Piñera está acabado, pero el sector debe salvarse recurriendo a los partidos ancla, a personeros duros e históricos, y alineando a los desordenados. Las batallas que vienen.

Hugo Guzmán. Periodista. 29/07/2020. Nada fue gratis. Varios pagaron costos. Pero el deber superior lo reclamaba.

La llegada de los duros y conservadores representados por Víctor Pérez (Interior) y Andrés Allamand (Relaciones Exteriores), y de los desordenados representados por Mario Desbordes (Defensa) y Jaime Bellolio (Vocería), significó una puerta de salida para Chile Vamos y para el gobierno, que podría, teóricamente, sacarlos de la profunda crisis que viven.

Chile Vamos no resistía seguir remecido por fragmentaciones, aguantando díscolos y con un rumbo errático. Los altos mandos de la derecha política y de la derecha económica lo sabían.

Un factor negativo era el comité político de La Moneda, que sumó derrotas políticas, legislativas y para el gran empresariado, acusado de incapaz e ineficaz dentro de su sector. El rostro de aquello, para personajes de esos mundos del conservadurismo y las finanzas, era Gonzalo Blumel, inexperto en estas lides, más en un período como el que vive el país, con baja incidencia en los partidos hegemónicos de la derecha, y militante de una organización pequeña y de poca representatividad parlamentaria, como Evopoli, recién llegada a las pistas de la derecha.

A Sebastián Piñera no lo podían cambiar, pero él estaba obligado a hacer cambios. Nadie discute a estas alturas que el mandatario continúa sumido en sus propios errores y torpezas, sin liderazgo, abajo en los sondeos, sin credibilidad ciudadana y, en los hechos, con una agenda poco consistente y más bien contingente.

En ese cuadro, llegan a las oficinas de palacio dos personajes que en el pasado, reciente y lejano, despreciaban a Piñera y lo consideraban una especie de subordinado; “Los Coroneles” de la UDI, entre ellos Víctor Pérez, no sentían -y quizás aún es así- mucho respeto ni aprecio por el financista, y Andrés Allamand siempre fue adelante, como esta vez, que dijo que había que hacer cambio de gabinete, lo que finalmente Piñera debió concretar.

En el timón del barco del oficialismo había que colocar a los experimentados, a los históricos, a quienes representaran el ADN de la derecha, con capacidad de conducción y ordenamiento. Era necesario alinear a los desordenados o pragmáticos, y hacerles ver que lo que estaba en juego no eran medidas específicas, sino el futuro político del sector y el destino de su gobierno, con batallas decisivas por venir; varios de ellos lo comprendieron.

Para la Unión Demócrata Independiente (UDI) y Renovación Nacional (RN), además de los gremios patronales y empresariales, los consorcios financieros y los grupos fácticos, había mucho en juego y la hilera de derrotas no podía continuar, a pesar de ciertos logros y estabilidades sistémicas.

Factores del reajuste político

El anecdotario es vasto, los matices son muchos, los vericuetos variados, pero hay elementos claves en el cambio de gabinete ministerial.

El primero, a todas luces, es que en las derrotas sufridas por el gobierno y la derecha había responsables principales, y en ellos recaía el costo. El segundo, que el gobierno estaba golpeado, desgastado y, según muchos, acabado, y desde La Moneda debía venir una señal de cambio, de reacomodo. Lo tercero, es que el oficialismo presentaba quiebres, fisuras, pugnas, que requerían ser enfrentados y superados a toda costa. Lo cuarto, es que como en toda crisis política sectorial e intraconglomerado (en este caso Chile Vamos), la manera de salir -a menos de continuar hundiéndose en ella- es reordenando las fuerzas, las cartas, las opciones. En quinto lugar, había que darle poder a quienes lo tienen realmente, sin dilaciones ni apuestas riesgosas.

Esos elementos marcan lo sustancial del nuevo rostro y el nuevo carácter del comité político de palacio, y la llegada de personeros “de tonelaje” al equipo ministerial.

Desde el punto de vista del sector -incluidos los influencers políticos y económicos-, el martes recién pasado se dio un vuelco que permitirá re/enrumbar la direccionalidad del gobierno y de la derecha (incluido el Parlamento), prepararse para los desafíos que vienen, encarar de mejor manera la crisis sanitaria y social, y poner el control de mando en las figuras que mejor representan a sus fuerzas y que son líderes dentro de sus partidos, con vínculos privilegiados con el poder financiero y empresarial. Es lo que Piñera y Pérez señalaron como “una nueva etapa”, “un nuevo ciclo” para el gobierno y para Chile Vamos. Es decir, para La Moneda y para la UDI y RN. El nuevo Ministro del Interior fue explícito en decir que la tarea crucial es “la unidad” en el gobierno y en Chile Vamos.

La opción de Desbordes

En ese marco surgieron dudas, por ejemplo, sobre la incorporación de Desbordes, situado por analistas como representante de una supuesta o real “derecha social”, que habría encabezado posturas desordenadas apoyando el retiro del 10% desde las AFP, criticando demoras e ineficiencias del gobierno y planteado la necesidad de conectarse con la gente.

