A la amorosa memoria de las mujeres chilenas, sometidas, humilladas, desaparecidas, todas bellas, todas mágicas como novias amadas.Gonzalo Moya Cuadra

Licenciado en Filosofía

09/09/2020. Quizás tu muerte fue la muerte de mi muerte. Quizás perviva el estro acongojado. Quizás tus cenizas despertaron el verbo desvelado. Quizás la dictadura te condujo a un camino arcano. Quizás ambos supimos ese día de septiembre, impreciso, nublado, que  amaría por última vez la ausencia de tu cuerpo sumergido, ponto nupcial. Quizás vi tu mirada, aterrada, oí tu grito definitivo. Nunca más consolaría tu vientre desolado. Era el torvo tirano que llegaba. Llegaba la muerte a llevar tu cuerpo vigilado. Quizás nos casaríamos el año entrante, compraríamos un departamento, usado. Quizás nos cobijaríamos en la embajada. Quizás tendríamos una hija, exiliada. Una hija no puede ver morir a su madre. Quizás en tiranía el dolor no tiene valor, el amor lo decide un desvariado. Quizás ahora comprendo el sueño vencido, la vida trashumante. Quizás veo tu rostro tumefacto, aterido. Quizás entiendo tu tiempo terminado. Pienso tu esqueleto desnudo, torturado. Quizás algún día los eruditos analicen tus cenizas carcomidas, como polen derramado. Quizás alguna vez un abanico de pétalos marinos levante tu anillo, naufragado. Quizás en un tiempo impreciso encuentre tus lágrimas derramadas, abandonadas. Quizás tu muerte es mi vida, mortalmente solitaria. Quizás tu muerte fue la muerte de mi muerte.

Quizás pensaron que estaba asustado. Quizás el Poeta me dijo: Compañero  ¡tenga cuidado! Ellos matan, salga apresurado. Quizás pensaron que estaba desaparecido, asesinado. Jamás pensaron que aún no he llorado a mi amor secuestrado. Quizás desterrado en soledad la vida he soportado, en este tiempo apresurado. Quizás muera extrañando la tierra luenga, sin jardines, ni tomates, sin damascos, ni plátanos orientales. Quizás alguna vez encuentre sus huesos, angustiados. Quizás su muerte fue la muerte de mi muerte. Quizás decida dormir como el aedo, enclaustrado, leyendo desolado, Alberti o Neruda, sentado, en algún cementerio ausente, ya cansado. Quizás sólo espero el momento esperado para habitar un sepulcro olvidado. Quizás su muerte fue la muerte de mi muerte. Quizás.

A la amorosa memoria de las mujeres chilenas, sometidas, humilladas, desaparecidas, todas bellas, todas mágicas como novias amadas. Al amado recuerdo de las Trece Rosas, mujeres fusiladas en la España desolada, desesperadas, todas bellas, todas mágicas, como mariposas encintas.