Intensa trayectoria del “cañón de largo alcance”, concepto recabarrenista y leninista que ha nutrido su práctica, aportando a la construcción de la conciencia.

Juan Andrés Lagos. Ex director de El Siglo. Encargado de relaciones políticas del Partido Comunista. 31/08/2020. El Siglo, uno de los pocos medios en la historia del periodismo  en Chile que no oculta ni simula su condición ideológica ni política, cumple ochenta años.

Intensa y larga trayectoria del “cañón de largo alcance”, concepto recabarrenista y leninista que ha nutrido su práctica y acción agitativa y propagandística, aportando desde la trinchera popular y de clase a la construcción de la conciencia y el conocimiento social, la mayoría de las veces en disputa con una hegemonía totalitaria de los sistemas de medios oligárquicos, transnacionales y elitistas que inundan Chile.

Quienes han reconstruido la historia de El Siglo, hablan de “épocas” del periódico, todas ellas vinculadas a períodos y ciclos de la lucha de clases en Chile, y en el mundo.  Y también asociadas a su condición de medio legal…permitido; y a su condición de medio ilegal, clandestino, perseguido y reprimido.

No se trata de procesos lineales. No es que El Siglo haya sido legal a secas, y clandestino e ilegal absolutamente. En rigor, han sido procesos de intensas luchas, de resistencias, de supervivencias, en donde la clave absoluta ha sido el papel de la militancia comunista (partido y juventud) que ha tomado en sus manos, como una tarea de primera línea, la batalla de su periódico, con un sentido de pertenencia intenso, apasionado, incluso exigente con los contenidos y formas del periódico.

Esta es una primera cuestión esencial: En toda su historia, El Siglo ha sido parte sustantiva de una arquitectura de agitación y propaganda partidaria, en el sentido más completo del concepto, que por cierto ha tenido muy diversas características, pero que siempre ha existido.

La rebelión popular en curso; las nuevas tecnologías; el incremento de las redes sociales; la hegemonía mediática de la oligarquía; las posibilidades crecientes de ensanchar sus espacios de conexión, deberían incrementar este factor primordial.

En la difusión del periódico, así como en su construcción, reitero, el papel de la militancia ha sido, y es, clave.

Ciertamente, en todas las “épocas” hubo particularidades, desafíos específicos y concretos, distintos, pero lo común fue, y ha sido, el papel del partido y la juventud.

Fui parte del equipo de redacción de El Siglo en la clandestinidad, a comienzos de la década de los ochenta del siglo pasado. Y luego, encargado de ese colectivo hasta fines de los ochenta. De las maneras más ingeniosas y creativas, ese equipo se reunía; tenía redes de colaboradores; llegaba a los sitios menos pensados para reportear. Muchas periodistas (porque la mayoría eran mujeres) que trabajaban en medios proclives a la dictadura y en medios opositores “legales”, colaboraban con El Siglo entregando sus artículos, como aportando información que no podían publicar en sus propios medios.

El Siglo se nutría de corresponsales populares, que cubrían todo el país, y también el exterior. Y toda la estructura partidaria también aportaba contenidos.

En paralelo, los equipos que armaban El Siglo, y lo imprimían, trabajaban en condiciones clandestinas, secretas, para luego saltar a la red de distribución nacional, en la que se sustentaba, ni más ni menos, la llegada del periódico a las manos de miles y miles de personas.

Eran equipos de una inmensa mística partidaria, y de una gigantesca nobleza militante.

Hubo represión; hubo detenciones; hubo persecución brutal. Pero El Siglo resistió. Y fue creciendo.

Finales de la década de los ochenta: La dirección del partido decide abrir la batalla por la legalización de El Siglo. Y esa pelea se da en las calles; vendiendo el periódico en el paseo Ahumada y en diversas plazas del país, cuando Pinochet todavía estaba en La Moneda. Es una pelea que implica enfrentar, directamente, el artículo octavo transitorio de la dictadura, que establecía persecución y represión en contra de las ideas y la difusión pública de contenidos marxistas y comunistas.

Y mientras la impresión seguía siendo semi clandestina, la elaboración y difusión se estableció “de hecho”, incluso llegando El Siglo a los kioskos de todo Chile.

Las redes de colaboradores se incrementaron. Las y los corresponsales crecieron. La estructura de venta, en todo el país, en que se involucraba todo el partido, se hizo compatible con la venta en quioscos, estableciéndose un acuerdo para no dañar el ingreso de quienes viven y perviven de esos pequeños espacios de venta de medios.

A finales de los ochenta, con el apoyo del Colegio de Periodistas, salimos públicamente como equipo, y tuve el honor de ser el director de El Siglo que abandonaba la clandestinidad, junto a un puñado de trabajadores de la comunicación (no todos militantes) que asumieron con inmensa nobleza y sacrificio esta tarea.

Las impensables situaciones que se dan en la vida, hizo que el primer ejemplar de El Siglo para esta “nueva época”, finales de los ochenta, se imprimiera en la misma impresora que por mediación de Pablo Neruda, se trajo a Chile desde la entonces Alemania Democrática (RDA), antes del golpe fascista. Esa impresora, para su época, era extraordinariamente moderna. Fue usurpada por la dictadura tras el golpe.

Y pasó por varias manos….

Esa noche, cuando todas y todos los trabajadores de El Siglo observábamos nerviosos y concentrados el proceso de impresión, en un galpón bien resguardado, mirábamos la placa de acero que un costado de la inmensa máquina decía y marcaba su origen: La RDA.

Década de los noventa, El Siglo en las calles y en los quioscos.

