Desde una perspectiva emancipadora y de soberanía nacional, se puede entender la vigencia programática de ese proceso.

El Siglo. 02/09/2020. Es imposible intentar comprender la historia contemporánea de Chile sin conocer los acontecimientos registrados en el período 1970-1973. No solo por cómo en esos años se mostraron las verdaderas dinámicas que mueven o pueden mover a la sociedad chilena, sino también porque, desde una perspectiva emancipadora y de soberanía nacional, se puede entender la vigencia programática de ese proceso.

Los hechos muestran a las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias unidas y coordinadas en base a un programa transformador; al movimiento social y sindical activo y movilizado; a las y los trabajadores del campo y la ciudad con una alta consciencia política; al mundo de la cultura y los intelectuales consagrados a la creación y la vinculación con el pueblo; y a un gobierno que nítidamente promovió derechos sociales, el combate a la desigualdad, la participación ciudadana y el respeto a normas democráticas.

La nacionalización del cobre, la profundización de la reforma agraria, la ampliación del acceso a la educación, los planes urbanos y de construcción de viviendas, el respeto a los pueblos indígenas, la entrega de medio litro de leche a niñas y niños, los avances en los derechos de mujeres y jóvenes, una política exterior soberana y abierta, el respeto al derecho a la información en un marco de alta pluralidad, colocar la economía al servicio de las necesidades de la población, fueron factores que marcaron ese período.

Hay que decir que las condiciones de avance social, respeto a la democracia y consagración de derechos ciudadanos que hubo en esos años, objetivamente no se han vuelto a repetir en el país. Ni siquiera en el presente.

Todo ese proceso expansivo de ideas y medidas transformadoras, explican básicamente la ofensiva de la derecha y los conservadores, del poder financiero y económico, de los medios de prensa privados y empresariales, de sectores de las clases acomodadas, de la oligarquía y la ultraderecha -que contaron con el apoyo de partidos políticos que pretendían ubicarse en “el centro político”-, del gobierno de Estados Unidos y finalmente de los altos mandos de las Fuerzas Armadas y Carabineros, en contra del proceso popular, del gobierno de Salvador Allende y de las reformas y cambios que se producían.

Esos sectores terminaron promoviendo, comprometiéndose y respaldando un golpe de Estado, después de diversas acciones conspirativas, contra la institucionalidad y de vulneración de la democracia. Son actitudes que están repitiendo en las circunstancias actuales.

Nadie podría discutir la existencia de errores y deficiencias del Gobierno Popular y de las fuerzas políticas y sociales democráticas y transformadoras, como parte de un proceso complejo, vertiginoso, nuevo y asediado por poderosas fuerzas políticas, financieras e ideológicas. Pero es palpable que en esos años el país avanzó en su independencia económica, en derechos sociales, en las dinámicas participativas y democráticas, en la identidad y dignidad de las y los trabajadores, en la cultura popular, en la posesión de recursos naturales y la felicidad y calidad de vida de las mayorías.

Junto a eso, hubo expresiones de valores y una ética que debieran regir las prácticas políticas -algo que se echa bastante de menos en estos tiempos- y cuya máxima expresión estuvo en la decisión del Presidente Salvador Allende de combatir en La Moneda la asonada golpista y proteger con su vida el mandato del pueblo y la democracia.

A 50 años del triunfo de la Unidad Popular y del gobierno de Allende, es innegable que ese período marcó la historia de Chile, demostró las posibilidades de transitar hacia la consagración de condiciones dignas y justas para la mayoría de la población, dio cuenta de un gobierno estrechamente vinculado al pueblo, y también evidenció hasta dónde pueden llegar los sectores reaccionarios y la derecha para salir al paso de un proyecto popular.

Probablemente, desde una perspectiva de las actuales fuerzas democráticas, progresistas y de izquierda, lo principal radica en la vigencia de las medidas y las aspiraciones que se plantearon en aquel tiempo para el desarrollo de Chile y el bienestar del pueblo. Sobre todo porque hoy la desigualdad, las injusticias y el abuso, las riquezas naturales en manos de extranjeros, el deficitario acceso a la educación y la salud, los problemas de vivienda, la precariedad laboral, la falta de promoción y apoyo al mundo de la cultura, son características de una sociedad que, a partir del derrocamiento del Gobierno Popular, presentó un franco retroceso evidenciado en cifras y análisis cualitativos.

Hoy no solo es tiempo de legitimar y reivindicar aquel proyecto popular y emancipador, la figura política, ética y humana de Salvador Allende y las batallas del pueblo de Chile, sino de validar y actualizar las bases programáticas de aquel desafío y de redoblar las batallas, en todos los espacios y ámbitos, para dar continuidad a la aspiración y concreción de una sociedad con justicia social, equidad económica, soberanía, desarrollo y bienestar de su pueblo.

De tal manera que conmemorar los 50 años del triunfo del pueblo y del Gobierno Popular no sea un acto retórico, sino un redoblamiento de los esfuerzos y de las luchas por un Chile digno.

Salvador Allende Gossens:

“Tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente”