A 50 años de la victoria de la Unidad Popular en Chile.

Patricio Palma C. [1]

Miembro de Comité Central del Partido Comunista. Ingeniero Civil, Doctor en Historia

Santiago. 02/09/2020. 1. Atardecer en Berlín

Fue una hermosa tarde de primavera en Berlín, entonces capital de la República Democrática Alemana, en 1984. Nuestro grupo musical “Alerce”, formado por exiliados chilenos y músicos solidarios alemanes, se aprestaba a iniciar su presentación en el acto de cierre de una Conferencia Internacional en la que participaron varios Jefes de Estado y numerosos dignatarios de los países socialistas de Europa Oriental. La célebre Plaza August Bebel estaba colmada. No nos había sido fácil llegar a este punto. Cuando informamos a los productores del acto que terminaríamos nuestra participación entregando una versión latina de la Oda a la Alegría, se fruncieron los ceños…¿La maravillosa obra de Beethoven-Schiller en español, con guitarras y percusión? Será su responsabilidad, nos dijeron preocupados.

Avanzando la interpretación, un hombre se levanta desde uno de los asientos de la primera fila. Saca un encendedor y lo enciende. Era Erich Honecker, entonces Presidente de la RDA. A su lado y hacia atrás muchos hacen el mismo gesto. Y luego, centenares de alemanes cantan la “Ode an die Freude” con nosotros. Fue un momento mágico, que nos transmitió una vez más la fuerza de la enorme solidaridad internacional con la causa chilena.

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Pues no se trataba solo de ese evento en Alemania. En gran parte del mundo se registraron gestos similares durante los años de la dictadura. Los representantes de la Unidad Popular eran recibidos con honores por las más altas autoridades de muchos países. Las Naciones Unidas repudiaron por altísima mayoría, año tras año, las violaciones de los DDHH por la Dictadura civil militar de Pinochet. Era un reflejo de la significación mundial que tuvieron la victoria electoral de la Unidad Popular, sus realizaciones y su cruenta derrota.

Y, ¿por qué esa repercusión, tanto en el mundo socialista de la época como también en buena parte del mundo del capital? Lo cierto es que el triunfo de la UP y sus realizaciones generaron simpatías y optimismo mundiales. La posibilidad de construir un orden social más justo, con una gran participación ciudadana, integrando en su programa los intereses de la mayoría de las clases y capas sociales del país, disminuyendo el riesgo de una confrontación armada, provocaba entusiasmo mundial. De una parte, se abrían nuevas posibilidades al desarrollo de la democracia socialista. De la otra, el mundo progresista en los países capitalistas, incluyendo a buena parte de la socialdemocracia, podía visualizar una perspectiva diferente de la sostenida por los sectores conservadores de sus países, combinando el desarrollo económico alcanzado con la profundización de una democracia que aparecía debilitada frente a los inicios de la embestida neoliberal que marcaría las décadas siguientes. En definitiva, la posibilidad de un cambio en la correlación de fuerzas en el mundo bipolar de la época.

Las medidas adoptadas por el gobierno de Salvador Allende en Chile, eran observadas atentamente por las organizaciones sociales y los círculos políticos y militares en muchos países. Así como también causaban enorme preocupación las iniciativas, públicas y encubiertas, del gobierno estadounidense por derribarlo. Se hacía realidad el surgimiento de una nueva vía de tránsito del capitalismo al socialismo, una vía enormemente atractiva para las masas de cada nación, en la medida que se planteaba un proceso de dura lucha social y política, pero que procuraba evitar los dolores de una confrontación armada general entre las fuerzas en pugna. Y aún en los países de menor desarrollo económico relativo, incluyendo los de América Latina, de África y por supuesto de Asia, el posible camino “con empanadas y vino tinto” era visualizado como la propuesta de adecuar la construcción socialista a las características de cada país, derribando el mito de un “modelo único”, eje de la propaganda anticomunista impulsada por los gobiernos más reaccionarios del planeta, enfrascados en la “guerra fría” contra la Unión Soviética y sus aliados

La viabilidad de la experiencia se fundaba en la breve historia del Chile republicano y encontraba sus raíces inmediatas en la derrota de la oligarquía y la instauración de una democracia liberal (el también llamado Estado de Compromiso) en los años 20 del siglo pasado[2]. En ese proceso, junto al ya experimentado movimiento obrero y a las emergentes capas medias, participó activamente un sector mayoritario del Ejército, que apoyó un cambio constitucional de gran importancia, la llamada Constitución de 1925. En los tumultuosos años posteriores,  que incluyeron las luchas contra la dictadura de Ibáñez, el movimiento  obrero y popular chileno anotó en su registro grandes  realizaciones, como las del gobierno del Frente Popular (una de las 3 experiencias de este tipo instaladas en el mundo), que abrió camino a la educación y la salud públicas y a la industrialización del país, con la consiguiente ampliación numérica de la clase obrera. A comienzos de los años 30 se produce la breve experiencia de conformación de una “República Socialista” que solo tuvo una duración de 12 días. De esa experiencia resultaría más tarde un Decreto Ley que adquiriría una enorme importancia 40 años después: el DFL 520, que nunca fue derogado, y que confirió al Gobierno Popular enormes atribuciones en el manejo económico, incluyendo el control de precios y abastecimientos esenciales, facultando aún la intervención de las empresas que incumplieran las condiciones establecidas[3]. En el plano político, los partidos obreros y populares, marxistas o pequeño burgueses, asumían una sostenida presencia, más allá de períodos de ilegalidad o de conflictos internos que afectaban la posibilidad de alianzas. A finales del gobierno reformista de Eduardo Frei, luego de una intentona golpista de derecha, el llamado “Tancazo”, quedó además de manifiesto la existencia de una importante corriente “constitucionalista” en las FFAA chilenas, que jugaría un papel clave en los años siguientes

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Desde la Plaza August Bebel en Berlín, mi mente me llevó a la Alameda de Santiago de Chile en el anochecer del 4 de septiembre de 1970. El candidato ganador de las elecciones de ese día habló al pueblo desde los balcones de la Federación de Estudiantes de Chile. En un marco de entusiasmo, Allende reseñó la magnitud de la tarea que teníamos por delante y luego pidió a todos que descansaran para estar en condiciones, desde el día siguiente, de enfrentar los inmensos desafíos de futuro. Fue una extraordinaria jornada. Aún emocionado enfilé a mi casa y crucé por alguno de los barrios acomodados de la capital.

Las calles vacías. Los edificios y las viviendas oscuras. La derecha masticando su derrota, con estupefacción, temor o ira. Pero, a la vez, preparando su desquite.

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En los días siguientes, connotados personeros de la burguesía chilena viajaron a los Estados Unidos. Uno de ellos, Agustín Edwards, jugó un papel particularmente importante, articulando con Henry Kissinger las bases de un plan para impedir que Allende asumiera la presidencia. El llamado Track I finalizó con el asesinato del entonces Comandante en Jefe del Ejército de Chile a manos de un destacamento de complotados. No pudieron, sin embargo, impedir que Allende asumiera el cargo. El nuevo Comandante en Jefe, General Carlos Prats, reafirmó la doctrina constitucionalista de su antecesor y el Golpe de Estado fracasó, en ese momento. Se pasaría a una nueva fase del plan imperialista, anunciada por el propio Presidente de los Estados Unidos. La frase de Nixon, que entonces declara que “haremos aullar la economía chilena”, se conoció años después en el mundo entero [4].