Pero en la derecha todo tiene un límite (como en otros sectores y partidos). Y a Mario Desbordes se le planteó a fines de semana que debía contribuir a reforzar el gobierno, a reordenar al sector y terminar con las rencillas en su colectividad, porque las cosas ya estaban pasando de gris a oscuro. Él comprendió y aceptó. Desordenado y pragmático, pero nunca tanto. Lo explicitó en un patio de La Moneda: “No se puede desoír el llamado del país, la Patria y el Presidente Piñera, sobre todo en momentos tan difíciles”.

Desbordes, pese a sus posiciones críticas, fue finalmente impelido a colaborar en el ajuste ministerial y el reordenamiento del conglomerado, y accedió. Deja algo huérfanos a quienes lo siguieron en sus posturas cuestionadoras y de perfilamiento de una corriente menos doctrinaria y, como lo dijeron varios columnistas, sale de “la primera línea política” y “reduce inevitablemente su poder político”.

Paradójico es que estará al frente del Ministerio de Defensa cuando se están tramitando iniciativas que refuerzan la Inteligencia nacional, la participación de las Fuerzas Armadas en el orden público interno y un creciente tono autoritario del gobierno.

No parece el mismo caso el de Jaime Bellolio, señalado como “un disidente” de la línea de la ultraconservadora presidenta de su partido, Jacqueline van Rysselberghe, que lo hacía aparecer como un desordenado dentro del sector. Pero las experiencias demuestran que ser “disidente” en la UDI no es sinónimo de dejar de tener un formato conservador. Bellolio, por ejemplo, al ver amenazadas las bases del modelo económico e institucional dejadas por el régimen militar, ver golpeado el capital financiero con el retiro de fondos desde las AFP, decidió que no era conveniente votar Apruebo a una nueva Constitución, y se apresuró a anunciar públicamente que votará Rechazo, cambiando de postura. La defensa del proyecto es primero. De ser un parlamentario con cierta voz disonante dentro de las bancadas parlamentarias de la derecha, pasó a ser el vocero de un gobierno que se endurece y que opta por recurrir a lo más doctrinario de su sector.

En el caso de Desbordes y Bellolio, se podría afirmar que ambos representan aquello de que, ante disyuntivas estratégicas y vitales, “en la derecha no se pierden”.

Las batallas que vienen

El senador de la UDI Juan Antonio Coloma, un viejo conocido de “Los Coroneles”, declaró entusiasta que valora “que se hayan integrado todas las visiones dentro de la coalición gobernante”. El presidente interino de RN, Rafael Prohens, expresó que “con este paso (cambio ministerial), el Presidente ha vuelto a ordenar la casa y ser un gobierno de coalición”.

Ya no están para llorar sobre la leche derramada. Lo del 10% y negación de vetos presidenciales, pasó. Dentro de la derecha, ante ciertas críticas, recurriendo a una conocida frase, parecen decir, “será el gabinete del Rechazo, pero es nuestro gabinete”.

En el sector están convencidos de que con la llegada de personajes históricos y de la vieja guardia, se otorga un soporte decisivo a Sebastián Piñera, quien lo requería con urgencia. Otro tema es cómo él lo capitaliza o no; o si termina convirtiéndose en otro flanco abierto.

Lo que viene es claro. Seguir administrando la crisis sanitaria por el nuevo coronavirus con todo lo que eso implica; continuar con los planes y medidas frente a la crisis social, con manejo de las finanzas fiscales, políticas públicas, problemas de desempleo y baja de ingresos, etc.; absorbiendo los problemas por la crisis económica, básicamente expresada en baja de la economía y la inversión; debatiendo proyectos legislativos nada fáciles y de alta sensibilidad política, como el impuesto a los súper ricos y la reforma al sistema de Inteligencia.

Se viene el plebiscito del 25 de octubre con sus complejidades por el contexto de pandemia y las tensiones políticas respecto de su realización, transparencia y el papel que jugarán, precisamente, ministros como Pérez, Allamand, Desbordes y Bellolio. Eso incluye lo que será la campaña por Apruebo o Rechazo que debe empezar el próximo 26 de agosto, en un clima complicado. En la derecha, por cierto, saben que lo más seguro es que sufran ese mes otra gran derrota política producida por la ciudadanía, con la aprobación de caminar hacia una nueva Constitución.

En el primer trimestre del próximo año, serán las elecciones municipales y de convencionales (todo apunta a que habrá una Convención Constitucional que debe estar integrada por ciudadanos en un 100%, y no la Mixta, con un 50% de legisladores), en donde la derecha buscará a toda costa un triunfo electoral, sobre todo porque ese proceso incide o marca lo que serán las presidenciales, a realizarse unos seis meses después.

Ante esos procesos, habrá una medición del desempeño del comité político que asumió este martes, y del conjunto del gobierno donde ya, de hecho, Piñera no es el único protagonista.

Están a prueba los más duros e históricos, la construcción de una nueva agenda por parte de Piñera y el ordenamiento de los partidos de la derecha. Nada especial ni novedoso, pero decisivo para lo que viene en el oficialismo.