Se quedó dialogando contra la pared y comienza a soltar las riendas de su proyecto político que perfilaba una clase social aparentemente inexistente. 

Carlos Salazar. Periodista. 29/07/2020. Ante un escenario que parece mostrar los estertores del presidencialismo, los analistas de todo el espectro político coinciden en que la aplastante derrota de La Moneda sufrida frente a la discusión del retiro de parte del ahorro previsional de los cotizantes (con la música de las cacerolas de fondo) es el corolario de un fallido diálogo político. Una conversación sorda con una clase media imaginaria que en la realidad dista mucho de la idea exitista planteada por un modelo neoliberal y precarizador desde hace décadas.

Esa clase media para la que se legisla enviando salvavidas y “medidas de rescate”, termina pues adscribiéndose a un limbo en el que se es muy pobre para acceder a los beneficios o muy favorecido para merecerlos. Sobre esta paradoja que se hizo más evidente durante la negociación del mandatario con el parlamento para evitar que se votara el retiro de fondos de la AFP; el historiador José Bengoa admite que si hay algo difícil de definir en Chile es el concepto de una clase media. “Esto porque hay un conflicto de larga data sobre la clase obrera por reconocerse como tal en la que esta se tiende a autodefinir como ‘clase media’ lo que genera esa cultura dominante a la que el gobierno le habla. Es algo que le resulta muy funcional al poder como motor de manipulación e integración para esta clase restringida que antaño fueron los mineros y obreros de overol”, cree el autor de “Reforma agraria y revuelta campesina”.

A Bengoa le llama también la atención que, al igual que Sebastián Piñera, quien se describía en sus campañas como parte de la clase media, este discurso dominante recuerde a un discurso parecido del fundador de Renovación Nacional, Sergio Onofre Jarpa. “Él fue un popular ministro de (Augusto) Pinochet, diplomático y propietario de una fantástica cantidad de tierras y fundos en Linares. Aun así, este señor con la frescura de un frigidaire, siempre se describía como un representante de la clase media. En Chile, esta retórica siempre ha sido parte de la clase política”.

Emprendedores precarizados 

Esta expresión, popularizada como un apéndice del país exitista de la transición hoy, por sí sola, condiciona una carga ideológica que posterga a quienes no alcanzan a ser parte de las ayudas del gobierno. Casi siempre pobres con capacidad de endeudarse gracias a una economía basada en el crédito, plantea el también historiador Pedro Rosas.

“La actual crisis de conducción política que vive el país tiene antecedentes mucho más profundos que algunas de las decisiones recientes de este gobierno. Me refiero a cómo ha venido impactando en las últimas décadas la implementación de un sistema neoliberal que tiene su base en el endeudamiento de las personas para solventar sus compromisos básicos y que genera una economía basada en esos cumplimientos. Si bien estos antecedentes son muy anteriores al estallido social de octubre, es lo que se ha puesto sobre la mesa la discusión sobre cuáles son los límites de este sistema político”, señala Rosas acerca de hitos recientes como, por ejemplo, el discurso del presidente y sus allegados en cuanto a no “haber visto venir” el descontento que estalló en octubre pasado o a la “sorpresa” que se llevaron al no saber el nivel de vulnerabilidad en que vivía gran parte de la población chilena. “Gran parte del espectro político notaba que se debían realizar cambios urgentes como los que estamos viendo hoy, pero también expresaron cómo la clase gobernante había vivido encapsulada y a espaldas de la sociedad popular o las mayorías. Hubo ministros que aseguraron que habían despertado de una realidad que antes no habían visto con suficiente claridad”, reitera el académico de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Esa disonancia entre la autoridad y la población, que el sociólogo alemán Robert Michels describiera como la Ley de Hierro de las Oligarquías, explica las fallidas políticas de protección social que el gobierno asegura entregar a una inexistente clase media. Una que perfectamente era capaz de sobrevivir a una cuarentena con recursos suficientes sin salir de casa.

¿Dónde están los pobres? 

Al igual que Rosas, la Doctora en Estudios Americanos, Tamara Vidaurrázaga, piensa que lo único que distingue a la clase media de los más pobres en el Chile de hoy, es la capacidad de poder endeudarse. Bajo esta lógica la diferencia entre estas dos clases. “Yo diría que la diferencia de la clase media con los más pobres es que tienen la capacidad de alcanzar algunos privilegios pero mediante el endeudamiento. Me pregunto si la clase media existe, qué significa pertenecer a ella porque finalmente si ser clase media implica que endeudándose toda la vida y bicicletear eternamente se logra acceder a algo mejor, eso no los hace privilegiados”, analiza la docente.

Se detiene en un aspecto de este sistema neoliberal que le parece, al menos, interesante y que tiene que ver con las complicidades: “Te has fijado en que algunas personas fueron convencidas de que por poner un pequeño negocio se transforman automáticamente en parte de los capitalistas del país y, entonces, su lealtad e identificación se cambia hacia la de los ricos y no con la mayoría a la que sigue perteneciendo. Ese efecto creo que es algo perverso que tiene que ver con cómo el capitalismo promete felicidad y nos dice que podemos alcanzar esa felicidad si “nos esforzamos lo suficiente”. Pero la trampa es que en nuestra realidad las personas no tienen más privilegios porque se esfuercen más, salvo en pequeños porcentajes. Los privilegios tienen mucho que ver con las redes familiares, donde se nació, en qué colegio se estudió y las oportunidades que se tuvo”, remarca.

Entonces, ¿dónde quedan los pobres dentro de esta ecuación gatopardística? José Bengoa, señala que los indicadores tecnocráticos han sido calibrados de manera que la pobreza se esconde en nomenclaturas como “clase media” y, así, quienes menos tienen en sectores como el campesinado, los pueblos originarios o la población migrante terminan siendo totalmente marginados. “Los estudios que se han hecho sobre pobreza durante los últimos veinte años indican que en la medida que se sigue midiendo la miseria según ingresos, niveles y quintiles los sectores más humildes siguen deteriorándose en términos no sólo económicos, sino culturales. Si, por un lado, estos sectores son considerados pobres materialmente, en cuanto a la cultura y la identidad cuentan con una gran riqueza de la que nadie se está preocupando por medir o mantener”, señala.