  1. El programa de la Vía “chilena” al Socialismo

La victoria de la Revolución Cubana marcó profundamente América Latina de los años ‘60 y ‘70. En todo el continente germinó la semilla del cambio necesario para superar el drama de la miseria que afrontaban millones. Se desarrollaron movimientos políticos y militares progresistas y aún revolucionarios, en los que, en varios países, llegaron a participar incluso sectores de uniformados. Los sucesos de la República Dominicana en 1965 impactaron en el gobierno norteamericano, en la medida que mostraron un comportamiento militar inesperado, de contenido y formas muy avanzadas. En otros países surgieron gobiernos populistas encabezados por militares. Perú, Bolivia y sobre todo Panamá son claros ejemplos de adopción de políticas favorables a las clases dominadas. En el caso de Panamá, el General Torrijos firmó con el gobierno de Carter el tratado que comprometió la devolución del Canal a los panameños, una medida de enorme alcance geopolítico.

En ese contexto, la administración de Kennedy había intentado perfilar un programa reformista, la llamada “Alianza para el Progreso” que en Chile encontró su portador en el gobierno democratacristiano de Eduardo Frei. Este había llegado a la Presidencia con el total apoyo de la derecha, que no tuvo otra posibilidad que respaldarlo para evitar una victoria de Allende en 1964.

Al menos dos grandes problemas debían ser abordados por Frei, so pena de perder el importante soporte popular que logró la DC: a) un tratamiento diferente de las inversiones extranjeras en el Cobre, que impedían que el país pudiese sacar partido de sus exportaciones y b) una acción de reforma de la tenencia de tierras agrícolas, monopolizada por la oligarquía, que empleaba métodos feudales de dominación, con una bajísima productividad de los recursos. Ambos problemas habían sido objeto de una gran actividad de los partidos de la izquierda, que durante años trabajó sus consignas y reivindicaciones con los trabajadores mineros y del campo. Con la asistencia de la Alianza y una importante participación de la Iglesia Católica, Frei emprendió un proceso de Reforma Agraria y anunció una “chilenización” de las empresas cupríferas. En efecto, aunque con la timidez propia de ese reformismo, inició un proceso de creación de cooperativas agrícolas en tierras compradas a los terratenientes y envió un proyecto de ley que definía una participación del Estado con un 50% de la propiedad en las empresas mineras, principalmente  estadounidenses. Ambas iniciativas no estuvieron exentas de agudas situaciones de violencia, por la resistencia de sectores de terratenientes y de las empresas mineras norteamericanas.

Producida la victoria de la Unidad Popular, el nuevo conglomerado de gobierno anunció un programa de “40 medidas”, orientado a que la población pudiese aliviar sus problemas más agobiantes, partiendo por la desnutrición que golpeaba sobre todo a los niños [5]. Recordemos que el ingreso per cápita de ese tiempo en Chile, a precios en US$ 2011, no superaba los US$ 2.500.-  En adición, la migración desde el campo a las ciudades había planteado problemas de vivienda de gran complejidad. Durante los años 50 y 60, había surgido un importante y combativo movimiento de pobladores que dio paso a las llamadas “tomas de terreno”, en las que se levantaban  las viviendas populares. De allí que el Gobierno de la UP desarrollaría un programa muy efectivo de vivienda social de calidad, alcanzando a construir 100.000 viviendas en su período.

Pero el nuevo gobierno de la UP debía resolver sobre todo un conjunto de contradicciones económicas principales que enfrentaban los intereses de las clases y capas sociales mayoritarias chilenas. Para ello, decidió centrarse en tres cuestiones fundamentales:

  • Llevar a efecto una Reforma Agraria “rápida, drástica y masiva”, en las notables palabras de Jacques Chonchol, Director de la Reforma Agraria del Gobierno Popular, que iba a generar las bases de una cooperativización muy avanzada, creando además la posibilidad de mejorar sensiblemente los niveles de autoabastecimiento de bienes agrícolas, que entonces forzaban un nivel muy alto de importaciones si se quería mejorar la alimentación de la mayoría de los chilenos;
  • Avanzar a la nacionalización de la industria del cobre, por la vía de la expropiación regulada de la propiedad extranjera, principalmente norteamericana. La “Doctrina Allende” estableció las condiciones de indemnización a los propietarios, fijando un máximo de rentabilidad a la obtenida por la explotación. Por cierto, el capital norteamericano apeló ante diversos tribunales internacionales, lo que significó en los meses siguientes frecuentes embargos de productos chilenos vendidos o comprados en mercados internacionales.
  • Generar un Área de Propiedad Social, la llamada APS, conformada principalmente por las empresas manufactureras y financieras dominantes en la economía que tenían un carácter monopólico u oligopólico. Estudios previos desarrollados por destacados economistas habían concluido en que era necesario intervenir al menos 91 grandes empresas, con el fin de contar con un sector industrial, financiero y comercial que pudiese comandar una consolidación productiva que diera valor a las exportaciones y desarrollara capacidades de creación de productos utilizando los recursos diversos del país. De esta manera, el programa visualizaba la existencia de tres formas de propiedad, cada una cumpliendo un papel en el desarrollo esperado de la economía chilena: a) un Área Estatal de empresas, incluyendo algunas experiencias agrícolas, que conformaría el Área de Propiedad Social (APS); b)      un sector de Empresas Privadas de distintos tamaños; y c) un sector de  Cooperativas, en primer lugar las agrícolas pero también de tipo manufacturero o de servicios.

De lo anterior resultaba una conclusión de extraordinaria importancia, mirada desde el punto de vista actual: la economía socialista chilena continuaría utilizando el mercado, por cierto con las correcciones dadas por la existencia del APS y el uso de otros instrumentos de política  económica.

Estas reformas económicas debían generar la base material para lograr la aprobación de una Nueva Constitución, muy avanzada, que garantizara derechos ciudadanos y que diera cuenta del nuevo momento que vivía el país [6]. La economía aparecía preparada para ese momento. Era posible acelerar la Reforma Agraria, con la cual, en principio, la DC estaba de acuerdo; el proyecto de Nacionalización del Cobre cursó, sorprendentemente, por la unanimidad de los parlamentarios, incluidos los de derecha; la creación del APS, sustentada en negociaciones directas con propietarios y la aplicación de las facultades del mencionado DFL 520, permitió continuar una diversificación industrial orientada a un mercado al menos latinoamericano y era una política de gran aceptación por organismos de asesoría internacional como la CEPAL. Contaba, por cierto, con la simpatía de la mayor parte de los trabajadores del país.

