclara Morin.

Desde esa perspectiva, había asumido también su lucha el joven estudiante alemán, Rudi Dutschke, considerado el más brillante de su época. A pesar de las adversidades que le tocó vivir, a causa de las secuelas del atento sufrido en mayo de 1968 en Berlín, Dutschke reiteraba su preocupación por las consecuencias que tenían para los países del Tercer Mundo, las políticas imperialistas, marcadas por la Guerra Fría. El líder estudiantil falleció a causa de un daño cerebral, el 24 de diciembre de 1979 en Aarhus, Dinamarca.

Desde su exilio danés, mantuvo frecuente correspondencia con Ernst y Karola Bloch, la influyente pareja de la izquierda alemana. Karola alienta a Dustchke, mirando hacia Chile: “Nosotros ahora podemos esperar- decía Karola Bloch a Rudi, en carta fechada el 28 de octubre de 1970- cosas positivas de Allende. Si logra cambiar a Chile, será una señal para América Latina.” (Schröter, 1988)

“El imperialismo y su crueldad”

Allende gran conocedor de la realidad de nuestros países, lo sabía y aseguraba que “América Latina tiene la oportunidad de estar presente en el momento en que el mundo cruje. Cruje en lo económico. Cruje en lo moral. Cruje en lo político.”

Sin embargo, desde una vereda distinta, personajes contrarios al bienestar de la humanidad y causantes de la muerte de Salvador Allende y Rudi Dutschke, acechaban desde adentro y fuera de nuestro país, sin pudor, ni moral. “El imperialismo y su crueldad- denunciaba Allende en su discurso en Naciones Unidas- tienen un largo y ominoso historial en América Latina y está muy cerca la dramática y heroica experiencia de Cuba”.

¿Cuán honda es la huella del imperialismo?, esta es la interrogante formulada en artículo publicado en “Allende, crónica de una tragedia anunciada” (Faundes, 2014). Se asegura allí que las fuerzas armadas chilenas, no pudieron evadirse de los programas de instrucción militar de los Estados Unidos, establecido en 1952 en el Pacto de Ayuda Militar, PAM.

Tampoco el resto de los países de América Latina y de eso se regocijaba MacNamara: “Debo recalcar lo que significa para nosotros el tener en posiciones de liderazgos a hombres que tienen el conocimiento de primera mano de la forma en que los norteamericanos piensan y actúan”. Sentencia que sabemos ha marcado el destino de nuestros países.

La historia develaría que no había diferencia entre las Fuerzas Armadas chilenas y las del resto de los países de la Región, a pesar de los comentarios internacionales-según este artículo- de lo que sería su conducta en el futuro, “como garantía del mantenimiento de las estructuras actuales”…o “la aceptación de un paso al socialismo por la vía electoral”. Ni lo uno, ni lo otro, nos mostró la historia.

El proceso desestabilizador que precedió al golpe de Estado contra el gobierno de la Unidad Popular, tuvo su origen más allá de nuestras fronteras y fraguado en el Pentágono. Esa es la sombra que se ha extendido sobre nuestros pueblos. El Presidente Allende tenía plena conciencia de aquello, y aun así, en un atisbo de esperanza, en su discurso de mayo de 1971 en el Congreso, intentaba rescatar lo que él llamaba “la firmeza democrática de las Fuerzas Armadas y de Carabineros” aquellas que suponía “velarán porque Chile avance con seguridad por el camino de la liberación”

 

 

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