Entonces, se lanza en la batalla por develar las atroces violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura. Es una opción, una línea de mensaje. No la única, pero sí fundamental.

Publicamos lista de nombres reales de mil doscientos agentes de la CNI, y las estructuras y organigramas del aparato terrorista.

Fue, como se dice en periodismo, “un golpe”. Provocó un impacto nacional e internacional de magnitudes.

Se vendieron en quioscos, más de 700 mil ejemplares, en varias ediciones sucesivas, record histórico de venta de un medio escrito.

Publicamos lista de agentes de la DINA, y sus fotos actuales. Develamos a los responsables del asesinato de Jeckar Neghme; denunciamos a quienes detuvieron y degollaron a los profesionales comunistas; y nuestros reportajes semana a semana informaban de masacres ocurridas tras el golpe, tanto en las ciudades como en el campo.

Cada siete días, El Siglo era esperado en los quioscos, tanto por quienes apoyaban esta tarea, tanto por quienes la consideraban “un atentado a la democracia” o un peligro “a la estabilidad” que se fraguaba entre dos bloques que buscaban el consenso y negociaban trozos y trazos de impunidad.

Publicamos las actas secretas de la Junta Militar. Y una delegación de la dirección del partido, entregó esas actas a la recién formada Comisión de Verdad y Reconciliación, responsable de lo que después se llamó el Informe Retting. Así como diversos antecedentes sobre violaciones a los derechos humanos.

La dirigencia y la militancia salían semana a semana a vocear y vender El Siglo en todo el país.

Gladys jugó un papel central en esa tarea.

Diversos medios, que posteriormente fueron cercados, ahogados y cerrados, también publicaban y difundían reportajes con contenidos similares. Las y los trabajadores de la comunicación; el Colegio de Periodistas; revistas y medios populares, entendíamos que hacíamos un aporte a Chile, a un Pueblo que se abría paso en medio de una fraguada política de los consensos que, finalmente, terminó con la mayoría de esos medios.

No pocos periodistas fuimos encarcelados, perseguidos, y procesados por las entonces seis fiscalías militares que existían en Chile. Y también bastante hostigados por los aparatos de inteligencia de las Fuerzas Armadas que nunca dejaron, y han dejado de existir, con tal propósito.

Pero la épica partidaria no se detuvo. Se incrementó. Y las redes y estructuras de El Siglo se mantuvieron por muchos años, tanto corresponsales como vendedores en todo el país.

El concepto de “impacto periodístico” se mantuvo. Nada de eso habría sido posible, si no es por el trabajo creativo, intenso, leal, de equipos y colectivos de trabajo que se formaron, se sostuvieron, y en gran medida resistieron años intensos.

Una línea de mensaje también relevante, fue la defensa de los procesos revolucionarios y emancipadores en nuestro continente y en todo el mundo. En momentos en que en Chile se hizo hegemónica la falsa idea de que el “mejor periodismo democrático es el no militante”, y siempre se buscó descalificar a El Siglo desde esa engañosa postura. Cuando lo que se hacía era subordinar el campo comunicacional y cultural de Chile, a la dominación norteamericana de nuevo tipo, y a la extensión del neoliberalismo en tiempos de “democracia”.

Así cumplimos 50 años de vida.

Hubo actos de masas. Y desde Cuba, la Unión Soviética, Bolivia y Argentina vinieron delegaciones de artistas; deportistas destacados; grupos folclóricos y de la Nueva Trova. El Siglo fue destacado con el Premio Internacional “José Martí”, por Cuba.

El Siglo (en medio de una campaña odiosa y civilina; hipócrita y cínica) reivindicó las ideas y la doctrina comunista, cuando desde la derecha golpista y también desde la Concertación, se nos llamaba a cambiarle el nombre al partido; a asumir el fin de la utopía socialista; el fin de la historia; a condenar “todo tipo de dictadura, venga de donde venga”. Especialmente los dardos iban en contra de la Revolución Cubana.

Recuerdo largas e intensas conversaciones sobre ese tema con Juanito Radrigán, el gran dramaturgo, quien en esos momentos era el responsable de El Rebelde, periódico partidario del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR.

Mantuvimos posiciones de principio y de doctrina. Y empujamos la necesaria renovación revolucionaria en todos los aspectos.

Son muchas y muchos las y los comunicadores que fueron parte sustantiva de esa “época”, muchas y muchos militantes; pero también muchas y muchos no militantes. A ellas y ellos se debe lo que fue El Siglo en todo ese período. La lista es larga. Son todas, todes y todos, imprescindibles en el más profundo sentido del concepto. Nunca serán olvidados, porque escribieron historia.

Toda “época” tiene su propia épica.

Todo ciclo tiene sus propios desafíos.

Nada, ciertamente, es repetible en forma mecánica.

Pero hay tradiciones buenas, que deben trascender, recrearse, y tomar nuevas formas.

Hoy, El Siglo enfrenta un gran desafío, como también todo el sistema de agitación y propaganda partidario. Pero con mayor razón el concepto leninista y recabarrenista de AGP, en el sentido de expresión privilegiada de la línea política, adquiere, esencialmente,  incluso mucho mayor relevancia.

En medio de la rebelión popular en curso; ante un brutal sistema hegemónico e híper concentrado de medios. Ante una oligarquía y transnacionales que se defienden con todo para impedir el debate de ideas; controlar las redes sociales; las tecnologías; defender el capitalismo salvaje; el desafío está planteado, y hay que asumirlo.

¡Larga vida al “cañón de largo alcance”!