Se daban así las condiciones para afirmar que se estaba en presencia de un proceso revolucionario. Un programa revolucionario que apuntaba a resolver las contradicciones principales que afectaban a la inmensa mayoría del país; un Gobierno sustentado en Partidos Políticos avanzados, algunos de larga data como el  Partido Comunista de Chile, fundado en 1912, que declaraban explícitamente y habían actuado, en los hechos, pretendiendo que su objetivo era el Socialismo; un conjunto de organizaciones sociales, la más significativa la Central Única de Trabajadores, de gran tradición de lucha, que declaraban su adhesión a la política  del Gobierno Popular, aún sin ser parte de éste; y un Presidente que era un líder de amplia y comprometida trayectoria, muy respetado por su pueblo, que había dado pruebas de una inalterable conducta pública revolucionaria. Mencionemos solo un ejemplo de la extraordinaria visión política de Allende: En 1944, llamando a la necesaria unidad de la izquierda, planteó, con décadas de anticipación, que “la izquierda debe unirse en torno a un Programa… que agitaremos desde la calle y desde el Parlamento  [7].

Un proceso revolucionario y de clara perspectiva socialista. En la asertiva visión de Jorge Larraín [8], no se trataba de una experiencia populista, como otras en América Latina. El proyecto popular de Allende se proponía instaurar el socialismo en Chile cursando por una vía institucional [9].

En palabras del propio Presidente: “En términos más directos, nuestra tarea es definir y poner en práctica como la vía chilena al socialismo, un modelo nuevo de Estado, de economía y de sociedad, centrado en el hombre, sus necesidades y sus aspiraciones. Para eso es preciso el coraje de los que osaron repensar el mundo como un proyecto al servicio del hombre. No existen experiencias anteriores que podamos usar como modelo, tenemos que desarrollar la teoría y la práctica de nuevas formas de organización social, política y económica, tanto para la ruptura con el subdesarrollo como para la creación socialista”[10].

Ironías de la historia. Contradictoriamente, la realización exitosa de las tres tareas económicas principales del programa de la UP sería clave posteriormente en el éxito de la implantación del modelo neoliberal por la dictadura cívil militar de Pinochet.

En efecto, la intensa Reforma Agraria allanó el camino para el surgimiento de una burguesía agroindustrial exportadora, que buscó convertir a Chile en una potencia agrícola. Sobre la base del despojo de las cooperativas creadas durante la UP, se articularon empresas que aplicando modernas tecnologías y utilizando la posición de Chile en el hemisferio Sur, lograron provocar un cambio significativo del modo de producción agrícola del país. La actual “potencia exportadora chilena” habría sido imposible sin el éxito de la Reforma Agraria. Y así, la condición exportadora se manifiesta en una cadena de exportaciones de recursos naturales del agro y del mar.

El cobre nacionalizado fue el motor de la economía chilena durante la dictadura. Aprovechando mejores precios, el Gobierno obtuvo cuantiosos excedentes, que permitieron a los adalides del modelo proclamar las virtudes de las “ventajas comparativas”.  Como resultado, el capital extranjero llegó en abundancia y se hizo dominante en la minería chilena en los años 90. Las exportaciones del mineral hicieron y hacen actualmente posible una corriente de divisas que posibilita, vía importaciones de productos de consumo, que haya comenzado a desarrollarse una potente burguesía comercial y financiera. El resultado actual es un brutal endeudamiento de la familia chilena.

La privatización a precio vil de las empresas manufactureras del Estado, por su  parte, liquidó el posible desarrollo industrial chileno. La mayoría de las grandes empresas proveedoras de servicios esenciales pasaron a propiedad de capitales extranjeros. El excedente obtenido de estos “monopolios naturales” beneficia en general a ese capital foráneo. Y en esa perspectiva, Chile perdió la interesante oportunidad de desarrollo industrial que provenía de la sustitución de importaciones llevada a cabo en los años 50 y 60. En efecto, el país no aprovecha ni siquiera las oportunidades más simples de valorización que derivan de sus recursos primarios. Y es así como Chile hoy incluso importa alambre de cobre para sus tendidos eléctricos o muebles de madera producidos por terceros países que adquieren sus exportaciones madereras. Un dramático contraste con las potencias industriales de Asía que, sin disponer de materias primas lograron, con la participación del Estado, transformarse en grandes exportadores de manufacturas con alto contenido tecnológico [11].

  1. Enfrentamiento de Revolución y Contrarrevolución.

El año 1971 estuvo signado por la exitosa aplicación de las  “40 medidas”,  el avance de la Reforma Agraria y la nacionalización del cobre y parte de la Banca. Creció significativamente el PIB (8,3%) y se redujo significativamente el desempleo a menos de un 4%. Se avanzó igualmente hacia una importante redistribución del ingreso. Hacia fines de ese año, sin embargo, comenzó a delinearse nítidamente la estrategia opositora, que se enmarcaba en el camino trazado por Nixon: la desestabilización de la economía como clima en el que podría comprometerse el apoyo al Gobierno.

Previamente, el 8 de junio de 1971, se produjo un hecho que tendría dramáticas consecuencias políticas: un grupo extremista denominado Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP) asesina al ex Ministro de Eduardo Frei y figura dirigente del partido Demócrata Cristiano Edmundo Pérez Zujovic. La investigación realizada por la policía apuntó a una provocación instigada por terceros. Sin embargo, pese a la rápida y enérgica respuesta del Gobierno, la potente campaña que culpó a la izquierda de esta acción logró el objetivo perseguido por quienes buscaban apartar a la DC de la línea de apoyo independiente a las medidas adoptadas por Allende. A poco andar la Democracia Cristiana comienza un proceso de discusión interna que culmina en un drástico cambio de su dirección. Asume Patricio Aylwin la presidencia y, pese a la conversación que sostiene con el propio Allende a fines de 1971, el partido acuerda conformar una mayoría opositora con las fuerzas políticas de la derecha chilena. Se constituye así la CODE (Confederación Democrática), que sería el actor político del golpe de 1973.

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Esta oscilación táctica del partido reformista ha sido una tónica de su conducta política hasta nuestros días. En momentos de predominancia de sus sectores más avanzados, la DC ha actuado en conjunto con otras fuerzas políticas progresistas. El propio Allende fue electo en Congreso Pleno contando con los votos de la DC. En otro momento, un grupo de 13 destacados dirigentes se opuso públicamente al golpe de Estado de 1973. Sin embargo, cuando predominan en su conducción los sectores más conservadores, la Democracia Cristiana ha presionado por condicionar su participación en alianzas a la reducción de la profundidad de los cambios que requiere la sociedad chilena, como fue en el caso del Gobierno de la Nueva Mayoría, o aún a impedir esos cambios. Hace pocas semanas, una columna publicada en El Mercurio por dos importantes figuras del partido, los ex Ministros Jorge Burgos e Ignacio Walker insiste en que su partido debe jugar el papel de “minoría dirimente” en las grandes confrontaciones de clase que hoy tienen lugar en el país [12].

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La CODE asumió rápidamente la estrategia de desestabilización guiada por los Estados Unidos. Las medidas de boicot económico crearon enorme daño a las finanzas chilenas. Y, en el plano interno, comenzaron manifestaciones de descontento por lo que se llamó el desabastecimiento, que iniciaron las familias de las clases pudientes del país.

