Allende, con el fusil AK-47 que le había obsequiado Fidel Castro, el GAP y colaboradores, resistieron con las armas en la mano y una alta conciencia democrática.

Patricia Ryan. Periodista. 11/09/2020. Irremediablemente, el martes 11 de septiembre de 1973 está marcado por la consecuencia y la traición.

El Presidente Salvador Allende, junto a sus colaboradores más cercanos y leales, fue protagonista de un episodio épico defendiendo la investidura de Presidente de la República y la voluntad popular, siendo coherente con su compromiso de que sólo muerto lo sacarían de La Moneda antes de concluir su mandato constitucional. En contrapunto, gran parte del alto mando de las Fuerzas Armadas y Carabineros pisoteó el mandato de la Constitución, traicionó su función institucional, derrocó a un gobierno legítimo y arremetió con saña y furia criminal en contra de un amplio sector de la población.

Aquella mañana, muy temprano, el Presidente Allende sabía, al menos, de las maniobras en la Armada con fines golpistas, en las que participaron mandos y navíos de Estados Unidos que estaban en la Operación Unitas en mar chileno. Se conoce que había decidido, dada la crisis política reinante en el país, llamar a un plebiscito para que la ciudadanía decidiera los pasos a seguir. Enterados de aquello, generales rastreros y traidores, como los definió el mandatario, aliados con dirigentes de la derecha y coordinados con funcionarios estadounidenses, decidieron adelantar el golpe de Estado.

El jefe de Estado salió temprano desde su casa en Tomás Moro (que sería bombardeada), acompañado de su valiente y leal escolta (Grupo de Amigos del Presidente, GAP), llegó a La Moneda y allí supo que habían sido destituidos los jefes de la Armada y de Carabineros, y que sus reemplazos, junto a los jefes del Ejército y la Fuerza Aérea, llevaban a cabo la operación de derrocamiento del gobierno.

Salvador Allende se negó sucesivamente a renunciar, rendirse y menos entregarse a los militares golpistas. Hubo contactos telefónicos entre ministros y oficiales, pero sin resultado alguno. El mandatario dispuso la defensa armada de La Moneda. Envió reiterados mensajes al pueblo, entre ellos su histórico discurso de despedida, transmitido por Radio Magallanes. Vivió momentos de tristeza, como el suicidio en una oficina de palacio de su amigo, el periodista Augusto Olivares, y de honda preocupación, como poner a salvo a sus más cercanos, entre ellos a su hija Beatriz “Tati” Allende. Supo ya al mediodía, que la asonada golpista avanzaba y se aseguraba. Su gobierno era derrocado. Las posibilidades de revertir la situación eran dramáticamente negativas, confirmado por la comunicación (también incomunicación) y noticias llegadas desde ministros y dirigentes de partidos políticos de la Unidad Popular y otros.

Se produjo el bestial bombardeo (realizado por pilotos de Hawker Hunter de la Fach). Allende, con el fusil AK-47 que le había obsequiado Fidel Castro, el GAP y colaboradores, resistieron con las armas en la mano y una alta conciencia democrática y política. Luego, tropas dirigidas por el general Javier Palacios penetraron y hubo un enfrentamiento desde los patios y oficinas de La Moneda. En un instante, el Presidente ordenó a todos salir y permaneció él con unos escoltas. En esos minutos, Salvador Allende se suicidó. Jamás sería rehén de unos traidores.

Aquel martes terminó y comenzó una historia. Salvador Allende le otorgó el mérito de la dignidad, de la consecuencia. Fue un combate armado, un combate de la conciencia.

Algunas de las palabras

Salvador Allende aquella mañana de martes.

Tengan la seguridad de que el Presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el gobierno de los trabajadores. Tengan la certeza que haré respetar la voluntad del pueblo que me entregara el mando de la nación hasta el 4 de noviembre de 1976…

Hago presente mi decisión irrevocable de seguir defendiendo a Chile, su prestigio, en su tradición, en sus normas jurídicas, su Constitución. Señalo mi voluntad de resistir con lo que sea, a costa de mi vida, para que quede la lección que coloque ante la ignominia y de la historia a los que tienen la fuerza y no la razón…

Defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado…

El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse…

Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra…roto la doctrina de las Fuerzas Armadas.

Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo.