Este gobierno, expresión política de la derecha ortodoxa termina nítidamente como el gobierno de peor gestión de las últimas décadas.

 Juan Gajardo

Miembro de la Comisión Política del Partido Comunista

Santiago. 26/07/2020. Tanto la votación para que los cotizantes de AFP puedan retirar el 10% de sus ahorros previsionales, como el rechazo al veto presidencial del proyecto que prohíbe el corte de los servicios básicos, marcan fracasos para el gobierno en votaciones del Parlamento, lo cual tiene como constatación primera que el bloque político parlamentario de derecha, sustento de este gobierno, vive una crisis profunda. Lo que se debe determinar con mayor precisión es cómo esta  desafección parlamentaria de su gobierno marcha en paralelo con un alejamiento de los partidos políticos de la coalición Chile Vamos de la gestión Piñera y en qué medida eso se refleja ya en la actual constitución del gabinete y, por tanto, en las responsabilidades políticas pero también de otros órdenes, que esta administración tiene.  Lo que sí es cierto, es que este gobierno, expresión política de la derecha ortodoxa y que se promocionó como “gobierno de excelencia” termina nítidamente como el gobierno de peor gestión de las últimas décadas, tanto así que no son pocos quienes desde las filas de la derecha concluyen que este gobierno se ha acabado.

Este gobierno es representativo en términos de intereses sociales-económicos de la fracción de la burguesía que asumiendo el control del sistema financiero, logra insertarse en el proceso de globalización bajo una lógica neoliberal; que se asienta durante la dictadura y que se desarrolla y legitima durante los gobiernos de la concertación. El modelo de desarrollo impuesto lleva a esas minorías detentoras del poder a maximizar utilidades en los menores tiempos posibles, a objeto de poder ser competitivas a nivel de los mercados internacionales. También a generar una masa consumidora a la cual le “chorrean beneficios”, que son siempre esquivos y en esos términos, quedan en condición de prisioneros del mercado así concebido. Pero el esquema así entendido mostró toda su vulnerabilidad con la crisis subprime  (2008) que afectó a los sistemas financieros de manera global. Así planteado, la derecha política tuvo la habilidad de convencer a una mayoría ciudadana que la solución pasaba por correcciones al sistema profundizando el neoliberalismo. La elección de Piñera en su primer periodo tuvo ese signo, ellos eran mejores administradores de un buen sistema cuyas dificultades radicaban en una mala gobernanza, en este caso, de la Concertación. La demanda estudiantil del año 2011, desde la particularidad de la educación, hace de sentido común que el mercado en sí no resolvía los  problemas del desarrollo social con un mínimo de equitatividad. El gobierno de Nueva Mayoría tenía como misión generar modificaciones profundas al sistema que cambiaran su lógica. Eso no se logró porque al interior de la coalición gobernante hubo dos visiones y la mirada reformadora más profunda fue anulada tempranamente, sin que eso signifique desconocer avances logrados. Pero temas como una nueva constitución, reforma al sistema previsional y otros, encontraron una tenaz y hoy muchos de ellos reconocen ciega, oposición de la derecha.

La elección del año 2017 tenía el sello de expresar una disputa política entre visiones de construcción de sociedad. La derecha jugó sus cartas en el mismo sentido que el 2009, lo requerido era  hacer más eficiente el sistema; mientras las fuerzas que eran Nueva Mayoría se presentan divididas y no artificialmente, sino porque las diferencias en el gobierno se explicitan; a la vez que surge una tercera fuerza, el Frente Amplio, en aquel momento con una visión transformadora. En esa coyuntura, la derecha fue eficiente es dar mayor seguridad en su propuesta de gobierno, frente a los sectores no de derecha que se mostraron debilitados y conflictuados, logrando así el apoyo de amplios sectores, que sin ser de derecha, buscaban mejores condiciones de vida. Antes de cumplir dos años de gobierno, la gran masa de compatriotas se levantaba contra un gobierno que no sólo era ineficiente, sino que buscaba a través de instancias legislativas, hacer aún más leonino el sistema en beneficio de las minorías. En este camino, y no hay que olvidarlo, contaron y aún cuentan con el apoyo de parlamentarios elegidos con votación de sectores de oposición. Es el estallido social de octubre lo que unido a la actual crisis sanitaria con todas sus derivaciones, lo que desnuda la incapacidad de esta derecha de ser gobierno.

La interrogante es si ante esta crisis de gobernabilidad, la derecha en sus diferentes expresiones tiene capacidad de administrarla y en consecuencia asumir que su proyecto fracasó o si profundizará la crisis, pretendiendo imponer sus términos. La crisis no se resuelve con medidas cosméticas, como cambios de gabinete. Ya se comprobó que tampoco haciendo asumir responsabilidades a “toy political parties”  como Evopoli ni menos a renegados tipo Ampuero/Rojas. La tentación de algunos sectores “opositores” de ser balón de oxígeno de la derecha en una mala lectura de lo que sería la “unidad nacional” para enfrentar la crisis, tampoco se puede desechar. Cualquier camino que busque birlar la voluntad popular de cambios profundos puede hacer escalar la  ausencia de un poder ejecutivo con un programa de acción a una crisis institucional generalizada. Porque en todo análisis de la actual situación no se debe olvidar que el motor que ha ido generando la descomposición de la derecha gobernante ha sido la movilización popular y que ese pueblo movilizado, más que el sistema partidos políticos, es quien dirá la última palabra.