A mediados de 1972 las fuerzas opositoras llegan a la conclusión de que estarían dadas las condiciones para derribar a la Unidad Popular. Se proponen realizar un paro general indefinido que culminaría necesariamente en la salida de Allende. Este plan, en parte financiado por recursos estadounidenses, al menos 2 millones de dólares de la época, luego de una cuidadosa y calculada preparación (que consideró acentuar el desabastecimiento por medio de acaparamiento de artículos esenciales, masiva difusión de elementos de la crisis económica en medios de comunicación) se materializa en el llamado “Paro de Octubre”.  Inicialmente, un paro del Transporte Camionero prácticamente paraliza el comercio. Y luego, más y más empresas y asociaciones empresariales se van plegando al paro.

Y entonces, cuando nadie lo esperaba, se produce una gigantesca movilización popular. El gobierno interviene con todos sus recursos, requisa camiones y los pone a circular en manos de la organización “Movimiento Patriótico de Recuperación Gremial” (MOPARE).  Los trabajadores organizadamente se despliegan en el país y asumen el control de la mayor parte de las empresas paralizadas. Miles de voluntarios contribuyen a normalizar el comercio esencial. El país comienza a funcionar nuevamente…y se produce una sorprendente e inesperada victoria popular.

Pero hay todavía más. En ese cuadro, Allende da un verdadero “golpe a la cátedra”: Designa un nuevo Gabinete y en él destaca la presencia de los Comandantes en Jefe de las tres ramas de las FFAA y de Carabineros. El propio Comandante en Jefe del Ejército, General Carlos Prats, el principal exponente de la corriente “constitucionalista” en las FFAA, asume la cartera de Interior y actuaría poco después como Vicepresidente de la República [13]. Un destacado General de la Fuerza Aérea, Alberto Bachelet, queda a cargo de la recién creada Secretaría de la Distribución, que debía jugar un papel clave en la superación de problemas de abastecimiento de productos esenciales.

La conducta de Prats trastorna a una derecha que no logra comprender ni aceptar su fracaso. En una de sus primeras declaraciones, Prats incluso culpó a los huelguistas de haber quebrantado la normalidad pública, señalando que la actitud de los trabajadores fue una obligada reacción a lo que estaba aconteciendo. Y posteriormente, el 5 de diciembre, en calidad de Vicepresidente, asiste a un acto de masas en el Estadio Nacional, en donde reafirma conceptos clave de su doctrina militar constitucionalista: “La misión de las FFAA es la defensa de la soberanía en el ámbito geoeconómico”, aserto que avanza en el reconocimiento de las agresiones que afectaban a la economía chilena atacada por embargos y prohibiciones impuestas por los EEUU.

El 4 de marzo de 1973 se realizaron a nivel nacional elecciones del Parlamento. En la correlación de fuerzas establecida luego de la derrota del intento golpista, las fuerzas de la Unidad Popular obtuvieron una importante victoria: elevaron su votación a un 43,5% del total y todo indicaba que ese respaldo continuaría creciendo. De este modo, quedaba bloqueado uno de los mecanismos legales que hacían entonces posible la destitución del Presidente en ejercicio.  La vía legal quedaba cancelada para la CODE. Todos los esfuerzos del imperialismo y de la reacción interna se orientarían en adelante a la preparación de un golpe militar.

  1. El momento militar de la toma del poder.

¿Cómo se capitalizaba la victoria política en momentos en que se aproximaba una definición que tendría a las FFAA en el centro de la contingencia? ¿Cómo se actuaba para detener la estrategia de la CODE en dirección al Golpe de Estado?

Objetivamente, avanzar hacia el cambio del carácter de Estado luchando contra un enemigo poderoso, tiene el requisito básico de contar con la superioridad militar en los momentos y lugares decisivos. Si el proceso se desarrolla por una vía armada, entonces la superioridad militar se expresará mediante la derrota militar de la fuerza enemiga. Pero en la estrategia de la vía institucional, el objetivo no se consigue necesariamente derrotando militarmente al enemigo. El requisito se expresa acreditando fehacientemente que en los momentos críticos del avance al poder se cuenta con una correlación de fuerzas favorable, capaz de expresarse con medios y métodos militares si fuese necesario.

Así había ocurrido cuando Allende logró asumir la Presidencia. .La victoria sobre los golpistas del Paro de Octubre lo mostró nuevamente. La movilización popular sumada al peso de la corriente constitucionalista en las FFAA inclinó la balanza en favor del Gobierno Popular. En los meses posteriores, como veremos, la superioridad también fue acreditada, incluso con tropas enfrentadas en la calle.

Sin embargo, frente a esta cuestión principal, que en algún momento sería decisiva, en marzo de 1973, luego de la victoria electoral, la UP se divide profundamente. Peor aún, las dos miradas, expresadas en consignas públicas opuestas, que ya se venían expresando con fuerza en la coalición desde el “Cónclave de lo Curro”, en junio de 1972, avanzar sin transar o consolidar para avanzar, no explicitaban como se resolvía el problema del poder que se aproximaba velozmente.

Sobrestimando la victoria y minimizando el papel de las FFAA constitucionalistas en ella, un sector de la coalición de gobierno exige al Presidente prescindir de ellas en los Ministerios, olvidando la condición básica del camino de la UP al poder: una correlación de fuerzas siempre favorable, que le permitiera superar los posibles intentos sediciosos. Como resultado, se produce un importante cambio de Gabinete el 27 de marzo, en que se reemplazan los Oficiales que habían ingresado en noviembre del 72, entre ellos el propio General Prats.

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A mediados de abril de 1973 tuve ocasión de participar en una importante conversación con el General Prats y con el Subsecretario de la cartera de Interior, Daniel Vergara. La razón de mi participación fue el cargo que desempeñaba en el Gobierno. El tema era la situación de las empresas que seguían en condición de toma, después de 5 meses de finalizado el Paro de Octubre. La CODE presionaba a los militares constitucionalistas con el argumento de que se estaba trasgrediendo lo comprometido en el Programa a propósito de la formación del APS. En la reunión se revisó la lista de 91empresas que figuraban en el programa original, así como la situación de otras empresas, que incluía un conjunto significativo de sociedades cuyos propietarios habían tenido activa participación en el Paro. Se entregaron los argumentos en pro y contra de la devolución de las empresas tomadas que circulaban en los medios de comunicación, pero también en círculos políticos y en organizaciones sindicales.

Al finalizar el examen, el General Prats hizo una declaración que para mí sintetizaba la correlación de fuerzas realmente existente en ese momento tan importante del proceso. Dijo el General, aunque no podría reproducir sus palabras textuales: “Yo no soy el General del Ejército Rojo. Pero si puedo decirles que respeto la Constitución y que estoy dispuesto a defender al pueblo que apoya a este Gobierno en todo lo que sea cumplir  las promesas hechas a la ciudadanía”. La conclusión del encuentro era clara. El General reiteraba su compromiso constitucionalista, pero también nos advertía del peligro que representaba sobrepasar el programa en un aspecto tan significativo. Hacerlo tenía el gran riesgo de debilitar la influencia de los sectores constitucionalistas en las FFAA, abriendo camino a una situación impredecible.

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Prats hacía un balance realista de la correlación de fuerzas en un momento en que se ponía en juego el problema del poder. En las condiciones de la vía institucional en Chile, era impensable un enfrentamiento militar con unas FFAA unificadas bajo un mando adverso al Gobierno. Tenía presente, además, que la legitimidad de su conducción militar se fundaba en la consistencia del proceso: hacer todo lo que se había comprometido y que, además, contaba con el gran respaldo ciudadano expresado en las elecciones parlamentarias. En otras palabras, Prats tenía perfecta conciencia, tanto de los esfuerzos que hacía el sector más reaccionario de la derecha presionando a aquellos oficiales superiores que vacilaban en la compleja situación, como de lo que ocurría en el arco de las fuerzas leales al Gobierno.

A pocos meses de esta conversación, Prats dio  una prueba más que convincente de su honestidad y consecuencia como constitucionalista. El 29 de junio del 73 se produce el llamado “Tanquetazo”, una asonada militar encabezada por el Tte. Coronel Roberto Souper a la cabeza del poderoso Regimiento Blindados Nº 2 de la capital. Los tanques cercan La Moneda. Prats, a la cabeza de algunas unidades, entre ellas la Escuela de Infantería y el regimiento de Infantería Nº 1 Buin, enfrenta resuelta y personalmente a los Comandantes de los vehículos blindados y los intima a rendición. No sin alguna resistencia, los tanques se rinden uno a uno. Prats había cumplido estrictamente lo comprometido. Estaba dispuesto a jugarse la vida defendiendo la institucionalidad que sustentaba el avance de la Unidad  Popular. Y la correlación de las fuerzas continuaba siendo favorable al Gobierno.

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El General Prats no ocultó su actitud de simpatía hacia las organizaciones sociales que apoyaban el proceso de cambios. Desde este punto de vista, habría sido necesario que los partidos eje del Gobierno hubieran comprometido sus esfuerzos en fortalecer los lazos con los militares constitucionalistas y estructurar mecanismos de autodefensa de masas que pudieran haber complementado la acción de los militares leales. En esta dirección, esos partidos y también el MIR hicieron algunos esfuerzos, pero de menor magnitud y sin una perspectiva estratégica. Es conocida la existencia de los “grupos chicos” del PC, así como de células con alguna preparación en los otros partidos. Existió un desarrollo interesante de los llamados “cordones industriales” [14]. También focos de autodefensa poblacionales, a nivel de los Comités de Unidad Popular (CUP) y de las Juntas de Abastecimientos y Precios (JAP). Pero nunca llegó a diseñarse un plan operativo de grupos organizados con real influencia en las masas, que pudiera haberse desplegado  en caso necesario. Es duro reconocerlo, pero las premisas para haber actuado en esa situación estaban claramente formuladas por Luis Corvalán en “Nuestra Vía Revolucionaria[15] y fueron ignoradas.

En ese contexto, fácil es de comprender la decepción del Presidente Allende cuando la propia UP debilitó la presencia de las FFAA constitucionalistas en el Gobierno. Desde este punto de vista, un nuevo cambio de Gabinete, realizado el 9 de agosto de 1973, aunque también incluyó presencia militar, ya no tuvo la fortaleza del que había terminado sus funciones el 27 de marzo.

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Se había perdido la posibilidad de articular una defensa militar de la Revolución sumando a la fracción leal de las FFAA la capacidad organizada de las masas para actuar en la hora definitoria.

En ese momento la UP debió haber entendido la crítica que con tanta claridad planteó después del golpe Boris Ponomariev representando al partido comunista de la URSS: “la revolución debe saber defenderse“, principio por cierto válido también en vía institucional [16]. Sin embargo, la UP no logró un acuerdo en sus filas. Y claramente ello se reflejó en tensiones en la cúpula militar, afectando a los militares leales a la Constitución

El 21 de agosto del 73 el General Prats, que ejercía a solicitud de Allende como Ministro de Defensa, es hostigado en la puerta de su casa por numerosas personas, entre ellas las esposas de importantes Oficiales Generales del Ejército. El intento de obtener el respaldo escrito del Alto Mando fracasa y Prats queda en una compleja minoría, que lo lleva a presentar su renuncia ante el Presidente [17]. Con él se retiran también otros altos oficiales de la corriente constitucionalista, entre ellos los Generales Sepúlveda y Pickering, que ejercían importantes mandos de tropa.

¡La suerte estaba echada! Comprendiendo la situación, el Presidente intenta un acuerdo con la Democracia Cristiana y pide, a través del Cardenal Silva H., jefe de la influyente Iglesia Católica, una conversación a Patricio Aylwin. Pero a esas alturas la DC esperaba que el golpe despejase su camino al poder en un corto plazo. Era una rotunda equivocación, que la condujo a rechazar toda posibilidad de detener la crisis.

Así, la hora decisiva encuentra a la UP incapacitada para defender lo conquistado hasta entonces. El Momento Militar de la toma del poder reveló que la correlación de fuerzas era claramente adversa.

El golpe era ya inevitable. El último recurso de Allende, la convocatoria pública a un Plebiscito sobre la continuidad de su Gobierno Popular, precipita el adelantamiento de la conjura a la madrugada del martes 11 de septiembre. A pesar de ello, numerosos oficiales leales informaron de esta situación a personeros de los partidos de la UP[18], mostrando con ello que aún existían militares comprometidos con la Constitución y la Democracia.

El 11 de septiembre de 1973, desde su puesto de combate en La Moneda, Allende pronuncia sus últimas palabras, dirigidas al pueblo de Chile y al mundo. Sin amargura y con enorme convicción resume los objetivos humanistas que habían inspirado el proceso. El eco de su voz se escuchó en todos los continentes y el Compañero Presidente pasó a nuestra historia y a la de los logros de la humanidad. Su presencia inspira hoy la acción de quienes intentan continuar su camino.

  1. Años de combate

Consumado el golpe, se abrió un período de 17 años de dictadura civil-militar, durante el cual se  implementó en Chile el modelo neoliberal de organización de la sociedad. Para los promotores de la nueva variante del capitalismo, se trató de una experiencia casi de laboratorio, posibilitada por una dictadura que arrasó a sangre y fuego los derechos ciudadanos.  Al poder de las armas se sumó una nueva doctrina económica, heredera de la tradición de Mont Pelerin, pero refinada en la prestigiosa Universidad de Chicago. Para algunos autores, el convenio entre esa Universidad y la Católica de Chile, suscrito ya en 1956, es un importante antecedente para comprender la rápida entrega de la conducción económica a los “Chicago Boys” por la cúpula militar [19]

Sin embargo, la profundidad del proceso revolucionario vivido en los años anteriores al golpe no facilitó la tarea a los representantes del capital financiero. Lo cual explica la impresionante resistencia del pueblo organizado y la crueldad infinita de los aparatos de la dictadura.

¿Cómo no rendir un homenaje a los luchadores de los primeros años, que mantuvieron con su sacrificio las esperanzas de recuperación de la democracia? ¿Cómo no recordar hoy con emoción la entrega de las vidas de muchos de ellos cumpliendo las tareas de la resistencia? Tal vez solo  recordando con y para ellos las palabras del revolucionario insigne: “¡En una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera!”

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Cuando recordamos hechos tan dolorosos como la eliminación de miles de luchadores sociales, el despojo de los derechos ciudadanos por una minoría constituida en poder, o la apropiación de los recursos de un país por los favorecidos por esa minoría, es importante subrayar el papel jugado por el imperialismo estadounidense en la instalación y soporte de las dictaduras que defienden sus intereses. Constituido en gendarme del planeta, los EEUU intervienen en la economía mundial forzando sanciones o castigos que afectan duramente a los pueblos que han buscado caminos de progreso diferentes de los que ellos dictan. Bloqueos y embargos golpean desde hace décadas a Cuba e Irán. Cuando lo consideran posible o necesario, no trepidan en intervenir militarmente, sea directa o indirectamente, como lo hacen en Venezuela, Siria o Libia. Los llamados “golpes blandos” afectaron recientemente a varias repúblicas latinoamericanas. Desde este punto de vista, Brasil y especialmente Chile, fueron casos emblemáticos que mostraron como el imperialismo puede impedir a los pueblos la libre determinación de sus destinos. Cuánta  razón da nuestra historia reciente al resuelto y determinado antimperialismo que impregnó permanentemente la conducta de Salvador Allende [20].

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A inicios de 1977, luego de sucesivas caídas de las direcciones nacionales de los partidos que encabezaban los esfuerzos de resistencia en el país, principalmente el PC, parte del PS y el MIR, los activos de esos partidos, en Chile y en el extranjero, comenzaron la búsqueda y el diseño de una nueva estrategia de combate a la dictadura. Era claro que el solo llamado a la más amplia unidad política opositora no era suficiente para afectar las sólidas bases del régimen. La autocrítica realizada por importantes estructuras de los partidos, así como la solidaridad permanente con la causa del pueblo de Chile ofrecida por muchos países, en especial los del campo socialista, se habían traducido ya en visualizar la necesidad de contar con elementos de fuerza material para enfrentar la represión. Y en algunos casos se había avanzado incluso en la preparación de contingentes capacitados profesionalmente para abordar escenarios que requerían el uso de medios y métodos militares.

En estas condiciones se realizó, a mediados de 1977, un  Pleno de CC de PC, el cual hizo un crudo análisis de los éxitos y fracasos de la UP y de las nuevas tareas que exigía la lucha popular contra el régimen. Durante los años siguientes se avanzó decididamente en las definiciones estratégicas así como en las nuevas formulaciones tácticas que exigía el momento. El  3 de septiembre de 1980, en una importante intervención de Luis Corvalán en la Sala de las Columnas, sede de los sindicatos soviéticos, el PC reivindica “el derecho a la rebelión contra la tiranía”. En su discurso Corvalán señala que “Se cierran los caminos para la evolución gradual con que algunos han soñado…El derecho del pueblo a la rebelión pasa a ser cada vez más indiscutible.» Y más adelante sostiene que “Es el fascismo el que crea una situación frente a la cual el pueblo no tendrá otro camino que recurrir a todos los medios a su alcance, a todas las formas de combate que lo ayuden, incluso a la violencia aguda, para defender su derecho al pan, a la libertad y a la vida» [21].

En consistencia con esta formulación, el PC potencia su estructura de autodefensa y crea el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que tendría una destacada actuación en los años siguientes[22]. A la vez, en Chile se reinicia un proceso de amplias y significativas movilizaciones sociales, que se traduce en los Paros Nacionales convocados por organizaciones sindicales, estudiantiles y por la activa resistencia territorial, principalmente en las comunas populares del país [23] La discusión política de la izquierda chilena de esos años llegó a hablar de una “situación pre-revolucionaria”

Considerando la nueva situación y a la vista de los acontecimientos en América Latina, que se expresaban entre otros en la victoria de la Revolución en Nicaragua y la lucha armada en varios países, el gobierno de los EEUU cambia su postura de respaldo a Pinochet y opta por la búsqueda de una salida negociada a la dictadura, basada en el soporte que podrían brindar a esa opción la DC y otros partidos de corte socialdemócrata que actuaban en la oposición. Así, al momento de presentar sus credenciales ante Pinochet, el 12 de julio de 1985, el nuevo Embajador, Harry Barnes, le dejó entrever que había insatisfacción con su régimen. “Los males de la democracia sólo pueden ser curados con más democracia”, le dijo. Más aún, en julio de 1986, Barnes y su esposa asisten a la ceremonia funeraria de Rodrigo Rojas Denegri, asesinado por fuerzas represivas de la Dictadura. Significativamente, años después, el diario El Mercurio opina que “El cambio de posición fue influido por el temor en EE.UU. a un posible fortalecimiento de los comunistas en Chile, en el marco de la situación de tensión social” [24].

Se produce así un enorme cambio en el escenario nacional. Cambio que culmina en 1989, no con la simple derrota de la dictadura mediante “un lápiz y papel”, como han pretendido algunos, sino con una salida pactada, condicionada por las múltiples manifestaciones de rebeldía popular. Salida que significaba por cierto recoger parte de las ansias de democracia y libertad claramente expresadas por el pueblo en sus luchas, aunque no la solución de muchos de sus problemas esenciales.

Como resultado de este complejo  proceso, en cierto modo inédito, parte de las fuerzas políticas de  oposición a la dictadura, agrupadas en la “Concertación de Partidos por la Democracia”, ganan las elecciones presidenciales e inician la compleja gestión de una “democracia tutelada”, que si bien mejoró significativamente las condiciones de vida de las mayorías, mantuvo prácticamente incólumes las bases económicas del régimen neoliberal hasta el presente. Y se produce otra ironía de la historia: Patricio Aylwin, a nombre de la DC, se hace de la Presidencia 17 años después de lo esperado en 1973.

  1. No son 30 pesos, sino 30 años …

A casi 50 años del triunfo de la Unidad Popular, la alegría aún no llega a todos los chilenos. El Programa comprometido al pueblo en 1989 se transformó, una vez más, en el Programa de las promesas abandonadas, como señaló con tanta lucidez el economista Hugo Fazio [25].

Producto de años favorables y, por cierto, haciendo uso del gigantesco cambio de la calidad de las fuerzas productivas (revolución científico técnica, que pone a la ciencia y a los científicos como fuerza directamente productiva; revolución en comunicaciones que permite conectar todo el planeta, facilitando la globalización, etc.), fluyó al país la inversión en grandes magnitudes. Chile se transformó en los años 90 en el primer proveedor de cobre mundial. Grandes empresas multinacionales toman el control de los ricos recursos naturales, disponiendo de mano de obra experimentada y más barata que en sus países para explotar el mineral. Y, como en toda economía extractivista, se desarrollan favorablemente nuevos monopolios financiero comerciales que vía importaciones aportan novedosos bienes de consumo, que se presentan como la expresión concreta de la mejoría de la calidad de vida.  En paralelo, se mantienen los brutales retrocesos de la dictadura en la provisión estatal de bienes esenciales, mediante las privatizaciones de la  salud, la educación y la seguridad social. Como resultado de la prédica incesante de la nueva doctrina neoliberal, que además pudo utilizar en su favor el derrumbe del socialismo en Europa del Este y que atribuía sus éxitos al abandono del estatismo, el fomento del individualismo y del emprendimiento personal penetró significativamente en importantes sectores de la población.

Es verdad que los ingresos se elevaron. La pobreza, especialmente la extrema, se redujo de manera ostensible [26]. Pero nuestra sociedad periférica no puede escapar al destino del extractivismo. Al tiempo de que se elevaron el PIB global y el per cápita, crecieron la desigualdad, el abuso y aún la corrupción. Al igual que en el mundo desigual del capital, tan bien descrito por Piketti en sus obras sobre el crecimiento diferenciado de la riqueza en los sectores asalariados y en los dueños del capital [27].

En suma, la Concertación administró un modelo construido en dictadura, con mínimos reparos [28]. Para comprobar este aserto, nada más claro que las declaraciones que entregó a los medios A. Foxley, un importante economista democratacristiano, Ministro de Hacienda durante el gobierno de Aylwin: «Pinochet realizó una transformación…, la más importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización…Esa es una contribución…que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento, hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile, que ha terminado siendo aceptado prácticamente por todos los sectores. Además, terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos, para bien, no para mal” [29]

El cambio de modo de vida que perfila Foxley da cuenta de los mayores esfuerzos realizados por la dictadura y continuados por la Concertación. Un modo de vida en el que lo individual se opone a los principios solidarios que marcaron durante muchos años las relaciones sociales entre integrantes de las clases y capas populares. Al correr de los años, estos cambios promovieron una profunda crisis institucional al nivel de las instancias que hacían a la representatividad de la democracia. Una de sus manifestaciones más características es el rechazo subjetivo de “la política”, expresado, entre otros, en el desprestigio de las instituciones del Estado y al mismo tiempo, en la desconfianza en los partidos políticos. Se produce por cierto una tendencia a la baja de la participación electoral.

En ese cuadro, habían transcurrido dos generaciones desde la victoria de la Unidad Popular. Hasta que, una vez más, la célebre expresión de los filósofos marxistas cobró validez: “la necesidad se abre paso a través de lo casual”. El alza de precios del sistema de transporte metropolitano, un alza ya habitual, dada por el incremento del índice de precios, de solo $30, menos de un 5%, provoca el inicio de la ola de protestas que culminó en un verdadero estallido social. Nuevamente los estudiantes, el sector que había protagonizado movilizaciones de gran magnitud el 2006 y el 2011, catalizan la molestia de gran parte de los trabajadores y sectores medios, de la capital y del país entero, a través de un llamado a evadir el pago de las tarifas. Y así surge una nueva consigna, pronto seguida por muchos miles de ciudadanas y ciudadanos, pues da cuenta de la realidad de vida de la mayoría: “no son 30 pesos, son 30 años”. A los pocos días se suman millones, que invaden calles y plazas en todo el país, protestando contra la desigualdad, el abuso y la corrupción. En verdad, el 18 de octubre se inicia una rebelión ciudadana que exige al régimen hacer cambios de fondo[30].

En los marcos de enormes manifestaciones, en todo el país, aparece una nueva consigna, que da cuenta del objetivo compartido por los millones que se movilizan en esos días: “Hasta que la Dignidad se haga costumbre“. Y esta consigna se plasma en una exigencia ciudadana, una Nueva Constitución, que consagre una Democracia de Derechos y Participativa. A 50 años de la construcción del Programa de la Unidad Popular, la ciudadanía movilizada, o mejor aún, la unidad de clases, capas y nuevas categorías sociales, el pueblo constituido en sujeto de los cambios necesarios, sintetiza su voluntad en cumplir la tarea que no alcanzó a realizar la UP, el sueño de Salvador Allende.

Un pueblo que, ciertamente, es muy diferente del que se había forjado en las luchas de las décadas anteriores a la UP. Un pueblo que da cuenta de los cambios objetivos producidos en la estructura de las clases y capas trabajadoras y populares, forzados por el modelo (pensemos solo en la reducción del peso relativo de la clase obrera o en la existencia de un 30 % de trabajadores informales en la economía). Pero que, además, incorpora nuevos contingentes, que provienen de capas medias empobrecidas, de profesionales proletarizados y, sobre todo, de la expresión social de los portadores de las llamadas demandas globales, hoy de extraordinaria significación en el escenario político. Ahí están, entre otras, la urgente reivindicación de todos los derechos de las mujeres y del rechazo a todo tipo de exclusión social, la presencia de los pueblos originarios, las demandas de ecologistas y de migrantes. A todos ellos los unen la necesidad de construir un nuevo modelo de desarrollo y, también, aunque haya aún mucho retardo en reconocerlo, la necesidad de una conducción política.

Forzado por las exigencias de la más grande demostración de la historia de Chile, el gobierno se vio obligado a retroceder e intentar concesiones. Logró incorporar a parte de los partidos de oposición en un acuerdo orientado a establecer condiciones en las que se podría crear una nueva Constitución. Los partidos de derecha no han ocultado, por cierto, sus intenciones de incorporar restricciones de forma y fondo al proceso constituyente.  Pero, como sea, el llamado a la ciudadanía a pronunciarse en las urnas tiene ya una fecha de realización.

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¿Cuál será el desenlace de la nueva situación creada en Chile a partir del 18 de octubre de 2019?

¿Considerando, además, que una Pandemia y sus desastrosos efectos se han adueñado de la vida de la mayor parte de la humanidad? Es difícil anticiparlo. Sin embargo, a veces una imagen dice más que mil palabras.

El año 2011, participando de una gran marcha en Santiago, en la que los estudiantes exigían una reforma que devolviese a la Educación su carácter público, me encontré casualmente con un periodista que había conocido en Berlín durante mi exilio. Me pidió una entrevista, que por cierto concedí. Patricio, me preguntó, ¿cómo es posible que los miles de estudiantes que he visto hoy, que no habían nacido cuando Allende entregó su vida en La Moneda, marchen con carteles, pancartas y consignas que reproducen su nombre? Mi respuesta no demoró mucho. Paul, le dije, mi país vivió durante la UP una epopeya solo comparable a la su Independencia. Allende fue el gran conductor de esa creación popular, su héroe inclaudicable, en la vida y en la muerte. Su nombre está en la memoria de mi pueblo y, hoy como ayer, lo conduce en su camino a abrir las Grandes Alamedas.

[1] Miembro de CC del PC de Chile, Ingeniero Civil, U de Chile, Dr. En Historia, U de Leipzig, Alemania

[2] Verónica Valdivia, Subversión, coerción y consenso. LOM, 2017

[3] El DFL 520 era la base de la operación del “Comisariato de Subsistencias y Precios”, creado durante los tumultuosos días de la “República Socialista” y del golpe de Dávila, en 1932.  El abogado Eduardo Novoa (quién fuera asesor de Allende, Pte. del Consejo de Estado y figura clave en el texto de la ley de nacionalización del cobre) fue uno de los expertos que examinó en detalle la posibilidad de aplicación de ese decreto.

[4] Informe de la comisión Church del Senado Norteamericano, 1975. Todos los antecedentes sobre los planes desarrollados por el Gobierno norteamericano para derribar el gobierno de Allende. Sobe esto: Peter Kornbluh, Los EEUU y el derrocamiento de Allende: una historia desclasificada del año 2003.

[5] La más conocida de estas medidas fue la entrega gratuita de ½ litro de leche diario a cada niño chileno. Sin embargo, las propuestas eran de enorme alcance en salud pública, educación y seguridad social. En adición, compromisos que aún hoy son reclamados por los chilenos, como la disminución de las dietas parlamentarias y otras.

[6] Joan Garcés relata la importante discusión al interior del Gobierno acerca de cuál era el momento propicio de llamar a votar una Nueva Constitución. Joan Garcés, Allende y la experiencia chilena: las armas de la política, Ariel, 1976

[7] Citado por Mario Amoros en “Allende, la Biografía”, pág. 105. Ed. B SA, Barcelona, 2017

[8] Jorge Larraín, Populismo, LOM Ediciones, 2018

[9] Luis Corvalán, Camino de Victoria, Horizonte Ltda., 1971. Leer allí “Nuestra Vía Revolucionaria”, folletos publicados en El Siglo en los años 60.

[10] Salvador Allende, Primer Mensaje al Congreso Pleno, mayo de 1971:

[11] Ver declaraciones del prestigioso economista coreano Ha Joong Chan, en visita a Chile en agosto del año pasado. Entre otras, lo siguiente: “Si un país como Chile quiere alcanzar los estándares de ingresos de países desarrollados, el Estado tiene que tener un rol importante”

[12] J. Burgos e I. Walker, La DC después de la pandemia, El Mercurio, 6 de mayo de 2020, pág. 2

[13] La consideración del papel político de los militares no había sido ajena a las preocupaciones de Allende. En la campaña de 1964, hubo un acto público denominado la “familia militar con Allende”. Uno de los oficiales más destacados presentes fue el General de la Fuerza Aérea Arturo Merino Benítez, que hizo uso de la palabra. Mencionado  por  Amoros, “Allende, La Biografía” (cit), pág. 197

[14] Franck Gaudichaud,  Chile 1970-1973. Mil días que estremecieron al mundo, Tesis 1977, LOM Ed., 2017

[15] L. Corvalán, Nuestra Vía… (citado), ¿Cómo responder ante una Sedición Reaccionaria?, pág. 82 y ss.

[16] Un planteamiento diferente, pero que conduce al mismo resultado, lo expresa C.Altamirano, “Dialéctica de una derrota”, Ed. Siglo XXI, 1977. Sin embargo, para Altamirano, (capítulo segundo), la “vía institucional” no consideraba la posibilidad de establecer una correlación de fuerzas militar superior a la de la contrarevolución.

[17] Textos de renuncia y respuesta de Allende en Publimetro, Ed. Alejandro Osorio, Viernes 23 de agosto de 2019

[18] En 1985, en ciudad de México, tuvo lugar un Seminario cívico militar al que concurrieron dirigentes políticos, académicos y Oficiales en Retiro de diferentes ramas de las FFAA, de Chile y otros países. Allí tuvimos ocasión de conocer la versión de estos militares leales, cuyos nombres mantendré en reserva.

[19] Manuel Gárate, La Revolución Capitalista en Chile, Ed. UAH, 2012

[20] Un hermoso ejemplo internacionalista, entre tantos otros, como su permanente admiración por la revolución vietnamita, fue la decisión que impulsó a Allende a acompañar a los tres sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia en su viaje de regreso desde Chile a Cuba en 1968. V. Amoros, “Allende, la Biografía”, citado, pág. 221-223

[21] Luis Corvalán, De lo vivido y lo peleado, LOM Ediciones, 1997  pág. 274 -276

[22] Luis Rojas Núñez, Carrizal, Las Armas del PC, un recodo en el camino, , LOM, 2008, que documenta la más compleja de esas acciones, la masiva internación de armamento realizada por esa Caleta en 1986.

[23] Ver: Viviana Bravo, Piedras, barricadas y cacerolas: las jornadas nacionales de protesta, Chile 1983-1986, Ediciones UAH, 2017

[24] El Mercurio, 17 de agosto del 2012, publica una breve biografía del Embajador con motivo de su fallecimiento, ocurrido el 9 de agosto del 2012. Sobre el papel de Barnes en el acuerdo, véase Corvalán, De lo vivido … (cit), pág, 315-316; Ver, además, BioBioChile.cl, Muere Harry Barnes, el embajador de EEUU que provocó la furia de Pinochet, Publicado por: Christian Leal

[25] Hugo Fazio, El Programa Abandonado, Ed. CENDA, 1995

[26] Según estadísticas del Banco Mundial, el PIB per cápita en US$  a precios constantes de 2010 se multiplicó por 2,55 veces entre 1990 y 2018 V. Datos.Bancomundial.org

[27] Thomas Piketti, El capital en el siglo XXI, FCE, 2014. En la Introducción, Picketti plantea su tesis más polémica, que lo hizo saltar a la escena mundial: “Cuando la tasa de rendimiento del capital supera de modo constante la tasa de incremento de la producción y del ingreso —lo que sucedía hasta el siglo xix y amenaza con volverse la norma en el siglo xxi—, el capitalismo produce mecánicamente desigualdades insostenibles, arbitrarias, que cuestionan de modo radical los valores meritocráticos en los que se fundamentan nuestras sociedades democráticas”.

[28] Una excelente caracterización del modelo neoliberal, con aplicación a Chile, la provee Noam Chomski en entrevista a “News Click”, junio 2020. En www.elsiglo.cl/2020/06/13, “Chomski y las referencias a Pinochet, Friedman, Tatcher y Reagan Ver también Tomás Moulián, Chile actual, anatomía de un mito

[29] Alejandro Foxley: «Pinochet realizó una transformación, sobre todo en la economía chilena, la más importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización que ocurrió una década después, al cual están tratando de encaramarse todos los países del mundo (…) Esa es una contribución histórica que va perdurar por muchas décadas en Chile y que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento, hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile, que ha terminado siendo aceptado prácticamente por todos los sectores. Además, ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos, para bien, no para mal. Eso es lo que yo creo, y eso sitúa a Pinochet en la historia de Chile en un alto lugar. Su drama personal es que, por las crueldades que se cometieron en materia de derechos humanos en ese período, esa contribución a la historia ha estado permanentemente ensombrecida» («Cosas»; 5-5-2000). Citado por Felipe Portales, Politika, 3 de junio de 2020

[30] Entre las decenas de publicaciones que han intentado dar cuenta de este fenómeno social, v. Alberto Mayol, El Derrumbe del Modelo, Ed.  Catalonia, 2019